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domingo, julio 09, 2017

La lección de vida que nunca olvidarás

Todos tenemos una habilidad especial que nos ayuda a forjar un carácter individual y único. Por fortuna, la humanidad es una gran fuente de diversidad y podemos encontrar tantas opciones como personas hay en el mundo.



Sin embargo, es difícil ignorar ciertas capacidades que van más allá de las explicaciones razonables. Dones innatos que fluyen con toda ausencia sistemática. Este es el caso de Elsa Lucía Arango, una médica bioenergética con una destreza especial que, según ella, ha recibido genéticamente de su familia. Ella es capaz de establecer comunicación con aquellas almas que ya no están en el espacio terrenal.

Tan fascinantes han sido sus experiencias, que no puedo dejar de documentarlas en su libro Experiencias con el Cielo. Allí cuenta diferentes incidencias con estos visitantes invisibles (como los llama ella) y la manera en que se conectan desde otra dimensión con los seres queridos que aún están en este mundo.

El poder de lo simple

Gracias a su gran sensibilidad espiritual, tan compleja que ni siquiera ella misma puede explicar, ha desarrollado la capacidad de identificar grandes enseñanzas en lecciones sencillas. Así, hoy nos comparte una experiencia de vida con un poderoso mensaje pese a la simplicidad de su presentación. 

Disfrútala:

«Era mi último día en la India; estaba junto con miles de personas de distintos países y credos, recibiendo las enseñanzas de un guía espiritual. Sentía que había aprendido tanto de aquel hombre que, como muestra de gratitud, le pregunté si yo podría hacer algo por él. ¿Acaso un gran maestro podría necesitar algo? Conociéndolo, sabía que no me pediría dinero, que nunca lo había pedido.

Pensé que me contestaría sugiriéndome que meditara más tiempo, o colaborara en alguna de las numerosas obras de caridad que tiene en la India (hospitales, escuelas, universidades y acueductos), o que hiciera más obras de servicio en mi país o trabajara con mayor dedicación.

Creí que me pediría repetir un mantra o hacer algún propósito de austeridad. Nada de eso me pidió. Simplemente se acercó y mirándome profundamente a los ojo me dijo: “Sé feliz”. Luego de pronunciar estas dos breves palabras, se retiró sin darme ninguna aclaración adicional.

Sencilla y a la vez complicada petición: “Be happy”. ¡Qué respuesta más obvia! ¿Qué anhela una madre de sus hijos? Que sean felices. ¿Qué anhela un maestro para sus alumnos? Que sean felices. ¿Cuál es el mayor deseo de un verdadero amigo para sus amigos? Que sean felices.

Simple, sencillo, profundo….y difícil de realizar.

¿Será capaz de cumplir con esa elemental petición? ¿Era yo feliz? ¿Lograr ser feliz es una decisión personal o depende de las circunstancias que me rodean? La vida me aclaró prontamente esta última duda. En el aeropuerto, el inspector de emigración al mirar mi pasaporte y ver que había estado con un gran maestro espiritual me preguntó acerca de mis sentimientos.

Pregunta extraña en un inspector de pasaportes, pero en India puede suceder. Le conté que mi maestro me había pedido que fuera feliz y, por el momento al menos, me sentía feliz. Con una sonrisa luminosa, moviendo su mano como un profesor que repasa una lección susceptible de olvidarse, me dijo: “Recuerde, sea feliz, pase lo que pase, bajo cualquier circunstancia y en toda situación”.

Estampilló mi pasaporte y al mismo tiempo estampilló la lección en mi corazón: “ser feliz es una decisión, un trabajo interior; no debes dejar que dependa de las circunstancias”.

Desde entonces intento cumplir la promesa de ser feliz, pase lo que pase y en cualquier situación. Muy a menudo no lo logro y caigo en la intolerancia con mis errores o con los de otros. En la desilusión por mis actos o por los del mundo. Pero recuerdo la lección y mi alma encuentra la forma de ayudar a perdonarme y a perdonar a través de un mecanismo más sencillo: ¡Volver a intentarlo!

Con la enorme y serena fuerza de la alegría procuro practicar la esencia de la gran enseñanza, oculta en la petición que el maestro me hizo. Seré feliz solo si ayudo a otros en ese mismo propósito. Me sentiré satisfecha si lo logro en alguna medida.

Para lograrlo, debo decidir qué hacer según mis capacidades: trabajar, hacer obras de servicio, enseñar, orar, meditar, consolar, dar ejemplo, curar, escuchar, denunciar la injusticia, estudiar, esforzarme, combatir con nobleza, equivocarme y empezar de nuevo, sonreír… llorar con el dolor del otro.

Cualquier actividad honesta está bien si la hago con alegría, sin amargura, sin resentimiento ni miedo. Algunas veces lo consigo. Sé que la injusticia existe y mi rabia con ella no la reparará. Mas cualquier acción hecha con inteligencia, bondad y alegría para mitigar la injusticia es el mejor tributo que los humanos podemos hacernos unos a otros.

El amor concreto, la solidaridad efectiva y el buen humor han sanado más heridas causadas por injusticias que cualquier acción violenta. Este mundo será mejor cuando actuemos con la fuerza del contento, en lugar de movernos por el odio o el orgullo. Esa es una decisión personal. Una e-lección de vida. No depende del entorno, sino de nosotros mismos».

Quizá no tengas que ir hasta la India para entender el concepto de esta lección (aunque no vendría nada mal). Su sencillez es fascinantemente contundente. Resulta imposible dejarla pasar sin sentir que mueve ciertas «fibras» en el interior. Lo más importante, es que tú decides cómo aplicarla en tu vida para fortalecerla emocionalmente.

Como lo dice bien su autora: es tan lección como elección.

Referencias:

«Historias de vida» Fundación Planeta Amor.