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sábado, octubre 25, 2014

Sin nada para dar

He sentido que no tenía nada para dar.

Vacía, desbastada, cansada.

Sin saber hacia dónde encaminar mi rumbo ni cuál debería ser el siguiente paso a tomar.

Circunstancias externas condicionaron mi capacidad de reacción y de encontrar salidas a las situaciones que se me iban presentando (por más simples que fueran); además, fueron consumiendo mi energía hasta dejarme agotada.

Ya sé, te sientes identificado en ciertos aspectos, puesto que has pasado o estás pasando por un momento similar.



¿QUÉ HACER?

Cuando nos sentimos faltos de vitalidad y de claridad mental debido a lo que está ocurriendo a nuestro alrededor (y, como reflejo, en nuestro interior), lo mejor es replegarnos.

Nunca resulta lo más viable encerrarse completamente en uno mismo, pero sí, limitemos al máximo el contacto con lo que está provocando semejante disminución energética. Si esto no fuera posible, enmarquemos eso dentro de un compartimento lo más estanco posible e intentemos evitar que se expanda al resto de nuestras actividades y emociones.

Cuanto más contenido esté, mejor podremos acceder a nuestros recursos para el resto de los aspectos en los que tenemos que seguir siendo funcionales, hasta que la tormenta pase (¡porque siempre queda atrás, tarde o temprano!).

Sentir que no tenemos nada para dar es una alerta para empezar a poner cierta distancia entre nosotros y lo de afuera, y para dedicarnos un poco más que de costumbre a nuestro bienestar. Hay ocasiones en la que no podemos compartir todo lo que por lo general ofrecemos a los demás (como alegría, comprensión, compañía, buena onda), porque precisamos de toda nuestra entereza para recobrar el equilibrio.

Es como cuando estamos enfermos y nos quedamos en la cama, posponiendo todo lo demás hasta que nuestro cuerpo nos da la señal de que se ha recuperado.

Esta actitud no implica un acto de egoísmo ni nada parecido, si no de un cuidado saludable hacia nuestra persona: es imposible estar bien siempre u ocuparnos de todo el ciento por ciento del tiempo, en desmedro de lo que estamos sintiendo y de aquello con lo que nos ha tocado lidiar.

Algunas veces, es absolutamente necesario enfocarnos en nosotros mismos más de la cuenta para volver a emerger. Definitivamente, comer bien, dormir lo más posible y descansar ayudan al restablecimiento.

Cuando todo se acople según un nuevo orden, con nuevas perspectivas y con fuerzas renovadas, volverás a tener razones para sonreír y a tener mucho para dar.

Por Merlina Meiler