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sábado, enero 24, 2015

El efecto diapasón en nuestra alma

Cada mañana, al despertarnos, y varias veces a lo largo de la jornada, pensad en el Alma universal como un diapasón con el que debéis poneros en resonancia. De esta manera entraréis poco a poco en la armonía cósmica. Imaginaos que sois un instrumento de música y que debéis hacer todo un trabajo de ajuste con el fin de convertiros, también vosotros, en un instrumento bien afinado.

Diréis: «¿Un instrumento de música?». Sí, un violín, por ejemplo, porque en este instrumento en particular podemos descubrir analogías con el ser humano. Sobre la caja de madera que representa el cuerpo físico, hay cuatro cuerdas: sol corresponde al corazón, re al intelecto, la al alma y mi al espíritu; y el arco que se mueve sin cesar sobre estas cuatro cuerdas para hacerlas vibrar representa la voluntad. El violín sólo producirá sonidos armoniosos si está afinado. Por eso el violinista no empieza nunca a tocar sin haber antes afinado su instrumento. Igual que él, nosotros no debemos empezar a «tocar» sin haber afinado nuestro corazón, nuestro intelecto, nuestra alma y nuestro espíritu, y también debemos velar para que durante el transcurso de la jornada las cuerdas del violín estén siempre bien tensadas.
Como su nombre indica, el pasado ya ha «pasado», y todavía no estáis en el futuro. Únicamente el presente os pertenece, está en vuestras manos como una materia, como una pasta a modelar. Tenéis ahora un minuto, una hora, una jornada… Este minuto, esta hora, esta jornada os pertenecen: aplicaos a vivirlos en la claridad. Cuando gracias a vuestros esfuerzos, hayáis despejado el espacio entre vosotros y el mundo divino, podréis decir que el futuro os pertenece también. Este futuro es el gozo, la luz.
No os dejéis influenciar por aquéllos que sólo predicen dificultades y desgracias: simplemente no saben lo que es verdaderamente el futuro ni cómo construirlo. Las desgracias, son el pasado y no el futuro. Para presentarse, el futuro, es decir, vuestro verdadero futuro de hijos e hijas de Dios, espera que hayáis terminado de extraer las lecciones del pasado. Este futuro ya está en marcha: puesto que estáis creándolo, ya empezáis a vivirlo.
Dar como el sol, amar como el sol… éste es el ideal que debemos esforzarnos por llegar a realizar un día. Cada vez que la conducta de los humanos nos inspira impaciencia, irritación, desánimo, tenemos una solución para poder superarlos: volvernos hacia el sol que, allí arriba, sigue brillando incansablemente, imperturbablemente. Diréis: «Pero al sol le resulta fácil seguir imperturbable: está tan lejos que nada le alcanza.» Sí, pero en nosotros también hay algo que siempre está fuera de alcance: nuestro Yo superior, porque nuestro Yo superior está en el sol. Mirando hacia el sol llegaremos un día a unirnos a nuestro Yo superior y a vivir como él en una paz que nada puede turbar.
Nuestro Yo superior habita en el sol en dónde participa en el trabajo divino. Cuando sepamos armonizar las vibraciones de nuestro yo terrestre con las de nuestro Yo celestial, descubriremos que el Creador ha depositado en nosotros tesoros de generosidad y de amor.
Ahora que os habéis comprometido en el camino de la luz, debéis proseguir incansablemente vuestra marcha sin preguntaros cuándo llegaréis a la meta. Uno tras otro, los obstáculos ceden ante aquél que no se detiene en el camino, porque ha puesto en movimiento las poderosas leyes de la vida.
La vida espiritual es como la ascensión de una alta montaña. En sus senderos arduos, escarpados, es inevitable que paséis por momentos de debilidad, de desaliento, y hasta puede suceder que tengáis una caída, pero esto no es razón para deteneros. Por momentos, quizá tengáis incluso la sensación de morir… ¡pero resucitaréis! En lo más profundo del desánimo, deberéis aferraros a esta misteriosa luz que permanece todavía en vosotros: ella os dirá que a «la muerte» por la que estáis pasando seguirá una resurrección, y que nadie puede socorreros mejor que vosotros mismos, porque todos los poderes de la vida están en vosotros. Y proseguiréis vuestro camino hacia la cima.
Omraam Mikhaël Aïvanhov