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domingo, marzo 23, 2014

No pertenezco a este mundo

Tal vez la frase del título de este artículo te llamó la atención, tal vez por curiosidad o porque te sentiste identificado con él. Así me pasó anoche que me vino de nuevo esa sensación y me dio por buscar en internet si alguien ya había escrito sobre esto y para mi sorpresa encontré varias referencias, cada una desde el punto de vista personal.


Quiero intentar explicar esa sensación en mí esperando que algunos de ustedes puedan relacionarse con esa sensación de vivir sin ataduras y sin sentirte perteneciente a este lugar, y sin catalogarla ni de buena o mala, porque para mí tiene ambos lados dependiendo de cómo la manejas.

Desde niño he sentido esa sensación, imaginaba una barrera que me separaba de los demás, que vivía en mi mundo y que no cualquiera podía cruzar. Malas experiencias familiares y el hecho de crecer sin amigos (sin personas que me conocieran realmente, porque mi visión de la vida elevó mi criterio sobre la amistad y raramente podían pertenecer a este grupo) fomentaron que viviera “solo” rodeado de gente y con las peticiones continuas de querer regresar a casa. 

Así fui creciendo, sin depender de nadie y viendo a los demás como extraños. No quiero indicar que toda mi infancia y adolescencia fue terrible o que vivía en una eterna depresión. No, había momentos preciosos, disfrutaba el convivir con los demás pero sabiendo internamente que solo era para pasar el rato y preguntándome si había algo mal en mí. Las experiencias espirituales de mi vida me han llevando a madurar, no sin evitar las caídas y malos ratos, sin embargo, en el camino a encontrarme a mí mismo y saber mi misión continuamente tengo esa sensación de vivir en otro canal, estar en otra frecuencia, pertenecer a otro mundo.

¿Cómo describir esa sensación? Es un gusto por estar solo, puedes estar encerrado en tu cuarto sin salir en días, sin la necesidad de tener contacto con alguien. Haces las cosas que te apasionan: leer, escuchar música, ver películas, investigar acerca de algún tema, escribir tus pensamientos, platicar con uno mismo o con Dios. No incomoda el pasar el fin de semana aislado o sin asistir a eventos sociales, aunque, por salud emocional, a veces es bueno obligarse a salir aunque sea a la tienda de la esquina para ver a otra gente. Comparas la cantidad de amigos en tus redes sociales con conocidos y te causa gracia el hecho de que tú piensas constantemente en quitar gente mientras otros acumulan sin sentido relaciones con gente que ni conocen. Sientes que vas avanzando en distinguir el sentido de la vida, pasas de ser miembro de una religión a vivir una espiritualidad en donde no hay dogmas que marquen una diferencia, tomas lo mejor de cada ideología y la aplicas a tu día a día. Te sientes invitado a descubrir cada vez más cosas, si bien antes sonaban locura ahora no temes explorar la metafísica, los ángeles, el reiki, el yoga, el budismo, el zen y muchas más. No hay un límite pues hay algo en ti que hace que “por casualidad” lleguen ideas, frases, artículos que te llaman la atención y que cobran sentido en ese momento.

En ningún momento quiero decir que te sientes superior o inferior a los demás, solo diferente, ves las cosas con mayor profundidad y te cuesta encajar con pláticas casuales. Cuentas el tiempo para que acaben las pláticas de fútbol, política, clima, la crisis económica, de lo que hizo el otro, etc., o por lo menos tu mente está pensando en otras cosas mientras ocurren. Te da gusto sentirte útil, apoyar a los demás a nivel personal o en algún trabajo. Disfrutas el estar rodeado de personas al igual que cuando estás solo. Te sientes bien cuando alguien confía en ti y abre su corazón a problemas con el fin de que solamente lo escuches, tratas de ser detallista con personas, de acompañarlos en sus días con un saludo o de compartir lo aprendido con otros. Sin embargo, tienes esa creencia de que naciste para estar solo, puedes estar rodeado de gente y aun así sentirte excluido, de que los demás te pueden buscar cuando te necesitan pero en tus caídas anímicas nadie te brinda su apoyo, como si solo te usaran en momentos requeridos, sin saber que en cualquier momento estás disponible para una buena plática, para ir al cine, a pasear, pues muchas veces nos falta la iniciativa y deseamos que alguien nos saque de nuestra isla personal.

También llegan los pensamientos de que no eres importante para nadie, que bien te pudieras morir y la mayoría de las personas no se darían cuenta o no te extrañarían. Que les importan más aquellos que son sociables y que se la pasan en los antros a los que viven con principios y valores. Puedes tener padres, hermanos, pareja, hijos y saber que nada en su vida cambiaría si te fueras. A veces haces la prueba y no te comunicas con alguien para ver si te busca y muchas veces confirma tu creencia, estás solo, si no te acercas a otros ellos no lo harán.

De repente encuentras personas afines a ti, personas que han descubierto el sentido de la vida al igual que tú, con las cuales puedes hablar sinceramente, compartir tus dudas y avances, te da tanta alegría como encontrar una aguja en un pajar. Son pocos de ellos con los que puedes entablar una amistad, algunos por la distancia, otros porque a pesar de tener el mismo objetivo tienen otra forma de ver la vida que no compartes, dado que la espiritualidad se interpreta desde cada individuo y cada uno la vive en mayor o menor medida. 

Sí, hay momentos difíciles. Por momentos te sientes fatal, como si todo se oscureciera, como si el cansancio se acumulara y quisieras regresar a casa sin importar si cumpliste o no tu misión aquí. Hay temporadas en que te vuelves crítico con la gente, te enfundas en una coraza y te cansas de dar y dar sin recibir. Si, sé que puede sonar a orgullo, ego o tal vez dignidad, es difícil de distinguir el origen y debes de estar consciente de tus emociones. 

Al inicio comentaba que no era bueno ni malo, es cuestión de cómo se viva. Debes de aprender a manejar esa sensación. No sentirte la víctima de las circunstancias ni enfocarte en la separación. No llegar a estar resentido con el mundo o con Dios por ponerte en un lugar extraño, no alejarte de las personas ni creerte especial, no enfocarte en las cosas negativas y en la soledad. Más bien debes de mirar todo con gratitud, Dios te dio un sentido extra que usas para mirar más allá, te hizo ligero de equipaje por lo cual no temes a la muerte, sabes que en cualquier momento que suceda te puedes ir sin temor de dejar a alguien o algo, nada ni nadie es tuyo, tú no eres de nadie. Debes de aprovechar cada momento a solas para conocerte, amarte y aceptarte y luego ir con los demás a compartir esa energía positiva, salir de tu mundo, conocer otras vivencias y descubrir en el otro al Ser Superior ya que todos somos Uno. 

Esa sensación de no pertenecer a este mundo la puedes ver como maldición o como bendición. Está en tus manos elegir el modo de verla. 

Saludos y bendiciones


Wilmer Ramírez V.
www.facebook.com/quienpuedehacermefeliz