Logo

Logo

viernes, junio 23, 2017

¿Conoces cómo es el duelo complicado o patológico?

Aquel que ha sufrido una pérdida muy cercana sabe de lo que hablamos. El duelo complicado o patológico es como una espiral de dolor que crece en nuestro interior haciendo cada vez más difícil respirar y vivir. Es ese aire que nos falta a diario, es ese consuelo que no existe, es esa desesperanza que nubla nuestro presente.



El duelo, esa fase completamente normal en la que todos nos sumergimos cuando acabamos de perder a alguien (o algo importante en nuestra vida), es ya de por sí un tiempo doloroso para el que lo vive. Pero cuando este se enquista, cuando este no tiene fin y cuando nos impide vivir en paz, estaríamos hablando de un estadio diferente. Ese salto cualitativo en el proceso nos conduce al llamado duelo complicado o patológico.

Es una especie de no-descanso emocional. Una tortura encarnada en nuestras rutinas, en nuestro sentir… en nuestro cuerpo. ¿Pero cómo podemos distinguir uno del otro? Es muy importante advertir estas diferencias porque condicionan la manera de trabajar con él. Además, ya sea desde un nivel profesional o desde la relación que uno mantiene con su propio duelo, la manera de trabajar también cambiará en función de si estamos en un estadio o en otro.

El duelo complicado aparece cuando se contiene o se niega el dolor

Hay muchas personas para las que el dolor es una especie de arena movediza de la que quieren salir, pero mientras se mueven o patalean sienten que cada día que pasan en el calendario están más atrapadas. Muchas veces la causa de esta sensación es que no han aprendido a relacionarse con su propio dolor. No han realizado este aprendizaje porque no han admitido que ese dolor existía, de hecho muchas de las personas que se quedan atrapadas en un duelo complicado jamás han admitido ese dolor, por muy evidentes que fueran los síntomas.

En este sentido existe un pensamiento en el seno de la sociedad –“dolerse es de cobardes, y hay que ser valientes, como me han inculcado desde bien pequeño”– que hace de cárcel para este dolor. Que lo silencia y lo reduce a la intimidad, el lugar donde esta bomba causa más destrozos y desgarros.

Este tipo de mecanismos de pensamiento no ayudan a transitar el camino del duelo. Lo empeoran. Lo enquistan. Tantas personas niegan su duelo… Se erigen como figuras indestructibles en sus familias y se tragan cualquier manifestación de “vulnerabilidad”. Porque “ahora no es momento de estar tristes”, “él nunca lo hubiera querido”.

Estos pensamientos no hacen sino enquistar el este proceso experimentando un duelo complicado. Lo niegan y lo escapsulan. Lo empujan debajo de la alfombra o lo relegan al baúl de los “objetos olvidados-siempre recordados”. Cuanto más esfuerzo hago por tapar algo y que no salga a la superficie, más engrandezco lo que estoy tapando, cediéndole al mismo tiempo el control de cómo se manifiesta. Llegará un punto en el que eso que hicimos para evitar el dolor sea inútil, y el dolor saldrá como la lava de un volcán que estaba esperando a erupcionar.

Nuestro cuerpo es sabio y expresará este dolor aunque nuestra mente lo distraiga

Si hay una “fuerza” en nuestro cuerpo que reprimimos, con total seguridad tendrá que salir por otro lado. Muchas veces estas personas desarrollan síntomas somáticos. Lo que no sale en forma de relato verbal, saldrá de manera corporal o conductual. No podemos engañar a nuestro ser. Somos mente y cuerpo. Nuestro cuerpo y nuestra mente están íntimamente ligados, de manera que las causas tienen efectos en los dos lugares.

Otras veces el duelo se complica cuando traspasa barreras a nivel temporal. Cuando pasan los años y el sufrimiento sigue estanco e inamovible. Cuando no ha perdido intensidad ni tampoco se ha revertido en un aprendizaje de vida.

Se intensifican los “síntomas” normales del duelo. Pueden desarrollar trastornos depresivos, cuadros de ansiedad, y una desadaptación a nivel conductual que impiden un funcionamiento normal en la vida de esa persona. Desarrollan síntomas que pueden llevar a otros problemas asociados. En estos casos ha de intervenirse cuanto antes para no añadir más sufrimiento al que ya existe.

La terapia te ayudará a buscar nuevos significados a esta experiencia tan dolorosa

Es muy importante no negar las emociones que uno experimenta, pero también es importante poder trabajar con ellas cuando estas nos desbordan a un punto que hacen imposible existir. La terapia nos ayudará a trabajar esta pérdida que se nos ha enquistado. Ya que cada persona es un mundo, con una riqueza totalmente única y diferente de la de los demás.

Siempre encontraremos pautas que nos ayuden a hacer más fácil el día a día cuando nos encontramos en esta situación. En este sentido es importante contar con alguien con quien compartir nuestro dolor. Alguien con quien poder ir construyendo poco a poco nuevos significados de esta experiencia. Una experiencia dolorosa, pero llena de sabiduría acerca de nuestra existencia.

No dudes en pedir ayuda cuando lo necesites y no reprimas tus verdaderas emociones por cómo te han enseñado que “deberías” reaccionar. Cada uno reacciona como su cuerpo le dicta. Escucha a tu cuerpo y dale una oportunidad para que sane o para que, directamente, no enferme.

Alicia Garrido Martín