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miércoles, febrero 17, 2016

Es bueno dejar marchar sin tener la necesidad de herir

Es bueno dejar marchar, pero mejor es hacerlo sin rencor, librándonos de la carga que supone la ira, la rabia y el desconsuelo. Cuando podemos dejar ir con calma nuestra manera de contemplar la partida resulta mucho más tenue, más llevadera, más libre.



Parece un contrasentido pero escapar de emociones dolorosas e insanas es posible. Si bien hay momentos que requieren vivirse de manera intensa, es posible hacerlo sin herir, sin tirarnos trastos a la cabeza, sin maquinar la manera de hacer daño a esas personas que nos lo han hecho.

¿Cómo es posible dejar marchar sin rencor? Canalizando, previniendo el desbordamiento emocional, conociendo nuestras emociones y permitiéndonos expresarlas de la manera menos dañina posible para nosotros y para nuestro entorno.

El rencor nos hace vulnerables

Es muy complicado no llegar a sentir furia y rencor contra alguien que nos lastimó con su egoísmo, sus actitudes y sus malas acciones. Sin embargo, podemos lograr canalizar nuestros sentimientos mediante un proceso que implica:

  • Comprender que el enfado es normal pero que la ira solo nos genera más dolor.
  • Cada uno debe examinar de qué manera se manifiestan y se transforman sus emociones en rencor. Para eso lo primero que hay que hacer es tomar perspectiva, dejar que se enfríe nuestra mente y la situación en sí y revalorar nuestros pensamientos.
  • Los hechos en sí ya nos han hecho daño, por lo que no tiene sentido autolesionarnos con pensamientos y comportamientos destructivos.
  • Buscar la satisfacción, la reparación o la devolución de aquellas partes emocionales que una relación se ha llevado consigo es algo inútil. No existen fórmulas mágicas que curen las heridas rápidamente.
  • Así, para librarnos de la pesada carga que constituyen las relaciones fallidas, primero debemos hacer uso de esa maravillosa capacidad que nos brinda nuestro cerebro: olvidar.
  • Es complicado olvidar, por lo que al principio debemos trabajar en no prestar atención a los recuerdos y a los detalles de la experiencia penosa que nos atañe.
  • Esto nos ayudará a acelerar el proceso de olvido y a neutralizar nuestras emociones insanas. El siguiente paso es no compadecerse de uno mismo, no ponerse en el papel de víctima y contemplar la opción de perdonar el daño que nos hace la persona que quiere marchar de nuestra vida.

Por mucha distancia que tomemos con la situación, perdonar no borra el daño. Tampoco justifica nada, ni exime de responsabilidad a quien nos ha ofendido. Sin embargo, perdonar sí que nos ayuda a que nuestros pensamientos no nos destruyan, y no perdamos la confianza y el respeto en nosotros mismos.


Perdonar no borra el daño

Si no queremos convertirnos en personas frustradas, amargadas, malhumoradas, temerosas, pesimistas, solitarias, obsesivas, culpables, agresivas y conflictivas, es importante perdonar.

A todos nos conviene dejar atrás una relación que adolece de sentimientos negativos, que marca nuestras experiencias de manera negativa y que destruye una parte de nosotros que valoramos o apreciamos. En este sentido resulta muy ilustrativa la metáfora denominada “el peso del rencor”:

El resentimiento, ese era el tema del día en nuestra clase. Para poder hablar sobre él nuestro maestro nos pidió que llevásemos unas patatas y una bolsa de plástico. Una vez estábamos todos sentados, nos pidió que cogiésemos una patata por cada persona a la que guardásemos rencor.
Escribimos sus nombres en ellas y las guardamos en una bolsa. Algunas eran realmente pesadas. El siguiente paso del ejercicio consistiría en que durante una semana cada uno llevase su bolsa consigo.

Como era de esperar las patatas cada vez estaba más deterioradas y nosotros estábamos ya cansados de transportarlas con nosotros a todos lados. Ya estábamos aprendiendo la lección, pues nuestra bolsa nos mostró claramente el peso emocional que estábamos cargando a diario.

Mientras poníamos nuestra atención en la bolsa descuidábamos cosas que realmente eran más importantes. A su vez, sentíamos cómo el interior de nuestra mochila sentimental se estaba pudriendo y empezaba a resultar cada vez más molesto.

Solo haciéndolo tangible nos dimos cuenta del precio que estábamos pagando a diario por mantener un gran resentimiento por algo que ya había pasado y no podíamos cambiar. Cuanto más aumentaba nuestro resentimiento, más se acrecentaba nuestro estrés, nuestro insomnio y nuestra atención emocional.

La ausencia de perdón y de liberación es como un veneno para nosotros del que cada día tomamos unas pocas gotas pero que nos deteriora igual. En definitiva, queda patente que el perdón no es un regalo para los demás, sino para nosotros mismos.

Pensándolo bien si una ruptura ya nos ha hecho daño, no tiene sentido que dejemos que siga haciendo mella en nosotros por más tiempo. No tiene sentido que sigamos dejando que se pudra la comida que llevamos en nuestra mochila emocional.

Raquel Aldana Arnedo