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sábado, octubre 31, 2015

La Historia del Pequeño Hombrecito que Vivía Solo

el pequeño hombrecillo
Una de las claves de la felicidad se encuentra en ser un poco inconformista. En un sentido positivo, claro; no se trata de quejarse y lamentarse, sino de tener una actitud viva y creativa.

Todos nosotros hemos venido aquí a crear. No hemos venido a la Tierra a aceptar las cosas tal como son con resignación, sino a cambiarlas. Hemos venido a jugar con las posibilidades que nos ofrece este planeta, y a expresar nuestro enorme poder creativo. Y si nos conformamos con lo que tenemos, sin buscar qué puede haber más allá, nunca brillaremos con toda nuestra intensidad.
La vida no es un cuadro que haya que mirar, sino una tela donde se puede pintar. Y esto es precisamente lo que hemos venido a hacer aquí: pintar un nuevo cuadro.
Para ilustrar esta idea, hoy te quería contar una pequeña historia de una persona que, precisamente por no conformarse con la vida que tenía, logró cosas muy bonitas.

La Historia del Pequeño Hombrecito que Vivía Solo

Había una vez un pequeño hombrecito que vivía en un lugar muy tranquilo. Era un lugar donde nunca hacía frío, ni tampoco calor. No había comida, porque en este lugar no era necesario alimentarse para sobrevivir. No había tampoco enfermedades, ni ningún otro tipo de peligro. Por no haber, ni siquiera había más personas. No había nada más aparte del pequeño hombrecito, que vivía solo y tranquilo.
Durante mucho, mucho tiempo, tanto que el pequeño hombrecito no recordaba que las cosas hubieran sido nunca de otro modo, no pasó absolutamente nada. La vida era tan tranquila en este lugar, que los días eran exactamente iguales el uno al otro. De hecho, no había ni día ni noche: todos los instantes eran iguales. La vida era una calma absoluta.
Pero un día, sin saber muy bien de dónde salió, el pequeño hombrecillo sintió una especie de punzada en su interior. Vio un punto brillante de luz muy intensa, que se materializó como una pregunta dentro de su cabeza: “¿podría ser diferente, la vida?”
En cuanto esta pregunta apareció en su mente, vio que la respuesta era “sí”. Se dio cuenta de que podía levantarse, moverse y empezar a hacer cosas diferentes. Y en ese preciso instante, su vida cambió para siempre. Hasta ese momento, su tranquila vida le había parecido bien, pero ahora que había visto una alternativa, la idea de pasarse los días haciendo siempre lo mismo le parecía terriblemente aburrida.
Así que se empezó a moverse y a probar cosas nuevas: cogió barro del suelo, e hizo una gran cantidad de formas; luego mezcló el barro con agua, y se puso a pintar. Cantó, bailó e hizo una gran cantidad de cosas más. Tantas, que no hay suficiente papel en este mundo para hacer una lista.
Nada de lo que creaba le parecía feo; todo lo veía precioso. No le importaba que algo fuera grande o pequeño, ni el color que tenía. Solo le importaba una cosa: que cada pieza fuera única. No quería repetirse, porque hacer siempre lo mismo es como estar parado. Y se lo pasaba tan bien, que detenerse era la última cosa que se le pasaba por la cabeza.
A medida que iba creando, el lugar donde vivía el hombrecillo se fue llenando de cosas muy diversas. Y así, este lugar que siempre había sido tranquilo y vacío, pasó a estar lleno de vida y alegría.
¿Sabes como se llama el pequeño hombrecito? A lo largo de la historia, la humanidad le ha puesto muchos nombres, pero, normalmente, lo llamamos Dios.
A mí me gusta más llamarlo “tú”.

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