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viernes, mayo 13, 2016

Con el tiempo se aprende a querer más pero a menos gente

Es un secreto a voces que los verdaderos amigos se cuentan con los dedos de una mano y que, según van pasando los años, pesa más la calidad de nuestras relaciones que la cantidad. Por eso decimos que con el tiempo se aprende a querer más y a menos gente.



Las experiencias vitales nos “obligan” a cercar nuestro círculo social, a hacerlo más selecto y a manejar las distancias y proximidades de manera más precisa y acorde a nuestras necesidades. No es que nos volvamos huraños o, como alguno diría, antisociales, sino que en realidad no nos interesa tanto tener personas alrededor sino rodearnos de quienes en verdad nos importan.

Con esto tienen mucho tiene que ver las decepciones, pero también las circunstancias vitales. No tenemos el mismo tiempo para relacionarnos con 15 que con 30 ó 40; además, las prioridades cambian y eso es lo que nos aboca a ser más selectivos.

La amistad cuanto más profunda, más placentera

Es muy común sentirse solo pero acompañado. Del mismo modo podemos afirmar que es frecuente que esta sensación se haga más habitual y presente según vamos cumpliendo años. De hecho hay estudios que lo afirman: cada año que pasa nos ayuda a primar la calidad sobre la cantidad.


Digamos que acabamos seleccionando y anteponiendo a aquellas personas con las que cuadramos mejor y que sentimos que nos aportan un bienestar más pleno a todos los niveles: social, emocional, cognitivo, etc.

De alguna manera nuestro concepto de amistad va cambiando a lo largo de la vida. Cuando somos pequeños todos son nuestros amigos, excepto si un día nos enfadamos por un juguete. Da igual porque ninguna afrenta es duradera, lo cual de adultos nos resulta verdaderamente enternecedor observar.
Según vamos creciendo generamos un grupo de referencia, unas personas a las que seguimos y con las que nos medimos y relacionamos, compartiendo pensamientos, sentimientos, intereses y juegos varios.

Generalmente toda persona pasa por etapas o momentos en los que se siente desubicado/a en aquellos entornos que se supone que “son los suyos”. Esto suele ocurrir a partir de la preadolescencia y la adolescencia propiamente dicha, pues estamos buscando nuestro sitio.

Más tarde, en la juventud, seguimos intentando componer y recomponer una y otra vez las piezas de nuestro rompecabezas. Según investigadores del desarrollo evolutivo como Erikson, en esta fase aún reina una gran confusión.
Poco a poco vamos dejando a un lado las grandes reuniones, las fiestas alocadas y los excesos sociales, buscamos alguien con quien charlar y con quien avivar nuestras inquietudes personales y psicosociales.

Con el paso de los años primamos el estar a gusto, el sentirnos queridos e importantes, el cuadrar en intereses y pensamientos, en estimular nuestra mente a partir de debates y en manejar nuestro mundo de una manera mucho más madura.


Las personas y las amistades que nos gustan

Realmente las amistades que nos gustan y nos suman son aquellas que no tienen la necesidad de hacerse cien fotos y subirlas a las redes sociales. También nos encantan esas que si nos tienen que reñir, nos riñen; que nos echan a los leones si es necesario para que nos espabilemos; que no tienen miedo de aliviar sentimientos o de aclarar malos entendidos.
Porque en una amistad hay de todo, incluso discusiones si tiene que haberlas, pues es sincero que dos personas no se encuentren en ocasiones entre sus pensamientos, sus creencias, son sentimientos o su manera de hacer las cosas.

Esas son las amistades que acaban por convertirse en hermandades, en uniones profundas alejadas de interiores ocultos o inquietudes enmascaradas. Esas, las que permanecen en el tiempo y se recuperan de todo, esas son las que merecen los abrazos más plenos y las miradas más cómplices.

Son esas personas a las que aprendemos a querer más, a llevar en nuestro interior, a considerarlas familia, a acompañarlas en las buenas y en las malas, con las que nos comprometemos y a las que no queremos fallar. Son ellas a las primeras a las que les prestamos la tiza de nuestra pizarra, para que nos enseñen o nos distraigan, para que nos dibujen una nave espacial en la que compartamos destino.

Raquel Aldana