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miércoles, febrero 03, 2016

No hace falta herir para enseñar ni sufrir para aprender

Para enseñar las bellezas de la vida no hacen falta los gritos, las malas palabras o los gestos severos. No hay que sufrir para saber a qué saben las alegrías, de lo contrario, la felicidad nos parecerá poco más que una estrella inalcanzable.



Es posible que tu infancia, fuera un escenario marcado por una educación autoritaria y severa. Si es así, sabrás en primera persona que lejos de obtener buenos aprendizajes, lo que se quedó, probablemente, fue la huella de las muchas carencias afectivas, del hueco del cariño y la falta de reconocimiento.
Educar es un arte que se teje a través de los afectos, de las emociones y de la inteligencia sutil que entiende que enseñar es aprender dos veces, y que aprender, debe ser siempre un placer.

Hay quien siempre gusta de decir aquello de “el mejor aprendizaje lo da el sufrimiento”. En realidad, esta idea es algo extrema y no puede aplicarse a la ligera. El haber sufrido nos enseña sin duda el valor de determinados aspectos, nos ofrece estrategias y nos indica muchas veces qué camino tomar y cuáles evitar.


Ahora bien, el aprendizaje de la vida lo va ofreciendo el tiempo y la experiencia, pero si partimos de una base segura, es decir, si partimos desde una infancia saludable, donde se sabemos lo que es construir vínculos fuertes y felices, tendremos un buen tramo ganado. Enseñar no es sólo trasmitir conocimientos y normas. Para enseñar no hace falta sufrir, ni recibir gritos y reprimendas: enseñar es educar en emociones para ser fuertes en la vida.

Enseñar es el arte de encender la curiosidad

Está claro que ninguno de nosotros contamos con la poción mágica para dar una felicidad auténtica y perdurable a nuestros hijos. Ahora bien, algo que no debemos olvidar es que para educar hay que entender, intuir y sobre todo “construir”.
La felicidad, el respeto y la alegría también son claves para el aprendizaje de la vida, porque nos enseña a ser fuertes, porque nos hace entender aquello por lo que merece la pena luchar y ante todo, conservar.

Quien no ha conocido la felicidad en su infancia no puede más que ver la vida con algo de desconfianza y temor. El sufrimiento en los primeros años de vida, lejos de enseñar, limita el correcto desarrollo del niño. Es algo a tener en cuenta.
Crecer con miedo implica vivir con un alto nivel de estrés y ansiedad. Un cerebro con un alto nivel de cortisol no se desarrollará de forma adecuada y no asentará los aprendizajes de forma óptima.
El aprendizaje que se asume de forma severa no deja huella, deja una cicatriz en el alma que perdura. Y toda emoción negativa interiorizada en la mente y corazón de un niño, supone una carencia y una herida para el adulto del día de mañana.

Para enseñar no hay que imponer, no hay que alzar la voz o prohibir: hay que encender la curiosidad. Decía Paulo Freire que enseñar no es trasmitir conocimiento, sino crear posibilidades para su producción. Y ello, sólo podrá conseguirse mediante una adecuada Inteligencia Emocional, mediante el respeto y un cariño sincero que acompañe siempre al niño.

Para enseñar hay que educar el corazón

A menudo, nos empeñamos en enseñar a los niños conceptos que ellos mismos pueden buscar en los libros, en Internet y que, seguramente, no les sea útil el día de mañana. Debemos focalizarnos en enseñarles a amar, a ser libres, a reflexionar, a conocerse a ellos mismos…
De poco nos va a servir educar a un niño en matemáticas o en geografía, si no facilitamos antes el que sean felices, el que aprendan qué es la empatía o como gestionar sus momentos de rabia o tristeza.

En realidad, y si bien es cierto que resulta mucho más fácil enseñarles la tabla de multiplicar que a desarrollar su autoestima, es algo que deberíamos tener presente cada día a través de estrategias como las siguientes:
Promueve siempre una educación democrática en casa, donde sea posible el diálogo, la comunicación, y donde cada norma sea entendida por el niño. No se trata sólo de imponer, sino de hacer entender que en casa, como en la sociedad y la propia vida, hay límites y responsabilidades.
No olvides nunca que los primeros años de vida de un niño son sus raíces y el modo en que entenderá el mundo el día de mañana. Si hay gritos, si hay miedo, si se siente incomprendido, el día de mañana será un adulto que “busque defenderse” del mundo.
Atiende el lenguaje emocional de tus hijos, intuye de qué modo afrontan la rabia, sus tristezas, cómo interaccionan con el resto de personas. Propicia un entorno basado en la confianza donde no exista la sanción arbitraria, la burla, o la ironía.
Educa siempre desde la alegría de vivir, utiliza el refuerzo positivo y la cercanía de quien sabe entender, de quien protege y a la vez alienta a la independencia, a la madurez y la felicidad.

Valeria Sabater