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jueves, julio 06, 2017

No aguanto ni un minuto: sufro de impaciencia

La impaciencia es un rasgo de nuestros tiempos. Hay una postura ambigua frente al tema. Mientras en cientos de artículos y documentos se promueve la idea de una actitud más tranquila frente a la vida, al mismo tiempo la sociedad valora todo lo que permita hacer cualquier cosa a mayor velocidad. Hemos llegado al colmo de inquietarnos por cinco segundos de demora en conectarnos a la red, por ya no hablar del grado de tolerancia que tenemos cuando alguien tarda en arrancar después de que el semáforo se haya puesto en verde.



Es importante recalcar que la impaciencia es una conducta aprendida. Aunque fisiológicamente hay organismos que reaccionan con mayor dinamismo frente a las circunstancias, esto no los induce a la falta de paciencia. Son la cultura y la educación los factores que inoculan esa incapacidad para esperar o tolerar que algo transcurra lentamente.

“La paciencia es la fortaleza del débil y la impaciencia, la debilidad del fuerte”.
-Immanuel Kant-

La impaciencia está asociada con la incapacidad para tolerar la frustración. No obtener el resultado deseado rápidamente, en principio, no tendría por qué originar inquietud. Sin embargo, nos encontramos con que por un lado hay una demanda social de velocidad en todo lo que hacemos. Por otro lado, la educación tiende a disociar esfuerzos y resultados. Se fomenta la idea de que uno quien, sí o sí, debe obtener lo que desea y cuanto más pronto mejor.

Lo inmediato y la impaciencia

La percepción emocional del tiempo ha sufrido grandes cambios en los últimos tiempos. Hay una auténtica hipervaloración del presente. Se recalca mucho la idea del aquí y del ahora. Por esto mismo, la ausencia de resultados inmediatos suele convertirse en fuente de angustia. Así, esta inundación del presente como algo que va más rápido que aquello de lo que estamos pendiente, solo nos llena de ansiedad.

Los conceptos de mediano y largo plazo se han vuelto difusos para muchas personas. No se otorga demasiado valor a los procesos y en cambio sí a los resultados. Hay premura en todo, pues se ha popularizado la idea de que el tiempo escasea y que no se puede “perder”. Así, el tiempo ha ganado trascendencia como un indicador de competitividad.

Hasta hace no muchos años, la demora no tenía una connotación negativa. Se aceptaba como un hecho natural, especialmente para algunos desempeños relacionados con la creatividad. Se asumía que hay procesos que demandan más tiempo que otros y por eso se dejaban fluir sin acelerarlos. Hoy en día esto es casi imposible. Por eso muchos andan en busca de la técnica, el método o el atajo que los lleve rápidamente al destino que se han marcado.

La irritación y la impulsividad de los impacientes

La impaciencia es ese cajón en el que gota a gota se va acumulando la tensión. Lo que se tensa es la cuerda que tiene es uno de sus extremos al esfuerzo invertido y en el otro el resultado esperado. Entre ambos lo que hay es un lapso que muchos quieren acortar al máximo.

Por todo esto es usual que quienes son impacientes también permanezcan en un estado de irritación constante. Padecen de una especie de avaricia del tiempo. Quieren que todo suceda rápidamente, pero esa velocidad nunca es suficiente para ellos. Si se demoran dos minutos, quieren demorar uno. Y así sucesivamente. Como no es posible que todo suceda al instante, se genera un estado de ira y tensión.

También es usual que los impacientes actúen de manera impulsiva. Su obsesión por la rapidez se convierte en una necesidad de actuar con premura en todo. Es frecuente que no se detengan a pensar en qué hacer o en qué decir. Lo suyo es reaccionar, aunque después tengan que retractarse. A esto ayuda la irritación que está ahí como telón de fondo.

Superar los estados de impaciencia

La impaciencia no está en tus genes ni en tu constitución como ser humano. Como se decía antes, se trata de un patrón de conducta que se aprende. Desde ese punto de vista, también es posible reeducar las emociones para que correspondan con una forma de actuar más constructiva. Hay diferentes maneras de lograrlo, pero una de las más eficaces es simplemente la de practicar la paciencia.

De lo que se trata, en primer lugar, es de incorporar un ritmo subjetivo más lento y pausado, sin entrar en la desesperación. Es bueno comenzar con ejercicios de respiración. Cinco minutos al día para respirar profundamente y con lentitud. Un acto tan simple genera tiempos diferentes en los latidos del corazón, en la actividad del cerebro. De esta manera dejarás de tener esa sensación de estar perdiendo el tiempo cuando tienes que ir más lento o te toca esperar.

Vale la pena cultivar la paciencia porque cuanto más sereno estés, más posibilidades tendrás de obtener un buen resultado. Además, podrás programar mejor tu tiempo y ser menos torpe en tus reacciones emocionales. Incluso incrementarás la valiosa sensación de control sobre ti mismo y evitarás hacer para deshacer, decir para desmentirte, decidir para arrepentirte. Busca situaciones que te obliguen a esperar un poco. Si tu caso no es patológico, con eso basta para re-educar la espera.

Edith Sánchez