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lunes, agosto 22, 2016

La necesidad de romper con la soledad te hace vulnerable

La soledad tiene dos caras. Puede ser un enemigo mortal que te cae como una losa. También puede ser tu mejor amiga: la que te hace enfocarte en lo que realmente quieres y necesitas en cada momento.



La soledad te hace reflexionar de una manera mucho más profunda acerca de lo que quieres, de lo que eres y de quién eres en realidad. Todos necesitamos esos momentos de soledad. Necesitamos nuestro espacio para estar con nosotros mismos. Para pensar.

Pero hay personas cuya zona de confort no les permite tener esos momentos. Porque se sienten vulnerables y, por eso, necesitan tener otras personas a su lado en todo momento. Simplemente, por tener a alguien con quien compartir. Simplemente, por temor a la soledad.

¿Has dejado de ir al cine “porque no tienes con quien comentar la película“? En realidad, es la excusa que te pones para no ir sola.

La necesidad de compañía puede confundir amistad con amor

No tener con quien compartir experiencias, sentimientos, sensaciones, dudas, pequeños momentos, etc. No tener quien te tome de la mano y te diga que todo va a ir bien. Que te consuele en momentos de debilidad y desamparo. Que te apoye cuando tomas una decisión. O que te escuche cuando estás decidiendo sobre tus próximos pasos y que te mire a los ojos con la profundidad que tiene el amor.

Cuando has tenido eso y se ha ido, se echa de menos. Cuando no lo has tenido, también. Porque echas de menos las sensaciones que se producen en tu cuerpo y las emociones que sientes solo al pensar que has podido tenerlo. 

Da igual la edad que tengas, lo racional que seas o todas las experiencias por las que hayas pasado. Sigues sintiendo las mismas emociones.

Escuchar a tu corazón vibrar, sentir mariposas en el estómago porque te vas a encontrar con esa persona. Necesitas volver a experimentar esas emociones que te recuerdan que no estás sola. Y esa necesidad puede hacer que sustituyas tus verdaderos sentimientos y los revistas y adornes para sentir la emoción del amor.

Incluso, puedes encontrarte a ti misma, por ejemplo, comprándote un vestido carísimo para tu próxima cita. Para estar extraordinariamente atractiva. Porque eso es lo que harías con tus sentimientos reales y originales. Porque eso es lo que echas de menos y quieres volver a sentirlo para sentirte viva. Para pensar que sigues ahí. Que todo puede volver a suceder. Que todo está sucediendo.

Pero, tarde o temprano, tu mente te llevará a la lucidez. Porque sin quererlo, estarás poniendo obstáculos en tu camino: “es que tengo que…”, “es que no …”, “es que…”. Excusas que te pones para acallar tu conciencia y dejar a la otra persona la responsabilidad de que la relación no funcione.

Por eso, tener sustitutos emocionales no es una opción. Los sentimientos que tienes hacia esa persona son inventados y maquillados para parecer reales. Y, a la primera de cambio, caerá la torre de papel que has construido y todo se desmoronará.

Tener la seguridad completa y absoluta de que una relación va a funcionar no es posible. Pero tener la completa y absoluta seguridad de que tú estás poniendo todo de tu parte para que funcione, sí lo es.Y tienes que ser consciente de si realmente estás siendo responsable de tu vida, de si estás actuando con coherencia cuando entras en una relación únicamente por necesidad.

La necesidad genera dependencia

Necesitar de la compañía de otra persona genera dependencia. Una dependencia emocional que te va minando y destruyendo como persona. Es posible que llegue un momento en tu vida en el que estés dispuesta a pagar el precio para compartir tu vida con alguien y no sentir esa soledad. Ese precio forma parte de la necesidad que tienes de ello.
¿Hasta qué punto tener una relación por necesidad sigue las mismas reglas que una relación por amor?

Tienes que ser muy consciente entonces, que tus respuestas a los comportamientos en algunas facetas de la vida de la otra persona no pueden seguir las mismas reglas.

Es posible descartar la dependencia emocional si ambas partes son plenamente conscientes de la relación que mantienen. Podríamos decir que se trataría de una relación madura desde el principio. Una relación en la que 1+1=2, de verdad. Dos personas conscientes, sinceras, mirando en la misma dirección y con un mismo objetivo. En realidad, ¿no podríamos decir que eso es el amor? El amor maduro, el que se hace con el tiempo.

En una relación así, las fases del enamoramiento no se producen. Aunque sí aparece una faceta de ilusión por la novedad que supone en tu vida. Es una fase en la que, aparentemente, te comportas como lo harías en una relación real, pero siendo consciente de cómo es en realidad la otra persona.

Una relación así, sin las mariposas en el estómago, sin las dudas sobre lo que deparará el futuro, quizá no produzca las mismas emociones que la de dos personas enamoradas. En una relación de este tipo, el amor no tiene nada que ver. Requiere madurez por ambas partes. Consciencia de necesidad del uno por el otro. Es como una especie de contrato de afinidad.

Si quieres una relación así, adelante. Pero no trates de disfrazarla de otra cosa. Disfrútala como es.

Salva Contreras