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viernes, agosto 26, 2016

Mi corazón va por un lado y mi vida por otro

Todos deberíamos escuchar a nuestro corazón. La verdad es que ninguno de nosotros puede ser absolutamente coherente cada día y a cada hora. Estamos habitados por contradicciones porque amamos y odiamos al mismo tiempo, porque somos valientes y al mismo tiempo huimos, porque somos buenos y a la vez podemos causar daño. Sin embargo, logramos lidiar con esas contradicciones, de modo que construimos una forma de ser y de vivir, más o menos, consistente.



Para algunas personas no es posible construir esa base mínima de coherencia. Viven como no desean vivir. Trabajan como no desean trabajar. Aman como no quieren amar. En esos casos, hay una fuerte dicotomía entre lo que se siente desde el corazón y lo que se lleva a la práctica en los actos. Es como si vivieran una existencia prestada.

“Mi corona está en el corazón, no en mi cabeza”
-William Shakespeare-

Los casos son muchos. Personas que no aman a su pareja realmente, pero mantienen una relación con ella a pesar de todo. Gente que va todos los días a su trabajo y lo único que anhela desesperadamente es la hora de salir de allí. También están los que escogieron una profesión que detestan o quienes aparentan todo el tiempo que aprecian a las personas de su entorno, cuando en realidad solo quisieran verles desaparecer.

Por supuesto, todos tenemos días o etapas en las que renegamos un poco de la forma en la que vivimos. En ciertas circunstancias le perdemos algo de gusto al trabajo o nos sentimos distanciados de la pareja o nos fastidia lo que nos rodea. Pero cuando, en esencia, estamos conectados a la vida desde lo profundo del corazón, esos episodios no pasan de ser pasajeros y se superan con relativa facilidad.

Cuando el corazón no está conectado con la vida

Seguramente muchas de las personas que no logran experimentar la vida desde su corazón, dirán que esto se debe a alguna limitación externa. Si odian su trabajo, pero permanecen ahí, argumentarán que “la necesidad tiene cara de perro”, que las cuentas a fin de mes no dan espera y que sería muy difícil conseguir un nuevo empleo. Sin embargo, tampoco ves que lo busquen o que hagan algún tipo de esfuerzo para salir de una labor que dicen detestar.

Esto es todavía más frecuente en las relaciones de pareja. Seguramente conoces a alguien que mantiene una queja constante frente a su pareja y sigue haciéndolo así durante años y años. Si le dices que deje a esa persona, te responderá que algún día lo hará, o que no puede hacerlo por los niños, por la hipoteca compartida o por las convicciones religiosas.

Es entonces cuando cualquiera se pregunta: Si es imposible superar esa situación, ¿por qué, entonces, no busca alguna forma de adaptarse a ella? Y si es posible superarla, ¿por qué no hace lo necesario para acabar con ese supuesto tormento?

Es en esos casos cuando el corazón va por un lado y la vida por otro. La persona sufre y se siente atrapada, pero no visualiza una forma para salir de ese laberinto. O bien cree que “así es la vida” y así se debe aceptar; o bien piensa que no es capaz de hacer un cambio. En el fondo, lo que opera es una fuerza inconsciente que desconoce.

Los mandatos inconscientes

Casi todos creemos que nuestras razones para actuar son completamente claras, pese a que muchas veces nos preguntan por qué hacemos lo que hacemos y damos respuestas muy vagas. Lo cierto es que la mente humana es mucho más compleja que eso. Parece que hay una amplia zona desconocida para nosotros mismos, en donde se alojan los motivos más profundos y auténticos de lo que hacemos.

Desde que nacemos, estamos supeditados al deseo de los otros. Nuestros padres construyen un significado consciente para nuestra existencia, pero también depositan expectativas y deseos inconscientes para nuestra vida.

Una madre deprimida, por ejemplo, te transmite el amor que puede darte, pero también un cierto halo gris en torno a todo lo que ocurre. Un padre distante te da amor a su modo, pero también se convierte en un fantasma inalcanzable al que quizás quieres complacer y acercar sacando buenas notas, o siendo “muy juicioso”, o armando problemas en todas partes.

Si tu corazón va por un lado y tu vida por otro, lo que sucede es que hay una contradicción entre tu deseo consciente y tu deseo inconsciente. Probablemente vives como alguien desea, o deseó, que vivieras. Ese alguien es, seguramente, uno de tus padres o de las figuras relevantes de tu infancia.

Y quieres complacerle, pero en el fondo sabes que actúas motivado por un deseo ajeno. Sin embargo, algo dentro de ti te impide rebelarte y reclamar una vida genuina, hecha a la medida de tus propios anhelos. Ese algo es el miedo infantil a perder el amor de esas personas de las que, inconscientemente, sigues dependiendo.

En el interior de cada uno de nosotros habita un niño desprotegido que haría lo que fuera necesario por no perder el amor, la atención y el cuidado de sus padres. Algunos aprenden a reconocer los recursos que tienen para hacer una vida individual, lejos de esas sombras.

Otros, en cambio, siguen gravitando alrededor de un conflicto inconsciente no resuelto con alguno de sus progenitores. Crecen, estudian, trabajan y se vuelven médicos o hasta presidentes. Pero sienten que no son ellos mismos.

Edith Sánchez