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viernes, abril 27, 2018

¿Qué hacemos (sin darnos cuenta) para lograr la aprobación de los demás?

A todos nos gusta saber que nuestro entorno nos valora y aprueba nuestra manera forma de ser o las decisiones que tomamos. Esa dependencia no es en sí una debilidad. De hecho, es saludable, siempre y cuando mantengamos un equilibrio que garantice la independencia de nuestras acciones y decisiones. Si lograr la aprobación de los demás no garantiza esa independencia, entonces tenemos un problema.

 
 
Todos necesitamos ser atendidos, validados, alentados y apoyados… y no solo serlo, sino también sentir que lo somos. Completar estas necesidades en la relación con los demás forma parte de lo que podríamos denominar dependencia saludable. Es más, satisfacerlas de una manera sana contribuye a que en determinamos momentos seamos capaces de ser más autónomos, siendo nosotros quienes apoyamos a los demás.

Esto se llama interdependencia, e implica tanto de dar como recibir. Esto es necesario para nuestra supervivencia y para la de nuestras relaciones. Sin embargo, en muchos casos las cosas no son así, y aparece la sobredependencia, una necesidad intensa de la aprobación de alguien.

Cuando la mayor parte de nuestras energías se dirigen a complacer a los demás para obtener su aprobación, entramos en un peligroso círculo. En este sentido, la sobredependencia nos provoca sentimientos de vacío, inadecuación, pérdida, confusión e insignificancia.


Cuando el objetivo es lograr la aprobación de los demás

Para entendernos mejor como adultos, es importante que analicemos algunos aspectos de nuestra infancia. El primer factor de influencia, que no necesariamente condicionante, será: cómo recibimos entonces la aprobación/desaprobación de nuestros padres y cuidadores. Esto puede estar muy relacionado con lo que hacemos ahora para buscar la aprobación o evitar la desaprobación. Lo cierto es que de alguna manera nuestro cerebro pudo quedar programado con conductas de autodefensa ante la desaprobación de los demás que ahora pueden estar obstaculizando nuestras relaciones.

Las defensas que creamos en la infancia cuando no nos sentimos lo suficientemente amados o valorados por nuestros cuidadores principales probablemente nos sirvieron razonablemente bien en ese momento. Pero, en la actualidad, estas defensas nos lo ponen difícil para construir nuevas relaciones basadas en la confianza e incluso en la intimidad. Irónicamente, estas mismas defensas también pueden impedirnos lograr la autoaprobación.
 
¿Qué hacemos para evitar la desaprobación?

En ese intento por buscar la aprobación de los demás, con frecuencia actuamos de maneras poco aconsejables. Estas conductas disfuncionales son una forma de autosabotaje de las que, en muchas ocasiones, no somos conscientes. Según la propuesta que hace el doctor Leon F. Seltzer, estas formas disfuncionales de evitar la desaprobación de los demás son las siguientes:
 
Eres un perfeccionista o siempre te pones bajo presión para hacerlo mejor

Esta conducta disfuncional hace que te sientes obligado a tratar de hacer prácticamente todo de la manera más perfecta posible. Esta forma de tratar de eliminar la desaprobación de los demás no tiene que ver con la búsqueda de la excelencia, mucho más saludable y mucho más selectiva, o con una motivación intrínseca por mejorar. Esta actitud hace que “ser lo suficientemente bueno” no baste. De hecho, al sentir que no se es el mejor, la conclusión que se saca es “no ser lo suficientemente bueno”.

Ser la mejor versión de ti mismo no implica ser necesariamente el mejor. O tal vez sí. El caso es que no lo sabrás si no dejas de centrar tus esfuerzos en parecer aquello que los demás esperan (o crees que esperan) de ti.

Evitas emprender cualquier proyecto en el que puedas fallar

Cuando se iguala el fracaso con la desaprobación o el rechazo de los padres, también podemos negarnos rotundamente a intentar cualquier proyecto en el que el éxito no esté garantizado. El origen de esta aversión al riesgo puede situarse en la infancia, pero también en situaciones posteriores en las que la persona ha corrido ese riesgo, ha perdido y como consecuencia, ha tenido que pagar un precio muy alto por ello.

Pero las personas exitosas generalmente lo son porque no son especialmente reacias al riesgo. Están dispuestas a “buscarlo”, porque ven el fracaso como el primer paso hacia el éxito final.
 
Te adelantas a la desaprobación de otra persona manteniéndote a una distancia “segura” de ella

Si en la infancia finalmente desististe de tratar de obtener la aprobación de tus padres, porque nada te ayudó a sentirte más conectado con ellos, es posible que hayas llegado a negar por completo la necesidad de ese apego. Sea con esa primera relación o con otras posteriores, lo cierto es que el automatismo de guardar este tipo de distancias suele ser aprendido.

Es probable que desconfíes de los demás si de niño no lograste la aprobación y el apoyo que necesitabas. Tu instinto por proteger tu ego te obligará a mantener a los demás a distancia. Como consecuencia, no podrás sentirte íntimamente ligado a otro. En este sentido, la ira es la defensa más comúnmente utilizada para mantener a las personas a una distancia segura.
 
Eres una persona complaciente y codependiente

La cuarta conducta disfuncional para evitar la desaprobación de los demás que propone el doctor Seltzer consiste en una actitud complaciente y codependiente. Si cuando eras niño aprendiste a anteponer siempre los deseos de los demás a los tuyos propios, dejándolos en un plano secundario, es probable que sigas haciendo lo mismo.

Con esa conducta complaciente y codependiente, asumes más responsabilidad por los pensamientos y sentimientos de los demás que por los tuyos propios. Si cuando eras niño anteponer tus necesidades provocó la desaprobación de tus padres, de adulto quizás pienses que los demás te rechazarán si te priorizas.

Pensamientos finales

Si te has visto reflejado en alguna de estas conductas para obtener la aprobación de los demás es buen momento para analizar con detalle qué estás haciendo que te impide sentirte satisfecho. No puedes cambiar el pasado, pero puedes influir en tu presente y en tu futuro.

Puedes reprogramar tu cerebro. Y si no puedes hacerlo solo, busca ayuda.

Eva Maria Rodríguez