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miércoles, mayo 31, 2017

5 lecciones que aprendí cuando me deshice de todo lo innecesario

Siempre me consideré una persona minimalista que apreciaba y valoraba lo poco que tenía, o al menos que lo intentaba. Pero mi armario lleno de ropa, así como la gran cantidad de libros que se amontonaban en mis estanterías e invadían otros muebles indicaban todo lo contrario. Poseía demasiados objetos decorativos, diseñados con otro propósito. Así fue como empecé a deshacerme de todo lo innecesario. Fue entonces cuando surgieron 5 lecciones que aprendí y que modificaron por completo mi vida.



1. Ahora sí uso lo que tengo

Una de las primeras lecciones que aprendí es que más objetos no implica más opciones. De hecho, tardé mucho en darme cuenta de que a pesar de toda la ropa que tenía en mi armario siempre terminaba poniéndome lo mismo. Algunas prendas las consideraba solo para momentos especiales, otras eran demasiado nuevas como para ponérmelas en mi día a día. Al final quedaban relegadas al fondo del armario, donde las únicas prendas útiles eran tres o cuatro contadas.
Libros que nunca vas a leer, objetos que solo ocupan espacio, después de deshacerte de lo innecesario tu vida dará un giro de 180 grados.

Así que lo que hice fue “hacer limpieza”. Me deshice de todo aquello a lo que no le daba uso y también empecé a utilizar lo que tanto me gustaba: dejé de imaginar cómo sería un estreno y me puse a estrenar. De hecho, hasta descubrí prendas que no sabía que tenía y que me encantaban. ¿Cómo podía haberlas dejado relegadas a un segundo lugar?

2. Me lo pienso dos veces antes de comprar algo

Sin duda alguna, el paso anterior fue esencial para llegar a esta otra lección. Cuando fui consciente de la ropa que tenía, pero de la que no me había dado cuenta, ya no tenía necesidad de comprar esas prendas que quería.

Lo mismo me ocurrió con objetos, libros y otros enseres. Sé que la publicidad intenta vender y nos hace creer que necesitamos algo que en realidad no es así. Un nuevo ordenador, un nuevo chocolate, la mejor de las plantillas para los pies… En fin, demasiados elementos que al final terminan sin ser utilizados o ingeridos.

En cuestión de alimentos, ¿qué probabilidad hay de que los tome antes de que caduquen? Esta es una pregunta que siempre me hago, sobre todo cuando paso por la parte de los lácteos. Comprar alimentos para que se estropeen no tiene sentido, así como comprar cosas para que tan solo ocupen espacio. ¡Este es muy valioso!

3. Menos cosas, menos tiempo

Lo mejor de tener menos es que las actividades de limpieza se reducirán de forma considerable. Personalmente, me llevaba un tiempo atroz limpiar todo el baño porque entre la ropa sucia, los productos para cabello y cuerpo, revistas, demasiadas toallas… Era un verdadero caos. Qué decir de la habitación, repleta de libros que jamás iba a leer. Al final terminaba pasando más tiempo trasladando los objetos de un lugar a otro que en limpiar.

“La simplicidad es la máxima satisfacción”
-Leonardo da Vinci- 

Por eso, al tener solo lo justo y necesario, lo que realmente voy a usar, puedo aprovechar mejor mi tiempo y eso siempre es algo que se tiene que agradecer. El tiempo es muy valioso y cuanto menos lo perdamos invirtiéndolo en acciones innecesarias mucho mejor. Así que menos cosas me permitían limpiar y ordenarlo todo mucho más rápido.

4. Empecé a centrarme en el presente

Una de las penúltimas lecciones que aprendí fue que todo ese desorden que me rodeaba estaba muy relacionado con mi pasado y mi presente. Había elementos de los que no me quería deshacer porque me recordaban a un momento en especial o eran un regalo. Sin embargo, no les iba a dar uso, ya sea porque no me gustaban o porque estaban estropeados e inutilizados.

Otros, como ya mencioné al principio, se acumulaban por el miedo a poder necesitarlas en un futuro. Hasta que fui consciente de que si en algún momento quería algo podría comprarlo, sin necesidad de guardarlo hasta ese momento. Porque, tal vez, quizás ese momento jamás surgiría y, entonces, la acción no tendría sentido alguno.

Por eso, empecé a centrarme más en el presente, valorando lo que tenía, desechando lo que sobraba, liberándome de esos “y si…”, olvidándome de esos “es que me recuerda a…”. El coleccionismo con una justificación previsora se terminó. 

5. Yo no soy mis cosas

Esta es una de las últimas lecciones que aprendí y que me resultaron verdaderamente útiles. Muchas veces pensamos que somos lo que poseemos, quizás porque lo dotamos de un gran valor. Pero, al final son todo objetos, así que me hice una pregunta, ¿qué ocurriría si se me quemase el coche, por ejemplo? Me sentiría mal, sí, pero se puede reemplazar.

Recuerdo una noticia en un pueblo de Alicante, hace unos meses, que relataba como un hombre había muerto por intentar evitar que una gran riada arrastrase su coche. ¿La consecuencia? Murió ahogado. ¿De verdad vale la pena dar la vida por lo material?

“Tira, recoge y organiza, nada te toma más energía que un espacio desordenado y lleno de cosas del pasado que ya no necesitas”
-Dalai Lama-

Deshacerme de lo que sobraba en mi vida me abrió los ojos ante nuevas perspectivas. Las lecciones que aprendí me enseñaron que puedo querer lo que tengo, darle valor, pero jamás convertirme en una esclava de estos objetos ni permitir que ellos sean los que definan mi vida. Porque lo material no da la felicidad y, aunque sí aprecie algunos objetos. Así, ¿cuánto dinero he perdido en aquellos que nunca tendrán una verdadera utilidad? ¿Cuánto nuevo no ha entrado a mi vida por no tener espacio para ello?

Raquel Lemos Rodríguez

martes, mayo 30, 2017

Cuando te enfadas… no te pones más fea

¡Qué feo te pones cuando te enfadas! Es una frase que hemos escuchado tantas veces… incluso que nos han dicho o hemos dicho alguna vez. La inversa también es popular en las primeras fases del enamoramiento, “Si es que eres guapa hasta cuando te enfadas”. En las dos frases se asocia al enfado con lo indeseable, a través de la mutación que produce en nuestro rostro.



Esta asociación no deja de responder a esa percepción clásica y social que clasifica a las emociones en dos grupos. Hablamos de las emociones deseables, como la alegría o el orgullo (en algunos casos), y las indeseables, como el miedo o la ira. Este no es más que otro de los dualismos que utilizamos, como el de cuerpo y mente, corazón o razón, introvertido y extravertido, etc. Válidos cuando miramos el mundo desde lejos, inhabilitados cuando nos acercamos y empezamos a percibir matices. Sutiles sí, importantes también.

Las emociones no son un maquillaje que pueda hacerte más feo cuando te enfadas

Sin embargo, dentro de este mensaje -comprensible en el marco de su tradición social- hay una consecuencia que se enfrenta directamente con la nueva concepción de las emociones, esa que se está edificando en psicología tomando como referencia diferentes estudios. Este paradigma propone una suspensión del rechazo o de la indiferencia que han recibido algunas emociones y que queda perfectamente ejemplificada con la frase popular que niega el título de este artículo: “¡¡Qué fea te pones cuando te enfadas!!”
Mostrar el alma desnuda en público se considera de un exhibicionismo indecente. Los demás te darán la espalda como siempre han hecho con los locos, los santos, los poetas, los visionarios y los genios. Pero ese grupo heterogéneo de locos e iluminados comparten un secreto. Una vez que se ha superado la conmoción de estar desnudo, aparece algo increíble: Ello.
-Deepak Chopra-

Ningún niño ni ninguna niña está más o menos fea cuando se enfada. En primer lugar, porque la belleza es una cualidad subjetiva que hacemos muy bien en disfrutar (o en sufrir), pero mal en imponer o en tratarla como absoluta. La belleza o la fealdad siempre encierra un juicio de valor que no en pocas ocasiones tratamos como si fuera un hecho, despreciando las opiniones que puedan tener los demás cuando son distintas a la nuestra.

Pero por encima de una discusión teórica sobre el concepto de belleza, lo que tampoco es cierto es que una emoción sea fea. Este es el mensaje que hay en el fondo de la frase y el que pretendemos negar. Una emoción siempre tiene un mensaje, nos quiere decir algo. A los niños también. Por eso lo mejor es que les ayudemos a profundizar en la emoción, en vez de animarles a echarla como si fuera un intruso que se hubiera colado en casa, una ladrona que quiere perturbar nuestra paz.

Así, lo que la frase dice es que “no te quieras identificar con el enfado, igual que no te quieres identificar con la fealdad“. En este sentido enfado también queda asociado a la culpa, ¿por qué te mantienes en un estado que no es deseable (enfadas)? ¿por qué agredes a los demás con la fealdad cuando te enfadas? Es este el momento en el que se produce una disociación entre la emoción y la expresión: el niño conserva el enfado porque no ha aprendido a deshacerse de él, pero inhibe su expresión para “no ser feo”.

“Cualquiera puede enfadarse, eso es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo”
-Aristóteles-

Las emociones no se operan ni se ignoran, se escuchan

No podemos estirpar de nuestro mundo emocional -igual que hace un cirujano con un tumor- aquella parte que en apariencia no nos gusta… y menos pedírselo a un niño. Lo que sí podemos hacer es enseñarle a gestionar ese enfado, a descifrar su mensaje y a dirigirlo. Incluso a compartirlo de la forma más beneficiosa para él.

Pensemos que el enfado no deja de ser una emoción defensiva cuyo principal propósito es evitar que se vuelva a repetir el daño. Contiene el impulso para decirle al otro: “Escucha, eso que estás haciendo no me está gustando nada”.

Sin el enfado, por ejemplo, gran parte de nuestra asertividad no existiría. Porque la asertividad es una tarea compleja que necesita energía y… ¿de dónde la obtiene? Pues principalmente de las emociones. Sí, del miedo y del enfado. Esas emociones que al principio señalábamos como negativas y que forman parte de nosotros por una razón. Enseñémosles esa razón y no les animemos a una guerra emocional que desde el principio van a tener perdida y de la que las únicas víctimas van a ser ellos mismos. Una tarea difícil sin duda, pero de frutos muy guapos.

Sergio De Dios González

lunes, mayo 29, 2017

El miedo a nadar contra corriente

Ser aceptado por los demás es una necesidad instintiva y profunda. Los seres humanos somos sociales por naturaleza, animosos de la integración en grupos interés y tristes por al marginación de los mismos. Cuando somos excluidos, dentro de lo más profundo de nuestro cerebro se activa una alerta milenaria. Sabemos que si estamos solos somos más vulnerables ante cualquier peligro que aceche.


De ahí nace también el miedo a ir en contra de la corriente. De ahí también nace la arriesgada tendencia a sumarnos a las masas sin que medie una reflexión previa. En principio, nos aterra quedar por fuera de la dinámica que adelantan los demás. Es como si fuera el anuncio de que podemos caer en el ostracismo y, con ello, vernos sometidos a riesgos más poderosos que nosotros mismos.

“Pensar contra la corriente del tiempo es heroico; decirlo, una locura”.
-Eugene Ionesco-

Lo preocupante de este hecho es que hay momentos en que los que la gran corriente social va en contra de lo razonable o lo deseable. El ejemplo más evidente, que siempre es traído a colación, es el del nazismo. Muchos se sumaron a ese movimiento enfermo e inhumano, simplemente por miedo. Todos iban en esa dirección y, por más absurdo que fuera, para muchos fue mejor seguir la corriente que oponer resistencia.

Esto no solamente ocurre frente a los grandes hechos históricos. También hay un sinnúmero de situaciones cotidianas a las que podemos aplicar el mismo esquema. Sucede, por ejemplo, en los actos de acoso escolar. Aunque muchos saben que en el fondo constituyen una conducta reprobable, callan o se unen a los acosadores solo por no ir en contra de la corriente que impera. ¿Qué se puede decir de ese miedo? ¿Hay forma de conjurarlo?

El miedo a pensar y ser diferente a los demás

En cierta manera todos somos inducidos a crear un personaje que nos represente socialmente a nosotros mismos. Esto quiere decir que desde que nacemos alguien nos dice cómo debemos ser. Qué debemos hacer y qué no. De qué forma debemos comportarnos. No siempre, o más bien muchas veces, esto no coincide exactamente con lo que desearíamos ser o hacer.

Para entrar en la sociedad y en la cultura tenemos que “falsearnos” un poco. Debemos respetar la fila, aunque no queramos. O aprender a comer con cubiertos, así nos parezca inútil o muy complicado. Es el precio que debemos pagar por ser aceptados en un grupo humano. Por eso es que, en parte, cuando estamos en sociedad representamos uno o varios personajes.

¿Por qué terminamos aceptando esas reglas del juego? Simplemente porque, si no lo hacemos, recibimos a cambio un rechazo o una sanción. Los demás no están dispuestos a aceptar que hagamos lo que se nos venga en gana y suelen oponer una resistencia, sutil y poderosa, a cualquier postura diferente a la que defiende el grupo.

Nos ponen límites, que no siempre nos explican y no siempre entendemos. En principio, aprendemos a comportarnos de acuerdo con lo que dictan las normas de los demás, porque tenemos miedo del sufrimiento que nos ocasionaría no hacerlo.

Crecer es desarrollar la autonomía

Algunas personas nunca tienen la oportunidad de superar esta fase infantil. Cuando somos pequeños, mandan los adultos. Nos acostumbramos a obedecer, generalmente sin saber por qué. Lo bueno y lo malo nos es dado como un absoluto, frente a lo que nuestra opinión o deseo cuenta muy poco.

Crecer significa entender ese porqué de las normas, de los límites y las restricciones. También, decidir hasta qué punto esto se ajusta a nuestro deseo o no. Y luego, actuar en consecuencia. Para lograr todo esto es necesario que hayamos perdido el miedo a pensar por cuenta propia. Que hayamos explorado quiénes somos, independientemente del personaje que aprendimos a representar.

Al reconocernos como adultos también descubrimos que tenemos recursos para oponernos a aquello con lo que no estamos de acuerdo y nadar en contra de la corriente. Por supuesto, primero tenemos que saber con qué sí estamos de acuerdo. Eso forma nuestras convicciones y las convicciones son las que otorgan la fortaleza para ir en contra de la corriente si es necesario.

Lamentablemente, no siempre se completa ese proceso. A veces se elige no crecer. Es un trabajo arduo, que no solo demanda esfuerzo y constancia, sino también valor. No todos están dispuestos a recorrer ese sendero que lleva desde el personaje construido hasta el yo real. No todos quieren enfrentarse, cara a cara, con el miedo que da el hacerse capaz de ser uno mismo. Los que lo hacen ganan libertad. También ganan la posibilidad de diseñar su destino, a la medida de lo más real que llevan dentro de sí.

Edith Sánchez

domingo, mayo 28, 2017

Las personas complicadas o el arte de hacer difícil lo sencillo

Hay personas así, complicadas y demandantes, de las que tienen un problema para cada solución, una contradicción para cada evidencia y una tormenta para cada instante de calma. Son petulantes y ladrones de paz interna, personalidades complejas que adoran las discusiones, que agotan, debilitan y que hemos de aprender a manejar para preservar nuestra integridad mental y emocional.



A muchos nos encantaría poder llevar a este tipo de perfiles a nuestra bandeja de “spam”, a una dimensión paralela donde nuestra realidad más cercana quedara a salvo e intacta. Sin embargo, si hay algo que todos sabemos es que ya sea en nuestra familia, en nuestro entorno laboral o incluso en el grupo de amigos, nunca faltan este tipo de personas complejas con las que estamos -casi- obligados a convivir.

Decía Confucio en sus textos que hay personas que parecen encontrar algún tipo de recompensa encontrando fallos en los demás. Esto puede llegar a ser muy invalidante si quien ejerce esta práctica es nuestra pareja o un padre o una madre con sus hijos. La personalidad “complicada”, entendida como aquella que muestra comportamientos erráticos, desiguales, narcisistas, manipuladores, y a instantes hasta agresivos psicológicamente, encierran tras de sí matices que es necesario conocer en profundidad.

El arte de hacer difícil lo sencillo esconde un laberinto de problemas emocionales que nos será muy útil descubrir.

Las personas complicadas o la habilidad de ver el mundo desde el plano negativo

Todos somos complicados a nuestra manera. Cada uno de nosotros disponemos de esos ovillos particulares alojados en la mente y el corazón, donde se entremezclan miedos con inseguridades, frustraciones con ansiedades. Sin embargo, la principal diferencia respecto a esos otros perfiles que habitan en lado más extremo de la complejidad es la incapacidad para establecer relaciones sociales y afectivas funcionales, respetuosas y estables.

El rasgo más evidente de estas personas es que presentan una clara inestabilidad emocional. Algo así ya nos avisa sin duda de una serie de problemas subyacentes que explican esa rigidez, esa inflexibilidad e inclinación constante por buscar el fallo ajeno, por dejar en evidencia, por hacer fácil lo difícil y echar raíces en el subsuelo de la negatividad.

Las personas complicadas, y esto es importante tenerlo en cuenta, pueden padecer alguna distimia (un trastorno afectivo de carácter depresivo crónico) o incluso algún tipo de trastorno de la personalidad que sin duda, dificulte ese trato cotidiano y significativo con las personas que conforman su entorno cercano.

Otras veces, y de esto habla Daniel Goleman en su libro “Inteligencia Emocional”, cuando atravesamos situaciones de estrés elevado y continuado en el tiempo, dejamos de pensar con claridad, no somos capaces de ver las prioridades y tenemos una “tendencia natural” a ver las cosas mucho más complicadas de lo que son en realidad.

Con todo esto queremos decir algo tan sencillo como evidente: las personas difíciles y complicadas, esas con las que en ocasiones nos suele costar tanto convivir, pueden esconder algún tipo problema subyacente que explique ese patrón de comportamiento.A veces, son hombres o mujeres que necesitan ayuda.

Por otro lado, también nosotros mismos podemos, en un momento dado, vivir con esa nube oscura en la cabeza, ahí donde la vida, a instantes, no es tremendamente complicada, como un puzzle al que le faltan piezas, como un juego de tetris imposible de resolver.

Tácticas inteligentes para tratar a las personas complicadas

En vista de lo expuesto anteriormente, ya tenemos claro que en primer lugar es recomendable ser sensibles ante estos comportamientos y entender que las personas complicadas pueden estar pasando por un momento personal delicado. No obstante, y por otro lado, también las hay que han cronificado sus manías, sus artimañas narcisistas y ese deseo encubierto por hacer difícil la vida a los demás.

“Lo verdadero es siempre sencillo, pero solemos llegar a ello por el camino más complicado”
-George Sand-

Si es este el caso, si cerca de nosotros hay algún perfil con estas mismas características lo primero que debemos tener claro es lo siguiente: no podemos cambiar su forma de ser, pero sí el modo en que interactuamos con ellos/as para que sus actos nos afecten menos. Te explicamos cómo.

5 claves para mantener el control con los perfiles complicados

La recomendación más evidente es la siguiente: establecer distancia. Ahora bien, no nos referimos solo a la “distancia física” – que como ya sabemos no siempre es posible- nos referimos a la necesidad de establecer barreras psicológicas y emocionales. Un desafío complejo que podemos conseguir con estas claves:
  • Debemos comunicarnos siempre con asertividad.
  • Deja claro cómo te sientes cada vez que la persona complicada hace o dice algo que te afecta, te daña o te molesta. Hay que poner sobre la mesa cuáles son los efectos de sus acciones.
  • Hay que detallarle qué es lo que no puede hacer, lo que no debe repetirse.
  • A su vez, es recomendable ofrecerle alternativas a sus acciones para que las tenga en cuenta (la próxima vez estaría bien que no te fijaras solo en mis errores, si aportaras soluciones o propuestas en lugar de críticas todo iría mejor. Yo sé que puedes hacerlo y confío en ello).
  • Por último, es muy acertado también mantener siempre la calma y entender que perder los nervios hará que la situación se vuelva más tensa. Lo ideal es construir una barrera de distancia, un espacio de seguridad.
Para concluir, hay personas con una tendencia natural a complicarse y a complicar la vida de los demás. Seamos capaces primero de entender sus ópticas y de intuir si detrás ellas existe algún tipo de problema que reclame nuestra ayuda. Si no es así, no cabe otra opción que desplegar nuestros paraguas emocionales para protegernos de sus tormentas personales.

Valeria Sabater

sábado, mayo 27, 2017

3 tipos de mentes, ¿cuál es el tuyo?

Hablar de mente es hablar de un concepto un tanto abstracto, que no es del todo claro para muchos. Se trata de una palabra que pretende englobar los procesos que ocurren en nuestro cerebro: pensamiento, conciencia, percepción, creencias, deseos, sensaciones, etc. La mente vendría a ser ese terreno en donde tienen lugar los procesos conscientes, inconscientes y funcionales.



Esa mente se ve reflejada en las ideas, en las acciones y en distintas manifestaciones de la actividad cerebral. Todo ello se produce a partir de procesos estructurados. En otras palabras, toda esa actividad mental no se da por azar, sino que obedece a patrones o esquemas que se van aprendido a lo largo de la vida. Esto no quiere decir que sea algo inmutable. En el cerebro, todo es susceptible de cambiar.


“El cerebro no es un vaso por llenar, sino una lámpara por encender”.
-Plutarco-

De acuerdo a cómo se dan esos procesos, algunos estudiosos del tema han propuesto la existencia de tres tipos de mente: la rígida, la líquida y la flexible. Cada una de ellas tiene sus propias características y obedece a lógicas diferentes. Veamos esto en detalle.

Las mentes rígidas: la resistencia a adoptar nuevas perspectivas

La educación es el factor que más influye en la configuración de las mentes. Es usual que muchas personas con mente rígida sean hijos de padres rígidos también. Esa rigidez es, en principio, un mecanismo de defensa. Las ideas fijas te dan una sensación de mayor control y te protegen de la incertidumbre. Quienes presentan estos rasgos son ideales para desarrollar actividades en donde lo central sea un factor disciplinario.

Por contrapartida, quienes tienen mentes rígidas también podrían ser algo superficiales. No se detienen a analizar o evaluar la validez de las ideas o de las acciones. Dan por hecho que todo debe marchar en un sentido muy preciso, que también ya está predeterminado.

Esto lleva a que tengan grandes dificultades para crear y por eso suelen limitarse a repetir. Es posible que se sientan muy confundidos y desamparados si algo o alguien los saca de su zona de confort. La falta de control sobre las situaciones suele generarles mucha angustia y sufren por ello.

Las mentes líquidas: una perspectiva camaleónica

A las mentes líquidas les ocurre exactamente lo opuesto que a las rígidas. No logran tener consistencia y por eso se acomodan a lo que sea. Toman la forma del recipiente en donde se alojan. Son características de personas que han renunciado a cualquier tipo de control sobre las circunstancias.

Este tipo de mente representa a las personas que necesitan de algo o alguien que las dirija. Les cuesta demasiado tomar decisiones y más aún tomar posiciones frente a la realidad. No saben qué pensar. Y como no lo saben, delegan esa tarea en otros en los que aprecien esa seguridad que a ellos les falta.

A quienes tienen este tipo de mentes les cuesta también mucho trabajo ser perseverantes. Realmente no se fijan metas, sino que dejan que otros se las impongan y se sienten conformes con ello. Pueden ser muy buenos en labores que requieran grandes dosis de subordinación. De una u otra manera, se complementan con las mentes rígidas.

Las mentes flexibles: un punto de equilibrio

Las mentes flexibles se caracterizan porque son adaptables. Que sean adaptables no quiere decir que, como las mentes líquidas, acepten pasivamente lo que hay. Su adaptación es razonada y creativa. Saben ubicarse dentro de la realidad sin imponer sus criterios, pero también sin aceptar sumisamente los de otros.

En este caso es el pensamiento el que guía la acción. La realidad es un objeto que se procesa y frente al que hay análisis y profundización. Hay apertura a los argumentos y las evidencias, por eso en las mentes flexibles hay cambio de opinión y ajuste de ideas. Es, de alguna manera, una mente humilde. No se cree poseedora de la verdad, pero tampoco cede a lo irracional o erróneo por falta de criterio.

Todo esto hace que las relaciones con el mundo sean más afables y constructivas. También este tipo de mentes crean las condiciones para que se evolucione más. La vida es cambio y el cambio es positivo porque desafía y al mismo tiempo ayuda a crecer.

Ninguno de nosotros está encasillado exclusivamente dentro de un solo tipo de estas mentes. Todos tenemos algo de cada una de ellas, aunque predominen los rasgos de una o de otra. Tampoco se puede decir que haya “mentes malas” y otras “buenas”. Sin embargo, sí vale la pena entender que hay formas mentales que nos ayudan a ser más felices, mientras que otras nos estancan o nos anulan.

Edith Sánchez

viernes, mayo 26, 2017

La vida tiene pocos premios y castigos pero sí muchas consecuencias

Nuestras acciones e incluso nuestros pensamientos generan consecuencias. Asumir este enfoque es lo que nos permite tomar las riendas de la propia vida con determinación para crear un hermoso diseño, y no para dejarnos llevar por los vaivenes caprichosos del destino. Porque en nuestro día a día no hay premios o castigos, lo que hay son consecuencias en base a nuestros actos u omisiones.



Decía John Green en el libro juvenil “Buscando Alaska” que las personas tendríamos que ser mucho más conscientes de la cadena de consecuencias que resultan de nuestras acciones más pequeñas. Apreciarlo, darse cuenta de ello, no es precisamente fácil. A muchos nos han educado bajo ese paradigma férreamente conductista, donde asumir que a veces basta con apretar el botón rojo y evitar el azul para que las cosas vayan bien, para que la vida nos recompense por sí misma.

“Si te enfadas, piensa en las consecuencias”
-Confucio- Compartir

Sin embargo, el día a día no sabe de botones rojos y azules, la vida no recompensa ni castiga. Lo que hay son matices, son finísimas cuerdas sobre las que basta dejar nuestro aliento para que todo vibre, para que todo se mueva y genere algún tipo de impacto sobre nuestra realidad. Asumir nuestra responsabilidad sobre cada palabra dicha, cada conducta, cada vacío provocado, omisión, acción o pensamiento interiorizado es lo que nos permite tener un mayor control sobre nuestra realidad.

Asumir esta perspectiva desde bien temprano nos puede ayudar sin duda a alcanzar adecuados logros y a construir relaciones mucho más significativas.

Indicios que interpretar y consecuencias que valorar

Terrence Deacon es un conocido neuroantropólogo que en la actualidad es miembro del departamento de ciencia cognitiva en la Universidad de California, Berkeley. Uno de sus libros más interesantes es “La especie simbólica”. En él, nos recuerda ese poder latente que tenemos las personas y en el cual no invertimos demasiado tiempo o esfuerzo. Nos referimos a nuestra capacidad para el análisis tranquilo, para pensar en las causas que conforman determinados hechos y anticipar las posibles consecuencias asociadas.

El profesor Deacon nos indica que nuestra cotidianidad no está hecha de estímulos ante los que reaccionar, como dirían los conductistas. Porque en la vida no siempre nos dan premios o castigos en base a lo que hagamos o dejemos de hacer. A nuestro alrededor lo que hay son “indicios” que saber interpretar para generar una respuesta adecuada. Para lograrlo, necesitamos de nuestra voluntad y de una afinada sabiduría para dar un significado lógico y acertado sobre los complejos símbolos que nos envuelven.

Por ejemplo, si al llegar al trabajo vemos a un compañero llorando en su mesa a nadie se le ocurrirá ir en busca del director para indicarle que uno de sus empleados “no será hoy muy productivo”. Lo más común es pensar primero cuál debe ser la causa de su estado emocional y después reflexionar sobre cómo podemos acercarnos de la forma más cercana para ofrecer un apoyo real, una ayuda útil.

El profesor Deacon nos recuerda también que debemos ser indagadores de la sabiduría. Para ello, es bueno asumir que somos falibles, que a veces acertaremos en nuestras respuestas y en nuestras acciones. Otras veces, en cambio, erraremos y no tendremos más remedio que asumir la responsabilidad de las consecuencias.

Porque en ocasiones la vida es como intentar tocar una pieza musical con guantes de cocina. Queremos oprimir una tecla determinada en nuestro piano para que emita ese sonido perfecto, pero sin querer oprimimos cinco teclas más a la vez y lo que se escucha es algo torpe, inadecuado y desafinado. Sin embargo, poco a poco y con la práctica cotidiana nos convertiremos en hábiles músicos capaces de evocar esa melodía que tenemos en mente. Al final, daremos con las teclas acertadas.

Aprende a dar forma a tu realidad

Pensar que todo lo que hacemos y pensamos tiene una serie de consecuencias puede asustarnos en un primer momento. Ahora bien, lejos de ver esta relación como algo determinista, como la clásica relación “causa-efecto”, debemos verlo desde un prisma mucho más amplio y más rico. Entiende que nuestra existencia es un maravilloso juego de exploración y de creación. Entiende también que en este tablero es necesario conocer las normas y las reglas que orquestan cada acto, cada acontecimiento.

“La libertad, al fin y al cabo, no es sino la capacidad de vivir con las consecuencias de las propias decisiones”
-James Mullen- 

Esas normas son fáciles de asumir y son las siguientes. Te proponemos reflexionar en ella:
  • Tienes la capacidad de mejorar tu vida, para ello, ten claro qué quieres conseguir y qué medios necesitas para lograrlo.
  • Entiende hay cosas, hechos y personas a las que no podemos cambiar: debemos aceptarlas tal y como son.
  • Aprende de tus errores, de tus fracasos y de tus pérdidas.
  • Sé receptivo a todo lo que te envuelve, sé proactivo, creativo y valiente.
  • Sé respetuoso, sé capaz de ver tu realidad como un tejido delicado donde cada cosa que haces y dices puede tener un impacto determinado que a su vez, puede afectarte a ti de algún modo.

Por último y no menos importante, entiende también que la vida no tiene un plan diseñado de antemano para ti. Somos nosotros quienes con nuestra voluntad y responsabilidad damos forma a nuestro destino, nosotros quienes al fin y al cabo, podemos ser los arquitectos de un futuro más pleno, más digno, más hermoso.

Valeria Sabater

jueves, mayo 25, 2017

A veces, las mejores personas llegan sin que las busques…

A veces, las mejores personas, las más bonitas, aparecen de improviso y sin que uno las busque. Llegan para plantar flores en el jardín de nuestros días tristes, están ahí para ser el eco de nuestras risas, el imán de nuestras complicidades, de nuestras aficiones y pasiones. Son ese faro que nunca se apaga, sin contradicciones, sin presiones ni dobles fondos…



Los neuropsicólogos nos recuerdan a menudo que nuestro cerebro está programado para llevar a cabo conductas pro-sociales. Acciones como el altruismo, la ayuda al prójimo o el acto de conferir apoyo son realidades que genéticamente consideramos como significativas e importantes porque garantizan, al fin y al cabo, la supervivencia de nuestra especie.

“A los grandes corazones ninguna ingratitud lo cierra, ningún desprecio lo cansa”
-Leon Tolstoi- Compartir

Sin embargo, y aquí llega sin duda la mayor disonancia o ironía de la humanidad, en ocasiones actuamos como auténticos depredadores de nuestros propios semejantes. No nos referimos únicamente a esas conductas más extremas que encabezan los titulares de las noticias del día a día, hablamos ante todo de esas acciones tan comunes que todos hemos vivido en alguna ocasión y de las que se desprende aquello tan clásico de “deseo que seas feliz, pero no más que yo”.

A veces el altruismo tiene intereses soterrados, lo sabemos bien. Otras veces las personas nos fallan, también lo sabemos. Quizá por que el tiempo nos cambia o porque poco a poco las máscaras caen y descubrimos que detrás de esa armadura que tanto nos fascinó al principio no hay más que un ser lleno de vacíos, de múltiples limitaciones y egoísmos insondables.

A pesar de todo, entre nuestra rica y compleja fauna social hay personas que no solo valen la pena: valen la alegría. Encontrarlas es un arte basado siempre en lo casual, pero encierra también algunas dimensiones que vale la pena abordar…

Las buenas personas están ahí, solo hay que saber verlas

¿Qué rasgos tienen esos hombres y esas mujeres capaces de mejorar nuestras vidas?¿Cómo son, en esencia, las buenas personas? Bien, sabemos que es muy común usar en nuestro día a día la recurrida frase de “mi compañero de trabajo es mala persona” o “mi hermana es muy buena persona”. Este tipo de definiciones tan reduccionistas no siempre son adecuadas, porque la naturaleza humana es mucho más compleja que estos términos tan absolutos.

La mayoría de nosotros estamos en un continuo, ahí donde en ocasiones podemos actuar de forma más o menos acertada; donde se nos puede juzgar a la ligera como “malas personas” solo porque no actuamos como los demás quieren o esperan. No obstante, eso sí, existen una serie de factores o dimensiones clave que pueden definir a esos perfiles más nobles y que en última instancia sí representan ese ideal de bondad que todos tenemos en mente.

Ser bueno significa, por encima de todo, falta de egocentrismo. Significa una identificación con los semejanter, sentir compasión, actuar con desinterés y disponer de esa empatía que acoge, que confiere un apoyo sabio y una cercanía auténtica. A su vez, la buena persona es también aquella capaz de ver más allá de la superficie, más allá de la simple apariencia.

Por otro lado, y no menos importante, existe un factor que no podemos descuidar: esas personas mágicas llegarán a nuestras vidas solo si nosotros somos receptivos. Lo harán si somos capaces de verlas, de apreciar su influjo, su arte, su poder natural de conexión. Los expertos en conducta social nos revelan que las personas hemos llegado a un punto donde nos fijamos más en las malas cualidades que en las buenas.

Ese sesgo de negatividad viene propiciado en ocasiones por el propio malestar, por la propia frustración o incluso por el recuerdo de nuestras relaciones fallidas o desengaños. Nos volvemos desconfiados, y cuando la desconfianza flota en nuestra mirada y anida en el corazón, será muy difícil vislumbrar la luz cálida de esas presencias que de verdad, merecen la pena ser incluidas en nuestra vida.

Técnicas para identificar a las personas que valen la pena (y la alegría)

Todos, en nuestro día a día, hacemos rápidas lecturas sobre las personas que nos envuelven. El doctor Rick Hanson, conocido neuropsicólogo e investigador empedernido sobre la “ciencia de la felicidad”, nos explica que para lograr conectar con mayor profundidad con nuestros semejantes y percibir así esa nobleza innata que muchos esconden en su interior, es necesario que nos detengamos, que bajemos el ritmo y que seamos capaces de leer las intenciones positivas y esa empatía auténtica que tienen las personas más especiales.

“Cuanto más buena y noble es una persona, más le cuesta ver la maldad ajena”
-Cicerón- Compartir

A continuación, te damos unas claves sencillas que pueden ayudarte a hacer esa lectura:
  • El lenguaje no verbal: la empatía se reconoce muchas veces por ese rostro y esos ojos que no solo miran, sino que observan, atienden y saben conectar haciéndonos sentir cómodos, seguros y valorados.
  • El segundo aspecto es sin duda la propia intuición. Nuestra voz interior es quien debe guiarnos siempre en ese camino de descubrimientos. Es ella quien contiene la esencia de nuestra personalidad, la sabiduría de nuestras experiencias pasadas y ese sexto sentido que nos invita a conectar con ciertas personas evitando a otras. No dudes en escuchar esa voz interna.
  • La energía emocional. Esta dimensión es tan curiosa como intensa, pero aún así, es necesario identificarla en nosotros y analizarla. Hay personas que nos generan un tipo determinado de carga emocional a través de su tono de voz, de su mirada, de sus sonrisas, del modo en que nos comunica…

Esa sensación o energía emocional que generan en nosotros algunas personas es algo que debemos atender y descifrar (¿me hace sentir cómodo? ¿me ofrece calma y armonía? ¿puedo confiar de verdad en él/ella?…). En ocasiones, esa conexión es inmediata, otras veces esa atracción tiene otro ritmo: es más pausada, más lenta pero igualmente intensa Es como un interesante tesoro que vamos descubriendo cada día y que por lo general, suele darse sobre todo en las personalidades introvertidas.

Sea como sea, esas personas especiales que hacen nuestra vida más hermosa, interesante y especial, son regalos que todos merecemos y que, por encima de todo, estamos obligados a cuidar. Hagámoslo entonces, demos siempre la mejor versión de nosotros mismos a esos seres especiales que dan luz a nuestro día a día.

Valeria Sabater

miércoles, mayo 24, 2017

Ese momento, en el que decides amar a tu cuerpo por encima de su forma y peso

El momento en que decides amar tu cuerpo por encima de su forma y peso es un paso en la historia de “tu” humanidad. Es un paso que muchas personas no son capaces de dar por la inmensa cantidad de prejuicios que han ido acumulando acerca de “cómo debe ser un cuerpo”.



Pero… ¿Cómo debe ser? Preguntémonos, antes de juzgar, machacar y destrozar la dignidad de nuestro cuerpo: cómo debe ser un buen cuerpo…¿para qué?, ¿para quiénes?. Las modas también llegaron (para quedarse) en el tema corporal. Nuestro cuerpo se ha visto presa de una serie de modas que responden a determinados intereses. Los de otros, y no tanto a los nuestros.

Intereses que son perfectamente válidos y que están en su derecho de existir. Ya que, al fin y al cabo, es uno mismo el que tendrá que decidir si prefiere aceptar su cuerpo en función de unos estándares escritos desde fuera o de unos construidos en base a uno mismo. Es una elección personal en todos los casos, pero no consciente en muchos.

Nuestro cuerpo merece una mirada de aceptación en vez de desprecio constante

Si la aceptación que hagamos de nuestro cuerpo depende de unos estándares externos, que cambian según la moda que impere en el momento, nos pasaremos toda nuestra vida vendidos a algo que está fuera de nuestro control. No obstante, si somos nosotros los que lo defendemos, en vez de atacarlo en función a lo que está “escrito” ahí fuera, seremos capaces de emprender, por fin, el camino hacia la aceptación.

En vez de atenderle desde el cariño y el cuidado, le atendemos desde la crítica y la necesidad de “reparación” constante. Siempre hay algo indigno en él. Y la indignidad a veces se torna en crueldad. Sobre todo en determinados momentos vitales. En la adolescencia, por ejemplo, el cuerpo es una de las principales vías de expresión de la identidad.

La necesidad que existe de ser visto y admirado en muchos casos se vuelva y se limita al cuerpo. Y el cuerpo “ha de estar” a la altura de semejante pretensión. Ese cuerpo donde colgaremos la ropa que nos identifica como alguien único y especial. Ese mismo cuerpo se acaba convirtiendo en un espacio de lucha interna constante.

Nos han enseñado a juzgar nuestro cuerpo en función de unos estándares externos

Así, nuestro cuerpo se convierte en un campo de batalla, representando una auténtica zona catastrófica o zona cero. Nos han enseñado a centrar nuestra atención en aquello que no nos gusta de nuestro cuerpo (en base a estándares dominados por las modas y a otros intereses comerciales) en vez de enseñarnos a aceptarlo, a amarlo e incluso a explorarlo con curiosidad y no con ánimo de crítica. Castigamos a nuestro cuerpo incluso antes de reconocerlo.

Por tanto, para muchas personas el cuerpo se acaba convirtiendo en una especie de celda en la que están condenados a vivir. No en su casa, no en el lugar sorprendente y cambiante con el diseño más perfecto. Para ellas es más una pesada carga que afea su tarjeta de presentación, una tara que les resta valor en un mundo muy competitivo, en el que el físico es importante.

Quizá nos esté gritando en silencio y no le escuchamos. ¡Quiéreme! ¡Cuídame, por favor! ¡No me vendas al mejor postor!… Pero cuando consigamos liberarnos del filtro del juicio externo (que hemos internalizado), descubriremos que nuestra mirada se torna más amable, menos dramática y más sana.

Querer a nuestro cuerpo es querernos a nosotros mismos

Algo así como “Sí, tengo celulitis y decido mirar a mi cuerpo con cariño y no con asco”. “Sí, tengo mucha tripa pero en vez de acudir al gimnasio desde el castigo, acudo desde la aceptación de mi cuerpo”. Por supuesto la salud es la base de cualquier necesidad urgente de cambio. Sentirnos bien en nuestro cuerpo pasa por cuidarlo y mantenerlo desde la aceptación y el cariño.

Hacer ejercicio, bailar, cuidarlo, observarlo… forma parte de estar en contacto con él, de descubrirlo. Trabajar por tener una mirada amable y libre de prejuicios hacia nuestro cuerpo merecerá la pena. Nos ayudará a tenerla hacia el exterior y hacia el cuerpo de los demás también.

“No hagas de tu cuerpo la tumba de tu alma”
-Pitágoras- Compartir

Por tanto existe una diferencia muy grande entre querer “cuidarse” desde el castigo y el desprecio a nuestro cuerpo, como si este fuera un lugar “provisional” hasta que estemos como los cánones mandan y querer cuidarse para sentirnos más sanos. Esta vez desde la aceptación de que ese es nuestro cuerpo y le queremos por encima de lo que pese y por encima de sus formas. Ese momento…será un gran paso para reconciliarte una vez más contigo mismo.

Alicia Garrido Martín

martes, mayo 23, 2017

La gratitud y su poder para combatir la tristeza más profunda

La gratitud es una virtud olvidada por muchas personas. Este olvido se incrementa en la medida en la que la sociedad nos empuja a ser más egoístas, a dar todo por hecho y a no valorar lo que tenemos. Cuanto más egoístas nos volvemos, menos capaces somos de percibir el exterior. Menos capaces somos de advertir la simplicidad y la belleza que reina en el mundo.



Cuando miramos solo hacia dentro perdemos la perspectiva de la vida en su globalidad. Obviamos los matices de nuestra existencia. Olvidamos muchas veces incluso nuestra condición. Nos perdemos en este baile de rutinas, de “pasos concretos para ser una persona adulta”, de vivir para trabajar… y olvidamos que existimos en este mundo.

El piloto automático de última generación y perfeccionado a base de práctica controla nuestra vida y dirige nuestros pasos. Nos volvemos ciegos (ignorantes) a la belleza exterior. Hace tiempo que decidimos que no merece nuestro tiempo, sin darnos cuenta de que lo habíamos decidido. “No tenemos tiempo”, hay que llegar a este sitio, tengo que hacer esto otro. Solo tengo recursos para precipitarme hacia este laberinto que la sociedad ha construido para mí.

La gratitud enriquece nuestro sentido, el de nuestra existencia

Nos olvidamos de la naturaleza y de las lecciones que esta nos brinda. Existimos para dar unos pasos ya establecidos y perfectamente organizados. Hay personas que entran en esta espiral y no se dan cuenta. Es como si hubieran apagado el botón que les conecta a la vida (en toda su extensión y profundidad).

Muchas veces la tristeza profunda tiene que ver con esta falta de gratitud hacia las pequeñas regalos que la vida nos ofrece. Tiene que ver con una visión que se ha invertido de a fuera hacia dentro. Una mirada que no contempla más allá de sí misma. Por tanto el dolor será muy extremo, ya que no podemos ayudarnos del exterior para salvarnos.

Dar algo por hecho, asumir que las personas que están a nuestro lado lo estarán nos comportemos como nos comportemos… Asumir que lo que hacen nuestros padres por nosotros es porque son nuestros padres y no valorarlo… Situarnos en esta perspectiva refuerza esta visión en túnel.

La ingratitud atrofia nuestros sentidos y aumenta nuestra insatisfacción

Cuando nos damos cuenta que hemos entrado en esta espiral de ingratitud (tan fácil de entrar y tan asumida en la sociedad actual) podremos hacernos una idea de su poder destructor. Como si se tratara de un huracán que arrasa con todo lo que encuentra. La ingratitud nos hace egoístas e insensibles hacia la bondad de los demás. 

Nuestros sentidos se atrofian cuando damos por hecho lo que tenemos en nuestra vida sin apreciarlo ni agradecerlo. Ya que no nos fijamos tanto en lo que tenemos como en lo que nos falta, y siempre nos faltará algo mientras miremos hacia dentro y busquemos fuera. Solo nos fijamos en lo que la vida “debería” darnos según nuestras leyes de justicia. Así, en la medida que alimentamos estos pensamientos, incrementamos la sensación de insatisfacción que sentimos en y con nuestras vidas.

La tristeza se hace más liviana e incluso desaparece cuando hacemos un pequeño ejercicio. Consiste en agradecer aquello con lo que contamos y sobre lo que pensamos que gozamos por derecho. Agradecer los buenos gestos de las personas que tenemos a nuestro alrededor o centrarnos y atender a los mensajes que la naturaleza nos manda podrían ser dos ejemplos.

La tristeza se difumina cuando agradecemos lo que la vida nos da

No dejes pasar ni un día más sin alzar el vuelo y ver el bosque del que puedes disfrutar, que va más allá del pequeño desierto en el que no han crecido frutos. No estamos hablando de grandes cosas, ni si quiera de algo material. Hablamos de la sencillez que nos alimenta todos los días de manera silenciosa. Que nos roba una sonrisa, interesante o tonta, pero sonrisa.

Desde la calidez que entra directa en nuestro corazón cuando nuestro perro se alegra por vernos… hasta la sorpresa e ilusión por ver cómo va creciendo la semilla que un día plantamos en una maceta. La gratitud nos salva la vida. Sensibiliza nuestros sentidos y nos trasforma en grandes compañeros de vida. Compañeros que nos muestran la belleza y la bondad que hay en el mundo que nos rodea. Si abrazas a la vida tal cual es, abrazas la gratitud. Y la gratitud calma y apacigua hasta al alma más atormentada.

Alicia Garrido Martín

lunes, mayo 22, 2017

Empatía: ¿qué caracteriza a las personas que la poseen?

La empatía es un arte, una capacidad excepcional programada genéticamente en nuestro cerebro con la que sintonizar con los sentimientos e intenciones de los demás. Sin embargo, y aquí llega el problema, no todos logran “encender” esta linterna que ilumina el proceso de construcción de las relaciones más sólidas y enriquecedoras.



Algo que escuchamos con frecuencia es aquello de que “tal persona no tiene empatía”, “que aquella otra es una egoísta y que carece por completo de ella”. Bien, algo que es importante aclarar desde un principio es que nuestro cerebro dispone de una arquitectura muy afinada mediante la que favorecer esa “conexión”. La empatía, al fin y al cabo, es una estrategia más con la que mediar en la supervivencia de nuestra especie: nos permite entender a la persona que tenemos delante y nos facilita la posibilidad de establecer una relación profunda con ella.

Tenemos dos oídos y una boca para escuchar el doble de lo que hablamos
-Epíteto-

Esa estructura cerebral donde la neurociencia ha situado nuestra empatía está en el giro supramarginal derecho, un punto situado justo entre el lóbulo parietal, el temporal y el frontal. Gracias a la actividad de estas neuronas logramos separar nuestro mundo emocional y nuestras cogniciones para ser más receptivos en un momento dado, hacia las de los demás. 

Ahora bien, aclarado este dato, la siguiente pregunta sería, entonces… ¿si todos disponemos de esta estructura cerebral, por qué hay personas más o menos empáticas e incluso quienes presentan una ausencia total y absoluta de ella? Sabemos, por ejemplo, que el trastorno antisocial de la personalidad tiene como principal característica esa falta de conexión emocional con los demás. Sin embargo, dejando a un lado el aspecto clínico o psicopatológico son muchas las personas que simplemente, no llegan a desarrollar esta habilidad.

Las experiencias tempranas, los modelos educativos o incluso el contexto social, hace que esta maravillosa facultad se debilite a favor de un egocentrismo social muy marcado. Tanto es así, que tal y como nos revela un estudio llevado a cabo en la Universidad de Michigan, los universitarios de hoy en día son hasta un 40% menos empáticos que los estudiantes de los años 80 y 90.

La vida actual tiene ya tantos estímulos y tantos distractores para muchos jóvenes y no tan jóvenes, que dejamos de ser plenamente conscientes del momento presente e incluso de la persona que tenemos ante nosotros. Los hay que están más sintonizados a sus dispositivos electrónicos que a los sentimientos de los demás, y eso, es un problema sobre el cual deberíamos reflexionar.

Para profundizar un poco más en el tema, te proponemos a continuación conocer qué rasgos definen a las personas que sí disponen de una autoestima auténtica, útil y esencial con la que establecer relaciones saludables y un adecuado desarrollo social.

La empatía útil Vs la empatía proyectada

Una aspecto básico que conviene aclarar desde un principio es qué entendemos por empatía útil, porque aunque nos sorprenda, no basta simplemente “con tener empatía” para construir relaciones sólidas o para mostrar eficacia emocional en nuestras interacciones cotidianas.
“El regalo más preciado que podemos dar a otros es nuestra presencia. Cuando nuestra atención plena abraza a los que amamos, florecen como flores”
-Thich Nhat Hanh-

Para entenderlo te pondremos un sencillo ejemplo. María acaba de llegar a casa cansada, agotada de mente y molesta. Acaba de tener una discusión con sus padres. Cuando Roberto, su pareja, la ve, lee de inmediato en su expresión y en su tono de voz que algo no va bien, interpreta su malestar emocional y en lugar de generar una respuesta o una conducta adecuada, opta por aplicar la empatía proyectada, es decir, amplifica aún más esa negatividad con frases como “ya vienes otra vez enfadada, es que te coges las cosas a la tremenda, siempre te pasa lo mismo, mira qué cara llevas…”.

No hay duda de que muchas personas son hábiles a la hora de empatizar emocional y cognitivamente con los demás (sienten y entienden qué ocurre), sin embargo en lugar de mediar en la canalización y en la adecuada gestión de ese malestar, lo intensifican.

La persona hábil en empatía, por tanto, es aquella capaz de ponerse en los zapatos ajenos sabiendo en todo momento cómo acompañar en ese proceso sin dañar y sin actuar como un espejo donde se amplifique el dolor. Porque a veces no es suficiente con comprender, hay que saber ACTUAR.

La auténtica empatía deja a un lado los juicios

Nuestros juicios diluyen nuestra capacidad de acercamiento real hacia los demás. Nos sitúan en un bando, en un lado del cristal, en una perspectiva muy reducida: la nuestra. Cabe decir, además, que no resulta precisamente fácil escuchar a alguien sin emitir juicios internos, sin poner una etiqueta, sin valorar a esa persona como hábil, torpe, fuerte, despistada, madura o inmadura.

Todos lo hacemos en mayor o menor grado, sin embargo, si fuéramos capaces de despojarnos de ese traje, veríamos a las personas de una forma más auténtica, empatizaríamos mucho mejor y captaríamos con más precisión la emoción del otro.

Es algo que deberíamos practicar a diario. Una habilidad que según varios estudios suele llegar a medida que nos hacemos mayores, puesto que la empatía, así como la capacidad de escuchar sin juzgar, es más común a media que acumulamos experiencias.

Las personas con empatía disponen de una buena conciencia emocional

La empatía forma parte indispensable de la Inteligencia Emocional. Sabemos que este enfoque, esta ciencia o área tan exitosa de la psicología y el crecimiento personal está de moda, pero… ¿Hemos aprendido de verdad a ser buenos gestores de nuestro mundo emocional?
La verdad es que no mucho. En la actualidad, seguimos viendo muchas personas que manejan a la ligera y con supuesta eficacia términos como la autorregulación, la resilencia, la proactividad, la asertividad… Sin embargo, carecen de un auténtico inventario emocional y siguen dejándose llevar por la ira, la rabia o la frustración como lo haría un niño de 4 años.
Otros en cambio, piensan que ser “empático” es sinónimo de sufrimiento, como un contagio emocional donde sentir lo que otro sienten para experimentar el mismo dolor ajeno como una suerte de mimetismo del malestar.

No es lo adecuado. Debemos entender que la empatía sana, útil y constructiva parte de esa persona que es capaz de gestionar sus propias emociones, que dispone de una autoestima fuerte, que sabe poner límites y que a su vez, es hábil a la hora de acompañar emocional y cognitivamente a los demás.

La empatía y el compromiso social

La neurociencia y la psicología moderna definen la empatía como el pegamento social que mantiene unidas a las personas y que a su vez, genera un compromiso real y fuerte entre nosotros.
“Si no tienes empatía y relaciones personales efectivas, no importa lo inteligente que seas, no vas a llegar muy lejos”
-Daniel Goleman-

Por curioso que parezca, en el reino animal el concepto de empatía está muy presente por una razón muy concreta que hemos señalado al inicio: la supervivencia de la especie. Algo así genera que muchos animales y diversas especies muestren comportamientos de cooperación donde atrás queda la clásica idea de la “supervivencia del más fuerte”. Un ejemplo de ello lo podemos ver en ciertas ballenas, capaces de atacar a las orcas para defender a las focas.

Sin embargo, entre nosotros predomina en muchos casos el efecto inverso, a saber, la necesidad de imponernos los unos sobre otros, de buscarnos enemigos, de alzar fronteras, de crear muros, de invisibilizar personas o incluso de atacar al más débil solo por ser débil o ser diferente (pensemos en los casos de bullying).

Por su parte, las personas que se caracterizan por una auténtica empatía creen en el compromiso social. Porque la supervivencia no es un negocio ni debe entender de políticas, de intereses o de egoísmos. Sobrevivir no es solo permitir que nuestro corazón bombee, es disponer de dignidad, de respeto, es sentirnos valorados, libres y parte de un todo donde todos somos valiosos.

Valeria Sabater

domingo, mayo 21, 2017

La culpa y sus dos grandes amigas, la duda y la inseguridad

La culpa nunca llega sola, puede presentarse por multitud de razones en nuestra vida. En ocasiones nos tortura por aquello que hemos hecho pero que no dio el resultado que esperábamos. Otras, nos persigue por no haber tenido el valor de hacer o decir algo que ahora nos corroe desde el interior. Es en este segundo caso en el que la culpa se presenta en nuestra vida acompañada por sus dos grandes amigas, la duda y la inseguridad.
Nunca dejes de hacer algo por miedo, más vale arrepentirse de lo hecho que culparse por aquello que podría haber sido.



Es entonces, cuando la duda toma el mando de nuestras decisiones y la inseguridad decide que es mejor no hacer nada por miedo a perder lo que tenemos, cuando la culpa se instala en nuestra vida. Esto hace que nos quedemos tristes y paralizados viviendo en nuestra imaginación lo que hubiera sucedido, en lugar de aceptar la realidad de nuestro inmovilismo.

La duda, la capitana de nuestro ejército de miedos

El miedo pasa, lo que dejas de vivir por miedo, no vuelve.

La duda nos observa día a día y nos recuerda, de manera estratégica, esas situaciones en las que hicimos algo que salió mal. Esas situaciones en las que herimos a alguien sin querer o en las que hicimos el ridículo. En definitiva, la duda se encarga de multiplicar nuestro malestar hasta hacernos dudar de todo lo que somos u hemos hecho.

Pero eso no es todo, cuando nuestro malestar se incrementa, la duda llama a su ejército, ese que recoge nuestros miedos y los manda desfilar. Y es entonces cuando las imágenes de todo lo malo que puede ocurrir nublan nuestra mente y nos impiden decidir lo que realmente queremos.

Pero, no solo queremos ser felices, buscar nuestro bienestar, sino que queremos vivir sin sufrir y aprovechándose de eso, la duda nos ataca de nuevo. Así es como caemos de nuevo en el miedo y la culpa, así es como la inseguridad se alía con la duda y nos ata con sus cadenas intentando aliviar ese malestar que sentimos y que sabemos que forma parte de la vida, aunque lo queramos evitar.

La inseguridad, esas cadenas que nos impiden avanzar

“Se puede huir de todo menos de lo que se pierde”
-Marwan-

Entonces la inseguridad se muestra con toda su crudeza, haciéndonos dudar de nosotros mismos y de nuestras acciones. Nos encadena en el inmovilismo, en el miedo a fracasar de nuevo si hacemos algo más o lo volvemos a intentar.

Con la inseguridad perdemos nuestro punto de apoyo, nuestra autoconfianza. Perdemos el equilibrio emocional y nos arraigamos a un lugar hostil con nosotros mismos. Ese lugar es donde nuestra propia imagen se desdibuja en una amalgama de miedos que reflejan lo que no somos, sino lo que tememos ser.

Así nos arraigamos en los posibles de un futuro aciago pero que no es real, aunque nos comportamos como si lo fuera. Demostrando así que nuestra autoconfianza nos puede llevar lejos, pero que la falta de ella nos encadena a la autoevaluación negativa continua, dirigida a todo lo que podríamos hacer.

Por eso, cuando la culpa aparezca en tu vida acompañada por la duda y la inseguridad, centrarte en lo presente, en lo real, te ayudará a superarla. Además, hará que des la mejor versión de ti, tu potencial, porque los límites dejan de ser mentales y se convierten en reales.

Lorena Vara González

sábado, mayo 20, 2017

7 actitudes comunes en las personas intolerantes

¿Cuál es la imagen que tienes de ti? ¿Te has parado a pensar alguna vez en cómo te ven los demás? Porque aunque no lo creas, existen actitudes comunes en las personas intolerantes, y tal vez tú, igual que yo, podamos poseer algunas de ellas. ¿Te apetece comprobarlo?



No es fácil ser realmente tolerante, por eso a veces nos encontramos con sorpresas cuando creemos que lo somos. No siempre trabajamos la tolerancia tanto como para colocarnos el adjetivo de tolerantes, pues como dice Jaime Balmes, “no es tolerante quien no tolera la intolerancia”. ¿Y tú, toleras la intolerancia?

¿Toleras la intolerancia?

Antes de entrar de lleno en este tema, me gustaría sugerir un sencillo ejercicio que propone Pablo Morano, experto en crecimiento personal. Este guía aporta una serie de preguntas que pueden darnos una estimación real del lugar en el que nos encontraríamos en una supuesta escala de tolerancia.

¿Eres de esas personas que rechazan lo distinto? ¿Descalificas a las primeras de cambio ideas ajenas, peregrinas o no, incluso llegando a ningunearlas? ¿Eres de los que se molesta porque gentes con opiniones diferentes a las tuyas tengan más oportunidades de expresarlas? ¿Consideras que todo el mundo debería pensar como tú?

Si has contestado afirmativamente a alguna de estas preguntas, considera que mantienes algún grado de intolerancia. Hablamos de grados porque lo normal es que, si dibujamos un segmento delimitado por “tolerancia” e “intolerancia”, todos nos situemos en algún punto de él. Es decir, no todas estas cuestiones se contestarían hacia el mismo polo o con la misma seguridad. Así, todos podemos tener grados mayores o menores de tolerancia o intolerancia según la circunstancia y personalidad.

“Es la tolerancia fuente de paz y la intolerancia fuente de desorden y pelea”
-Pierre Bayle-

Descubre actitudes comunes en las personas intolerantes

Con independencia de otras características personales, existen actitudes comunes en las personas intolerantes. Es decir, que en mayor o menor grado, encontrarás ciertas disposiciones que siempre van a ir unidas a su forma inflexible de pensar. Veamos los más llamativos e identificables.

El fanatismo

Por lo general una persona intolerante muestra fanatismo a la hora de defender sus creencias y posturas. A nivel político, religioso, espiritual, etc., suele ser incapaz de discutir o conversar sin adoptar pensamientos extremistas, creyendo que su visión es la única válida. De hecho, tratará de ejercer su hegemonía sobre los demás y su forma de ver el mundo.

Rigidez psicológica

Las personas intolerantes muestran cierto temor a cuanto es diferente. Es decir, son rígidos en su psicología, por lo que les cuesta aceptar que otras personas tengan visiones y filosofías distintas. Así pues, marca diferencias y distancias con lo que no coincide con su manera de pensar, no lo acepta e incluso le produce ansiedad.

Suelen mostrar amplios conocimientos no reales en cualquier materia

El intolerante siente que se ha de defender las personas que son o piensan diferente. Así pues, crean o inventan, dándoles carácter de realidad, teorías y conocimientos en materias sobre las que no tienen conocimiento. De esta forma no aceptan ni escuchan otros puntos de vista que no sean los suyos, y consideran que su actitud cerrada está justificada. Incluso pueden recurrir a la burla o a la agresividad si se ven cercados y sin argumentos.

Su mundo es más simple y carente de matices

Un ser humano intolerante tiene en realidad un mundo más simple. Es decir, no escuchan, por lo que no se abren a otras posturas y formas de pensar. Así pues, su mundo es blanco o negro. Formas de pensar como “estás conmigo o contra mí”, “es feo o bonito”, “es erróneo o certero”, sin percatarse de que puede haber una escala de grises. Necesitan seguridades y certezas, aunque no sean reales.

Son fieles a la rutina

En general, todo lo que pueda ser imprevisto o espontáneo no les suele gustar. Se aferran a sus rutinas, algo que ya conocen y les ofrece seguridad y tranquilidad. De lo contrario, se estresan o frustran con suma facilidad.

Sus relaciones sociales pueden ser complejas

La falta de capacidad empática de un intolerante le puede granjear serios problemas sociales. Necesitan corregir, dominar e imponer siempre su punto de vista. Ello les lleva a rodearse de personas pasivas o con baja autoestima. Con las demás, su interacción acaba por ser imposible o muy compleja.

Suelen mostrar un alto nivel de celos

Un intolerante difícilmente aceptará el éxito de otra persona que no sea él, porque esa persona siempre será en algún grado diferente y, por lo tanto, en algún grado equivocada. Es más, si ese individuo tiene una forma de ver el mundo más abierta y tolerante, le producirá una honda inquietud y malestar. Aumentarán sus niveles de ansiedad, ya que es algo incorrecto desde su punto de vista, siendo un posible origen para los celos.

“El enemigo no es el fundamentalismo, sino la intolerancia”
-Stephen Jay Gould-

Estas son actitudes comunes en las personas intolerantes que se suelen presentar en mayor o menor medida. ¿Encuentras alguna de la que te sientas aquejado? Si es así, ponle freno sin dudarlo, serás más feliz y tus posibilidades de enriquecimiento personal se multiplicarán.

Pedro González Núñez

viernes, mayo 19, 2017

Existe una gran diferencia entre rendirse y saber cuándo es suficiente

Hay historias, relaciones y vínculos que ya no dan más de sí. Son como una cuerda que se ha tensado demasiado, como una cometa que quiere escaparse y no podemos sujetar, como un tren que debe partir a su hora y no podemos detener. Dejarlos ir no es ni mucho menos un acto de cobardía o de rendición, porque saber cuándo algo es suficiente es todo un acto de valentía.



Si hay algo para lo que no estamos preparados es para alejarnos de las personas significativas o para dejar de invertir tiempo y energías en un proyecto, en una ocupación o dinámica que hasta no hace mucho, era importante para nosotros. Decimos que “no estamos preparados” porque nuestro cerebro es muy resistente al cambio, porque para este órgano maravilloso y sofisticado toda ruptura con la rutina o el hábito supone un salto al vacío que genera miedos.

¡Es suficiente!-gritó el corazón- Y por una vez, él y el cerebro se pusieron de acuerdo en algo

Esta inclinación suya por mantenernos siempre en los mismos espacios, en las mismas ocupaciones y en compañía de las mismas personas, hace que nos sea tan complicado traspasar los límites de nuestra zona de confort. Este apego casi obsesivo a lo conocido provoca en nosotros que nos digamos cosas como “mejor aguanto un poco más” o “voy a esperar un poco más a ver si las cosas cambian”.

Sin embargo, si hay algo en lo que ya estamos doctorados es en saber que hay determinados cambios que no llegan nunca, y que aveces aguantar un poco más supone esperar demasiado. Nos han educado en la clásica e injustificable idea de que “lo que no te mata, te hace más fuerte” y en que quien abandona algo o a alguien lo hace porque se rinde y su fuerza de voluntad se doblega.

Ahora bien, más allá del “problema”, lo que hay es una infelicidad rotunda y aplastante. Tan física que, sencillamente, nos quita el aire y la vida. Dejar a un lado estas situaciones, al menos por un tiempo, es sin duda todo un acto de valentía y de salud.

Saber cuándo es suficiente no siempre es fácil

Cuando tropezamos, nos caemos y nos herimos, no dudamos en curarnos de inmediato y en comprender que es mejor evitar esa parte de la acera porque es peligrosa. ¿Por qué no hacemos lo mismo con nuestras relaciones y con cada uno de esos ámbitos donde también experimentamos dolor o sufrimiento? Esta pregunta sencilla tiene una respuesta que encierra matices tan complejos como delicados.

En primer lugar, y por mucho que nos digan, en la vida no hay aceras con agujeros ni caminos llenos de piedras. Sabemos que este tipo de metáforas son muy manidas, pero el problema está en que los peligros, en la vida real, nunca se pueden identificar con tanta precisión. Las personas no llevamos un cartel en el que advirtamos de cómo somos, cómo amamos o qué intenciones tenemos. En segundo lugar, cabe recordar que somos criaturas con múltiples necesidades: de apego, de afiliación, de comunidad, de ocio, de sexualidad, amistad, trabajo… Finalmente está el cambio: las personas somos dinámicas por naturaleza, mutantes.

Estas variables hacen que nos veamos obligados a hacer auténticos “saltos al vacío” para probar, para experimentar e incluso para sobrevivir. Así, en ocasiones hasta ofrecemos segundas y terceras oportunidades a las personas menos adecuadas porque nuestro cerebro es pro-social, y siempre dará más valor a la conexión que a la distancia, a lo conocido que a lo desconocido.

Todo ello nos ayuda a comprender por qué nos cuesta tanto dilucidar cuándo algo ha sobrepasado el límite, cuándo los costes superan por mucho a los beneficios y cuándo la propia mente actúa como nuestro auténtico enemigo al susurrarnos una y otra vez aquello de “no te rindas, no te dejes vencer”. Sin embargo, es necesario integrar en nuestro cerebro algo básico y esencial: quien deja a un lado algo que es nocivo y que nos ofrece infelicidad no se rinde, SOBREVIVE.

Aprende a descubrir tu “punto dulce”

Hallar nuestro “punto dulce” es algo así como encontrar nuestro propio equilibrio, nuestra homeostasis psicológica y emocional. Se trataría de saber en todo momento qué es lo más óptimo y adecuado para nosotros mismos. Cabe decir, eso sí, que esta habilidad no está relacionada con la intuición, sino con un auto-aprendizaje objetivo y meticulosamente adquirido a través de la experiencia, la observación y a través de esa inferencia de la propia vida donde uno debe aprender de sus errores y de sus aciertos.

“Nada es suficiente para quien lo suficiente es poco”
-Epicurio-

El “punto dulce” es además ese estado donde cada cosa que obtenemos, que hacemos y en lo que invertimos tiempo y energía, nos beneficia y nos satisface. Sin embargo, en el momento en que asoma la sombra del estrés, de la ofuscación, el miedo, las lágrimas o el agotamiento extremo, habremos dado paso al “punto amargo”: una zona poco saludable de la que debemos salir cuanto antes.

Cabe decir que esta sencilla estrategia puede aplicarse en cualquier ámbito de nuestra existencia. Hallar ese punto dulce es un acto de sabiduría y una herramienta personal con la que recordar que todo en esta vida tiene un límite, que saber cuándo algo es suficiente no equivale a rendirse sino a entender dónde están nuestros límites. Hablamos de ese ecuador que separa la felicidad de la infelicidad, la amargura de las oportunidades.

Empecemos a integrar ese punto dulce en nuestra cotidianidad para ganar en calidad de vida.

Valeria Sabater

jueves, mayo 18, 2017

7 señales para conocerte mejor a ti mismo

Conocerte a ti mismo es quizás la tarea más ardua y también una de las más importantes de las que tienes que emprender. Algunas señales dan muestra de si lo has logrado en alguna medida, o no. Podríamos decir que nadie lo consigue por completo, ya que el proceso es altamente subjetivo. Tú eres tanto el sujeto que conoce, como el objeto a conocer. Esto hace que sea muy difícil lograrlo.



Aceptarte y valorarte es una de las señales de que te conoces a ti mismo. A la vez, solo quien se acepta y se valora logra vivir de una forma que le resulta satisfactoria. De ahí que sea tan importante ese autoconocimiento, ya que de este depende en gran medida cómo actúas y los objetivos que logras.

“Creo que de una manera u otra aprendemos quienes somos realmente y luego vivimos con esa decisión”
-Eleanor Roosevelt-

Lo que hace difícil ese proceso de conocerse a uno mismo es la educación y el entorno. Cada persona es interpretada por quienes la rodean, desde el mismo momento de nacer y de manera inevitable. En otras palabras, los demás le otorgan un significado a lo que eres y a lo que haces, desde que comienzas a vivir.

No siempre, o más bien casi nunca, esa interpretación es acertada. Tiene que ver más con los intérpretes que contigo mismo. Así que el proceso de conocerte comienza por independizarte de esas visiones. ¿Cómo sabes si te conoces o no te conoces todavía? Enseguida te enumeramos algunas señales que lo indican.

Buscar tu verdad en factores externos, una de las señales

Una de las señales de que no te conoces es la tendencia a buscar respuestas, razones o motivos en algún factor externo. No crees que haya sabiduría dentro de ti. Menosprecias lo que hay en tu interior y por eso le das validez a esos elementos que están fuera de ti.

Quizás no has caído en la cuenta de que en lo que tiene que ver con tus sentimientos, tus emociones y el destino de tu vida no hay respuestas posibles fuera de ti. Y si las hay, son siempre parciales y posiblemente erróneas. Nada ni nadie tiene derecho a decirte lo que debes hacer o cómo te debes sentir. La respuesta a todo eso siempre está en ti mismo.

Te comparas con los demás

Compararte con los demás es una manera equivocada de responder a las preguntas sobre quién eres y qué eres capaz de hacer. Es falso que si fulanito pudo, entonces tú también puedes. O lo contrario. También es falso que si muchos van en determinado sentido, ese sea el camino correcto.

Al compararte con los demás estás cayendo en una trampa. ¿Te parece razonable comparar el color amarillo con el azul? ¿Te resulta válido hacer un paralelo entre el agua y la tierra? La comparación, en particular cuando es neurótica, solo lleva a la frustración o al falso amor propio.

Te arrepientes de decir “sí” o de decir “no”

Es una de las señales típicas de falta de autoconocimiento. Mantienes una cierta duda frente a todas las decisiones que afrontas. No importa si se refieren a aspectos grandes o pequeños, siempre lo dudas. Y muchas veces terminas optando por algo que realmente no querías.

Dices “sí” o “no” porque te sientes presionado por las circunstancias o por alguna persona. Dices “no” por miedo a ser demasiado osado, o dices “sí” porque se impone el poder de la mayoría. No consultas con tu corazón, ni con tu mente o tu experiencia antes de comprometerte con un “sí” o un “no”. Y terminas arrepintiéndote.

Buscas la aprobación de las figuras de poder

Las figuras de poder ejercen una gran fascinación sobre quienes no se conocen a sí mismos. Esta es una señal inequívoca. En realidad, no se evalúa la calidad de esas figuras de poder, sino que se les otorga importancia y se busca su aprobación con independencia de los valores que representen.

La aprobación por parte de una figura de poder compensa la sensación de incertidumbre que provoca el no conocerse a uno mismo. Es una forma de sustituir el vínculo con el propio yo por otro con un agente exterior con la suficiente fuerza para diluir las inseguridades personales.

Te afectan profundamente las críticas o burlas de los demás

Como no se ha desarrollado un criterio propio para evaluar las acciones personales, se le otorga un valor excesivo a la opinión de los demás. Si esa opinión es aprobatoria, hay serenidad. Si esa opinión es censuradora o de reprobación, el mundo se desmorona.

Depender de la opinión de los demás es un camino seguro para deformar progresivamente la imagen que tienes de ti mismo. Por supuesto, todos queremos que los demás nos acepten y piensen bien de nosotros. Pero esto no se puede lograr a costa de sacrificar la identidad. Si no, se convierte en esclavitud.

Si cometes un error, quieres morirte

Cuando no te conoces a ti mismo, sueles juzgarte con gran severidad. Conocer es comprender. Y cuando se comprende, los juicios se relativizan. No solo se miran los resultados, sino que también se observan los procesos, las causas y las consecuencias.

La comprensión suscita unos razonamientos más bondadosos. Si cometes un error, logras perdonarte más fácilmente porque entiendes que forma parte de un aprendizaje. Si no te conoces, asumes un error como una amenaza. Temes anularte y desaparecer.

Reaccionas impulsivamente ante el conflicto

Quien se conoce a sí mismo no se siente atraído por el conflicto. Sabe que sus energías emocionales son limitadas y que no puede darse el lujo de gastarlas en ejercicios innecesarios. A quien no se conoce le pasa lo contrario: busca el conflicto como medio para reafirmarse. Eso sí, nunca busca conflictos de gran envergadura, sino por pequeñeces.

Una de las señales que indica un buen grado de conocimiento propio es el autocontrol. Si te conoces, sabes gestionar tus emociones y rara vez te dejas llevar por el impulso inmediato. En caso contrario, reaccionas como un resorte ante situaciones triviales inclusive, porque sientes que casi todo te pone en riesgo.

El autoconocimiento es una tarea que lleva toda una vida, pero cualquier esfuerzo en ese sentido vale la pena. Y lo vale porque te permite alcanzar un mayor grado de conciencia, de independencia, de libertad y de seguridad. No te niegues la oportunidad de navegar entre los enigmas y las maravillas de la persona más importante: tú mismo.

Edith Sánchez