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jueves, mayo 19, 2016

¿Son las emociones negativas tan malas como parecen?

¿Cuánto tiempo llevamos teniendo la idea de que las emociones negativas son malas? Es decir,¿hasta qué punto nos han educado en que lo “negativo” (o lo que parece negativo) tiene que ser evitado, minimizado o suprimido?


Seguramente esta educación siempre haya tenido un fin noble, con la intención de ayudar o de inculcar una actitud positiva de cara a la vida. No obstante, existe una gran cantidad de gente para la cual esta idea de “rechazo a lo malo” ha resultado tener un doble filo.
Las emociones “negativas”

Últimamente se ha hablado mucho de las emociones, y se han sacado a relucir varios temas de la psicología que llevaban tiempo queriendo tomar el aire. Por ello, no viene mal aclarar conceptos. Para dar una definición, y partiendo desde la Terapia Racional Emotiva fundada por el profesor Albert Ellis, las emociones se entienden como sucesos o acontecimientos mentales, fisiológicos y conductuales.

En otras palabras, se pueden entender como activaciones fisiológicas concretas a las que nuestra mente y nuestro cuerpo ponen una etiqueta. De esta forma se acepta que las emociones tienen una función específica, y la diferencia entre ”negativa” y “positiva” viene dada por su utilidad, tanto de cara al mundo como de cara a nosotros mismos (no nos olvidemos estos últimos).

Por ejemplo, la tristeza, que es generalmente considerada como negativa, se torna especialmente útil en el momento en el que es necesario desahogarnos o descargarnos emocionalmente ante un conflicto que no sabemos resolver. Es decir, podría ser positiva.

No obstante, se convertiría en negativa, cuando fuese provocada por una idea irracional, dejase de servir como descarga, o nos pusiese más difícil alcanzar nuestros objetivos.
¿Cómo se llaman las emociones disfuncionales?

Si marcamos la diferencia entre emociones positivas y negativas en el punto en el que dejan de ser útiles, resultaría beneficioso saber si aquellas que normalmente catalogamos como negativas los son realmente. Estos son algunos ejemplos:

Preocupación vs. Ansiedad

Es absolutamente distinto desear que algo no suceda (preocupación) a eliminar la posibilidad de que ocurra (“esto no puede suceder y si sucede será fatal”). Parece solo una leve diferencia, pero ésta se vuelve enorme en el momento en el que se necesita afrontar una situación ansiógena. Los malos nervios pueden hacer que una leve preocupación se convierta en un mundo de espantos, lo que por otro lado hace que sea imposible afrontar nada.

Por tanto salta a la vista la inutilidad de la ansiedad, al menos a nivel interno, lo que es muy distinto de estar activado o preocupado.

Tristeza vs. Depresión

La línea entre ambas puede parecer fina, pero a nivel mental (recordemos la dimensión mental de las emociones), el estado depresivo tiene un fuerte componente de devaluación, es decir, de maltrato hacia uno mismo (“no valgo para nada, no soy nada”). También en la dimensión tiempo e intensidad son distintas, aunque estos parámetros son mucho más individuales.

Concretar que con estado de ánimo depresivo no se hace referencia en este caso a la depresión como problema clínico, sino como estado de ánimo, el cual resulta ser, además de poco útil,bastante dañino.

Enfado con uno mismo vs. Culpabilidad

Estas dos emociones se representan en ocasiones más como una evolución que como estados diferentes. Es decir, uno se enfada con uno mismo, y luego empieza a sentirse culpable por aquello por lo que se ha enfadado. La autodevaluación es muy común aquí, y como ya se ha intuido, esta no tiene utilidad alguna.

La culpa es la protagonista de un enorme número de problemas psicológicos clínicos. Un sentimiento de culpa mal gestionado puede generar formas de pensar absolutamente dañinas para la persona, a diferencia del enfado con uno mismo, del cual puede surgir aprendizaje.

Enfado vs. Ira

Mientras que el primero puede ser una reacción lógica y de hecho sana ante un posible desacuerdo, es el paso a la ira lo que lo torna negativo. En la ira, de un simple enfado se pasa a devaluar al otro.Es lo que típicamente ocurre en los días de mucho tráfico, o cuando la gente se pone nerviosa; encualquier caso, nunca resulta útil de cara a la resolución del conflicto.

Además, mediante la ira se emplean una enorme cantidad de recursos mentales y emocionales, más de los que en muchas ocasiones se tiene. El enfado ante un desacuerdo relaja tensión emocional y mental, mientras que la ira produce más de ambas.

¡Doble de negativo, por favor!

Parece ser que a lo mejor no es tan necesario evitar lo “malo”. No obstante, el escape de ello es lógico; al fin y al cabo, ninguna de las emociones citadas son agradables, sean funcionales o no. Pero, aunque ninguna nos proporcione una sonrisa o una carcajada en sí misma, a nivel psicológico llega el punto en el que surge la pregunta más obvia:

¿Para ser feliz, o para estar sano mentalmente, uno siempre tiene que estar contento?

La emoción de valencia negativa (y me refiero a la que produce un estado de ánimo negativo, independientemente de su utilidad), antes de tener esta valencia, es emoción. Antes definimos este término. Solo ha faltado añadir que las emociones son humanas, es decir, el humano está diseñado para crear, experienciar y en definitiva vivir todo tipo de emociones, tanto negativas como positivas. Y resulta que a veces, buscando el escapar del estado de ánimo desagradable, acabamos viviendo uno que nos daña aún más.

En consulta, la pregunta de “¿por qué a mí?” se repite constantemente. La respuesta se queda en que simplemente las emociones con afecto negativo (pero posiblemente funcionales) ocurren. Admitirlo y reconciliarse con el hecho de que uno es capaz de sentirse mal, y además puede necesitarlo, es simplemente darse cuenta de que uno es humano.

Eduardo Torrecillas Rivera