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sábado, diciembre 03, 2016

Siento un profundo malestar, cuando en realidad debería estar feliz

¿Quién no ha pasado por una mala época en la vida? Todos hemos tenido baches, está claro, y nos han provocado malestar. Pero, al compartirlo con nuestros seres queridos, nos han dado contestaciones como las siguientes: “bueno, el pasado pasado está, ahora hay que tirar hacia delante”, “no le des más vueltas e intenta ser feliz“, etc.



¿Qué hay detrás de esos “agua pasada no mueve molinos” o los “ahora toca levantarse y seguir luchando”? ¿Implica que no me pueden afectar las cosas malas que me pasan? ¿Quiere decir que si algo me afecta tengo que hacer como que no y continuar como si nada? ¿Tenemos que ser felices sin importar las circunstancias? ¡No!

“La felicidad es saludable para el cuerpo, pero es la pena la que desarrolla las fuerzas del espíritu”
-Marcel Proust-

La felicidad por bandera

En la sociedad actual se promulga que hay que ser feliz por encima de todo. No podemos estar tristes, ni angustiados ni enfadados. Se lleva la felicidad por bandera, lo vemos en todos lados. La realidad es que ser feliz es maravilloso, ¿cómo vamos a negar eso?

Nos bombardean con mensajes de alegría, de felicidad y de optimismo, tanto en las redes sociales como en los medios de comunicación. Tanto es así, que cuando alguien no se siente tan feliz como “debería” se generan sentimientos de frustración, ya que la realidad no es acorde a las expectativas generadas. Oh, oh, viene el malestar y con él surgen pensamientos del tipo “si él es feliz, ¿por qué yo no?”

“Mi felicidad consiste en que sé apreciar lo que tengo y no deseo con exceso lo que no tengo”
-Leon Tolstoi-

Resulta que eso de ser feliz sin importar las circunstancias se nos hace muy complicado, ¿verdad? Ya que si algo no sale como esperamos o nos ocurre algo malo aparecen las emociones negativas, sin que tengamos mucho margen para evitarlo.

Entonces, qué pasa, ¿no debemos ser felices o no nos podemos sentir mal en determinadas situaciones? Claro que es genial ser feliz, pero también tenemos que evitar el ejercicio de potenciar los sentimientos negativos, que podemos tener en un determinado momento, pensando que deberíamos sentirnos bien.

¿Por qué y para qué aparecen las emociones negativas?

Las emociones surgen como respuesta de nuestro organismo ante determinadas situaciones. Pero, ¿cómo aparecen unas u otras? Esto depende de la valoración que dé el individuo a lo que sucede. Así, las emociones positivas son aquellas que generan sentimientos agradables. Aparecen cuando se evalúa la situación como positiva, por lo que no es necesario movilizar recursos para tratar de modificar o salir de esa situación.

Las emociones negativas generan sentimientos desagradables. Aparecen cuando una situación se valora como dañina, haciendo que se movilicen muchos recursos para hacerle frente y poder superarla. De esta forma, para poder “seguir adelante” como dicen nuestros allegados, se hace necesario que aparezcan dichas emociones negativas.

Por ejemplo, si algo nos provoca miedo, este hace que tratemos de protegernos. Sin embargo, cuando algo nos enfada, hace que nos preparemos para defendernos ante un posible daño. Si es asco lo que nos produce, esta emoción hará que nos alejemos de aquello que puede ser perjudicial o “tóxico” para nosotros. Y cuando nos sentimos tristes, esta tristeza nos ayuda a aceptar la pérdida, haciéndonos reflexionar para así poder reintegrar lo sucedido.

Entonces, ¿debemos dejarnos llevar por el malestar emocional?

¡Buena pregunta! Como hemos visto ya, resulta que las emociones aparecen con el fin de que nos adaptemos lo mejor posible a las distintas situaciones y los diversos cambios que se dan alrededor. Esto quiere decir que son necesarias, tanto las positivas como las negativas.

“Cuidado con la tristeza. Es un vicio”
-Gustave Flaubert-

El caso está en saber cuándo las emociones pueden tornarse dañinas para nosotros. Si estas nos invaden con mucha frecuencia pueden provocarnos distintas enfermedades psicosomáticas, así como trastornos de la ansiedad o del estado del ánimo. Así pues, ¿cómo podemos diferenciar una emoción normal de otra perjudicial? Para hacer esto disponemos de una serie de parámetros:
  • Número de episodios. Se refiere al número de veces que se presentan las emociones negativas. Si se dan con poca frecuencia, no pasa nada. El problema viene cuando aparecen repetidamente.
  • Intensidad de la emoción. Cuando la sentimos de forma leve o media, es un malestar normal, no siendo así cuando la intensidad es alta.
  • Duración de la emoción. Cuando es limitada y se pasa una vez desaparece el evento que la provocó, quiere decir que está cumpliendo su función. Si por el contrario, dura de forma prolongada se torna mala para nosotros.
  • Tipo de la reacción. Si es una respuesta esperable dada la situación que la desencadena, de forma que otras personas hubieran reaccionado igual ante ese mismo hecho, la emoción no es patológica. Un signo de anormalidad puede ser, en este sentido, que la reacción sea desproporcionada.
  • Sufrimiento que provoca. Si es limitado y transitorio, es normal el malestar que se está teniendo. Lo contrario pasa si el sufrimiento es alto y duradero.
  • Interferencia con la vida cotidiana. Cuando interfiere de forma ligera o ni lo hace, no está siendo perjudicial para nosotros. Pero, si interfiere de forma profunda con la vida cotidiana, sí que lo es.
Una que hemos comprendido lo anterior, tenemos que tomar conciencia de que es beneficioso para nosotros que aparezcan las emociones negativas cuando tienen que hacerlo. No tenemos que evitar ese malestar, pero tampoco es una buena idea abandonarnos a él. Ahí entra en juego la capacidad de manejar las emociones. Una vez que nos hayan ayudado a afrontar adecuadamente un hecho concreto deben desaparecer. Así podremos, ahora sí, ser felices y seguir hacia adelante.

Laura Reguera Carretero