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jueves, junio 23, 2016

Sigue adelante, si no diera miedo no valdría la pena

A veces para conseguir sueños hay que negociar con el miedo. Hay que vivir con ellos, aunque no todos son de los que bloquean y te hacen abandonar lo que te has propuesto. Hay muchos que provocan un vértigo que indica que te asomas por un precipicio escapado y con una buena altura, lleno de adrenalina y de sensaciones desconocidas.



Esa sensación de incertidumbre y desasosiego aparece cuando realmente algo nos motiva, nos perturba la sensación de rutina porque desea transformarla en algo con sentido. La sensación de miedo nos traza el camino a seguir, nos provoca seguir investigando el trazado de lo que nos dicen que es imposible, para que podamos hacerlo realidad.

El miedo, esa emoción que tememos

Geral Hüther en su libro “La biología del miedo” nos explica cómo no tememos a nada tanto como a nuestros miedos. Sin embargo, es precisamente este, con sus distintos matices, el que pone en movimiento el desarrollo intelectual y emocional. El miedo produce en el cerebro un proceso de reacción de estrés que crea las condiciones idóneas para la conducta intelectual, emocional y física.

Hemos de ser capaces de encontrar el límite, entre el miedo amigo y protector y el miedo patológico, que nos conecta con ataques de pánico y ansiedad

Desde la física cuántica se explica como el cuerpo y las emociones no distinguen lo que está pasando en un plano real o imaginario, de manera que el nuestro cerebro desencadena las mismas reacciones. Así que sufrimos exactamente igual los efectos del estrés y los de otros mecanismos biológicos, ya sea por experimentarlo, por anticiparlo o imaginarlo.

El complejo circuito de miedo en nuestro organismo: una mezcla de estrés y placer

Como acabamos de comentar, el miedo aparece como una sensación totalmente desadaptativa cuando se convierte en un estado emocional asfixiante y continuo, en lugar de convertirse en una señal de alerta para los potenciales estímulos amenazantes del medio externo. Una sensación que oprime a la persona en el círculo de sus propias sensaciones displacenteras porque ya no es capaz de distinguir -de manera adaptativa- los momentos de alerta y los de relajación.

El complejo proceso y circuito físico y hormonal del estrés se activa con estímulos sensoriales, como la vista o el oído, para enviar información a una zona cerebral llamada amígdala: se encargará de conectar con el hipotálamo para acceder a la memoria y ver qué hicimos anteriormente en situaciones parecidas. Además se encargará de enviar impulsos eléctricos a los músculos para pasar a la acción.

En el plano hormonal, la glándula pituitaria segrega hormonas del estrés, que provoca que nos activemos y generemos otras dos hormonas más: la adrenalina y el cortisol. La adrenalina dilata las pupilas, aumenta la frecuencia respiratoria y el cortisol por su parte aumenta la glucosa en sangre que generará mayor energía muscular.

Lo más curioso de este complejo circuito es que finalmente genera dopamina, un neurotransmisor ligado al placer, que a su vez acompaña a la sensación de miedo, riesgo o triunfo.

Cuando el miedo un día no nos sirvió: el miedo como señal de catástrofe

Conociendo este complejo circuito del miedo y su utilidad, no solo para nuestra supervivencia sino también para nuestro bienestar emocional, es normal que las personas que han sufrido daño después de tener miedo sientan que esta señal de alerta no es valiosa. Total, aún anticipando el peligro, no han podido hacer nada.

Por ejemplo, en personas víctimas de agresiones, si no se procesa emocionalmente el daño sufrido, el nodo del miedo quedará permanente activado, incluso para sucesos que no comportan riesgo alguno. No solo personas que han sufrido estas situaciones de forma directa pueden sufrir esta extraña sensación de miedo permanente, sino también personas que han presenciado algún acto en la que los recursos para escapar no han funcionado.

Hacer del miedo un aliado para conseguir placer

En los casos en los que el miedo no está funcionando como una señal adaptativa, sino como una sensación generalizada que nos causa enorme malestar, deberá ser tratado correctamente. En los casos en los que ha existido un trauma, técnicas como el EMDR junto a otras técnicas parecen arrojar resultados esperanzadores. En cualquier caso, el mejor consejo que te podemos dar es que te pongas en manos de un especialista.

El miedo sirve para anticiparnos, nunca para vivir de la forma en la que él nos dicta. Como hemos dicho al principio, lo ideal es que sea una sensación que nos muestre el precipicio y los caminos inusitados, pero sin seguir la flecha sin hacernos preguntas.

Sería parecido al miedo que sentimos ante metas que parecen inalcanzables, pero que sabemos que realmente no lo son: eso es lo que piensa un opositor antes de embarcarse en un estudio que puede durar años o un corredor de élite dispuesto a superar su anterior récord de velocidad. El cortisol les activa, pero no les mata.

Así, la posibilidad de trasformar al miedo en tu aliado puede convertirse, si eres capaz de materializarlo, en un logro genial, de manera que puedas valorar las señales que te da sin obedecerlas ciegamente. Sentir esa alerta como presente y real, pero también hacerle frente y saber transitar por ella. Puede que algún día no pudieras evitar lo que estabas temiendo ni hacerle frente, pero debes descondicionar esa experiencia para poder lograr vivir el resto con plenitud.

Al fin y al cabo, si no existiera el miedo tampoco existiría la sensación de logro. Evitar uno es evitar lo otro, con idéntico resultado: evitar la vida. Permítete la licencia de experimentar miedo y poder tolerarlo, seguro que trae cosas interesantes.

Cristina Roda Rivera