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miércoles, mayo 14, 2014

Lo bueno y lo malo

Todo ser es espiritual, si con ello queremos decir aquello que participa en la naturaleza de Dios; esto es, aquella energía vibratoria dual que todo lo compenetra. En el ser, la totalidad es buena inherentemente, pero puesto que el ser en sí no tiene necesidades ni valores, nada es bueno ni malo ‘per se’. A pesar de todo, todas las cosas fragmentariamente pueden ser tenidas relativamente como buenas o malas ‘per accidens’.

Para que algo sea llamado bueno, pues, es necesario que trascienda las cualidades de otra cosa en comparación. Lo bueno entonces es una noción de la mente del hombre, un resultado de la evaluación de la existencia en relación consigo mismo. Lo bueno y lo malo así existen solamente en el mundo mental. Ya que este mundo mental es consecuencia de la clase de organismo que el hombre es, nunca es posible eliminar la idea de lo bueno y lo malo así como tampoco posible descartar el pensamiento del tiempo y el espacio.

Los contrarios son categorías del estado mental del individuo. Lo bueno y lo malo son un par de ellas. De esta manera hay grados de bondad. El mal es entonces un grado inferior de alguna cosa. Tenemos, por ejemplo, la bondad del placer, como el sabor agradable del alimento. Y tenemos la bondad de la calidad, que es la plenitud de algo, como de un producto íntegro. También tenemos la bondad o lo bueno en la moral, que consiste en la conformidad o adaptación a un ideal, a una pauta de perfección.


Es el más alto bien segun la noción humana. Es este útimo concepto del bien, de la perfección, lo que el hombre atribuye a la Divinidad. Al experimentar el ser, el hombre se pone en armonía con el Ser Absoluto, o Dios. Está, por lo tanto, consciente de la naturaleza trascendental del Absoluto y de que es más infinito que todo lo demás que él percibe. Ya que el Absoluto Ser es tan profundo y tan libre de las realidades cambiantes de la existencia diaria, su contenido, en parangón, no únicamente es prístino, sino también puro. Esta experiencia del ser va acompañada de sentimientos que el ser humano trata de sostener; trata de capturarlos, de encerrarlos o asegurarlos dentro de ideas para poder percibirlos objetivamente a voluntad.


Lo que se conoce como conducta moral es el esfuerzo humano para llevar a cabo un comportamiento mental y físico que induzca o despierte sentimientos en simpatía con las realizaciones que tiene del ser interno. Así, pues, cada acto moral completa nuestro concepto de Dios y el bien que le atribuímos a El. Si el Ser Absoluto es Dios y si lo percibimos más intensamente por medio de la evolución de la consciencia del ser, entonces, ciertamente, el aforismo que dice “Dios de nuestra realización”, es evidente en sí mismo.

No puede haber otro Dios que el Ser Absoluto, en el cual consiste nuestro ser animado, nuestro Yo-Alma. El ser propio, el ego, es una expresión de ese ser. A medida que percibimos ese ser, el ser interno, el alma, tanto más conocemos a Dios y de ese modo El es para nosotros el Ser Absoluto o el Todo. De este modo queda resuelto el problema de la inmortalidad que tanta perplejidad ha causado en la religión.

Los elementos duales de la vida no se destruyen con la transición o la llamada muerte. Su unicidad momentánea queda disuelta y cada uno se sumerge en el movimiento total y rítmico de la vida. El ser propio nunca fue substancia, nunca tuvo un existencia realmente independiente. Surgió simplemente de la unidd, de dos fases de energía en movimiento que es la vida. El ser menor, el microcosmos, se sumerge en el ser mayor, en el Macrocosmos. Esta escala cósmica total del ser no tiene naturaleza que se le oponga; no está en relación con ninguna otra cosa.
Por consiguiente, la consciencia del ser es el factor más prominente en la existencia personal. La totalidad de la existencia externa es evaluada por sus efectos sobr este ser. Así podemos concebir el ser como el centro de la existencia de la cual estamos conscientes. Las cosas y los eventos tienen valor, no en sí mismos, sino en la medida en que actúan sobre el ser. Lo que ES, no tiene tanta importancia como lo que sus efectos sobre el ser parecen ser. La Realidad, o realización, es mucho más importante que la actualidad.

Por otra parte, la intuición, místicamente la visión interior, el supremo juicio del hombre iluminado, es el corolario de la mente cósmica, de la consciencia psíquica, y es la inteligencia de la constancia universal fluyendo a través de cada célula de nuestro ser. Esta consciencia colectiva es realmente la esencia del alma del hombre. El sumo bien florecido, y su fragancia sublime, el divino amor hacia todos los seres.

Cuando se enciende la luz de la comprensión, desaparece todo mal, y asimismo toda separación. Todas las doctrinas se concilian entre sí; todos los ‘dioses’ son Uno mismo, Dios Todopoderoso, omnipresente, inmanente y trascendente, y en El, el hombre se mueve y existe desde el principio de los tiempos. Todo es bueno, justo y bello para la Deidad; todo es según se ha merecido por el hombre. El bien es lo excelente de una función, lo que tenemos que nos agrada, pero también, tal y como dice la sabiduría popular, “no hay mal que por bien no venga”. Si miramos hacia atrás en nuestro pasado, aceptaremos que todo aquello que antes llamamos mal, se transmutó al final en bien y fue un suceso contribuyente en nuestra marcha por entre escollos hacia el bien pleno, meta final donde la comprensión es la luz del mundo.

G. Cruz Martínez