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lunes, julio 11, 2016

Pedir ayuda no es sinónimo de debilidad

Pedir ayuda no es sinónimo de debilidad o de vulnerabilidad. De hecho, más bien, pedir ayuda es un acto de valentía a través del que conocemos la importancia asumir nuestras limitaciones y reconocer el papel que los demás representan en nuestro crecimiento.



En este sentido podemos afirmar que pedir ayuda es un acto de humildad y de valentía, pues a través de la petición de apoyo reconocemos el valor de las demás personas y luchamos contra la habitual presión hacia la idea de ser autosuficientes.

Así, como hemos comentado en otras ocasiones, el ser humano y su complejo sistema psicológico está diseñado para la cooperación y la relación con su entorno en pro del desarrollo colectivo.

La confianza, un pilar básico

Cuando pedimos ayuda también estamos dando un voto de confianza a los demás, pues mostramos una parte importante de nuestro ser para que “otro la trate”. Con este simple acto fortalecemos nuestros vínculos. Somos honestos y consideramos a los que nos rodean cuando creemos que pueden hacer algo por nosotros.

Tendemos a pensar en la petición de apoyo socioemocional como un arma de doble filo que ayudará a que otros se aprovechen de nosotros o que dañará nuestra independencia, amenazando gravemente nuestra capacidad de hacer las cosas por nosotros mismos.
Muchas veces son las malas experiencias (una conjunción de decepciones y de expectativas), las que nos hacen pensar así y mostrarnos reticentes a la hora de pedir ayuda y de mostrar nuestras necesidades a otras personas.

No nos falta razón, pero lo cierto es que no podemos vivir desconfiando de que “una maceta se nos va a caer en la cabeza según caminamos por la calle”. Con esto queremos transmitir la idea de que las barreras que nos autoimponemos son útiles cuando la situación requiere amurallarse, no después.

Pedir ayuda también es una buena forma de comenzar a relacionarnos con alguien, además de una habilidad social básica indispensable para nuestro bienestar. Así, al igual que a nosotros nos gusta ayudar, a los demás también les hace sentir bien.

Así, lejos de egoísmos, ayudar a los demás es una manera de contemplar la belleza de las relaciones humanos y los vínculos que se establecen alrededor de nuestras actuaciones.

Por eso, dejar atrás la necesidad de orgullo y de sentirse infalible, así como las reservas excesivas de compartir lo que acontece en nuestro interior. Por otro lado, la vergüenza tampoco tiene sentido en ciertos momentos.

Por otra parte, el temor a la negativa es uno de los factores más trascendentales, pues nos provoca pavor la posibilidad de ser juzgados y que los demás vean en nosotros algún atisbo de “debilidad”que nos haga vulnerables. Por eso para pedir ayuda a los demás es necesaria la confianza y la sensación de comodidad ante los demás. Si no trabajamos en esos dos pilares, los intercambios no fluirán como es debido.

Por todas estas razones no merece la pena perdernos la oportunidad de experimentar la bondad de los demás y de mejorar nuestra visión del mundo. Cuando pedimos ayuda ganamos todos, pues es tan enriquecedor pedir como dar. Porque ayudar es maravilloso pero dejarnos ayudar no lo es menos. Merece la pena intentarlo.

Raquel Aldana