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jueves, marzo 29, 2018

¿Por qué a veces no soportamos la soledad?

Cómo nos relacionamos con la soledad dice mucho de nosotros. Tomar conciencia de nuestros estados de ánimo, pensamientos, deseos o necesidades -y pararnos a reflexionar sobre ellos- nos permite encontrar estabilidad psicológica incluso en momentos de conflicto. Dicha introspección se nutrirá del tiempo que nos otorguemos para estar en soledad.

 
 
La capacidad de disfrutar la soledad elegida es un signo de madurez emocional e independencia que permite potenciar el autoconocimiento.

¿Es posible que nos resultemos tan insoportables a nosotros mismos que necesitemos de otros para percibirnos más aceptables? La dependencia en las relaciones y los conflictos sentimentales nos llevan a un vacío emocional y a no tolerar la soledad. Caemos en relaciones codependientes, simbiosis y confusiones vinculares basadas en una sociabilidad que no es genuina.
 
“Los que odian la soledad, solo se odian a sí mismos”.
-Anónimo-
 
Cuando el silencio de la soledad provoca angustia

Sentir bienestar estando en soledad es una experiencia muy personal. Cada momento que pasamos a solas es único, nacerán en nosotros sensaciones diversas en función del momento vital en el que estemos y de cómo nos encontremos psicológicamente.

No todas las mentes logran contener e integrar el dolor que causan ciertos conflictos y circunstancias vitales. A veces nos causa vértigo escuchar el eco propio y, por ello, nos rodeamos del ruido exterior. Evitar elegirse a uno mismo como compañía es tratar de huir por un camino sin salida, el vacío acaba notándose tarde o temprano.

Si no soportamos la soledad saldrán a escena nuestras máscaras, la autenticidad queda a un lado y jugamos en el plano de la evitación. Haremos todo lo posible por no estar solos y disfrazaremos dicho temor con justificaciones falsas. Saltaremos de relación en relación sin saber ni siquiera qué estamos buscando. Volcaremos nuestra angustia en amigos y familiares para que soporten parte de la carga y nos alivien momentáneamente. Intentaremos encontrar la anestesia a la ansiedad a golpe de pastilla. Cualquier opción será válida con tal de no afrontar la soledad y el mensaje que resuena en ella.

En el caso de que la soledad nos genere desazón, incomodidad, aburrimiento, angustia o ansiedad, es conveniente pararnos a pensar: ¿estoy a gusto conmigo mismo? ¿Hay algo que me preocupa o inquieta? ¿Sabría poner nombre a las emociones que estoy sintiendo? ¿Puedo explicar en palabras aquello que me atraviesa la mente y el corazón?

Cuando la soledad resulta incómoda o desagradable, hay un mensaje que busca ser escuchado. Algo no funciona bien si ocupamos constantemente todo nuestro tiempo con otras personas. Evitar la soledad a toda costa y a cualquier precio refleja un conflicto intrapersonal. Si evitamos hacernos responsables, acabaremos buscando cualquier forma de calmar ese malestar, sin llegar a comprender ni afrontar qué es lo nos está ocurriendo realmente.
 
La soledad es reparadora

Ante ciertos acontecimientos vitales es necesario un tiempo de soledad para ordenar las ideas e integrar nuestros sentimientos. Las pérdidas y los cambios nos generan un desequilibrio emocional que necesitamos ordenar de nuevo para recuperar la calma.

Dedicarnos tiempo en privado es esencial para poder sentir y asumir nuestras propias vivencias. Por supuesto que también necesitamos de otras personas para compartir nuestras experiencias e inquietudes, pero escuchar nuestra voz es muy importante. Pasar tiempo con otros no debe ser un sustituto de la reflexión personal, sino un complemento.

Reservarte momentos de silencio contigo mismo te insta a colocar el foco de atención en tu mundo interior. Únicamente nosotros escucharemos nuestros pensamientos y enfrentaremos nuestras emociones. Nadie más entrará en escena y la responsabilidad de saber gestionar aquello que nos afecta queda de nuestra mano. Es entonces cuando podremos disfrutar de la calma y aprender a manejar el malestar.

La soledad nos permite hacer un esfuerzo por entendernos. La soledad nos otorga la oportunidad de elegir qué hacer, cuándo y cómo, y de disfrutar del proceso.
 
“La soledad es el imperio de la conciencia”.
-Gustavo Adolfo Bécquer-
 
¿Dónde ha quedado la autenticidad de las relaciones?

Cuando hablamos de relaciones lo importante es la calidad y no la cantidad. La presencia de alguien a tu lado puede hacerte sentir igual o más solo de lo que estabas. La compañía no asegura el bienestar individual.

Necesitamos del cariño de los demás desde que nacemos. Buscamos el contacto humano como especie social que somos. La familia, los amigos, las parejas, los compañeros de trabajo y cada uno de los núcleos sociales en los que nos movemos son esenciales para nuestro desarrollo individual. Las relaciones interpersonales configuran la personalidad, influyen en nuestras habilidades sociales y en el propio control emocional que llevamos a cabo con nuestro entorno. Sin embargo, igual o más importante es la capacidad para estar solo. Estar a gusto contigo es el primer paso para poder estar bien con los demás.

Por otro lado, la hiperconectividad en la que vivimos nos conduce paradójicamente a una desconexión y deterioro de los vínculos reales. Pasamos más tiempo comunicándonos a través de las pantallas que mirándonos a los ojos. Tenemos acceso a multitud de personas, y la posibilidad de generar muchas relaciones, pero dichas relaciones son efímeras y no cubren nuestras necesidades afectivas más profundas. En consecuencia, nos encontramos incómodos si estamos solos e insatisfechos con las relaciones nuevas que creamos.
 
“El carácter independiente surge de poder bastarse a sí mismo”.
-Francisco Grandmontagne-

La soledad elegida es la mejor compañía posible

Disfrutar de la soledad dependerá de nuestra capacidad introspectiva, dicho de otra forma, de la capacidad que tenemos para analizarnos. Dicha capacidad refleja el nivel de compromiso e implicación que tenemos con nosotros mismos, es decir, hasta qué punto nos hacemos cargo de la propia vida sin delegar en otros nuestro mundo interior y nuestros conflictos. Una cosa es buscar la compañía ajena para dar lo que te sobra y otra buscar la compañía para llenar lo que te falta.

No se trata simplemente de permanecer sin la presencia de nadie, sino de la capacidad de disfrutar de uno mismo estando solo. Hacerse compañía, elegirte a ti como compañero y disfrutar de ello -incluso pudiendo estar con otros- es lo que marca la diferencia. Esto supondrá que la relación con los demás estará basada en el deseo, no en la necesidad.

Alicia Yagüe Fernández