Logo

Logo

sábado, mayo 12, 2018

Cómo encontrar el silencio interior en un mundo ruidoso

El silencio interior es un concepto muy antiguo, que ha vuelto a cobrar notoriedad. Para entender de qué se trata, pensemos en el ruido del mundo. Este no se refiere solamente a esos sonidos estridentes con los que nos encontramos a diario en las grandes ciudades. También se relaciona con esa multitud de elementos que alteran nuestra tranquilidad.

 
 
Así, podemos hablar de un silencio exterior y de un silencio interior. El silencio exterior es la ausencia de sonidos. Corresponde a esos magníficos estados en los que el ruido externo desaparece. Por su parte, el silencio interior hace referencia a un estado subjetivo en el que no hay elementos que perturban la tranquilidad.

Tanto el silencio interior como el exterior proporcionan grandes beneficios a nuestro cerebro. Tanto la ausencia de ruidos, como la ausencia de estímulos estresantes facilitan una forma de descanso única. Revitalizan. Aclaran la mente y moderan las emociones. No hay nada como el silencio para renovarnos.
 
“Todos los problemas de la humanidad provienen de la incapacidad del hombre para sentarse solo y en silencio en una habitación”.
-Blaise Pascal-
 
El silencio interior y el contacto con nosotros mismos

Uno de los aspectos más difíciles de sobrellevar en el mundo actual es el bombardeo de estímulos al que estamos expuestos. Lo más preocupante es que buena parte de ellos tienen un sello de premura o de urgencia. No alcanzamos a despertarnos y ya tenemos un gran número de preocupaciones en nuestra mente.

La tecnología está absorbiendo buena parte de nuestro tiempo. En parte por el trabajo y porque hemos desarrollado dependencias hacia las redes sociales. Son un espacio de socialización y de comunicación que nos urge constantemente consultar.

En esas condiciones es prácticamente imposible establecer un verdadero contacto con nosotros mismos. Para hacerlo, necesitaríamos espacios de silencio interior, es decir, tendríamos que reducir ese volumen de estímulos a su mínimo y dejar tiempos en blanco que nos permitan volver sobre nuestros propios pensamientos y emociones para escucharlos.
 
Vivir en un mundo ruidoso

El silencio interior y el exterior guardan relación entre sí. Hoy en día tenemos muchos más estímulos auditivos que antes. Constantemente nos sentimos llamados fuera de nosotros mismos por los ruidos externos. Una sirena que grita, un motor que ruge o un tono que anuncia la llegada de un nuevo mensaje. Todo eso se sucede con una densidad impresionante.

A veces sentimos deseos de irnos lejos, a un lugar donde no haya ningún ruido. Si podemos hacerlo, nada mejor que llevarlo a cabo. Lo malo es que muchas veces no es posible porque los compromisos nos lo impiden. Sin embargo, no tenemos que resignarnos a ese agobio constante.

No es necesario comenzar a practicar yoga o realizar ejercicios de meditación. Basta solo con una cosa: reducir el número de estímulos que se reciben. Simplificar la vida. Eliminar el sentimiento de obligación frente a todo y quedarnos solo con lo esencial.
 
Escucharse a sí mismo y hacer contacto

Cuando no tenemos ratos de silencio interior, permanecemos tensos. Y con el tiempo, esa tensión se convierte en sufrimiento. Vivimos padeciendo. Esa no es forma de vivir. Para salir de ese estado tenemos que aprender a poner límites, tanto en los estímulos que recibimos como en los mandatos que nos imponemos a nosotros mismos.

En el mundo actual, el primer límite a fijar es con la tecnología. Gastamos mucho tiempo en nuestras redes sociales y correos electrónicos. Nos hemos hecho a la idea de que todo es un gran aporte a nuestras vidas, pero no es así. Nos roban momentos valiosos y nos impiden escucharnos a nosotros mismos.

Una buena idea es tener dos teléfonos móviles: uno para el trabajo y otro para los asuntos personales. Una vez se termine la jornada, deberíamos apagar el móvil laboral y volverlo a encender el día siguiente. Así mismo, vale la pena pensar, cada día, cuál es el aporte real que nos hacen las interacciones en las redes sociales. Probablemente descubramos que es muy escaso. Eso nos animaría a limitar el acceso a las mismas.

Solo desde el silencio interior podemos escuchar lo que dice nuestro cuerpo. Sus quejas, sus alertas, sus placeres. También necesitamos de esa forma de silencio para redescubrirnos e identificar qué pensamos y qué sentimos frente a nuestra vida. El silencio interior es un regalo que no debemos negarnos.

Edith Sánchez