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miércoles, abril 12, 2017

Me he sentado delante del espejo a hablar con mi reflejo

Hoy me he sentado delante del espejo a hablar con mi reflejo, a aceptar que no soy perfecta, pero es así como me quiero. A mirarme por primera vez más allá de mi simple aspecto y entender que lo que soy y cómo soy refleja todas y cada una de las experiencias que he vivido.



Hoy he aprendido que la vida se refleja en la piel y las esperanzas en los ojos, y aunque dicen que los ojos son el espejo del alma, también son la puerta de la esperanza. Quizás resulta complicado mirar al espejo y ver no solo nuestro aspecto, sino ver más allá de nuestro propio reflejo, ver que realmente no solo estamos hechos de carne y hueso, sino que estamos hechos de experiencias, esperanzas y sueños.
No somos solo carne y huesos, somos lo que hemos sido, y a la vez, lo que seremos. 

Las arrugas son el reflejo de las preocupaciones en los ojos y las carcajadas en la boca. Son el reflejo de las palabras que no hemos dicho y de las que se nos escaparon con fuerza y después nos arrepentimos. Son una parte de nosotros, una parte que nos ayuda a construirnos, una parte que dice al mundo cómo somos.

Quizás mirar directamente a tu alma en lugar de tu aspecto, cuando te miras al espejo, resulte una tarea muy complicada. Suele suceder cuando nos reprochamos el pasado en lugar de mirar al futuro, cuando nos enganchamos a lo perdido en lugar de valorar todo aquello que hemos obtenido. Cuando pretendemos que nuestra piel y nuestro físico sean perfectos, de porcelana, como si muñecas sin vida fuéramos y experiencias no hubiéramos vivido.

El pasado sirve para aprender

Pero resulta que somos más de lo que se puede ver, somos pasado, y su reflejo recorre nuestra piel. Porque el pasado nos ha enseñado de dónde venimos, pero no determina a dónde vamos. Porque somos nosotros las que dirigimos a nuestros pies.

Aunque hay que tener en cuenta que el pasado sirve para aprender, no para engancharnos a él. El pasado forma parte de lo que somos, pero no define lo que podemos ser. El pasado, al fin y al cabo, es la estructura, los ladrillos que nos han construido, pero no nuestro interior.

Recuerda que no somos el reflejo de lo que determinó el pasado, somos lo que luchemos por ser mañana. Y aunque tengamos presente nuestro propio pasado, aprendamos de los errores y no hagamos que determinen todos y cada uno de nuestros pasos.
Si decides rendirte y dejar que tu pasado sea tu presente, serás un mero espectador de tu vida y dejarás de vivirla. 

El futuro es un reflejo de lo que puede ser

Escuchando a mi reflejo, hablando sin miedo del futuro que quería ver a través del espejo, he entendido que las ganas de luchar por lo que realmente quiero tienen más valor que los tropiezos del pasado del que provengo. Porque muchas veces no hay que centrarse en la realidad tal y como es, sino en la que podemos conseguir si hacemos lo que nos proponemos.

Quizás tardemos en obtener el futuro que deseamos, pero solo el que es paciente y no se rinde obtiene aquello que desea, por muy lejanas que sean sus metas. No rendirse ante las dificultades siempre es una virtud, aprender de los errores una habilidad y no encariñarse con la piedra que nos hizo tropezar un signo de inteligencia.

Hoy me he sentado delante del espejo a hablar con mi reflejo y he comprendido que soy todo lo que he vivido y seré todo lo que quiera ser. En mis manos está luchar por mis sueños y aprender de mis errores. En definitiva, los sueños están al alcance del que se conoce más allá de la imagen que proyecta, porque nadie es perfecto, pero sí sabiamente imperfecto.

Lorena Vara González