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martes, mayo 15, 2018

7 frases sobre la ira que debes tener presentes

Siempre es importante tener a mano algunas frases sobre la ira para que nos recuerden todo el daño que esta emoción puede llegar a provocar. Tampoco podríamos decir que jamás debiéramos enfadarnos, ya que eso es imposible. Peor lo que sí es posible es no dejarnos llevar por el impulso de la ira y evitar así que esta nos invada. 


 
Casi todas las frases sobre la ira nos llaman precisamente a eso, a no a dejar de experimentarla, pero a no permitir que tome el control y se apodere de nosotros. Las consecuencias suelen ser muy negativas.

“La ira es una elección y un hábito. Es una reacción aprendida ante la frustración y a resultas de la cual te comportas como preferirías no hacerlo. De hecho, la ira profunda es una forma de locura. Se es loco cuando no se puede controlar el propio comportamiento”.
-Wayne Dyer-

Nuestros impulsos agresivos iniciales solo se abren camino ante una amenaza o una frustración directa. Es la crianza y la educación la que nos lleva a moderar esas reacciones para convertirlas en respuestas canalizadas. No obstante, a cualquier edad podemos aprender a procesarla. Estas son algunas de las frases sobre la ira que pueden ayudarnos en ese propósito.
 
Frases sobre la ira que nos llaman a esperar

Se ha dicho muchas veces y nunca sobra repetirlo: cuando tengas ira, no hables, no hagas nada. Esto se sabe desde siempre. Por eso una de las frases sobre la ira, que debemos tener en cuenta en ese sentido, la dijo Séneca hace varios siglos. Dice así: “Contra la ira, dilación”. Contundente. No hay mejor manera de eludir la ira que esperar antes de reaccionar.

Thomas Jefferson afirmó algo similar. Su frase indica: “Cuando estés molesto cuenta hasta diez antes de hablar. Si estas muy molesto, cuenta hasta cien”. Un magnífico consejo que funciona con la mayoría de los enfados.
 
La ira nos daña a nosotros mismos

Uno de los aspectos más desconcertantes de la ira es que pretende dañar a otro, pero termina haciéndonos daño a nosotros mismos de diversas maneras. Así nos lo recuerda Florence Scovel en una de sus frases: “La ira altera la visión, envenena la sangre: es la causa de enfermedades y de decisiones que conducen al desastre”.

Algo similar plantea Mark Twain cuando afirma: “La rabia es un ácido que puede hacer más daño en el recipiente en el que se almacena que en cualquier otra cosa en que se vierte”. La ira quema a quien la siente. Daña sus pensamientos y sus emociones. Descargarla sobre otro puede que lo afecte, pero en mayor medida nos afectará a nosotros mismos.
 
La ira nos limita

Laurent Gounelle escribió una sencilla, pero muy precisa frase sobre la ira. Dice: “La ira vuelve sordo, y la desesperación, ciego”. Tiene toda la razón. Cuando estamos airados nuestro cerebro deja de procesar la información. Nos volvemos sordos a los llamados de la razón.

Esto se ratifica en una de las frases del Dalai Lama sobre la ira. Señala lo siguiente: “El éxito y el fracaso dependen de la sabiduría y la inteligencia, que nunca pueden funcionar apropiadamente bajo la influencia de la ira”.

No podría ser más clara esa descripción. Bajo la influencia del enfado limitamos nuestra capacidad para ser asertivos y acertados. Olvidamos lo que sabemos y no razonamos correctamente. Bajo ese estado es imposible lograr buenos resultados. Todo lo contrario. En últimas, es como si intentáramos desahogarnos de la ira ahogándonos en ella.
 
La ira nace de la debilidad y la inferioridad

El Dalai Lama es uno de los pensadores que más se ha manifestado en contra de emociones como la ira. Otra de sus frases señala: “La ira nace del temor, y este de un sentimiento de debilidad o inferioridad. Si usted posee coraje o determinación, tendrá cada vez menos temor y en consecuencia se sentirá menos frustrado y enojado”.

Hay mucha riqueza en esa afirmación. Nos muestra que el precedente inmediato de la ira es el miedo. Es cuando alguien se siente en riesgo que aparece la rabia. El riesgo puede ser objetivo, o subjetivo. En todo caso, implica sentirse inferior y sin capacidad para enfrentar una amenaza.

Si hay una emoción sobre la que debemos trabajar esa es la ira. El objetivo es impedir que nos invada, induciéndonos a decir o hacer algo por impulso. Las consecuencias suelen ser muy dañinas. Y si adoptamos la costumbre de reaccionar agresivamente, con el tiempo el odio se apodera también de nosotros. Una vida así se torna solitaria y amarga.

Edith Sánchez