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martes, julio 12, 2016

¿Cómo tapamos nuestras emociones?

A las emociones llamadas negativas normalmente les siguen ciertas conductas o acciones encaminadas a suprimir ese estado emocional. Se trata de una estrategia que solemos usar bastante los seres humanos y que funciona muy bien a corto plazo, porque nos genera alivio y nos libra de los síntomas fisiológicos molestos de las emociones.



El problema es a largo plazo, cuando la solución es solamente un parche puesto deprisa y corriendo ante la necesidad acuciante de deshacernos del problema. Precisamente estas conductas son las responsables de que el problema se mantenga en el tiempo y de, que cuando menos nos lo esperemos, la endeble barrera que hemos puesto se desborde.
Las acciones neutralizados de las emociones han actuado como un refuerzo negativo y es por su poder reforzante por lo que las seguimos empleando, quizás a sabiendas de que en realidad nos perjudican.

Algunos ejemplos de estas conductas pueden ser comer compulsivamente tras una crisis de ansiedad, llamar desesperadamente a la pareja si tenemos un ataque de celos para asegurarnos de donde está, tomar drogas o apostar grandes cantidades de dinero.

La tolerancia de las emociones

En psicología, le solemos explicar a los pacientes -y asegurarnos de que lo entienden a la perfección- que sus conductas, además de los pensamientos negativos, son las responsables de que el problema sobreviva -ya sea en la superficie o por debajo- y que hasta que no deje de llevarlas a cabo, el daño emocional difícilmente quedará integrado y el dolor o la desazón se amortiguarán.

Las personas, por norma, rechazan esta teoría porque les es muy difícil tolerar la emoción, dejarla estar, sentirla. Los síntomas son tan desagradables a veces, que hacemos todo lo posible por no encontrarnos mal aunque seamos conscientes de que después podemos encontrarnos en una situación aún más delicada.
Los seres humanos somos hedonistas a corto plazo, es decir, necesitamos esa ausencia de dolor y buscamos el placer o la gratificación inmediata, cueste lo que cueste, sin pensar en las consecuencias.

Por ejemplo, hay personas que se enfrentan a una situación problemática, se ponen muy ansiosas porque su interpretación suele ser demasiado exagerada y vista como terrible e insoportable y a causa de ello se dan un atracón hipercarlórico.

Es evidente que el atracón no va a solucionar su problema situacional. De hecho, va a crear un nuevo problema si la persona se acostumbra a llevar a cabo esa dinámica.

Así, tolerar una ansiedad intensa es más complicado que la opción alternativa de darle una solución rápida y poco meditada. De hecho, el patrón conductual con la comida contra la ansiedad en ocasiones está tan establecido que, antes de darse cuenta, la persona ya está explorando el frigorífico o los armarios para llevarse algo a la boca.

Lo ideal habría sido llevar a cabo alguna conducta alternativa con la ansiedad, como la respiración profunda, analizar bien el problema, buscar soluciones y alternativas, pensar de manera más racional y llevar a cabo la solución elegida, eso sí, tolerando que podamos sentirnos ansiosos.
La ansiedad es una emoción que fisiológicamente actúa como una curva: aumenta hasta llegar a un tope a partir del cual comienza a descender si no la bloqueamos con ninguna tapadera de las que estamos hablando.

Algunas formas de tapar las emociones

Todos en algún momento hemos tapado nuestras emociones para sufrir menos, aunque sea para obtener un alivio momentáneo. Si no se convierte en un hábito tampoco es tan problemático, pero como hemos comentado, muchas veces nos encontramos con un problema aun mayor: un problema psicológico.

Algunas formas que tenemos de tapar nuestras emociones pueden ser:

La comida

La comida tiene un poder muy reforzante para las personas por el placer que supone además de por eliminar el hambre.

Por otro lado, un atracón, sobre todo de comida dulce y grasa, puede hacernos creer que nuestra ansiedad se reduce e incluso se elimina, por lo que podemos llevar a cabo la tendencia de amainar nuestros estados emocionales con comida, algo que lógicamente puede traer consigo un grave trastorno de alimentación.

Las drogas

Las drogas, al igual que la comida, también actúan en los centros del placer y la recompensa, liberando dopamina en nuestro cerebro lo que nos hace sentirnos bien en un corto plazo de tiempo.

El tabaco, el hachís, el alcohol y el resto de drogas funcionan como un amortiguador emocional muy potente. Las personas con baja tolerancia a la frustración son muy propensas a caer en un problema de drogadicción.

Juego patológico

Igual que los anteriores, el juego patológico supone una recompensa pues aunque perdamos más dinero del que podamos ganar, la expectativa de ganar nos mantiene alerta y motivados, nos distrae de las preocupaciones y nos evade momentáneamente. Después, si perdemos, le problema puede ser aún mayor.

Inactividad

Muy típico en estados depresivos. Las personas para no sufrir más y liberarse del esfuerzo, “dejan de vivir”, se quedan inactivas, en casa, cancelan planes de ocio y en el peor de los casos hasta necesitan pedir la baja laboral. Esta conducta además supone una ganancia secundaria por parte de familiares y amigos, como es más atención y cuidados, por lo que aumenta el refuerzo.

Falta de asertividad

Ser muy agresivo a nivel de conducta o bien ser muy sumiso y ceder en todo son dos conductas que nos libra de “pasarlo mal” con los demás. Siendo agresivos porque exigimos a los demás que hagan lo que queremos y a corto plazo, solemos conseguirlo; mientras que siendo pasivos nos quitamos el sentimiento de culpa que podría suponer defender nuestros derechos.

Reaseguraciones

Mirar a escondidas el móvil de la pareja, asegurarnos mil veces de que hemos apagado el gas o hacernos multitud de pruebas médicas son conductas que también nos libran de la ansiedad porque algo amenazante pueda suceder, aunque no sea muy realista.

Existen otras conductas de seguridad como llevar un botellín de agua por si nos da un ataque de pánico, tener un tensiómetro cerca siempre o dar una conferencia con un amuleto.

Alicia Escaño Hidalgo