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sábado, mayo 30, 2015

No mendigues tu amor

Son las 2:57 am, desde hace una hora y media dejé de leer, cerré el día y me dispuse a dormir. Desde ese entonces es como si alguien hablara dentro de mi cabeza, me explicara cosas, me diera consejos. No puedo decir que esto me ocurre seguido, por lo general soy de los que duerme bien, profundamente. Pero hoy ha sido diferente, esa voz era tan insistente y tan lógica, las cosas que me decía eran tan sencillas y a la vez tan profundas que terminé por desistir de dar vueltas en la cama, sentarme, escuchar y después de un rato tomar mi computadora y empezar a escribir lo que desde hace días está en mi mente pero no había sabido cómo decirlo.


Antes de todo quiero decir que no soy un gurú en este tema, un ejemplo de vida, un ser humano con éxito en el área del amor. El que viva solo a mis 40 años denotan mis dificultades pasadas y presentes, mis fracasos, mis heridas, mi cerrazón, mi baja autoestima y mis creencias limitantes. Más bien me considero un ser en proceso de mejora y estas palabras fueron dirigidas a mí para salir adelante de esta situación. Desde niño he batallado con las relaciones sociales, en mi familia se expresaba poco el cariño, no tuve la mejor relación con mis padres y hermanos, recuerdo más los momentos en que me enojaba que aquellos en que reía o disfrutaba de un abrazo. No tenía amigos, desconfiaba de los demás como para poder ser sincero de lo que pasaba en casa. Me sentía solo, sufría y lloraba porque no me sentía comprendido, apoyado. Sentía rabia por no tener una niñez feliz y tranquila como el resto de mis compañeros. Vivía a la defensiva, con la idea de que la gente solamente quería lastimarme; prefería evadirla, marcar distancia, no involucrarme emocionalmente con nadie para no sufrir una decepción y reafirmar mi idea de que era una víctima y que mi futuro era sufrir de una soledad dolorosa.
Con el paso de los años fui identificando esas heridas y tratar de reconciliarme con el pasado. Costó esfuerzo y lágrimas. Pude ver mi vida de manera diferente, aceptándola, reconciliándome con mi pasado. Pero me di cuenta de que a veces cicatriza la herida pero se queda en ti, inconscientemente, las emociones y traumas ocasionados por esa historia. Me siguió costando hacer amigos, mostrar ternura y amor a mi familia, tener relaciones de pareja sin que se entrometiera el miedo a ser dañado y el mantenerme a la defensiva a través de mi mal carácter. Me casé y tuve 2 hijas, aunque pudiera parecer que mi vida había mejorado en ese aspecto fue el detonador para que esos traumas salieran a relucir. Después de 8 años me separé, hoy puedo ver que inconscientemente saboteaba mi relación, evitaba el compromiso y alejaba a mi esposa con mi frialdad y mal genio para confirmar que no podía estar con alguien, que no merecía amor, que mi camino era estar solo, rechazado. Intentaba no involucrarme tanto, decidir no amar para que no me doliera tanto el adiós. Quería no decepcionarme, me he identificado con una frase “si no esperas nada de los demás no te pueden decepcionar, es mejor una sorpresa que una decepción”. En fin, mi matrimonio fracaso y lo peor es que no me podía considerar un padre amoroso. Hice con mis hijas lo que yo sentí que hicieron mis padres conmigo.
Me di cuenta un tiempo antes de la separación y entré a terapia. Fui mejorando mi mal carácter, no llegar a explotar y hacer daño con las palabras. Cuando avanzas en el manejo de una emoción y te enfocas en mejorar en ese aspecto descubres que hay algo más al fondo, que esa emoción solamente es la consecuencia de algo más profundo. La ira no era la causa, el miedo sí. Y hasta que viví solo fue cuando enfrente esa situación. Los primeros 4 meses estuve deprimido, sin contacto con mis hijas, con mi familia, con pocas personas que me tendieron su mano en esos momentos. Estaba solo, mi voz interior me reclamaba: “¿eso era lo que querías?, ya ves, ahora si estás solo, provocaste lo que temías, te lo mereces”. Al pasar los días me fui resignando a esa situación, mi orgullo me decía que no necesitaba a nadie pero interiormente deseaba que alguien estuviera conmigo, me escuchara, me animara. ¿Era mi destino tener que vivir rodeado de gente y sentirme rechazado, sin poder abrir mi corazón, sin expresar lo que sentía?
Ahora veo que esos meses intensos provocaron mi reacción. Estamos aquellos que no aprendemos por las buenas y que necesitamos tocar el fondo para despertar. Aquellos que hasta que sentimos que nos ahogamos nos damos cuenta que es por el peso de las decisiones que hemos tomado que nos hundimos y que es urgente soltar cosas y estirar los brazos para que Dios nos saque. Y bueno, ese fue el comienzo, el abrir los ojos y ver tranquilamente mi situación, sin juzgarme ni compadecerme. Aceptar mis traumas, mis errores, mis miedos y comenzar la rehabilitación. Comenzar conmigo mismo, mirarme con amor, hacerme responsable de mi presente sin usar de excusa mi pasado, dedicar tiempo a observar mis emociones, ir acostumbrándome a sonreírme en el espejo, a darme un gusto, a pensar que me merezco cosas buenas. A la par, ir entrenando las cuestiones sociales. Ser más cercano con mis hijas, cambiar el tiempo de cantidad por el de calidad. Jugar con ellas, ir quitando poco a poco la imagen de gruñón por alguien tranquilo, poner más risas en lugar de seriedad, indiferencia y reacciones agresivas. Intentar convivir más con mis compañeros de trabajo, mostrarme tal cual soy, provocar la amistad dando el primer paso. Ayudar a las personas para no enfocarme solamente en mi situación y no creerme el centro del universo, conocer sus historias para darme cuenta que todos hemos sufrido, que muchos lo han hecho más que yo y que no me puedo compadecer ni excusarme por no lograr el cambio que deseo.
Claro, no puedo decir que lo he conseguido. Puedo decir que a mis hijas las puedo abrazar pero que tengo la reacción de hacerles cosquillas para no durar mucho en esa muestra de afecto, que aún me cuesta decirles que las quiero; que a mi padres y hermanos solo los abrazo en sus cumpleaños y que el tener la confianza de expresar mi cariño se me dificulta más que con otras personas. Que estoy en rehabilitación permanente para aceptarme como soy y seguir descubriendo patrones que tengo en mis relaciones. Y precisamente de eso me ha estado hablando esa voz esta noche. Me ha insistido tanto a reconocer las cosas por escrito, vencer la pena y el miedo al rechazo de los demás y animarme a decir mi verdad. Declarar que mi vida emocional aún está desbalanceada. Que esto se nota más en mi deseo de relaciones amorosas. Que he tenido intentos fallidos donde no he logrado soltarme y liberar mis sentimientos o que a veces por impulso he entrado a una relación para descubrir que no es lo que deseo, que fue más por cubrir la soledad y la falta de caricias que por querer comprometerme en aceptar, respetar y amar a la otra persona. Que mi autoestima aún no está muy bien porque me hace irme ilusionando con mujeres que conozco si detecto que ellas me pueden necesitar, si me veo como su salvador y que después de algunos días cambio de “Julieta” para sentir de nuevo esa sensación en el estómago, esa esperanza de pensar que se puede fijar en mí y que el tener una relación así ayudará a cubrir nuestras carencias en lugar de hacernos sentir plenos. Aceptar que lucho contra las ideas machistas en cuanto a que desearía ser el gran conquistador, ir a bares y ligar mujeres, ir de una relación a otra sin involucrarme,  disfrutar esta etapa de vivir solo para tener aventuras y que el tener relaciones sexuales es la única manera de expresar cariño y ternura. Reconocer que no soy perfecto, no soy santo ni pecador. Que soy diferente, que no es lo mío la conquista, que nunca lo ha sido, que aunque a mi lado masculino le duela no fui hecho para conquistar mujeres, que prefiero ser de perfil bajo y que más que alimentar mi orgullo de hombre me gustaría alguien que me acompañara, donde ninguno de los dos necesitara ni dependiera del otro para ser feliz, que aceptara mi forma de ser, de pensar y de actuar y me motivara a seguir adelante, que buscara mis brazos y que aceptara y expresara muestras de cariño.
Sigo luchando con la idea de que a mi edad hay que ser más directos, que ya pasó la edad de dedicar tiempo a cartas, flores, pláticas largas y saber que si alguien te interesa merece ese esfuerzo, llevar las cosas con calma y no moverse solo por las hormonas. Eliminar la idea de que solamente alguien necesitada me pudiera aceptar, que las mujeres plenas no se fijarían en mí; tener la convicción de que no es necesario estar en búsqueda para vivir, que el no tener pareja por el momento es una oportunidad de convertirse en la persona que tu quisieras de pareja, que necesito amarme mucho, aceptar mis limitaciones pero seguir trabajando por superarlas, que no le puedo hacer caso al miedo, que el hecho de tener baja autoestima hace que mentalmente este mendigando amor, rogando porque alguien se apiade de mí y me haga caso, y que lo más seguro es que llegue alguien que no sea conveniente para mí y que solo agrave mi soledad.
Sé que va a ser complicado encontrar a una mujer que me acepte tal como soy. Que acepte mi historia y desee ayudarme a seguir creciendo. Que acepte que podrá compartir un lugar en mi corazón con mis hijas pero nunca reemplazarlas, que respete mi decisión de no tener más hijos, mi estilo de vida, que habrá algunos días en que no nos podremos ver por cuestiones de trabajo y que requiero cerrar ciclos antes de pensar en algún compromiso. También sé que si pido eso es lo que tengo que dar, no intentar cambiar la dinámica familiar ni profesional de la otra persona, respetar sus prioridades y tiempos, su forma de pensar, su historia; y que tengo que estar preparado interiormente para el momento en que se presente.
No mendigues amor, eso me decía la voz interna, no pongas tu valor en manos de otra persona. No requieres de la aprobación ni de la aceptación de otro para saber que mereces ser feliz y que eres amado infinitamente por Dios. Cura tus heridas, identifica las secuelas y trabaja en hacerlas conscientes, abrazarlas y enviarlas al amor infinito. Mírate como un ser completo, autosuficiente pero con la misión de compartir tu experiencia y conocimientos a otros que apenas están pasando por su momento de quiebre. No te creas ni más ni menos que nadie, eres diferente, acéptate y ámate así. Dios te hizo así por algún motivo, puso situaciones en tu camino para moldearte, deja de atormentarte preguntado el por qué, mejor pregúntate el para qué, llena de amor tu pasado, tus heridas, logra verlas como una ventaja, como algo que te permite tener más empatía con los demás, saber que cada persona es como es por algún motivo que desconoces y aceptarla sin juzgarla. Ten el coraje de decirle a los tuyos que los quieres, que son importantes para ti, que les agradeces su apoyo y que pueden contar contigo. No lleves las cuentas de los abrazos, de los te quiero, de las sonrisas; comprende que no hay una cuota mínima por día y que nunca se acabará su reserva, siempre habrá más y más en tu corazón para darlo a los demás. No mendigues amor, no lo necesitas, tú eres amor y fuiste creado por el amor, ten el valor de luchar por quien quieres pero también el valor de abrir los ojos ante una situación de humillación y menosprecio. No mendigues amor, eres el tesoro más preciado del universo, no careces de nada, fluye con las cosas y descubre en cada momento, en cada respiro, en cada latido de tu corazón el abrazo de amor de Dios y su mirada que te dice: “No te amo por lo que haces, te amo por lo que eres”.

Wilmer Ramírez