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lunes, mayo 29, 2017

El miedo a nadar contra corriente

Ser aceptado por los demás es una necesidad instintiva y profunda. Los seres humanos somos sociales por naturaleza, animosos de la integración en grupos interés y tristes por al marginación de los mismos. Cuando somos excluidos, dentro de lo más profundo de nuestro cerebro se activa una alerta milenaria. Sabemos que si estamos solos somos más vulnerables ante cualquier peligro que aceche.


De ahí nace también el miedo a ir en contra de la corriente. De ahí también nace la arriesgada tendencia a sumarnos a las masas sin que medie una reflexión previa. En principio, nos aterra quedar por fuera de la dinámica que adelantan los demás. Es como si fuera el anuncio de que podemos caer en el ostracismo y, con ello, vernos sometidos a riesgos más poderosos que nosotros mismos.

“Pensar contra la corriente del tiempo es heroico; decirlo, una locura”.
-Eugene Ionesco-

Lo preocupante de este hecho es que hay momentos en que los que la gran corriente social va en contra de lo razonable o lo deseable. El ejemplo más evidente, que siempre es traído a colación, es el del nazismo. Muchos se sumaron a ese movimiento enfermo e inhumano, simplemente por miedo. Todos iban en esa dirección y, por más absurdo que fuera, para muchos fue mejor seguir la corriente que oponer resistencia.

Esto no solamente ocurre frente a los grandes hechos históricos. También hay un sinnúmero de situaciones cotidianas a las que podemos aplicar el mismo esquema. Sucede, por ejemplo, en los actos de acoso escolar. Aunque muchos saben que en el fondo constituyen una conducta reprobable, callan o se unen a los acosadores solo por no ir en contra de la corriente que impera. ¿Qué se puede decir de ese miedo? ¿Hay forma de conjurarlo?

El miedo a pensar y ser diferente a los demás

En cierta manera todos somos inducidos a crear un personaje que nos represente socialmente a nosotros mismos. Esto quiere decir que desde que nacemos alguien nos dice cómo debemos ser. Qué debemos hacer y qué no. De qué forma debemos comportarnos. No siempre, o más bien muchas veces, esto no coincide exactamente con lo que desearíamos ser o hacer.

Para entrar en la sociedad y en la cultura tenemos que “falsearnos” un poco. Debemos respetar la fila, aunque no queramos. O aprender a comer con cubiertos, así nos parezca inútil o muy complicado. Es el precio que debemos pagar por ser aceptados en un grupo humano. Por eso es que, en parte, cuando estamos en sociedad representamos uno o varios personajes.

¿Por qué terminamos aceptando esas reglas del juego? Simplemente porque, si no lo hacemos, recibimos a cambio un rechazo o una sanción. Los demás no están dispuestos a aceptar que hagamos lo que se nos venga en gana y suelen oponer una resistencia, sutil y poderosa, a cualquier postura diferente a la que defiende el grupo.

Nos ponen límites, que no siempre nos explican y no siempre entendemos. En principio, aprendemos a comportarnos de acuerdo con lo que dictan las normas de los demás, porque tenemos miedo del sufrimiento que nos ocasionaría no hacerlo.

Crecer es desarrollar la autonomía

Algunas personas nunca tienen la oportunidad de superar esta fase infantil. Cuando somos pequeños, mandan los adultos. Nos acostumbramos a obedecer, generalmente sin saber por qué. Lo bueno y lo malo nos es dado como un absoluto, frente a lo que nuestra opinión o deseo cuenta muy poco.

Crecer significa entender ese porqué de las normas, de los límites y las restricciones. También, decidir hasta qué punto esto se ajusta a nuestro deseo o no. Y luego, actuar en consecuencia. Para lograr todo esto es necesario que hayamos perdido el miedo a pensar por cuenta propia. Que hayamos explorado quiénes somos, independientemente del personaje que aprendimos a representar.

Al reconocernos como adultos también descubrimos que tenemos recursos para oponernos a aquello con lo que no estamos de acuerdo y nadar en contra de la corriente. Por supuesto, primero tenemos que saber con qué sí estamos de acuerdo. Eso forma nuestras convicciones y las convicciones son las que otorgan la fortaleza para ir en contra de la corriente si es necesario.

Lamentablemente, no siempre se completa ese proceso. A veces se elige no crecer. Es un trabajo arduo, que no solo demanda esfuerzo y constancia, sino también valor. No todos están dispuestos a recorrer ese sendero que lleva desde el personaje construido hasta el yo real. No todos quieren enfrentarse, cara a cara, con el miedo que da el hacerse capaz de ser uno mismo. Los que lo hacen ganan libertad. También ganan la posibilidad de diseñar su destino, a la medida de lo más real que llevan dentro de sí.

Edith Sánchez