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sábado, junio 23, 2018

Cuando la falta de confianza nos invade: la inseguridad emocional

Navegar por la vida acompañados de la inseguridad emocional supone hacerlo con un gran lastre. Dudar de todo, y sobre todo de nosotros mismos, es uno de los grandes impedimentos para nuestra realización personal. Andar temerosos, faltos de confianza e indecisos es similar a intentar mantener el equilibrio sobre una cuerda floja, esa en la que hacer mil y un malabarismos para intentar no caernos.

 
 
Puede que esta inseguridad nos acompañe desde siempre, fruto de una infancia infeliz marcada por la ausencia de un sentimiento de protección y seguridad. O, quizás, haya surgido precisamente por todo lo contrario, es decir, por una excesiva sobreprotección que nos haya hecho sentir inferiores y poco validos. Incluso, tal vez, esta inseguridad haya emergido tras una situación demasiado traumática que nos ha golpeado muy fuerte.

La inseguridad emocional es la gran enemiga del avance, la gran boicoteadora de la autoestima y el mayor obstáculo para la construcción de vínculos sólidos. Si dejamos que nos invada, se apoderará de nosotros y acabará anulando nuestra voluntad a través de las críticas y el cuestionamiento continuo. No obstante, siempre podemos protegernos para que esto no ocurra y, en el peor de los casos, comenzar a reconstruir el sentimiento de seguridad perdido. Profundicemos.
“La desconfianza es la madre de la inseguridad”.
-Aristófanes-

¿Qué es la inseguridad emocional?

La inseguridad emocional surge de la duda constante hacia uno mismo, hacia las propias capacidades, sentimientos y manera de actuar. Es un estado de duda constante que paraliza y que además, espera una validación por parte de otras personas, la mayoría de las veces, como moneda para alcanzar una falsa tranquilidad.

Ahora bien, no podemos olvidar que la vida en esencia es inseguridad e incertidumbre, de hecho el filósofo y ensayista español Ortega y Gasset diría que es radical inseguridad, ya que puede dejar de existir en cualquier momento. El problema es que no somos conscientes de ello. Nos pasamos el día planificando y organizando, creando ilusiones hacia el futuro con la certeza de que todo ocurrirá como esperamos. Y de pronto, todo se rompe en mil pedazos, nos salimos del camino o simplemente, este se acaba y nos toca empezar uno nuevo.

Saber que todo puede cambiar en cuestión de segundos puede ayudarnos a vivir de otras maneras, por ejemplo, más intensamente. No obstante, esto no quiere decir que adoptemos a la inseguridad como compañera de nuestra rutina, simplemente que la tengamos en cuenta. Porque más tarde que pronto, hará su aparición en escena. Y lo mejor es estar preparados para hacerla frente.

¿Quiere decir esto que es mejor ser inseguros y no dar nada por sentado? No, simplemente que de vez en cuando tenemos que acordarnos de ella para evitar vivir en mundos imaginarios. Ahora bien, la inseguridad emocional en exceso también nos perjudica porque además de invalidar cualquier sentimiento de autoconfianza, esta puede expandirse a cualquier ámbito de nuestra vida. Porque, ¿cómo avanzar cuando no estamos seguros de nada?

Lo importante es saber diferenciar entre la inseguridad a nivel general como un indicador externo y la inseguridad emocional, un estado interno mucho más específico que tiene que ver con nosotros y con cómo nos valoramos. De este modo, tener en cuenta que el cambio es permanente, al igual que la incertidumbre es normal e incluso puede ayudarnos a ver la vida de otra forma; pero también es importante confiar en nosotros y no esperar que los demás expresen qué tenemos que hacer o cómo de bien hacemos las cosas para llegar a sentirnos bien.
 
¿Qué caracteriza a una persona insegura?

Para entender mejor el universo de la inseguridad emocional y cómo nos repercute, es importante conocer qué supone ser una persona insegura. A continuación, señalamos algunas de las características más comunes que presentan las personas que han adoptado este estado como parte de sí mismas. Son las siguientes:
  • Temor a las críticas, juicios y valoraciones de los demás.
  • Necesidad constante de mostrar sus logros y de recibir elogios y atención para sentirse válidos y capaces.
  • Tendencia al perfeccionismo y a la competitividad.
  • Suelen estar a la defensiva.
  • Baja autoestima.
  • Intentos de contagiar la duda y la inseguridad a los demás.
  • Uso frecuente de la falsa modestia.
  • Presencia de un gran sentimiento de desconfianza hacia sí mismos. 

“La desconfianza es una señal de debilidad”.
-Indira Gandhi-

Las personas inseguras suelen actuar y pensar muy condicionadas por una guerra interior constante, una lucha entre su necesidad de destacar y demostrar a los demás que son válidos y un profundo sentimiento de invalidez e incapacidad. De hecho, en los casos más graves este tipo de personas no son nadie si los demás no los valoran, es decir, se vuelven invisibles hacia sí mismos.

El psicoanalista austríaco Alfred Adler propuso el concepto de complejo de inferioridad como identificativo de este tipo de personas. Afirmaba que las personas inseguras sostenían una constante lucha de superioridad que incluso podía llegar a repercutir de forma negativa en sus relaciones, debido a que podían llegar a sentirse felices si hacían sentir infelices a los demás. Además, calificaba este tipo de comportamientos como típicos de las neurosis.

Ahora bien, no todas las personas inseguras se caracterizan por ser así. Todo depende del grado de desconfianza que tengan sobre sus capacidades o logros pasados.
 
Claves para gestionar la inseguridad emocional

Es posible disminuir la duda constante hacia nosotros mismos y desterrar así esa inseguridad negativa que nos gobierna. Lo importante es saber que el esfuerzo debe ser nuestro y que si estamos acostumbrados a subestimarnos, este proceso llevará su tiempo.

Creer en nosotros mismos es uno de los pilares más fuertes que podemos construir para evitar caernos y dejarnos invadir por el malestar, pero conlleva un trabajo diario y constante. Para ello, tenemos que tener en cuenta una serie de aspectos:
  • Evitar las comparaciones.
  • Aceptar tanto nuestras debilidades como fortalezas.
  • No convertir las críticas en algo personal.
  • Sanar las heridas del pasado, esas que poco a poco hicieron crecer la semilla de la preocupación y la duda constante.
  • Desarrollar el sentido del humor.
  • No buscar la aprobación de los demás.
  • Valorar cada avance, cada éxito, cada paso.
  • Abandonar la creencia de tener que ser perfectos.
  • Cuidar nuestro diálogo interno.
Conocido el camino, ¿por qué no ponernos en marcha? Valorarnos es uno de los regalos más bonitos que nos podemos hacer. Confiar en nosotros y nuestra capacidad es un puente hacia el crecimiento personal.

Gema Sánchez Cuevas