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sábado, febrero 20, 2016

Todo principio tiene un fin

El trabajo termina, el amor se acaba, la existencia llega a un fin, porque todo, tarde o temprano, concluye de manera definitiva. Todo en esta vida es temporal y la resistencia a hacer de estas cosas algo “eterno”, por lo general, nos ocasiona grandes frustraciones difíciles de superar.



Es sensato y sano emocionalmente saber poner punto final, cuando las cosas o los aspectos de la vida ya no dan más. Forzar a que estas situaciones sobrevivan, estando casi moribundas o ya muertas, es como llorar sobre la leche derramada.

“… nada dura: ni la noche estrellada, ni las desgracias, ni la riqueza; todo esto de pronto un día ha huido.”
-Sófocles-

Lo que sucede con las esferas mayores de la vida (sueños, intelecto, amor, etc.), también se ve reflejado en las esferas menores (bienes materiales, belleza, fama) que también tienen un final. Tanto lo grande como lo pequeño se acaba, porque todo en esta vida “es prestado” y tiene un fin.

Nada dura para siempre, todo tiene un fin


Hasta esos objetos materiales, cuando cumplen su ciclo, muchas veces nos generan desánimo y hasta rabia, al contrario de lo que producen cuando están nuevos y recién comprados. Esto, quizás, sucede porque les otorgamos un carácter de imperecederos. Con ciertos artículos incluso la calidad de imprescindibles, como si fueran parte de nuestra propia vida o un órgano más de nuestro cuerpo.

Cuando nos hacemos cirugías plásticas para disimular la vejez o realizamos largas jornadas de ejercicio, no por salud, sino por mantener una figura juvenil, caemos en la fantasía de las flores inmortalizadas y en la realidad de los sueños imposibles, de los deseos imposibles, de las causas inútiles.

Porque a cambio de intentar mejorar nuestro aspecto físico (que en algunos casos es posible), lo que hacemos en el fondo es deteriorarnos en nuestra dignidad y hasta en nuestra condición de seres humanos. Algo así como volvernos un producto de venta, comercio y mercadeo para satisfacer a otros.


Si algo tiene oportunidad de ser más duradero, pero no eterno, son aquellas realidades intangibles y profundas. Huellas como las buenas y las malas enseñanzas o los recuerdos que dejamos impresos en la vida de las otras personas: lo que escribimos día a día en el libro de nuestras vidas y en el libro de la vida de los demás.

“Nadie sabe lo que tiene, hasta que lo pierde”

Muchas veces nos quejamos y hasta renegamos de una persona o de algunas situaciones, hasta que estas personas dejan de estar cerca, o incluso mueren, o hasta que esas situaciones, en principio negativas, se vuelven mucho peores. Es la comparación lo que nos da una perspectiva real de aquello que nos hace padecer y sitúa la intensidad de nuestro sufrimiento en una escala.

Por ejemplo, cuando te quejas a todas horas de tu pareja y cuando vuelves a estar solo comienzas a valorar hasta el más mínimo detalle de esa persona. O cuando pasas de habitar una casa humilde y llena de calidez, a un lugar más bonito, pero sin esa atmósfera familiar. También cuando reniegas de una simple gripe, como si fuera una tragedia, hasta que enfermas de algo más grave y te das cuenta de que era una tontería.

Cuando todo comienza, la mayoría de las veces, tiene un halo de novedad y está lleno de promesas esperanzadoras. Pero con el paso del tiempo, comenzamos a ver más los defectos que las virtudes, tanto en los objetos, como en las personas y las situaciones. Así, cuando estas realidades terminan o desaparecen ocurre lo contrario: nos fijamos más las virtudes y minimizamos los defectos. Casi siempre esto ocurre cuando ya no hay nada qué hacer, cuando el fin se acerca…

El gran mérito de aceptar las cosas como son

En la medida en que aceptemos y asumamos que todo lo que comienza tiene que acabar, nos vamos a evitar más de un problema. No se trata de sumergirnos en la desesperanza, ni de caer en el cinismo.Se trata de saber que siempre hay momento en el que tendremos que decir adiós, poner fin y enfrentarnos a un duelo.

Saber vivir los duelos, nos permitirá cicatrizar las heridas que deja una pérdida. El evadirlos o vivirlos mal, deja la herida abierta e incluso la agranda y la infecta. Porque, como en el caso del amor, “un clavo no saca otro clavo”. Es decir, una persona no se reemplaza por otra, de la noche a la mañana.Todas las deudas que dejemos sin saldar, se tienen que pagar en algún momento.

La pérdida y el duelo son una constante en nuestra vida. A lo largo de toda nuestra existencia vamos a tener que decir adiós muchas veces, a personas, situaciones u objetos amados. Todo es temporal, nada dura para siempre, ni siquiera nuestra propia vida. Todos lo sabemos y, aún así, diseñamos una y otra vez la misma fantasía de eternidad.

No saber desprenderse, no saber decir adiós o decidir el fin de algo puede ser bastante problemático. Igual que lo contrario: no involucrarse con nada estrechamente por miedo a perderlo. Quizás si aprendemos a ver con mayor naturalidad el hecho de que todo se acaba, conseguiremos disfrutar más de esto que nos rodea aquí y ahora, en lugar de añorar todo eso cuando ya se fue.

Edith Sánchez