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sábado, julio 29, 2017

La felicidad no nace de la inercia, sino del movimiento

Todos deseamos que llegue el día en que cerremos los ojos, hagamos una respiración profunda y nos invada una agradable sensación de bienestar al pensar que eso que recorre nuestro cuerpo, a parte de sangre, es felicidad. ¿A quién no le gusta sentirse bien y tener a la felicidad surcando los poros de su piel?



El problema es que la felicidad no llega de la noche a la mañana ni irrumpe en nuestras vidas como si fuera un milagro. Ser feliz es algo más que esperar y conformarse, se trata de decidir, actuar y construir utilizando como cimientos los valores y las motivaciones propias. La felicidad es un estado interno. Esa es la clave.

“La felicidad no es algo confeccionado. Viene de tus propias acciones”.
-Dalai Lama-

La trampa de la inactividad

Pensar que somos unos desdichados porque la felicidad no llega a nuestra vida es un pensamiento muy común, al igual que hacerse la pregunta ¿cuándo voy a ser feliz? La cuestión está en que este estado no depende menos del tiempo, de condiciones externas o de suerte que de nosotros. De qué hacemos para conseguirlo.

Según Sonja Lyubomirsky, doctora en psicología e investigadora de la felicidad, un 50% de nuestra capacidad para ser felices está influenciada por nuestra genética, un 10% por factores externos y un 40% depende de lo que pensamos y lo que hacemos. De modo que el peso de nuestros pensamientos y acciones es 4 veces mayor que aquello que no podemos controlar. Así, no hay excusas para trabajar a favor de nuestra propia felicidad.

De esta manera, si no somos felices como vivimos ahora, muy probablemente no lo seremos más adelante, a menos que hagamos algo por cambiarlo. Quejarse no es el remedio ni el puente que nos lleva al bienestar, simplemente es la trampa que nos ancla a la apatía o al malestar.

Esa inactividad tan tentadora a la que estamos acostumbrados no nos hace bien. Y aquí no valen excusas, si queremos ser felices la acción es nuestro salvamento. Porque ¿de verdad pensamos que actuando de esa misma forma que nos hace estar mal conseguiremos en algún momento ser felices? Hasta ahora hacer más de lo mismo no provoca resultados distintos, entonces ¿por qué obcecarnos?

¿Qué es ser feliz para ti?

Como hemos visto, para ser feliz un factor bastante importante y que podemos aprender a controlar son nuestros pensamientos. Además, de ellos el que tiene más protagonismo y el que va a determinar en buena medida si somos o no felices es nuestro concepto de felicidad.

¿Qué es la felicidad para ti? ¿Qué es la felicidad para él o ella? ¿Qué es la felicidad para mí? Son preguntas muy generales, pero que a menudo nadie se plantea con cierta seriedad. El problema es que, si ni siquiera lo hacemos, ¿cómo vamos a saber cuándo somos felices? Aun a expensas de que nos equivoquemos en la respuesta, es necesario hacérsela al menos.

Una vez planteada, hay varias ideas que tenemos que tener en cuenta, como por ejemplo que la felicidad no es aquello que sentimos cuando nos compramos un coche o una casa, poco o nada tiene nada que ver con lo material más allá de tener cubiertas unas necesidades básicas. En este sentido, la sensación que aporta lo material, aunque sea placentera no deja de ser materialista. Porque no se trata de cantidad, sino de calidad o cualidad.

La felicidad no es una sonrisa, aunque ayude a construirla. Tampoco vivir como si nada nos preocupase, sino la capacidad de afrontar la realidad y construir lo que nos hace bien sin causar daños o heridas. En definitiva, sin cruzar la línea de considerar a los demás solamente como medios o instrumentos.
La verdadera felicidad es un estado.

Si quieres felicidad en tu vida, toma decisiones

Ahora bien, no basta con desear ser feliz sino con hacer algo para serlo. Esto es lo más importante. Porque ser feliz depende de nosotros, de lo que pensamos, de lo que hacemos, de cómo nos sentimos y en definitiva de nuestras decisiones. Es nuestra voluntad en movimiento.

De modo que nosotros elegimos si vivir siendo el protagonista de nuestra vida o por el contrario, observarla como un espectador. La primera opción nos acercará al bienestar, la segunda al rol de víctimas. De nosotros depende. Todas y cada una de nuestras decisiones dejan las huellas que hacen sendero.

Pero algo que no podemos olvidar es que la felicidad requiere de valentía, del coraje suficiente para enfrentarnos a nuestros miedos, esos que se mueven tan bien entre sombras al abrigo de la incertidumbre. Además, no seremos felices si no nos creemos merecedores de ello, por eso es muy importante creer que existe esa posibilidad. Porque ser feliz es una actitud, un estado que se cultiva desde nuestro interior, en movimiento.

Gema Sánchez Cuevas