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martes, enero 24, 2017

Soy la misma de siempre, aunque no la de antes

Vuelvo a ser la misma de siempre: alguien capaz de ilusionarse, de saborear la vida a bocados, a sorbos y a abrazos. He dejado a un lado la que fui hace poco, alguien que se había olvidado de sí misma por priorizar a otros, una sombra de sueños rotos y amargas decepciones que poco a poco, fue capaz de sanarse, de reencontrarse.



Todos, de algún modo, hemos pasado por este tipo de viajes personales donde tomar conciencia de que nos habíamos alejado demasiado de nuestro norte emocional, de nuestro ecuador interno. Finalmente, en un acto de asombrosa valentía y admirable lucha personal, volvemos sobre nuestros pasos, sobre esas huellas dejadas en la arena de nuestros océanos emocionales para recuperar nuestra autoestima, nuestra integridad.

“Todo el mundo piensa en cambiar el mundo, pero nadie piensa en empezar el cambio por sí mismo”
-León Tolstoi- 

Ahora bien, en ese delicado proceso psicológico por recuperar la propia identidad y los propios valores, hemos de tener claro que casi nunca volvemos completamente inmunes. En ese viaje de regreso cambian varias cosas, de forma que aunque nos miremos al espejo orgullosos por haber dejado a un lado lo que hacía daño, no seremos los mismos de antes y puede que tampoco los de siempre.

Seremos una versión mejorada. Aunque eso sí, es un proceso que sin duda conlleva tiempo, porque aunque nos hayamos alejado de esa fuente de dolor, nadie da el salto a la felicidad o al estado de calma y bienestar en dos días. Se necesita tiempo, voluntad, autocuidado y confianza.

Te proponemos reflexionar sobre ello.


Soy una persona que sufre y no me atrevo a cambiar

Este dato es curioso y es necesario que pensemos en él. Dejar de ser la persona que sufre supone poner en marcha una serie de pasos que no todo el mundo está dispuesto a efectuar. Implica, primero, tomar plena conciencia del propio malestar. Seguidamente, la persona debe sentir una necesidad real de propiciar un cambio y, por último, es necesario que trabaje en un aspecto muy complicado: la VOLUNTAD.

Puede que a simple vista todos estos pasos nos sorprendan, porque ¿quien no va a querer poner en marcha este proceso para dejar a un lado el sufrimiento y sentirse mejor? Pues en realidad, aunque nos sorprenda, hay quien no termina de dar ese “salto”, ese acto de fe para reconocer que puede, debe y merece sentirse mejor. De hecho, Viktor Frankl nos explicó en su libro “El hombre en busca de sentido” que en ocasiones, hay quien prefiere persistir en un estado de infelicidad antes de poner en marcha algo que le produce mucho más miedo: el cambio.

A modo de ejemplo, Anne Thorndike médico de atención primaria en el Hospital General de Massachusetts en Boston, demostró que no todos los pacientes aquejados de enfermedades cardíacas dan el paso hacia un estilo de vida más saludable con el fin de garantizar su supervivencia. Aún más, se sabe también que son muchas las mujeres que se resisten a dejar a sus parejas a pesar de ser infelices por dos razones de peso: por miedo y por temor al propio cambio.


Ser la de siempre, ser mejor

Para volver a ser la persona de siempre, alguien que confiaba en las personas, alguien que se marcaba objetivos en el horizonte y se ilusionaba por la vida, es necesario que ejercitemos un músculo que siempre solemos descuidar. Se trata de una estructura maravillosa de nuestra arquitectura emocional y psicológica llamada “voluntad”.

“Los que no pueden cambiar sus mentes no pueden cambiar nada”
-George Bernard Shaw- 

En libros como “The Willpower Instinct” (el instinto de la fuerza de voluntad) de Kelly McGonigal, nos explican que tras varias décadas de investigación sobre esta dimensión, se ha concluido que la fuerza de voluntad no es algo que se tiene o no se tiene. En realidad, es como un músculo, como un recurso que debe ser utilizado e incluso “restaurado” de forma continua. Porque a veces, al igual que ocurre con el ejercicio físico, quedamos agotados, extasiados y al límite de nuestras fuerzas.

En ocasiones, nos olvidamos de que aún nos quedan fuerzas para decir “basta”, que disponemos de voz, de recursos propios y de fortalezas para dejar ir, para cerrar una etapa. No podemos olvidar que los costos psicológicos de no cambiar esos aspectos indeseables de nuestra vida son sencillamente temibles.

Antes de concluir es necesario que tengamos claro otro aspecto. Cuando dejamos atrás una etapa compleja, la felicidad no está garantizada. No es como cerrar una puerta y abrir otra donde al segundo, nos abraza una brisa cálida, envolvente y acogedora. El cerebro humano está programado para resistir al cambio y por lo tanto, necesitamos tiempo y ante todo, “alimentarlo” con experiencias y pensamientos nuevos para acomodarlo a otro enfoque, a otra percepción donde abrirse de nuevo a la calma, al bienestar.

Lee, pasea, viaja, cambia de escenarios, favorece el contacto social, inicia nuevas aficiones, nuevos proyectos. Poco a poco, te darás cuenta de que en efecto, vuelves a ser la persona de siempre, pero mucho más fuerte. Más sabia.

Valeria Sabater