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domingo, junio 12, 2016

Dime de qué presumes y te diré de qué careces

El refrán dice “Dime de qué presumes y te diré de qué careces” para sintetizar esos casos en los que una persona se atribuye una virtud, pero no tarda en dar señales que contradicen eso mismo que pregona. En este caso, lo “promocionado” es algún rasgo o atributo que la persona se adjudica a sí misma.



No siempre que una persona habla con orgullo acerca de lo que es o ha hecho es portadora de esta lógica. Lo que delata la existencia de ese mecanismo de presumir justamente de lo que se carece es el hecho de que hay “un plus” en tal actitud. Se enfatiza demasiado en ello y con demasiada frecuencia. Se tiene como bandera. Hay una exageración que resulta notoria.

“Todo hombre tiene tres variedades de carácter: el que realmente tiene; el que aparenta, y el que cree tener”
-Alphonse Karr-

En realidad, quien está inmerso en este mecanismo no es consciente de ello. Todo lo contrario. La persona de verdad cree que promover ciertas ideas o valores, utilizándose a sí misma como modelo de ello, es una cruzada genuina. En el fondo, su intención no es tanto convencer a otros, como persuadirse a sí mismo de que esto es verdad. Todo el tiempo tratan de probar lo que pregonan con acciones y argumentos concretos.

Presumes en exceso de lo que quisieras ser, pero no eres

Lo que parece un charlatán que predica más de lo aplica es en realidad una persona atrapada en el marco de un mecanismo de defensa. Dicho mecanismo se conoce como “formación reactiva” y consiste en poner en marcha un comportamiento para eludir un deseo reprimido. En otras palabras, la persona desea algo que le parece censurable. Y para defenderse de ese impulso inconsciente, comienza a actuar forzándose a hacer todo lo contrario.

Ejemplos sobran. Es el caso de quienes desean comer hasta hartarse, pero creen que ese deseo es reprobable porque pueden engordar y ser rechazados. Entonces se dedican en forma fanática a promover dietas y a asquearse de la comida chatarra. O quienes tienen deseos sexuales muy intensos, pero los consideran pecaminosos y por eso mismo arman una cruzada en nombre de la castidad.

Mucho más común es el caso de las personas que se desviven en atenciones frente a alguien que, en el fondo odian o desprecian. No es que la persona mienta o finja deliberadamente, sino que es incapaz de reconocer sus propios sentimientos debido a una censura moral que se autoimpone.

La formación reactiva puede estar dirigida a un aspecto específico, como el orden o la higiene, por ejemplo. Pero también puede convertirse en un patrón de conducta que se instala en la estructura de la personalidad. En ese caso, hay una especie de “personalidad falsa” en la que prácticamente todas las acciones de un individuo están dirigidas a sostener la máscara. Son el tipo de personas a quienes se les dice “Presumes de lo que no eres”.

Presumes para defenderte de ti mismo

Lo que obstaculiza la expresión del deseo es una conciencia moral extremadamente rígida, o un mandato externo que temes trasgredir. Por eso presumes de lo que no eres, sin que realmente esa sea tu intención. Lo que te permite identificar que se ha puesto en marcha un mecanismo de formación reactiva es lo enfático o exagerado de las palabras o las acciones. Los “No” demasiado contundentes, o los “Sí” especialmente remarcados, son señales de que hay un deseo oculto que orienta a lo contrario.

Actualmente las redes sociales vienen a ser un auténtico catálogo de este mecanismo. A veces parece que hubieran sido diseñadas precisamente para que cada persona pruebe ser “algo” que probablemente no es. Exhibes fotos sonrientes, aunque no estés tan feliz como quedó retratado. Presumes de tus viajes, tus nuevos trabajos, tus conquistas, pero algo habrá de incierto en ello cuando necesitas que otros te lo reconozcan.

Las formaciones reactivas pueden dar lugar a una personalidad obsesiva. Presumes de ser algo que no eres, o de pensar algo que no piensas y para poder sostener este autoengaño tienes que estar alerta todo el tiempo. Vigilarte constantemente y probar a cada rato que no eres merecedor de ninguna sospecha. La situación puede volverse agobiante, porque el deseo reprimido retornará una y otra vez y te sentirás asediado por él.

En ese afán por poner bajo control el deseo inconsciente que no quieres aceptar, es posible que llegues a experimentar una gran dosis de angustia. Se puede generar una enorme tensión interior, entre aquello que puja por expresarse y el enorme esfuerzo que debes hacer para “mantenerlo a raya”.

En esas condiciones, tu fortaleza puede verse menguada y es posible que desarrolles conductas compulsivas. Por eso, no debes olvidar que los deseos, con independencia de lo que guarden. Piensa que se vuelven inofensivos únicamente cuando los reconoces, luego tú ya decides, conscientemente, si llevarlos o no a la práctica.

Edith Sánchez