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miércoles, enero 31, 2018

Las opiniones, nuestros juicios particulares de la realidad

¿Cuándo empezamos a formar opiniones? Lo hacemos desde muy temprana edad y las construimos además sobre nuestro entorno y nosotros mismos. Una opinión se define como idea, juicio o concepto que una persona tiene o se forma acerca de algo o alguien. Las opiniones son respetables y su heterogeneidad supone una indudable fuente de riqueza e inspiración para la creatividad.

 
 
Escuchando lo que piensan los demás, lo que opinan, tenemos la oportunidad de reflexionar sobre otros posibles puntos de vista. Y hemos dicho reflexionar, porque… ¡Eso no significa que cada opinión sea una verdad! Simplemente son juicios personales, sin garantía de validez. Pero… tanto los de los demás como los nuestros; en este sentido, las opiniones siempre cuentan con un punto de subjetividad.
 
“La serena razón huye de todo extremismo y anhela la prudencia moderada”.
-Molière-
 
Una opinión no es una verdad, tampoco es una noticia o un hecho

Por eso es tan importante diferenciarlas de las afirmaciones basadas en los hechos probados, aquellas verdades que sí se pueden constatar (no argumentar). Una opinión no es una verdad, no es posible afirmar una opinión. La opinión puede estar más o menos fundamentada o más o menos argumentada. Por otro lado, formarnos opiniones sobre personas o situaciones a la ligera promueve diferentes grados de injusticia que no tienen una base firme y tampoco un fundamento válido.

Es muy importante saber que nuestra mente trabaja con la información que tiene en cada momento, de manera que las opiniones realizadas y lanzadas con poca información no suelen sobrevivir a un debate en el que se manejen argumentos de peso. En cualquier caso, no olvidemos, en contra de lo que hemos pensado todos en algún momento, que cambiar de opinión cuando hay argumentos sólidos que nos invitan a ello es una actitud inteligente.

Otra de las consecuencias de ver a las opiniones como lo que son, un salto al vacío que siempre entraña un riesgo, es la prudencia a la hora de emitirlas. Las personas que las ven así suelen recopilar una buena cantidad de información antes de compartir sus opiniones, así como suelen escuchar con atención la argumentación de los demás… y no tanto para reafirmarse en sus argumentos, como para intentar falsar las opiniones propias.
 
¿Qué pasa cuando las llevamos a conversaciones?

Es esencial separar las opiniones de las afirmaciones; si no lo hacemos, las consecuencias no son agradables y en muchas ocasiones estas opiniones o su manera de expresarlas como afirmaciones, pueden y suelen ser hirientes. De ahí la importancia de este concepto: las opiniones se utilizan con demasiada frecuencia como verdades, olvidando que se trata de juicios personales.

L. Austin, en “La teoría de los actos del habla“, diferencia dos territorios: el territorio de las afirmaciones y el territorio de las declaraciones. Las opiniones (juicios personales), forman parte del territorio de las declaraciones. Un territorio que está relacionado con la validez y la coherencia y no con la veracidad. ¡La certeza de poseer la verdad y tener razón en este territorio es una trampa! Una ilusión o espejismo como el que podríamos percibir en el desierto. Además, no suele dejar espacio para otras formas distintas de pensar (modelos mentales) o para desarrollar la apertura mental, impidiéndonos ser conscientes de que la experiencia personal es una realidad condicionada.
 
¿Y qué ocurre con las personas que caen en esa trampa?

Asumen que la realidad tiene que encajar con cómo ellos la perciben, de manera que los demás deberían de percibir lo mismo. En todo caso, si no lo hacen, serían sesgos de su percepción, nunca de la propia. Se convierten en “sincericidas”, comunican su opinión sin que se pida, utilizando como excusa la maltratada sinceridad que como virtud se abandera para cometer “sincericidios”. ¡Cuánto sincericida imponiendo su verdad!

De esta manera, quedan atrapadas en ese estancamiento que impide su adaptación a otras formas de pensamiento (modelos mentales). Necesitan llevar razón para sentirse seguros y protegidos… ¡Cuánta importancia le dan a tener razón! Esta necesidad que a veces se convierte en imperiosa y provoca que desacuerdos racionales se trasformen discusiones muy muy acaloradas y sin sentido.

¿Por qué está tan mal visto eso de cambiar de opinión?

En el fondo… ¿Por qué esa necesidad de reafirmarse continuamente en nuestras opiniones? Cuando muchas veces lo único que ocurre es que cambiamos de parecer sobre algo o alguien, dando una buena muestra de nuestra flexibilidad y apertura mental, y siendo coherentes con la nueva información que hemos recibido. ¡En ningún momento un simple cambio de opinión nos hará dejar de ser quienes somos!

Por otro lado, se pueden compartir opiniones, reflexiones y pensamientos, pero no por eso vamos a tener razón, solo compartimos una misma visión sobre algún tema. Puede ser de una forma más o menos coherente, pueden ser opiniones más o menos válidas… Pero, ¡No caigamos en la trampa de pensar que cualquier opinión hipótesis o predicción es más real que otra! Así, Steve Jobs, en su famoso discurso en la Universidad de Stanford en 2005 decía:

“No se dejen atrapar por el dogma de vivir con los resultados de los pensamientos de otras personas. No permitas que el ruido de las opiniones de los demás ahoguen tu propia voz interior”.
-Steve Jobs-

Carmen Parrado