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miércoles, marzo 07, 2018

La fábula de las piedras: ¿cómo gestionar nuestras preocupaciones?

Un maestro de un instituto para adultos quería dar una lección a sus alumnos. Muchos de ellos no tenían tiempo suficiente para estudiar porque alternaban las clases con su trabajo y tenían bastantes problemas. El dinero no les alcanzaba. Algunos estaban casados, tenían hijos y se sentían desbordados por las responsabilidades. Entonces el maestro decidió darles a conocer la fábula de las piedras. 


 
Algunos de los estudiantes no querían ni siquiera escucharlo. Les parecía, en cierto modo, una pérdida de tiempo. Estaban más interesados en avanzar en la asignatura que escuchar la fábula de las piedras. Al fin y al cabo eran adultos y no necesitaban que nadie intentara enseñarles cómo vivir.

Pese a la resistencia de los estudiantes, y precisamente por esta, el maestro insistió en impartir la lección del día. Lo que hizo entonces fue sacar un frasco de vidrio y ponerlo sobre la mesa. Después, sacó de debajo del escritorio un grupo de piedras grandes y las puso cerca del frasco. Luego les preguntó a los alumnos si pensaban que con esas piedras quedaría lleno el frasco.

“Si al franquear una montaña en la dirección de una estrella, el viajero se deja absorber demasiado por los problemas de la escalada, se arriesga a olvidar cual es la estrella que lo guía”.
-Antoine de Saint-Exupéry-
 
El experimento de la fábula de las piedras

Los estudiantes comenzaron a hacer conjeturas. Cada uno hacía una estimación de la cantidad de piedras que cabían dentro del frasco y decidía si sería capaz de llenarlo. Al final, casi todos estaban de acuerdo en que, efectivamente, las piedras eran lo suficientemente grandes como para llenar la cavidad. Así comenzaba el experimento de la fábula de las piedras.

El maestro introdujo las piedras, una a una. Al terminar, llegaban hasta la boca del frasco. Preguntó entonces a los alumnos: “¿Está lleno el frasco?” Casi todos respondieron que sí. Entonces el maestro, sacó de debajo del escritorio un pequeño bulto que contenía piedras más pequeñas. Les preguntó si era posible que esas rocas tuvieran lugar dentro del frasco. Los alumnos lo pensaron un poco y respondieron que sí.

El maestro las vertió poco a poco, hasta que el saco quedó desocupado. Otra vez interrogó a sus estudiantes: “¿Está lleno el frasco?” Los alumnos miraron en detalle. Después de comprobar que ya no había lugar para nada más, respondieron que sí, que ya estaba todo colmado.
 
Siempre hay lugar para más

Pese a que todos pensaban que era imposible introducir algo más en aquel frasco, nuevamente el maestro los desconcertó. En esta oportunidad sacó una bolsa. En ella había arena. Esta vez en silencio, comenzó a echarla en el frasco. Para sorpresa de todos, el mineral se abrió camino entre el contenido del recipiente. Los estudiantes no habían tenido en cuenta que entre piedra y piedra siempre queda un pequeño vacío.

Por cuarta vez el maestro volvió a preguntar: “¿Está lleno el frasco?” Esta vez sin dudarlo, los estudiantes respondieron que sí. Era imposible introducir algo más en él. Los pocos espacios que quedaban ya habían sido ocupados por la arena.

El maestro cogió una jarra llena de agua y comenzó a verterla sobre el frasco, que ya estaba lleno de piedras grandes, pequeñas y de arena. El contenido no se rebosaba. Eso quería decir que aún había lugar para el agua, a pesar de que todo se veía atiborrado. La arena se fue mojando y buena parte del líquido entró. Cuando terminó, el maestro preguntó: “¿Qué han aprendido de esto?”.
 
La moraleja de la fábula de las piedras

Cuando el maestro hizo la pregunta, uno de los estudiantes se animó rápidamente a responder: “Lo que nos enseña esta fábula de las piedras es que no importa cuántas cosas tengas en tu agenda. Siempre habrá un lugar para poner algo más allí. Todo es cuestión de organizarlo”.

El maestro guardó silencio. Otro alumno también quiso participar. Dijo que la enseñanza era infinita, que se pueden poner más y más cosas en la cabeza, como si fuera ese recipiente. Al fin y al cabo, siempre se logrará añadir algo más.

Al ver que los estudiantes no habían comprendido el experimento de la fábula de las piedras, el maestro tomó la palabra. Esta vez les preguntó: “¿Qué habría pasado si hubiera hecho todo al revés? ¿Si hubiera comenzado por el agua y así sucesivamente, hasta llegar a las piedras grandes?” Los alumnos respondieron que el frasco se hubiera rebosado rápidamente.

“Ahora han entendido”, les dijo el maestro. “El agua, la arena, las piedras pequeñas y las grandes son los problemas. Unos son grandes, otros pequeños y otros apenas imperceptibles. Si comenzamos abordando los problemas grandes primero, habrá lugar para los problemas pequeños. Pero si lo hacemos al contrario, no resolveremos nada”. Eso es lo que enseña la fábula de las piedras: comienza primero resolviendo las grandes preocupaciones, porque si no las pequeñas te desbordarán.

Edith Sánchez