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sábado, noviembre 09, 2013

Todos los seres pasamos por el infierno



Aunque la tierra esté muy poblada, ¡cuántas de las angustias sentidas por los humanos provienen de que tienen la impresión de haber sido lanzados al mundo como a un desierto en el que se encuentran solos, perdidos, sin nadie que pueda responder a sus preguntas y a sus peticiones! Pues no, no están solos, y se darán cuenta de ello el día que tomen conciencia de que forman parte de un todo, que este todo está vivo, y que, puesto que está vivo, pueden hacer sin cesar intercambios con él: si hablan, siempre hay en alguna parte, criaturas que les oyen y que les responden.

Recibimos respuestas por todo lo que hacemos, decimos o pedimos: de confirmación o de negación, de aprobación o de condena. El mundo invisible está continuamente presente, ahí, a nuestro alrededor. Nos mira, nos escucha, y siempre nos da respuestas. Su lenguaje, muy diferente al nuestro, no es fácil de comprender. Pero nos responde indirectamente, sea a través de un ser humano, de un animal, o de un fenómeno de la naturaleza. Ellos no saben, sin duda, que son portadores de un mensaje, y que somos nosotros quienes debemos interpretarlo.

Los números no son abstracciones, sino realidades vivas y activas. Tomemos el número 10, por ejemplo, que es un símbolo de la totalidad: está compuesto por un 1 y un 0; pero no hay que considerar este 1 y este 0, uno al lado del otro, sino que hay que conectarlos y ponerlos en movimiento. El 1 representa el espíritu, el 0 representa la materia, y el espíritu penetra la materia para animarla, vivificarla. Podemos afirmar pues que, todo acto que contribuya a mantener la vida en nosotros, corresponde al número 10. Comer, es abrir la boca, el 0, para introducir en ella el alimento, el 1, y este encuentro produce una energía. ¿Y qué es ver? Una acción de la luz, el 1, que viene a tocar el ojo, el 0. Esto vale también para el sonido que viene a llamar a nuestro oído.

En cuanto a la cabeza, que es esférica, es también un 0, y sobre este 0 debe descender el 1, el espíritu. Hasta que no haya recibido el espíritu, nuestra cabeza no puede dar nada bueno.

Pero el día en que es visitada por un rayo celestial, trae al mundo un hijo divino y nos convertimos en el 10. Mientras tanto, sólo somos un 0. Diréis: «¡Vaya interpretaciones!» Pues sí, son interpretaciones…

¿Quién no ha conocido el suplicio de las tentaciones, de las pasiones, de los remordimientos?… Así pues, es inútil preguntarse en qué región del espacio se encuentra el infierno.

En principio es una experiencia que hace el ser humano durante su vida terrestre. Pero en el momento de la muerte, cuando el alma abandona el cuerpo físico, aunque no tenga ningún crimen que expiar, antes de alcanzar estas regiones que llamamos paraíso y en donde viven los elegidos, pasa por el infierno, esta región que, en el Árbol sefirótico está representada por la parte inferior de Iesod, la esfera de la Luna. Al abandonar la Tierra, Malkut, todas las almas pasan por la Luna, Iesod, antes de acceder a Tipheret, el Sol.

Todos los seres, sin excepción, deben pasar por el infierno, pero no todos viven este paso de la misma manera. ¿Y cuál es la diferencia? El aura. Aquéllos que han vivido en el amor, la sabiduría y la verdad, están rodeados de una luz tal que atraviesan esta región sin experimentar el menor sufrimiento. Están protegidos. Ven incluso cómo la piel de los demonios se resquebraja a su paso, porque el fuego divino es más poderoso que el fuego infernal. Se dice que Jesús mismo «descendió a los infiernos», en donde salvó almas antes de subir hacia su Padre celestial.

Omraam Mikhaël Aïvanhov