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martes, agosto 08, 2017

El peligro de hablar de una “persona tóxica”

Cuidado, porque las palabras “persona tóxica” son una etiqueta muy fácil de colocar cuando se da una disputa, ya que sitúa toda la responsabilidad negativa del enfrentamiento en el otro. Es decir, nos facilita una causa que nos hace víctimas: un lugar muy tentador, sin duda. Así, es un recurso especialmente asequible para los vagos emocionales, para los piensan que en su personalidad no existe ninguna mácula y para los que creen que la toxicidad aleja a quién la contagia de merecer cualquier gramo de empatía.



Estos últimos no quieren ver a la toxicidad como el resultado o como una reacción a una situación entre varios implicados, sino que piensan que es una característica “a priori” ya poseída por alguien. En este sentido, el que coloca la etiqueta ignora que la toxicidad, en caso de existir, tiene una historia.

Otro de los elementos que impone que seamos cuidadosos con la palabra “tóxica” es que no es una etiqueta puramente científica. No hay estudios de toxicidad, hay estudios de comportamientos que después se han etiquetado como tóxicos, a posteriori y sin hacer operativas muchas de las variables que causan estos comportamientos.

Finalmente, es una etiqueta que se ha popularizado tanto que implica un serio riesgo de que se vuelva contra nosotros. Nadie está a salvo de que categoricen alguno de sus comportamientos como tóxico, entendiendo como tóxico que ese comportamiento hace daño a los demás. Y del etiquetado de comportamientos al etiquetado de la persona, para algunos, solo hay un paso…

¿Por qué la palabra “tóxica” ha calado tanto?

Llamar tóxico a alguien no es inocuo. De hecho puede ser un ataque muy serio, un insulto cruel disfrazado de la autoridad moral que puede darte haber ojeado un par de libros de autoayuda, sin mayor compromiso o intención con su lectura que la de delegar responsabilidad en otros.

El término tóxica/o es fácil de entender, tiene fuerza por lo venenoso de su resonancia. En el imaginario, alude a una sustancia de color variable, pegajosa, inflamable y con la que hay que tener mucho cuidado. En este sentido, cuando decimos que algo es tóxico estamos diciendo que no es digno de confianza, en sí, por la forma en la que es.

Pensado sobre lo descrito es cuando empezamos a tirarnos de los pelos por la popularización del término, por haber puesto esa arma en manos de personas que no entienden las consecuencias últimas de utilizarlo. Esto, al menos, merece una reflexión.

No hay personas tóxicas, solo relaciones o comportamientos

Nadie es una persona tóxica en sí y de por sí. En caso de negar esto, porque hay excepciones que siempre rompen con la norma, estaremos de acuerdo en que todo el mundo está en la potencialidad de no serlo.

Los seres humanos no tenemos arsénico ni amianto en lugar de sangre o células. Las personas somos en ocasiones un mar en calma en el que las velas y el timón parecen aliarse para llevarnos a donde queremos y en otros momentos solo sentimos la tormenta, sin ni tan siquiera sentir el agua. Una tormenta que por otro lado, en no pocas ocasiones alimentamos, conducimos o contagiamos.

En estos tránsitos de vida, circunstancias y diversos acontecimientos, nuestras expectativas, formas de comportarnos y valores chocan frontalmente con los de otras personas que tenemos a nuestro alrededor. Sintiendo ese vacío y esa incertidumbre podemos optar por aislar ese vacío emocional, dejando caer nuestra responsabilidad sobre el otro.

Podrían tenerse en cuenta reproches de más, conductas intolerables, síntomas de desgaste de la relación, etc. Todo eso podría hacerse, pero eso implica hacer introspección y un cierto trabajo con uno mismo, muy recomendable antes de ponerle al otro la etiqueta de “persona tóxica”.

Dinámicas tóxicas en lugar de persona tóxica

Todo el mundo puede ser víctima de un comportamiento tóxico. Sin embargo, lo más común es que las personas participemos de dinámicas tóxicas, no que seamos personas tóxicas. Que no le hablemos al otro cuando no nos habla por orgullo, que insistamos en un tema para remarcar el desinterés del otro, que asumamos una posición de dependencia porque la otra persona es muy sobreprotectora.

Finalmente señalar que el término tóxico es un término con tanta fuerza como carente en su precisión. Decir que alguien es una persona tóxica solo señala que es peligrosa o potencialmente peligrosa, no dice en qué sentido es peligrosa, a qué aspectos afecta, cómo nos podemos proteger en caso necesario y menos todavía señala la manera en la que podemos ayudar a la persona hacia la que viaja esta etiqueta. En este sentido, podemos acabar llamando tóxicos a los luchadores, a los que se atreven, a los sensibles…y no saldremos indemnes como sociedad de esta nueva forma de categorizar a las personas.

Cristina Roda Rivera