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miércoles, mayo 24, 2017

Ese momento, en el que decides amar a tu cuerpo por encima de su forma y peso

El momento en que decides amar tu cuerpo por encima de su forma y peso es un paso en la historia de “tu” humanidad. Es un paso que muchas personas no son capaces de dar por la inmensa cantidad de prejuicios que han ido acumulando acerca de “cómo debe ser un cuerpo”.



Pero… ¿Cómo debe ser? Preguntémonos, antes de juzgar, machacar y destrozar la dignidad de nuestro cuerpo: cómo debe ser un buen cuerpo…¿para qué?, ¿para quiénes?. Las modas también llegaron (para quedarse) en el tema corporal. Nuestro cuerpo se ha visto presa de una serie de modas que responden a determinados intereses. Los de otros, y no tanto a los nuestros.

Intereses que son perfectamente válidos y que están en su derecho de existir. Ya que, al fin y al cabo, es uno mismo el que tendrá que decidir si prefiere aceptar su cuerpo en función de unos estándares escritos desde fuera o de unos construidos en base a uno mismo. Es una elección personal en todos los casos, pero no consciente en muchos.

Nuestro cuerpo merece una mirada de aceptación en vez de desprecio constante

Si la aceptación que hagamos de nuestro cuerpo depende de unos estándares externos, que cambian según la moda que impere en el momento, nos pasaremos toda nuestra vida vendidos a algo que está fuera de nuestro control. No obstante, si somos nosotros los que lo defendemos, en vez de atacarlo en función a lo que está “escrito” ahí fuera, seremos capaces de emprender, por fin, el camino hacia la aceptación.

En vez de atenderle desde el cariño y el cuidado, le atendemos desde la crítica y la necesidad de “reparación” constante. Siempre hay algo indigno en él. Y la indignidad a veces se torna en crueldad. Sobre todo en determinados momentos vitales. En la adolescencia, por ejemplo, el cuerpo es una de las principales vías de expresión de la identidad.

La necesidad que existe de ser visto y admirado en muchos casos se vuelva y se limita al cuerpo. Y el cuerpo “ha de estar” a la altura de semejante pretensión. Ese cuerpo donde colgaremos la ropa que nos identifica como alguien único y especial. Ese mismo cuerpo se acaba convirtiendo en un espacio de lucha interna constante.

Nos han enseñado a juzgar nuestro cuerpo en función de unos estándares externos

Así, nuestro cuerpo se convierte en un campo de batalla, representando una auténtica zona catastrófica o zona cero. Nos han enseñado a centrar nuestra atención en aquello que no nos gusta de nuestro cuerpo (en base a estándares dominados por las modas y a otros intereses comerciales) en vez de enseñarnos a aceptarlo, a amarlo e incluso a explorarlo con curiosidad y no con ánimo de crítica. Castigamos a nuestro cuerpo incluso antes de reconocerlo.

Por tanto, para muchas personas el cuerpo se acaba convirtiendo en una especie de celda en la que están condenados a vivir. No en su casa, no en el lugar sorprendente y cambiante con el diseño más perfecto. Para ellas es más una pesada carga que afea su tarjeta de presentación, una tara que les resta valor en un mundo muy competitivo, en el que el físico es importante.

Quizá nos esté gritando en silencio y no le escuchamos. ¡Quiéreme! ¡Cuídame, por favor! ¡No me vendas al mejor postor!… Pero cuando consigamos liberarnos del filtro del juicio externo (que hemos internalizado), descubriremos que nuestra mirada se torna más amable, menos dramática y más sana.

Querer a nuestro cuerpo es querernos a nosotros mismos

Algo así como “Sí, tengo celulitis y decido mirar a mi cuerpo con cariño y no con asco”. “Sí, tengo mucha tripa pero en vez de acudir al gimnasio desde el castigo, acudo desde la aceptación de mi cuerpo”. Por supuesto la salud es la base de cualquier necesidad urgente de cambio. Sentirnos bien en nuestro cuerpo pasa por cuidarlo y mantenerlo desde la aceptación y el cariño.

Hacer ejercicio, bailar, cuidarlo, observarlo… forma parte de estar en contacto con él, de descubrirlo. Trabajar por tener una mirada amable y libre de prejuicios hacia nuestro cuerpo merecerá la pena. Nos ayudará a tenerla hacia el exterior y hacia el cuerpo de los demás también.

“No hagas de tu cuerpo la tumba de tu alma”
-Pitágoras- Compartir

Por tanto existe una diferencia muy grande entre querer “cuidarse” desde el castigo y el desprecio a nuestro cuerpo, como si este fuera un lugar “provisional” hasta que estemos como los cánones mandan y querer cuidarse para sentirnos más sanos. Esta vez desde la aceptación de que ese es nuestro cuerpo y le queremos por encima de lo que pese y por encima de sus formas. Ese momento…será un gran paso para reconciliarte una vez más contigo mismo.

Alicia Garrido Martín

martes, mayo 23, 2017

La gratitud y su poder para combatir la tristeza más profunda

La gratitud es una virtud olvidada por muchas personas. Este olvido se incrementa en la medida en la que la sociedad nos empuja a ser más egoístas, a dar todo por hecho y a no valorar lo que tenemos. Cuanto más egoístas nos volvemos, menos capaces somos de percibir el exterior. Menos capaces somos de advertir la simplicidad y la belleza que reina en el mundo.



Cuando miramos solo hacia dentro perdemos la perspectiva de la vida en su globalidad. Obviamos los matices de nuestra existencia. Olvidamos muchas veces incluso nuestra condición. Nos perdemos en este baile de rutinas, de “pasos concretos para ser una persona adulta”, de vivir para trabajar… y olvidamos que existimos en este mundo.

El piloto automático de última generación y perfeccionado a base de práctica controla nuestra vida y dirige nuestros pasos. Nos volvemos ciegos (ignorantes) a la belleza exterior. Hace tiempo que decidimos que no merece nuestro tiempo, sin darnos cuenta de que lo habíamos decidido. “No tenemos tiempo”, hay que llegar a este sitio, tengo que hacer esto otro. Solo tengo recursos para precipitarme hacia este laberinto que la sociedad ha construido para mí.

La gratitud enriquece nuestro sentido, el de nuestra existencia

Nos olvidamos de la naturaleza y de las lecciones que esta nos brinda. Existimos para dar unos pasos ya establecidos y perfectamente organizados. Hay personas que entran en esta espiral y no se dan cuenta. Es como si hubieran apagado el botón que les conecta a la vida (en toda su extensión y profundidad).

Muchas veces la tristeza profunda tiene que ver con esta falta de gratitud hacia las pequeñas regalos que la vida nos ofrece. Tiene que ver con una visión que se ha invertido de a fuera hacia dentro. Una mirada que no contempla más allá de sí misma. Por tanto el dolor será muy extremo, ya que no podemos ayudarnos del exterior para salvarnos.

Dar algo por hecho, asumir que las personas que están a nuestro lado lo estarán nos comportemos como nos comportemos… Asumir que lo que hacen nuestros padres por nosotros es porque son nuestros padres y no valorarlo… Situarnos en esta perspectiva refuerza esta visión en túnel.

La ingratitud atrofia nuestros sentidos y aumenta nuestra insatisfacción

Cuando nos damos cuenta que hemos entrado en esta espiral de ingratitud (tan fácil de entrar y tan asumida en la sociedad actual) podremos hacernos una idea de su poder destructor. Como si se tratara de un huracán que arrasa con todo lo que encuentra. La ingratitud nos hace egoístas e insensibles hacia la bondad de los demás. 

Nuestros sentidos se atrofian cuando damos por hecho lo que tenemos en nuestra vida sin apreciarlo ni agradecerlo. Ya que no nos fijamos tanto en lo que tenemos como en lo que nos falta, y siempre nos faltará algo mientras miremos hacia dentro y busquemos fuera. Solo nos fijamos en lo que la vida “debería” darnos según nuestras leyes de justicia. Así, en la medida que alimentamos estos pensamientos, incrementamos la sensación de insatisfacción que sentimos en y con nuestras vidas.

La tristeza se hace más liviana e incluso desaparece cuando hacemos un pequeño ejercicio. Consiste en agradecer aquello con lo que contamos y sobre lo que pensamos que gozamos por derecho. Agradecer los buenos gestos de las personas que tenemos a nuestro alrededor o centrarnos y atender a los mensajes que la naturaleza nos manda podrían ser dos ejemplos.

La tristeza se difumina cuando agradecemos lo que la vida nos da

No dejes pasar ni un día más sin alzar el vuelo y ver el bosque del que puedes disfrutar, que va más allá del pequeño desierto en el que no han crecido frutos. No estamos hablando de grandes cosas, ni si quiera de algo material. Hablamos de la sencillez que nos alimenta todos los días de manera silenciosa. Que nos roba una sonrisa, interesante o tonta, pero sonrisa.

Desde la calidez que entra directa en nuestro corazón cuando nuestro perro se alegra por vernos… hasta la sorpresa e ilusión por ver cómo va creciendo la semilla que un día plantamos en una maceta. La gratitud nos salva la vida. Sensibiliza nuestros sentidos y nos trasforma en grandes compañeros de vida. Compañeros que nos muestran la belleza y la bondad que hay en el mundo que nos rodea. Si abrazas a la vida tal cual es, abrazas la gratitud. Y la gratitud calma y apacigua hasta al alma más atormentada.

Alicia Garrido Martín

lunes, mayo 22, 2017

Empatía: ¿qué caracteriza a las personas que la poseen?

La empatía es un arte, una capacidad excepcional programada genéticamente en nuestro cerebro con la que sintonizar con los sentimientos e intenciones de los demás. Sin embargo, y aquí llega el problema, no todos logran “encender” esta linterna que ilumina el proceso de construcción de las relaciones más sólidas y enriquecedoras.



Algo que escuchamos con frecuencia es aquello de que “tal persona no tiene empatía”, “que aquella otra es una egoísta y que carece por completo de ella”. Bien, algo que es importante aclarar desde un principio es que nuestro cerebro dispone de una arquitectura muy afinada mediante la que favorecer esa “conexión”. La empatía, al fin y al cabo, es una estrategia más con la que mediar en la supervivencia de nuestra especie: nos permite entender a la persona que tenemos delante y nos facilita la posibilidad de establecer una relación profunda con ella.

Tenemos dos oídos y una boca para escuchar el doble de lo que hablamos
-Epíteto-

Esa estructura cerebral donde la neurociencia ha situado nuestra empatía está en el giro supramarginal derecho, un punto situado justo entre el lóbulo parietal, el temporal y el frontal. Gracias a la actividad de estas neuronas logramos separar nuestro mundo emocional y nuestras cogniciones para ser más receptivos en un momento dado, hacia las de los demás. 

Ahora bien, aclarado este dato, la siguiente pregunta sería, entonces… ¿si todos disponemos de esta estructura cerebral, por qué hay personas más o menos empáticas e incluso quienes presentan una ausencia total y absoluta de ella? Sabemos, por ejemplo, que el trastorno antisocial de la personalidad tiene como principal característica esa falta de conexión emocional con los demás. Sin embargo, dejando a un lado el aspecto clínico o psicopatológico son muchas las personas que simplemente, no llegan a desarrollar esta habilidad.

Las experiencias tempranas, los modelos educativos o incluso el contexto social, hace que esta maravillosa facultad se debilite a favor de un egocentrismo social muy marcado. Tanto es así, que tal y como nos revela un estudio llevado a cabo en la Universidad de Michigan, los universitarios de hoy en día son hasta un 40% menos empáticos que los estudiantes de los años 80 y 90.

La vida actual tiene ya tantos estímulos y tantos distractores para muchos jóvenes y no tan jóvenes, que dejamos de ser plenamente conscientes del momento presente e incluso de la persona que tenemos ante nosotros. Los hay que están más sintonizados a sus dispositivos electrónicos que a los sentimientos de los demás, y eso, es un problema sobre el cual deberíamos reflexionar.

Para profundizar un poco más en el tema, te proponemos a continuación conocer qué rasgos definen a las personas que sí disponen de una autoestima auténtica, útil y esencial con la que establecer relaciones saludables y un adecuado desarrollo social.

La empatía útil Vs la empatía proyectada

Una aspecto básico que conviene aclarar desde un principio es qué entendemos por empatía útil, porque aunque nos sorprenda, no basta simplemente “con tener empatía” para construir relaciones sólidas o para mostrar eficacia emocional en nuestras interacciones cotidianas.
“El regalo más preciado que podemos dar a otros es nuestra presencia. Cuando nuestra atención plena abraza a los que amamos, florecen como flores”
-Thich Nhat Hanh-

Para entenderlo te pondremos un sencillo ejemplo. María acaba de llegar a casa cansada, agotada de mente y molesta. Acaba de tener una discusión con sus padres. Cuando Roberto, su pareja, la ve, lee de inmediato en su expresión y en su tono de voz que algo no va bien, interpreta su malestar emocional y en lugar de generar una respuesta o una conducta adecuada, opta por aplicar la empatía proyectada, es decir, amplifica aún más esa negatividad con frases como “ya vienes otra vez enfadada, es que te coges las cosas a la tremenda, siempre te pasa lo mismo, mira qué cara llevas…”.

No hay duda de que muchas personas son hábiles a la hora de empatizar emocional y cognitivamente con los demás (sienten y entienden qué ocurre), sin embargo en lugar de mediar en la canalización y en la adecuada gestión de ese malestar, lo intensifican.

La persona hábil en empatía, por tanto, es aquella capaz de ponerse en los zapatos ajenos sabiendo en todo momento cómo acompañar en ese proceso sin dañar y sin actuar como un espejo donde se amplifique el dolor. Porque a veces no es suficiente con comprender, hay que saber ACTUAR.

La auténtica empatía deja a un lado los juicios

Nuestros juicios diluyen nuestra capacidad de acercamiento real hacia los demás. Nos sitúan en un bando, en un lado del cristal, en una perspectiva muy reducida: la nuestra. Cabe decir, además, que no resulta precisamente fácil escuchar a alguien sin emitir juicios internos, sin poner una etiqueta, sin valorar a esa persona como hábil, torpe, fuerte, despistada, madura o inmadura.

Todos lo hacemos en mayor o menor grado, sin embargo, si fuéramos capaces de despojarnos de ese traje, veríamos a las personas de una forma más auténtica, empatizaríamos mucho mejor y captaríamos con más precisión la emoción del otro.

Es algo que deberíamos practicar a diario. Una habilidad que según varios estudios suele llegar a medida que nos hacemos mayores, puesto que la empatía, así como la capacidad de escuchar sin juzgar, es más común a media que acumulamos experiencias.

Las personas con empatía disponen de una buena conciencia emocional

La empatía forma parte indispensable de la Inteligencia Emocional. Sabemos que este enfoque, esta ciencia o área tan exitosa de la psicología y el crecimiento personal está de moda, pero… ¿Hemos aprendido de verdad a ser buenos gestores de nuestro mundo emocional?
La verdad es que no mucho. En la actualidad, seguimos viendo muchas personas que manejan a la ligera y con supuesta eficacia términos como la autorregulación, la resilencia, la proactividad, la asertividad… Sin embargo, carecen de un auténtico inventario emocional y siguen dejándose llevar por la ira, la rabia o la frustración como lo haría un niño de 4 años.
Otros en cambio, piensan que ser “empático” es sinónimo de sufrimiento, como un contagio emocional donde sentir lo que otro sienten para experimentar el mismo dolor ajeno como una suerte de mimetismo del malestar.

No es lo adecuado. Debemos entender que la empatía sana, útil y constructiva parte de esa persona que es capaz de gestionar sus propias emociones, que dispone de una autoestima fuerte, que sabe poner límites y que a su vez, es hábil a la hora de acompañar emocional y cognitivamente a los demás.

La empatía y el compromiso social

La neurociencia y la psicología moderna definen la empatía como el pegamento social que mantiene unidas a las personas y que a su vez, genera un compromiso real y fuerte entre nosotros.
“Si no tienes empatía y relaciones personales efectivas, no importa lo inteligente que seas, no vas a llegar muy lejos”
-Daniel Goleman-

Por curioso que parezca, en el reino animal el concepto de empatía está muy presente por una razón muy concreta que hemos señalado al inicio: la supervivencia de la especie. Algo así genera que muchos animales y diversas especies muestren comportamientos de cooperación donde atrás queda la clásica idea de la “supervivencia del más fuerte”. Un ejemplo de ello lo podemos ver en ciertas ballenas, capaces de atacar a las orcas para defender a las focas.

Sin embargo, entre nosotros predomina en muchos casos el efecto inverso, a saber, la necesidad de imponernos los unos sobre otros, de buscarnos enemigos, de alzar fronteras, de crear muros, de invisibilizar personas o incluso de atacar al más débil solo por ser débil o ser diferente (pensemos en los casos de bullying).

Por su parte, las personas que se caracterizan por una auténtica empatía creen en el compromiso social. Porque la supervivencia no es un negocio ni debe entender de políticas, de intereses o de egoísmos. Sobrevivir no es solo permitir que nuestro corazón bombee, es disponer de dignidad, de respeto, es sentirnos valorados, libres y parte de un todo donde todos somos valiosos.

Valeria Sabater

domingo, mayo 21, 2017

La culpa y sus dos grandes amigas, la duda y la inseguridad

La culpa nunca llega sola, puede presentarse por multitud de razones en nuestra vida. En ocasiones nos tortura por aquello que hemos hecho pero que no dio el resultado que esperábamos. Otras, nos persigue por no haber tenido el valor de hacer o decir algo que ahora nos corroe desde el interior. Es en este segundo caso en el que la culpa se presenta en nuestra vida acompañada por sus dos grandes amigas, la duda y la inseguridad.
Nunca dejes de hacer algo por miedo, más vale arrepentirse de lo hecho que culparse por aquello que podría haber sido.



Es entonces, cuando la duda toma el mando de nuestras decisiones y la inseguridad decide que es mejor no hacer nada por miedo a perder lo que tenemos, cuando la culpa se instala en nuestra vida. Esto hace que nos quedemos tristes y paralizados viviendo en nuestra imaginación lo que hubiera sucedido, en lugar de aceptar la realidad de nuestro inmovilismo.

La duda, la capitana de nuestro ejército de miedos

El miedo pasa, lo que dejas de vivir por miedo, no vuelve.

La duda nos observa día a día y nos recuerda, de manera estratégica, esas situaciones en las que hicimos algo que salió mal. Esas situaciones en las que herimos a alguien sin querer o en las que hicimos el ridículo. En definitiva, la duda se encarga de multiplicar nuestro malestar hasta hacernos dudar de todo lo que somos u hemos hecho.

Pero eso no es todo, cuando nuestro malestar se incrementa, la duda llama a su ejército, ese que recoge nuestros miedos y los manda desfilar. Y es entonces cuando las imágenes de todo lo malo que puede ocurrir nublan nuestra mente y nos impiden decidir lo que realmente queremos.

Pero, no solo queremos ser felices, buscar nuestro bienestar, sino que queremos vivir sin sufrir y aprovechándose de eso, la duda nos ataca de nuevo. Así es como caemos de nuevo en el miedo y la culpa, así es como la inseguridad se alía con la duda y nos ata con sus cadenas intentando aliviar ese malestar que sentimos y que sabemos que forma parte de la vida, aunque lo queramos evitar.

La inseguridad, esas cadenas que nos impiden avanzar

“Se puede huir de todo menos de lo que se pierde”
-Marwan-

Entonces la inseguridad se muestra con toda su crudeza, haciéndonos dudar de nosotros mismos y de nuestras acciones. Nos encadena en el inmovilismo, en el miedo a fracasar de nuevo si hacemos algo más o lo volvemos a intentar.

Con la inseguridad perdemos nuestro punto de apoyo, nuestra autoconfianza. Perdemos el equilibrio emocional y nos arraigamos a un lugar hostil con nosotros mismos. Ese lugar es donde nuestra propia imagen se desdibuja en una amalgama de miedos que reflejan lo que no somos, sino lo que tememos ser.

Así nos arraigamos en los posibles de un futuro aciago pero que no es real, aunque nos comportamos como si lo fuera. Demostrando así que nuestra autoconfianza nos puede llevar lejos, pero que la falta de ella nos encadena a la autoevaluación negativa continua, dirigida a todo lo que podríamos hacer.

Por eso, cuando la culpa aparezca en tu vida acompañada por la duda y la inseguridad, centrarte en lo presente, en lo real, te ayudará a superarla. Además, hará que des la mejor versión de ti, tu potencial, porque los límites dejan de ser mentales y se convierten en reales.

Lorena Vara González

sábado, mayo 20, 2017

7 actitudes comunes en las personas intolerantes

¿Cuál es la imagen que tienes de ti? ¿Te has parado a pensar alguna vez en cómo te ven los demás? Porque aunque no lo creas, existen actitudes comunes en las personas intolerantes, y tal vez tú, igual que yo, podamos poseer algunas de ellas. ¿Te apetece comprobarlo?



No es fácil ser realmente tolerante, por eso a veces nos encontramos con sorpresas cuando creemos que lo somos. No siempre trabajamos la tolerancia tanto como para colocarnos el adjetivo de tolerantes, pues como dice Jaime Balmes, “no es tolerante quien no tolera la intolerancia”. ¿Y tú, toleras la intolerancia?

¿Toleras la intolerancia?

Antes de entrar de lleno en este tema, me gustaría sugerir un sencillo ejercicio que propone Pablo Morano, experto en crecimiento personal. Este guía aporta una serie de preguntas que pueden darnos una estimación real del lugar en el que nos encontraríamos en una supuesta escala de tolerancia.

¿Eres de esas personas que rechazan lo distinto? ¿Descalificas a las primeras de cambio ideas ajenas, peregrinas o no, incluso llegando a ningunearlas? ¿Eres de los que se molesta porque gentes con opiniones diferentes a las tuyas tengan más oportunidades de expresarlas? ¿Consideras que todo el mundo debería pensar como tú?

Si has contestado afirmativamente a alguna de estas preguntas, considera que mantienes algún grado de intolerancia. Hablamos de grados porque lo normal es que, si dibujamos un segmento delimitado por “tolerancia” e “intolerancia”, todos nos situemos en algún punto de él. Es decir, no todas estas cuestiones se contestarían hacia el mismo polo o con la misma seguridad. Así, todos podemos tener grados mayores o menores de tolerancia o intolerancia según la circunstancia y personalidad.

“Es la tolerancia fuente de paz y la intolerancia fuente de desorden y pelea”
-Pierre Bayle-

Descubre actitudes comunes en las personas intolerantes

Con independencia de otras características personales, existen actitudes comunes en las personas intolerantes. Es decir, que en mayor o menor grado, encontrarás ciertas disposiciones que siempre van a ir unidas a su forma inflexible de pensar. Veamos los más llamativos e identificables.

El fanatismo

Por lo general una persona intolerante muestra fanatismo a la hora de defender sus creencias y posturas. A nivel político, religioso, espiritual, etc., suele ser incapaz de discutir o conversar sin adoptar pensamientos extremistas, creyendo que su visión es la única válida. De hecho, tratará de ejercer su hegemonía sobre los demás y su forma de ver el mundo.

Rigidez psicológica

Las personas intolerantes muestran cierto temor a cuanto es diferente. Es decir, son rígidos en su psicología, por lo que les cuesta aceptar que otras personas tengan visiones y filosofías distintas. Así pues, marca diferencias y distancias con lo que no coincide con su manera de pensar, no lo acepta e incluso le produce ansiedad.

Suelen mostrar amplios conocimientos no reales en cualquier materia

El intolerante siente que se ha de defender las personas que son o piensan diferente. Así pues, crean o inventan, dándoles carácter de realidad, teorías y conocimientos en materias sobre las que no tienen conocimiento. De esta forma no aceptan ni escuchan otros puntos de vista que no sean los suyos, y consideran que su actitud cerrada está justificada. Incluso pueden recurrir a la burla o a la agresividad si se ven cercados y sin argumentos.

Su mundo es más simple y carente de matices

Un ser humano intolerante tiene en realidad un mundo más simple. Es decir, no escuchan, por lo que no se abren a otras posturas y formas de pensar. Así pues, su mundo es blanco o negro. Formas de pensar como “estás conmigo o contra mí”, “es feo o bonito”, “es erróneo o certero”, sin percatarse de que puede haber una escala de grises. Necesitan seguridades y certezas, aunque no sean reales.

Son fieles a la rutina

En general, todo lo que pueda ser imprevisto o espontáneo no les suele gustar. Se aferran a sus rutinas, algo que ya conocen y les ofrece seguridad y tranquilidad. De lo contrario, se estresan o frustran con suma facilidad.

Sus relaciones sociales pueden ser complejas

La falta de capacidad empática de un intolerante le puede granjear serios problemas sociales. Necesitan corregir, dominar e imponer siempre su punto de vista. Ello les lleva a rodearse de personas pasivas o con baja autoestima. Con las demás, su interacción acaba por ser imposible o muy compleja.

Suelen mostrar un alto nivel de celos

Un intolerante difícilmente aceptará el éxito de otra persona que no sea él, porque esa persona siempre será en algún grado diferente y, por lo tanto, en algún grado equivocada. Es más, si ese individuo tiene una forma de ver el mundo más abierta y tolerante, le producirá una honda inquietud y malestar. Aumentarán sus niveles de ansiedad, ya que es algo incorrecto desde su punto de vista, siendo un posible origen para los celos.

“El enemigo no es el fundamentalismo, sino la intolerancia”
-Stephen Jay Gould-

Estas son actitudes comunes en las personas intolerantes que se suelen presentar en mayor o menor medida. ¿Encuentras alguna de la que te sientas aquejado? Si es así, ponle freno sin dudarlo, serás más feliz y tus posibilidades de enriquecimiento personal se multiplicarán.

Pedro González Núñez

viernes, mayo 19, 2017

Existe una gran diferencia entre rendirse y saber cuándo es suficiente

Hay historias, relaciones y vínculos que ya no dan más de sí. Son como una cuerda que se ha tensado demasiado, como una cometa que quiere escaparse y no podemos sujetar, como un tren que debe partir a su hora y no podemos detener. Dejarlos ir no es ni mucho menos un acto de cobardía o de rendición, porque saber cuándo algo es suficiente es todo un acto de valentía.



Si hay algo para lo que no estamos preparados es para alejarnos de las personas significativas o para dejar de invertir tiempo y energías en un proyecto, en una ocupación o dinámica que hasta no hace mucho, era importante para nosotros. Decimos que “no estamos preparados” porque nuestro cerebro es muy resistente al cambio, porque para este órgano maravilloso y sofisticado toda ruptura con la rutina o el hábito supone un salto al vacío que genera miedos.

¡Es suficiente!-gritó el corazón- Y por una vez, él y el cerebro se pusieron de acuerdo en algo

Esta inclinación suya por mantenernos siempre en los mismos espacios, en las mismas ocupaciones y en compañía de las mismas personas, hace que nos sea tan complicado traspasar los límites de nuestra zona de confort. Este apego casi obsesivo a lo conocido provoca en nosotros que nos digamos cosas como “mejor aguanto un poco más” o “voy a esperar un poco más a ver si las cosas cambian”.

Sin embargo, si hay algo en lo que ya estamos doctorados es en saber que hay determinados cambios que no llegan nunca, y que aveces aguantar un poco más supone esperar demasiado. Nos han educado en la clásica e injustificable idea de que “lo que no te mata, te hace más fuerte” y en que quien abandona algo o a alguien lo hace porque se rinde y su fuerza de voluntad se doblega.

Ahora bien, más allá del “problema”, lo que hay es una infelicidad rotunda y aplastante. Tan física que, sencillamente, nos quita el aire y la vida. Dejar a un lado estas situaciones, al menos por un tiempo, es sin duda todo un acto de valentía y de salud.

Saber cuándo es suficiente no siempre es fácil

Cuando tropezamos, nos caemos y nos herimos, no dudamos en curarnos de inmediato y en comprender que es mejor evitar esa parte de la acera porque es peligrosa. ¿Por qué no hacemos lo mismo con nuestras relaciones y con cada uno de esos ámbitos donde también experimentamos dolor o sufrimiento? Esta pregunta sencilla tiene una respuesta que encierra matices tan complejos como delicados.

En primer lugar, y por mucho que nos digan, en la vida no hay aceras con agujeros ni caminos llenos de piedras. Sabemos que este tipo de metáforas son muy manidas, pero el problema está en que los peligros, en la vida real, nunca se pueden identificar con tanta precisión. Las personas no llevamos un cartel en el que advirtamos de cómo somos, cómo amamos o qué intenciones tenemos. En segundo lugar, cabe recordar que somos criaturas con múltiples necesidades: de apego, de afiliación, de comunidad, de ocio, de sexualidad, amistad, trabajo… Finalmente está el cambio: las personas somos dinámicas por naturaleza, mutantes.

Estas variables hacen que nos veamos obligados a hacer auténticos “saltos al vacío” para probar, para experimentar e incluso para sobrevivir. Así, en ocasiones hasta ofrecemos segundas y terceras oportunidades a las personas menos adecuadas porque nuestro cerebro es pro-social, y siempre dará más valor a la conexión que a la distancia, a lo conocido que a lo desconocido.

Todo ello nos ayuda a comprender por qué nos cuesta tanto dilucidar cuándo algo ha sobrepasado el límite, cuándo los costes superan por mucho a los beneficios y cuándo la propia mente actúa como nuestro auténtico enemigo al susurrarnos una y otra vez aquello de “no te rindas, no te dejes vencer”. Sin embargo, es necesario integrar en nuestro cerebro algo básico y esencial: quien deja a un lado algo que es nocivo y que nos ofrece infelicidad no se rinde, SOBREVIVE.

Aprende a descubrir tu “punto dulce”

Hallar nuestro “punto dulce” es algo así como encontrar nuestro propio equilibrio, nuestra homeostasis psicológica y emocional. Se trataría de saber en todo momento qué es lo más óptimo y adecuado para nosotros mismos. Cabe decir, eso sí, que esta habilidad no está relacionada con la intuición, sino con un auto-aprendizaje objetivo y meticulosamente adquirido a través de la experiencia, la observación y a través de esa inferencia de la propia vida donde uno debe aprender de sus errores y de sus aciertos.

“Nada es suficiente para quien lo suficiente es poco”
-Epicurio-

El “punto dulce” es además ese estado donde cada cosa que obtenemos, que hacemos y en lo que invertimos tiempo y energía, nos beneficia y nos satisface. Sin embargo, en el momento en que asoma la sombra del estrés, de la ofuscación, el miedo, las lágrimas o el agotamiento extremo, habremos dado paso al “punto amargo”: una zona poco saludable de la que debemos salir cuanto antes.

Cabe decir que esta sencilla estrategia puede aplicarse en cualquier ámbito de nuestra existencia. Hallar ese punto dulce es un acto de sabiduría y una herramienta personal con la que recordar que todo en esta vida tiene un límite, que saber cuándo algo es suficiente no equivale a rendirse sino a entender dónde están nuestros límites. Hablamos de ese ecuador que separa la felicidad de la infelicidad, la amargura de las oportunidades.

Empecemos a integrar ese punto dulce en nuestra cotidianidad para ganar en calidad de vida.

Valeria Sabater

jueves, mayo 18, 2017

7 señales para conocerte mejor a ti mismo

Conocerte a ti mismo es quizás la tarea más ardua y también una de las más importantes de las que tienes que emprender. Algunas señales dan muestra de si lo has logrado en alguna medida, o no. Podríamos decir que nadie lo consigue por completo, ya que el proceso es altamente subjetivo. Tú eres tanto el sujeto que conoce, como el objeto a conocer. Esto hace que sea muy difícil lograrlo.



Aceptarte y valorarte es una de las señales de que te conoces a ti mismo. A la vez, solo quien se acepta y se valora logra vivir de una forma que le resulta satisfactoria. De ahí que sea tan importante ese autoconocimiento, ya que de este depende en gran medida cómo actúas y los objetivos que logras.

“Creo que de una manera u otra aprendemos quienes somos realmente y luego vivimos con esa decisión”
-Eleanor Roosevelt-

Lo que hace difícil ese proceso de conocerse a uno mismo es la educación y el entorno. Cada persona es interpretada por quienes la rodean, desde el mismo momento de nacer y de manera inevitable. En otras palabras, los demás le otorgan un significado a lo que eres y a lo que haces, desde que comienzas a vivir.

No siempre, o más bien casi nunca, esa interpretación es acertada. Tiene que ver más con los intérpretes que contigo mismo. Así que el proceso de conocerte comienza por independizarte de esas visiones. ¿Cómo sabes si te conoces o no te conoces todavía? Enseguida te enumeramos algunas señales que lo indican.

Buscar tu verdad en factores externos, una de las señales

Una de las señales de que no te conoces es la tendencia a buscar respuestas, razones o motivos en algún factor externo. No crees que haya sabiduría dentro de ti. Menosprecias lo que hay en tu interior y por eso le das validez a esos elementos que están fuera de ti.

Quizás no has caído en la cuenta de que en lo que tiene que ver con tus sentimientos, tus emociones y el destino de tu vida no hay respuestas posibles fuera de ti. Y si las hay, son siempre parciales y posiblemente erróneas. Nada ni nadie tiene derecho a decirte lo que debes hacer o cómo te debes sentir. La respuesta a todo eso siempre está en ti mismo.

Te comparas con los demás

Compararte con los demás es una manera equivocada de responder a las preguntas sobre quién eres y qué eres capaz de hacer. Es falso que si fulanito pudo, entonces tú también puedes. O lo contrario. También es falso que si muchos van en determinado sentido, ese sea el camino correcto.

Al compararte con los demás estás cayendo en una trampa. ¿Te parece razonable comparar el color amarillo con el azul? ¿Te resulta válido hacer un paralelo entre el agua y la tierra? La comparación, en particular cuando es neurótica, solo lleva a la frustración o al falso amor propio.

Te arrepientes de decir “sí” o de decir “no”

Es una de las señales típicas de falta de autoconocimiento. Mantienes una cierta duda frente a todas las decisiones que afrontas. No importa si se refieren a aspectos grandes o pequeños, siempre lo dudas. Y muchas veces terminas optando por algo que realmente no querías.

Dices “sí” o “no” porque te sientes presionado por las circunstancias o por alguna persona. Dices “no” por miedo a ser demasiado osado, o dices “sí” porque se impone el poder de la mayoría. No consultas con tu corazón, ni con tu mente o tu experiencia antes de comprometerte con un “sí” o un “no”. Y terminas arrepintiéndote.

Buscas la aprobación de las figuras de poder

Las figuras de poder ejercen una gran fascinación sobre quienes no se conocen a sí mismos. Esta es una señal inequívoca. En realidad, no se evalúa la calidad de esas figuras de poder, sino que se les otorga importancia y se busca su aprobación con independencia de los valores que representen.

La aprobación por parte de una figura de poder compensa la sensación de incertidumbre que provoca el no conocerse a uno mismo. Es una forma de sustituir el vínculo con el propio yo por otro con un agente exterior con la suficiente fuerza para diluir las inseguridades personales.

Te afectan profundamente las críticas o burlas de los demás

Como no se ha desarrollado un criterio propio para evaluar las acciones personales, se le otorga un valor excesivo a la opinión de los demás. Si esa opinión es aprobatoria, hay serenidad. Si esa opinión es censuradora o de reprobación, el mundo se desmorona.

Depender de la opinión de los demás es un camino seguro para deformar progresivamente la imagen que tienes de ti mismo. Por supuesto, todos queremos que los demás nos acepten y piensen bien de nosotros. Pero esto no se puede lograr a costa de sacrificar la identidad. Si no, se convierte en esclavitud.

Si cometes un error, quieres morirte

Cuando no te conoces a ti mismo, sueles juzgarte con gran severidad. Conocer es comprender. Y cuando se comprende, los juicios se relativizan. No solo se miran los resultados, sino que también se observan los procesos, las causas y las consecuencias.

La comprensión suscita unos razonamientos más bondadosos. Si cometes un error, logras perdonarte más fácilmente porque entiendes que forma parte de un aprendizaje. Si no te conoces, asumes un error como una amenaza. Temes anularte y desaparecer.

Reaccionas impulsivamente ante el conflicto

Quien se conoce a sí mismo no se siente atraído por el conflicto. Sabe que sus energías emocionales son limitadas y que no puede darse el lujo de gastarlas en ejercicios innecesarios. A quien no se conoce le pasa lo contrario: busca el conflicto como medio para reafirmarse. Eso sí, nunca busca conflictos de gran envergadura, sino por pequeñeces.

Una de las señales que indica un buen grado de conocimiento propio es el autocontrol. Si te conoces, sabes gestionar tus emociones y rara vez te dejas llevar por el impulso inmediato. En caso contrario, reaccionas como un resorte ante situaciones triviales inclusive, porque sientes que casi todo te pone en riesgo.

El autoconocimiento es una tarea que lleva toda una vida, pero cualquier esfuerzo en ese sentido vale la pena. Y lo vale porque te permite alcanzar un mayor grado de conciencia, de independencia, de libertad y de seguridad. No te niegues la oportunidad de navegar entre los enigmas y las maravillas de la persona más importante: tú mismo.

Edith Sánchez

miércoles, mayo 17, 2017

5 claves para liberar emociones

Las emociones nos permiten relacionarnos con los demás, lo que no quita para que muchas veces tendamos a esconderlas. Existen 4 emociones esenciales o básicas (es cierto que algunos autores admiten alguna más): la tristeza, la rabia, el miedo y la alegría. De este grupo a tan solo una de ellas la consideramos positiva, pero esto es un valor que le da nuestra cultura. Así, hacer esta distinción entre lo que es negativo y positivo puede ser un impedimento para liberar emociones.



Debido a nuestras experiencias, en las que nos mostramos vulnerables y nos hicieron daño, empezamos a esconder nuestra tristeza proyectando una imagen de fortaleza. No expresamos nuestra rabia por temor a la desaprobación de los demás, escondemos el miedo provocando que así este nos someta y controlamos nuestra alegría porque en muchas ocasiones ya nos han llamado la atención por expresarla con espontaneidad.

“Las dudas, los miedos y las inseguridades nos impiden expresar aquello que por naturaleza debería ser transmitido”

1. Tus emociones son importantes

Las situaciones anteriormente mencionadas son producto de “menospreciar” tus emociones y su importancia, frente, por ejemplo, a la que le das a la inteligencia lógica. Quizás pienses, como te han intentado hacer ver muchas veces, que las emociones te hacen débil. Piensa que todo esto no provoca más que una fuerte contención de las mismas.

Al no darle importancia a tus emociones, te conviertes en un experto en “tragar” con todo aquello que no quieres ni puedes digerir. Esto a la larga te hará sentir muy mal, porque podrá contigo, te superará y te encontrarás con emociones acumuladas que pugnarán por salir de ti sin control alguno. Buscarás aire y no podrás respirar.

¿Quieres que la rabia fluya descontroladamente durante una reunión en el trabajo? ¿Te parece bien ser cruel con un amigo por acumular emociones? Si alguna vez has pasado por estas situaciones o deseas evitarlas, es el momento de cambiar la manera en la que afrontas tu gestión emocional.

2. En el momento de liberar emociones sé consciente

En alguna ocasión tal vez te has puesto a intentar liberar emociones y te has encontrado con la tan terrible culpabilidad. Esto ocurre cuando expresas sin ser consciente. Ten en cuenta que hay que saber la manera correcta de cómo comunicar lo que sentimos, desde el respeto hacia la otra persona.

De hecho, esta falta de consciencia puedes verla cuando reprimes tanto tus emociones que terminas explotando en cualquier momento. No tienes piedad entonces, no tienes en cuenta a quien tienes enfrente, te da igual.

Por eso, expresa tus emociones cuando así lo desees abriendo bien los ojos y empatizando con la persona que tienes delante para evitar dañarla y que tú mismo salgas herido por no haber sabido gestionar bien este tipo de situación.

3. No esperes, desahógate cuando lo necesites

La clave para que las emociones no se descontrolen es que, cuando lo necesites, te desahogues. Esto no quiere decir que en determinados contextos debas hacerlo. Por ejemplo, en una entrevista o cualquier otra situación similar no tendría sentido liberar emociones de esta manera ya que saldrías perjudicado.

Sin embargo, esto no significa que luego no puedas hacerlo. Es más, debes hacerlo. ¿En qué lugar te sientes libre y bien? ¿Dónde te encuentras en confianza para expresar todo lo que llevas dentro? Vete a ese lugar y ábrete para dejar salir lo que está dentro de ti.

Si sientes rabia, pégale a un cojín, da patadas a una piedra o cualquier cosa similar; si notas que el miedo te invade, permítete temblar, sentirlo en cada poro de tu piel y aceptarlo; si lo que te ocurre es que estás triste, llora, grita o busca a esa persona cuyo abrazo disipará cualquier llanto.

4. Cuidado con darle vueltas a las emociones

Las emociones no suelen durar mucho, piensa en la alegría, es momentánea, no dura horas y horas. Sin embargo, cuando una emoción dura más del tiempo “normal” pasamos de hablar de una emoción a hablar de un estado emocional.

Por ejemplo, tú puedes sentirte triste, pero si esa tristeza empiezas a apoyarla con pensamientos que dan vueltas y más vueltas, volviéndose rumiantes, generándote ansiedad, entonces estás atrapando esa emoción e impidiendo que siga su curso natural.

A veces, hay que saber distinguir cuándo la emoción ha pasado a alimentarse de nuestros pensamientos, haciéndose un producto de aquellas inseguridades, miedos y creencias que te afectan. En ocasiones, hacemos una montaña de un simple granito de arena.

5. Ten en cuenta el entorno en el que te encuentras

Si te encuentras en un entorno en el que es común que te digan frases como “no llores”, “no sean tan risueño”, “no te enfades”, manifiesta que tienes derecho a expresarte y que para ti es muy necesario. Hazlo desde el respeto y buscando el entendimiento con los demás.

Lo importante es que no dejes de expresar lo que sientes solo porque a los demás le moleste. Algo muy común y fruto de una educación que nos encasilla y nos impide ser tal y como somos. Si necesitas manifestar tus emociones hazlo, ¡no hay nada de malo en ello!

“Cuando expreses tus emociones recuerda: no perjudicarte a ti mismo, no perjudicar a otros”.
-Martha Sialer-

Desde pequeños nos dicen constantemente que no hagamos aquello, que no manifestemos lo otro… Al final, adoptamos la costumbre de guardar todo lo que queremos decir y expresar para nosotros mismos, mientras nos hacemos daño fruto de esta actitud tan dañina.

No dejemos que lo que sentimos nos envenene porque a las demás personas les moleste que sepamos liberar emociones. Retenerlas y atraparlas muchas veces provoca que estas empiecen a ser fruto de rumiaciones de nuestro cerebro y que duren más de lo debido. Podemos evitar todo esto. Empecemos a permitirles que fluyan tal y como su curso natural marca.

Raquel Lemos Rodríguez

martes, mayo 16, 2017

¿Por qué caemos en la dependencia emocional?

Todos somos dependientes. Lo somos desde el momento en el que nuestras vidas comienzan. Lo somos en el vientre de nuestras madres, en nuestros primeros llantos, en las primeras caídas, durante las primeras expediciones por mundos desconocidos. Lo somos en el apartado práctico y en el apartado emocional. Necesitamos que los demás hagan actividades por nosotros, o al menos que nos den algunas indicaciones para saber hacerlas. También necesitamos de los demás porque somos seres sociales y…sobre todo emocionales. Así, ¿necesariamente somos víctimas de la dependencia emocional?



No hay nada que pueda causarnos tal torbellino de emociones como un ser humano. Piensa en el primer beso, en un reencuentro de años de separación, en un un abrazo que por fin te calma. Respira, respiro, respiramos.

Cuando superamos la adolescencia, después de intentar conquistar “a capa y espada” nuestra independencia, normalmente nos damos cuenta de que esta no es posible más allá de constituir una utopía que no necesariamente tiene que ser buena, porque nuestras necesidades más primarias no responden necesariamente a ella. Piensa en el amor, en el cariño, incluso en los encuentros o los desencuentros.

La dependencia emocional: un hecho o unas cadenas

Entonces, si la dependencia emocional es natural, ¿por qué en psicología es un ogro al que hay que desterrar? En parte porque la psicología no deja de beber de las corrientes sociales y estas son cada vez más individualistas. En parte porque esta dependencia se vuelve negativa cuando se fija en una persona concreta que no somos nosotros. Cuando le otorgamos a otro la responsabilidad de lidiar con los caprichos y las apetencias del niño y el joven que llevamos dentro, y pensamos que ese otro es insustituible.

Veamos un ejemplo sencillo. Ana está haciendo algunos cambios en la decoración de su casa y le gustaría cambiar un mueble de sitio. Pesa demasiado para cargar con él ella sola, por lo que necesita la ayuda de alguien. Puede ser la suya propia, estudiando física y mecánica y construyendo un gato con ruedas que le ayude con tal propósito. Sin embargo, temporalmente esta solución no es muy rentable para ella.

Lo más rentable es que lo hicieran personas más fuertes que ella. Ana piensa en sus hijos, pero resulta que ellos no pueden porque esa semana están de vacaciones. Entonces pide ayuda a sus sobrinos y estos encantados le hacen el favor. Pues bien, Ana es dependiente, pero no es dependiente de sus hijos. Si ellos no pueden, es capaz de buscar la ayuda de otra persona. Pues bien, con la independencia/dependencia emocional pasa lo mismo.

Esta se vuelve peligrosa cuando se fija en una sola persona y se carga sobre ella la responsabilidad de nuestro estado emocional. Es peligrosa porque nos debilita y porque a la larga termina con la relación. Sin embargo, lo peor es que, antes de que termine esa relación, nos habremos destruido a nosotros mismos utilizando todo tipo de medidas desesperadas para no perder a esa persona en la que hemos depositado el sino de nuestra felicidad.

Los cuatro escalones de la dependencia emocional

El camino de la destrucción emocional -por dependencia emocional- suele tener cuatro escalones marcados, que empezamos a bajar cuando aparece el miedo a la pérdida. Un miedo que la mayoría de las veces es infundado y que precisamente contribuye a hacer más fuerte esta dependencia.
“Si no pude conseguir sentirme querida y necesitada, si te negaste a tenerme lástima y a ocuparte de mí por piedad, si ni siquiera conseguí que me odies, ahora vas a tener que notar mi presencia, quieras o no, porque a partir de ahora voy a tratar de que me temas”

El primer escalón consiste, para la persona dependiente, en tratar de hacerse imprescindible para la persona de la que depende. En mostrarle todo le que aporta a su vida, en subir estas aportaciones y en recalcarlas: “Si no fuera por mí…”, “A ver a ti quién te iba a hacer esto así…”, “Puedes irte a buscar por ahí, pero no encontraras a nadie que te lo haga como yo”.

También el dependiente puede intentar convertirse en una garantía, una especie de seguro, “si sigues conmigo, esto nunca te faltará” y buscamos que el otro, aunque sea por reciprocidad, se quede con nosotros.

Bajamos al segundo escalón cuando el primero no sirve. Además, este segundo se pude seguir combinando con el primero. En este escalón la persona dependiente se disfraza de víctima e intenta dar lástima. En su vida, los achaques cotidianos se convierten en auténticas tragedias que harían al otro inhumano en caso de querer alejarse…precisamente en esos momentos. Además, normalmente esta es una estrategia que el dependiente conoce muy bien ya que es probable que la haya utilizado antes para reclamar atención.

El tercer y cuarto escalón son paradigmáticos y con ellos la persona dependiente intenta protegerse de lo que más teme, la indiferencia. Estos dos escalones son intercambiables y no necesariamente se da uno antes que el otro, o se dan los dos.

Además, los dos aluden a emociones primarias: uno al odio, otro al miedo. Ante el temor a la indiferencia, la persona dependiente puede buscar que el otro la odie. Es una forma de autoengaño con la que busca que existan sentimientos que se mantengan, lazos de conexión, presencia en la vida del otro… aunque sea levantando odio.

El cuarto escalón es el de la amenaza. “Si se te ocurre marcharte, no sé lo que puedo hacer”, “Si desapareces ya no me queda razón para seguir viviendo”, “Si decides marcharte, te aseguro que no volverás a verme”, “Luego no llores, cuando ya no esté”. Es el miedo a la pérdida el que la persona dependiente intenta contagiar al otro. Ese temor es un engaño, pero para el dependiente puede funcionar perfectamente como sustituto del amor.

La persona dependiente hace sufrir… y sufre

De una forma o de otra, para el dependiente su propia dependencia suele ser una tortura. Si de algo es víctima es de haber confiado su destino y sus esperanzas a alguien. Esto la obliga a inmolarse para que ese alguien no se vaya, porque siente de verdad que, si se marcha, perderá su vida. Muchas de sus frases son una manipulación, pero debajo de ellas hay un sufrimiento que es de verdad.

Desgraciadamente la dependencia emocional es difícil de admitir. A ella están asociadas etiquetas como las de poco valor, debilidad de carácter e incluso incapacidad intelectual. Sin embargo identificar esta dependencia es el primer paso para re-edificarla y entender que, aunque nuestras necesidades sean únicas, las personas que las pueden satisfacer son varias y además normalmente de muy diferentes formas.

Sergio De Dios González

lunes, mayo 15, 2017

Hoy he dejado de responsabilizar a los demás de mi bienestar

He pasado demasiado tiempo de mi vida intentando responsabilizar a los demás de mi bienestar. Les he echado en cara que no cumpliesen sus promesas, que no me quisiesen tal y como yo les quería, que no hiciesen aquello que prometían o que yo esperaba. Mis expectativas hacia el resto de personas que consideraba importantes para mi vida eran demasiado elevadas y así empecé a dejar en sus manos mi propia felicidad.



Pero llegó un día en que me sentí mal conmigo misma. Empecé a creer que manipulaba a los demás y, de alguna manera, así era. Los utilizaba para que me hiciesen felices. Si alguien no podía quedar conmigo para llevar a cabo un plan (paseo, ir al cine, etc.) porque le había surgido algo que le apetecía más yo me enfadaba y ya no hacía lo que tenía pensado. ¡Vaya! Mi vida dependía totalmente de las demás personas que tenía a mi alrededor. De lo que yo depositaba en ellas y de cómo ellas respondían.
Tenía un venda en los ojos que me impedía ver que las riendas de mi vida las debía tener yo y que jamás debía cedérselas a nadie.

Responsabilizar a los demás de mi propia felicidad

Responsabilizar a los demás de nuestra propia felicidad es un error. Una costumbre que augura sufrimiento, decepción, dolor, tristeza e, incluso, en los peores casos, hasta depresión. No nos damos cuenta de que esta dinámica provoca en nosotros una inestabilidad emocional muy grande. Ante este panorama, ¿cómo podremos gestionar nuestras emociones? Será imposible, ya que hemos depositado fuera el control que tenemos sobre ellas.

Pero la pregunta más importante es: “¿Por qué cometer la “estupidez” de dejar una responsabilidad y un privilegio tan importante y delicado en manos de los demás?“. La respuesta se encuentra en los miedos, las inseguridades, las creencias de cómo deben ser las relaciones y, muchas veces, de considerar cierta la idea de que para amar es necesario sufrir.

Todo esto termina configurando una perspectiva lógica -desde sus leyes internas- que condiciona nuestra forma de vivir las relaciones con los demás. Nosotros lo damos todo, nos esforzamos para que nuestras relaciones (sean estas de amistad o de pareja) vayan por el buen camino. Pero parece ser que tanto trabajo al final no sirve para nada, dejando siempre un poso de decepción.
Me esforzaba mucho por agradar a los demás para que fueran felices. Estaba dispuesta a darlo todo por aquellas personas que más quería. Sin embargo, en mi interior sabía que ellas no pensaba de la misma manera que yo y eso me parecía injusto.

Impedimos que los demás demuestren que también les importamos. Lo hacemos pensando que solo hay una alternativa válida para que alguien nos quiera. Esa única alternativa válida es la que satisface nuestros deseos y suele condicionar, minimizar en realidad, el valor que tienen el resto de alternativas para nosotros. Además, en muchas ocasiones tampoco le ponemos voz y palabras a esta alternativa, esperando que en un ejercicio de ilusionismo, digno de la mejor escuela de magia, los demás nos lean la mente o acierten con las pistas que les mandamos.

Por otro lado, si somos ese amigo que tiene de forma habitual la iniciativa y parece liderar un grupo, ¿por qué no parar, dejar de tener la voz cantante y permitir que los demás hagan algo? Quizás tenemos miedo a que no suceda, a que la fuera de la costumbre ha hecho de los roles que jugamos posiciones estáticas, que marcan lo esperable e inesperable de los demás.

La venda en los ojos que me pongo voluntariamente

Responsabilizar a los demás de nuestra felicidad, mientras nos ponemos una venda en los ojos para no ver lo que sucede, es comprar papeletas para que en la lotería nos toque un premio desagradable, cuanto menos. Pero queremos confiar ciegamente, quizás porque nosotros mismos también lo hacemos y la vida, sin cansarse, nos grita: “¡deja de mirar por los demás y empieza a mirar por ti!”.

Buscamos aquello que nos falta en el exterior. Si sentimos una soledad indeseada, intentamos echarla con personas; si notamos que nos falta amor, entonces buscamos una pareja para satisfacer esta necesidad. Responsabilizar a los demás con la tarea de cubrir nuestras carencias nos expone a que nos hagan daño y a vivir relaciones basadas en la necesidad.

Contamos con mucho y tenemos la posibilidad de contar con más. Tenemos felicidad, tenemos amor, tenemos alegría… Es cierto que hay experiencias que dañan todo esto, que incluso nos pueden hacer creer que nos lo han arrebatado. Pero en lo más profundo de nosotros existe, solo que tenemos que hacernos responsables de ello. Dejemos de ser princesas o príncipes pasivos, porque el protagonista de nuestro cuento somos nosotros.
Cuando comprendí que yo podía elegir ser feliz, que yo tenía el poder de decidirlo y no los demás, entonces fui libre y supe lo que era estar en equilibrio y bienestar.

Así que hoy he dejado de responsabilizar a los demás de mi felicidad, de cubrir mis necesidades, de satisfacerme en general. He abandonado el papel de víctima, una zona muy cómoda desde la cual pedía al mismo tiempo que daba lo que no tenía. Hoy no dependo de nadie para ser feliz, pues tengo el poder de elegir cómo me quiero sentir. Asimismo, he permitido que los demás sean libres de ese “deber” que un tiempo atrás ponía en sus manos, sin ser consciente del peligro al que me estaba exponiendo.

Raquel Lemos Rodríguez

domingo, mayo 14, 2017

9 recomendaciones para aumentar tu autoestima en 1 mes

La autoestima no se presta, ni se descuida ni se deja olvidada en bolsillos ajenos. Sin embargo, seguimos siendo esa sociedad que necesita del refuerzo ajeno para reafirmarse, y seguimos diciendo”sí” con la boca pequeña cuando lo que necesitamos es un “NO” con voz firme. Nos olvidamos, casi sin darnos cuenta, que pocos abandonos son tan letales como dejar de amarse a uno mismo…



Hemos de admitirlo, pocas dimensiones psicológicas han suscitado tanto interés, tantas publicaciones y manuales en el mercado editorial y del crecimiento personal como la autoestima. A estas alturas gran parte de la población sabe manejar conceptos terminologías, estrategias y afinadas herramientas creadas por renombrados gurús que nos invitan a mejorar día a día para desarrollar nuestro potencial.

“Tú mismo, al igual que cualquier otra persona en el universo, te mereces tu propio amor y afecto”
-Gautama Buddha-

Sin embargo… ¿lo conseguimos? ¿conseguimos realmente aumentar nuestra autoestima? La verdad es que no siempre. Salimos de casa habiéndonos repetido varias veces ante el espejo aquello de “me quiero, soy capaz de lo que me proponga y nada ni nadie va a poder conmigo”.

Sin embargo, a no tardar mucho, nos volvemos a situar en la casilla de la salida de los círculos viciosos compuestos por pensamientos negativos. Nos damos de bruces con la inseguridad, con el miedo al que dirán y destinamos nuestras acciones a esa búsqueda incansable de reconocimiento con el que insuflar a duras penas un sucedáneo de oxígeno a nuestra autoestima.

No es fácil, y no lo es en primer lugar porque a menudo, tenemos una idea limitada de lo que es en realidad la autoestima, porque no, no es suficiente con “quererse a uno mismo”. Igual de importante es mejorar y trabajar dimensiones tan básicas como la percepción que tenemos sobre nuestra propia persona, así como las interacciones que establecemos con quienes nos rodean.

Tal y como podemos percibir, en ese complejo tejido que conforma nuestra identidad social y emocional, hay algunos flecos y costuras que es necesario fortalecer o incluso renovar. Te proponemos por tanto que reflexiones sobre estas 9 estrategias.

1. Aprende a auto-abastecerte

El hecho de no saber “nutrirnos”, atendernos y autoabastecernos es una maldición, una especie de sortilegio que nos obliga una y otra vez a cometer el mismo error, la misma conducta, el mismo pozo: buscamos en los demás lo que no nos ofrecemos a nosotros mismos.

Si iniciamos un proyecto esperamos que nuestra pareja, amigos y familia respalde cada idea, cada ilusión, cada objetivo y cada propuesta. Si no lo hacen, si valoran de forma negativa algún aspecto quizás nos quede la sensación de que en el fondo lo que quieren es tirar por tierra nuestra idea. Así, podemos llegar a tomárnoslo como un ataque personal.
¿A qué tipo de felicidad podemos aspirar con este enfoque personal? A una donde solo hay mendrugos, a una donde si los demás no nos abastecen con certezas, cumplidos y afectos, nos venimos a bajo. De paso, a ellas, si podemos, las condenamos a los infiernos.

Hemos de ser personas autónomas emocionalmente, seres que se autoperciben como valiosos para sí mismos y exquisitamente dignos para aspirar a cualquier meta, propósito u objetivo. De esta manera, y solo de esta manera, seremos capaces de encontrar la parte positiva de las críticas que tienen esta naturaleza.

2. Evita las auto-afirmaciones positivas genéricas

Lo señalábamos al inicio. Hay quien no sale de casa sin antes haber cumplido un sencillo ritual, el de ponerse ante el espejo y repetirse aquello de “me quiero, soy capaz, soy hermoso, nadie puede hacerme daño o soy alguien que vale la pena”.

“La peor soledad es no estar cómodo contigo mismo”
-Mark Twain-

Bien, es muy posible que a más de uno le sirva la fórmula, pero hemos de entender que este tipo de expresiones genéricas funcionan casi siempre como “calorías vacías”. Es decir, dan ánimo para un tiempo determinado, pero a las pocas horas se digieren y el efecto se desvanece. Son ideas resbaladizas, que al no ser concretas difícilmente evocan recuerdos que actúen como asideros.
Crea afirmaciones personales, íntimas y que toquen tu fibra interna hasta el punto de revitalizarla como la cuerda de un violín.

Por ejemplo: “en el pasado te hicieron daño, te hicieron creer que eras pequeño/a e insignificante, pero ahora has curado tus heridas y tienes la piel mucho más dura. Ahora eres un gigante, atrás quedó el niño asustado de ayer. Ahora nada va a poder contigo”.

3. Crea tu propio sistema inmunitario emocional

Tener una baja autoestima nos hace más vulnerables a muchas de las “lesiones” psicológicas que pueden acontecer en la vida diaria, ya sean de pequeño o de gran alcance. Somos menos resistentes a la frustración, al fracaso, nos duelen más las decepciones, nos cuesta gestionar la ansiedad, el estrés…
Es necesario que creemos un auténtico “sistema inmunitario emocional”. Al igual que nuestro organismo dispone de una serie de órganos, células y de diferentes mecanismos para hacer frente a virus, bacterias y posibles infecciones, también debemos conseguir lo mismo a nivel psicológico.
Se trataría solo de integrar una estrategias de concienciación donde entender que necesitamos de adecuados nutrientes que nos fortalezcan, que nos sirvan como barrera de defensa y de protección: el amor propio, la autconfianza, un buen autoconcepto, la positividad, la resiliencia, el sentido del humor, la capacidad para relativizar, el saber decir “no”…

4. La autoestima no se alimenta solo de “esperanza”, necesitas convicciones

Hay personas que con el propósito de fortalecer su autoestima se dicen a sí mismas frases como “todo me va a salir bien, voy y a tener éxito o voy a lograr esto y lo otro y todo lo que me proponga”.

Tal y como hemos señalado antes, este tipo de refuerzos tienen una batería muy corta. Debemos entender que cuando estamos a ante una persona con una baja autoestima, no le va a servir de mucho que la alimentemos a base de simples esperanzas, lo que necesita son convicciones, aspectos firmes, concretos, realistas y tangibles.

Es necesario por tanto que aprendamos a “retroalimentarnos” y para ello, lo mejor es focalizar la propia mirada hacia nuestras competencias, logros y habilidades siendo realistas.

“A mi se me da muy bien los temas sociales. Saqué una buena nota en mi carrera universitaria y esto y capacitado para trabajar en este ámbito, no tengo que sentirme inseguro porque tengo adecuadas competencias, no hay razón pues para dudar de mí. No debo, por tanto, dudar de mi mismo. Sé lo que valgo y entiendo que tengo altas probabilidades para conseguir lo que quiero, porque en el pasado ya he alcanzado varios logros…”

5. Acéptate, eres el regalo más maravilloso de esta vida

¿Cómo negarlo? Desde niños nos han guiado, orientado y encorsertado en la magia del elogio, del piropo o de la palmada en la espalda y la mirada de aprobación. Nos hemos convertido en adictos al reconocimiento externo, y en caso de no lograrlo, la causa, cómo no, está en esos defectos propios e irremediables: porque somos torpes, feos, gordos, tímidos o fracasados.

Poco a poco nos alejamos de nosotros mismos como si habitáramos una piel incómoda, un cuerpo extraño al que odiamos y que nos repugna. 
A lo largo de nuestra infancia, a nadie se le ocurrió en ningún momento preguntarnos si nos sentíamos orgullosos de nosotros mismos, si nos queríamos o nos aceptábamos. De ahí, que a menudo lleguemos a la edad adulta perdidos y frustrados sin saber dónde mirar, si adentro o afuera…
Si de verdad deseamos mejorar y aumentar nuestra autoestima, hay que hacerlo: debemos aceptarnos en cuerpo y alma, debemos dar el paso y entender que en realidad, somos lo más hermoso de esta vida. No hay que avergonzarse por creerlo así. Nada es más importante que ese cuerpo que nos permite avanzar, sentir, experimentar, nada es más digno que esa mente, esa piel y ese corazón que merece amarse, ser amado y sentirse increíblemente fuerte y hermoso.

6. Explora, busca, indaga

La baja autoestima nos recluye en sótano de la zona de confort, en las alcantarillas de la inmovilidad y en el cuarto oscuro del miedo. Nos susurra que es mejor no probar, no arriesgar y no explorar porque lo más probable, es que nos equivoquemos una vez más o que quedemos en evidencia ante los demás.
Si de verdad deseamos percibir cambios reales y factibles en un mes, debemos hacerlo: explorar, buscar, indagar…
No hay que estar completamente seguro de algo para “ensayar” cosas nuevas, debemos arrriesgarnos e improvisar con más frecuencia, dejándonos llevar por el principio de la intuición y por el sentido del placer más que por la sombra del miedo y la preocupación.

La realidad y todo aquello que nos envuelve, esconde cosas, personas y situaciones realmente agradables que merecen ser descubiertas.

7. Encuentra un equilibrio entre razón e intuición

Las personas con baja autoestima presentan una tendencia desmedida a racionalizarlo todo. “Si hago esto pueden pensar lo otro, debo hacer aquello para que se den cuenta de que soy capaz”. “Esto mejor lo evito porque puedo fallar, es mejor que me calle lo que siento y que haga como si nada hubiera pasado…”
Esa racionaliación y esa obsesión por desmenuzar cada detalle hasta el punto de prever qué puede pasar y qué no, nos conduce muchas veces a estados de ansiedad muy destructivos.
Debemos recuperar el olfato, el sentido y el gusto de nuestras emociones permitiéndonos ser libres del miedo y la inseguridad.

Atrévete a degustar el placer de priorizarte, de ponerte como máxima prioridad en tu día a día y a nutrirte como te mereces sin tantas cadenas, presiones y reticencias.

8. Autoelogiarse de vez en cuando es de buen gusto

Los auto-elogios son necesarios y muy útiles para aumentar la propia autoestima. Sin embargo, hay que cuidar un pequeño matiz: no debemos otorgárnoslos a la ligera y de forma exagerada o desmedida, sino cuando hayamos hecho algo bien, algo de lo que sentirnos orgullosos.
“Hoy he sido capaz de decirle a esta persona que no voy a acudir a su fiesta de cumpleaños”⇔ Me siento orgulloso/a de mi porque ya estoy consiguiendo ser congruente entre mis deseos y mis acciones.
“Hoy me siento bien conmigo mismo porque he logrado llevar adelante mi objetivo a pesar de que nadie confiaba en que lo consiguiera”.

9. Recompénsate cada día, lo mereces

Es muy posible que en tu día a día focalices cada esfuerzo, pensamiento y energía en recompensar a los demás, en ayudarlos, en hacerles la vida más fácil, en encajar a la fuerza en sus mapas, en sus expectativas, en lo que esperan de ti.

Este enfoque vital, a largo plazo, solo puede ofrecerte un fruto: el sufrimiento.

“La gente que quiere más aprobación consigue menos y la gente que necesita menos aprobación consigue más”
-Wayne Dyer- 

Para mejorar tu autoestima y empezar a ver cambios reales en un mes, aprende a recompensarte cada día de diferentes y variados modos:
  • Regálate tiempo para ti.
  • Sal a pasar, a correr, a caminar por un entorno natural.
  • Invítate a una taza de café contigo mismo e inicia una charla interior donde establecer prioridades.
  • Regálate un libro, una pequeña escapada, una hora de silencio y soledad.
  • Recompénsate cada día siendo congruente con tus deseos y tus actos.
  • Regálate buenas personas en tu vida y deja a un lado a las que te incomodan, a las que ponen alfileres a tu autoestima.

Para concluir, somos conscientes de que reparar y curar los fragmentos de una autoestima herida o fragmentada requiere tiempo. Sin embargo, tal artesanía necesita de dos componentes básicos: voluntad y perseverancia. Poco a poco hallaremos esa dimensión ideal donde a través de las distancias perfectas y la confianza, nos querremos un poco más sin miedos, culpas o sobresaltos. El propio camino para lograrlo ya vale la pena.

Valeria Sabater

sábado, mayo 13, 2017

El poder curativo del apoyo emocional

El apoyo emocional es una gran alivio cuando nos sentimos solos o desbordados por las emociones. Este sostén nos puede proporcionar consuelo, seguridad y tranquilidad. ¿Qué aspectos hemos de tener en cuenta si queremos dar este apoyo emocional a otras personas? ¿Y si queremos recibir el apoyo de un hombro amigo?



Para dar apoyo a otras personas vamos a necesitar practicar la escucha y la empatía hacia los demás. En cambio, para recibir apoyo emocional, vamos a tener que asumir que no siempre somos capaces gestionar todo lo que nos pasa solos. Por eso, en ocasiones vamos a necesitar ayuda de otras personas.

La importancia de la escucha activa

La habilidad para escuchar de forma activa es la base para generar un espacio de entendimiento. Escuchar no es lo mismo que oír, al escuchar, se percibe con todo el cuerpo, con los oídos, los ojos, los gestos, etc. Todo el cuerpo se involucra en la escucha, para que la persona que está hablando pueda sentir que le estamos comprendiendo de verdad.

Una buena forma de demostrar la escucha activa es resumiendo y parafrasear lo que la persona va diciendo a medida que avanza en su discurso. Así nos aseguramos de que estamos escuchando con plena consciencia y atención y no caemos en distracciones. Es muy fácil que sin darnos cuenta, hablemos antes de tiempo, u opinemos sin tener toda la información completa… o lo que es peor, saquemos el teléfono del bolsillo.

“Tan solo con escuchar profundamente, aliviamos el dolor y el sufrimiento.”
-Autor desconocido-

Sentir que estamos conectados con los demás nos puede proporcionar también ese apoyo emocional que nos va tan bien cuando nos sentimos desbordados por nuestras emociones. Necesitamos “a nuestras personas”, sentir que tenemos alguien interesado en conocer nuestras penas y alegrías porque le importan, alguien que entiende que somos seres complejos, con un pensamiento complejo y asume el coste, no siempre agradecido, de intentar comprendernos.

La empatía es una cualidad para aprender

La empatía es la capacidad que tenemos de ponernos en el lugar de los demás y comprender sus sentimientos desde sus circunstancias. De esta manera, logramos poder entender lo que les pasa, cómo se sienten, qué piensan y por qué las personas se comportan de determinada forma. La empatía es una habilidad que podemos perfeccionar si ponemos empeño en coger de las mano a los demás y hacernos esfuerzo por seguirlos a través de puertas estrechas y rincones oscuros, que muchas veces causan aburrimiento o miedo.

“Lo más importante es que necesitamos ser entendidos. Necesitamos alguien que sea capaz de escucharnos y entendernos. Entonces, sufrimos menos”
-Thich Nhat Hanh-

Imaginemos que un amigo nos explica que acaba de cortar con su pareja y que está afectado por ello. Una de las claves para que este amigo note nuestro apoyo tiene que ver con validar sus sentimientos. Con reconocer que entendemos que en su situación se sienta así. De esta manera nos situamos en poner en valor su emociones.

No hace falta decir muchas palabras para brindar apoyo. De hecho, muchas veces ni siquiera hacen falta: un abrazo, una mirada o un gesto pueden ser suficientes para que la persona se sienta acompañada. Hacer como si no pasara nada, es decir, minimizar el dolor o el sufrimiento, no suele ayudar a la otra persona. Al revés, la caricaturización de su sufrimiento es todo lo contrario a ponerlo en valor. Quizás nosotros no habríamos reaccionado así, pero eso no hace menos sincero y profundo su sufrimiento.

Recibir apoyo emocional alivia el sufrimiento

Recibir la ayuda y el apoyo que necesitamos, para superar los momentos difíciles, nos puede proporcionar gran alivio y tranquilidad. Es importante que reconozcamos que no tenemos por qué poder con todo, ya que, podemos pasar por momentos de vulnerabilidad. En estos casos, es posible que necesitemos un apoyo de alguien de confianza y un buen desahogo de vez en cuando.

Compartir nuestras emociones con otras personas nos puede ayudar a fortalecer nuestro sistema inmunológico, además de situarnos en posición de entender que no somos los únicos que tenemos problemas. Todos pasamos por momentos complicados a lo largo de diferentes épocas de nuestra vida. Por tanto, es mejor sentirnos acompañados que tener que pasar estos momentos solos. Piensa que el sufrimiento ya inspira introspección, como para acompañarla de una de una sensación de abandono total.

Para brindar apoyo emocional vamos a necesitar la escucha activa, sostener el silencio y practicar la empatía para que los otros perciban ese apoyo. En cambio, para recibir apoyo emocional, va a ser necesario una dosis de humildad, reconocer que no somos capaces de gestionar todo lo que nos pasa y empezar a practicar la capacidad de pedir ayuda cuando la necesitemos. 

Adriana Reyes Zendrera