Logo

Logo

viernes, abril 05, 2013

El Espíritu, el Alma y el Yo




Existe bastante confusión, en las diversas corrientes espirituales, cuando se estudian estos conceptos que normalmente se interpretan mal o con una tendencia a mezclarlos, por lo que pretendemos contribuir a su aclaración.  No están separados, no funcionan aisladamente en el ser humano, aunque si son complejos, y para su estudio se requiere analizarlos por separado.
El Espíritu
          Podríamos entenderlo como la esencia y el sentido implícito de cada ser y su relación con el Cosmos, el sentido que tiene cada parte en relación con el Todo al que pertenece. Esta parte esencial o espiritual, en el ser humano, la podemos designar como el Yo Superior, o Yo real, su parte que pertenece al mundo suprasensible y que permanece oculta en nuestra vida de sentimientos y pensamientos.
         El Espíritu, en si mismo, es eterno, lo cual no significa que no tenga ni principio ni fin, sino que está por encima de cualquier manifestación de espacio-tiempo. Nosotros, como humanos encarnados, somos seres espacio-temporales,  y si bien hemos surgido de una realidad espiritual, no podemos realmente relacionarnos conscientemente con nuestro propio Espíritu. No tenemos acceso al ámbito espiritual hasta que nos morimos, aunque estemos continuamente tratando y hablando de él. Paradójicamente podemos utilizar nuestro pensar, que es el auténtico instrumento de nuestro espíritu, en contra de la misma realidad espiritual a la que pertenecemos, en uso de nuestro libre albedrío, ignorándola o negándola; por ejemplo a través del materialismo.
         Nuestro Yo Superior, que permanece oculto, en si mismo no puede desenvolverse nunca al margen de las leyes espirituales que rigen el cosmos, del Bien, la Verdad y la Belleza o Armonía, conceptos que desarrollaremos posteriormente.
 El Alma
          En el ser humano actual es el centro real ( no lo es el Espíritu) de  toda nuestra vida anímica cuando estamos despiertos; estamos constantemente en contacto con ella, querámoslo o no, ha sido así desde hace mucho tiempo y lo seguirá siendo por milenios. El Alma es el centro de nuestra consciencia, característica que compartimos con los animales, en mayor grado según su nivel evolutivo, sobre todo con los animales superiores, que aunque tienen más desarrolladas sus percepciones sensoriales perciben el mundo exterior y lo convierten en mundo anímico propio, interior, al igual que lo hacemos nosotros, si bien en nuestro caso unido a las facultades del recuerdo y del pensamiento.
          Captamos del exterior lo que nos llega mediante nuestras percepciones sensoriales y en nuestro interior lo convertimos, por medio de nuestro cerebro y sistema neuro-sensorial, en contenidos anímicos propios que todos poseemos y que están regidos por las leyes de simpatía-antipatía. Las cosas nos llegan y nos pueden dejar indiferentes, si no nos identificamos con ellas, o nos pueden producir atracción o rechazo, en distintos grados según nuestro interés. En primer lugar nos producen sensaciones y luego sentimientos. Todo ello es la forma en la que el contenido del mundo objetivo exterior se convierte en vivencia empírica personal, parte del contenido del alma, sensorial, de sentimiento y afectiva.
          En muchas ocasiones este proceso no termina ahí, sino que puedo tener necesidad de comprenderlo, no sólo de vivenciarlo, y entonces le aporto el pensar. Siempre tenemos la necesidad de buscar y poner un concepto a cada percepción, lo cual hacemos de forma inmediata . Ej.: ante un ruido (percepción) le añadimos: “tubo de escape” (concepto), etc., de forma rutinaria buscamos una explicación conceptual a cada percepción sensorial, casi siempre por repetición monótona de los conceptos ya conocidos.  El alma asocia conceptos que correspondan a cada percepción, correctos o no, pero que sean satisfactorios en ese momento. Es algo necesario, pero que no podemos considerar como procesos de pensamiento.
 El mundo de los Pensamientos
          El pensamiento es la parte esencial, como actividad espiritual que se relaciona con nuestro cuerpo físico-material a través del cerebro y sistema neuro-sensorio. Es el pensamiento intelectual adaptado al mundo físico, que todas las personas normales compartimos para entendernos y comprender el mundo. En general sirve para que el conjunto de las percepciones sensoriales que percibo, sean escuchar un concierto, leer, hablar, etc. unidas a un pensamiento, den sentido y generen las representaciones que siempre se dan en, y forman parte del  Alma. Las que recordamos forman el conjunto consciente de toda nuestra vida, que por eso es “humana”.
          Vemos pues que en el Alma es en donde se da todo el conjunto de vivencias; sensaciones, representaciones, sentimientos, pensamientos e impulsos volitivos, siendo la más fuerte la de los sentimientos, por ser consustanciales al Alma. La voluntad y el pensamiento, que también se manifiestan en el Alma, no son exactamente de su misma sustancia.  Ello hace que nos identifiquemos fuertemente con el escenario vital humano que comprende todo el mundo de los sentimientos, con lo que nos dicta el corazón, mucho más que con la comprensión a través del pensar reflexivo. Ello puede ser una trampa ya que, en principio, los sentimientos hoy en día no revelan al ser humano lo real y verdadero.
 El Sentido y la Esencia de las cosas
         Las leyes que rigen el mundo físico material de las plantas, de las especies animales, de los ecosistemas, etc. están abiertas a la comprensión del hombre mediante su pensar a través de la ciencia natural, leyes físico-materiales que excluyen a la realidad trascendente o espiritual (por no ser “científica”) y que tiene sus propias leyes.  Y sin embargo la identificación con el espíritu en el mundo material discurre en paralelo a la comprensión de las leyes que rigen la realidad completa, ya sea en su manifestación espiritual, astral. etérica o material.
         Pero la no capacidad de percibir algo no significa que ese algo no exista, premisa filosófica fundamental que nunca deberíamos olvidar.
         El pensamiento limitado por la cultura materialista limita el conocimiento humano a lo físico-material, pero el pensamiento en si mismo, no está limitado por nada… aunque nos lo quiera hacer creer el sistema pedagógico-cultural impuesto.
         Cuando leemos un libro sobre espiritualidad estamos dando cabida en el alma al pensar de otra persona: es un pensamiento que puede ser pensado por mi pensar y que se apoya en una percepción que no es físico-sensorial (el pensamiento es suprasensible o espiritual, no sensorial). Si pienso en el pensamiento de otro ser humano, mi pensamiento suprasensible percibe el pensamiento suprasensible de otro ser, y se convierte en órgano de percepción, al igual que lo es la vista o el oído, pero órgano de percepción suprasensible no material, sino supra-material.  Y sin embargo a esa actividad de pensar suprasensible, que  utilizamos cotidianamente, no le concedemos ningún valor; es una fuerza suprasensible que puedo, si la reconozco, controlar voluntariamente.
          Por el contrario, la fuerza de los sentimientos, sobre todo si son instintivos, no la podemos controlar voluntariamente; los sentimientos  se “producen en mí” sin que yo quiera, y a veces, a pesar de mí, agradables o dolorosos. Son procesos semi-conscientes.
          Los impulsos de la voluntad son los más inconscientes que tenemos; pensemos, por ejemplo, en las fuerzas metabólicas que actúan en el corazón y los pulmones, o en los procesos digestivos: son fuertes, ayudan a vivir, pero no los controlamos.
         Vemos, por tanto, que todas las actuaciones que se dan en el alma humana (percepciones, sentimientos, pensamientos y voliciones) es lo que vivenciamos, es el centro de nuestra personalidad y el escenario en el que se desarrolla; no es la esencia. Para percibir esto cada uno puede mirar en su interior y observar la dinámica de lo que va ocurriendo. Todo el escenario en el que se desarrolla nuestra vida es en el del alma, en donde podemos sacralizarnos o endemoniarnos, según el camino que vayamos escogiendo.
          Hasta cierto punto, en el alma, todo está gobernado por las vivencias anímicas de placer y dolor; así es como se expresa la entidad del ser humano. La reacción en cada alma a las percepciones es completamente individual, lo que nos parece bien o mal, nos agrada o desagrada, lo que nos parece interesante o no. A ello se puede oponer el pensar lo más libre y desprejuiciado posible y hacer un trabajo de  elaboración  con cada percepción que reciba el alma, de reflexión individual que ya es espiritual. Si no hago este trabajo espiritual los sentimientos son los que van a dirigir los procesos de mi vida. Se trata de perder el automatismo que normalmente dirige nuestro pensar e intentar considerar cada situación como si fuera nueva y entonces la realidad se podrá manifestar como es y no como yo quiera interpretarla, y así poder actuar de forma libre con lo que considere lo más correcto; es lo que Steiner denomina fantasía moral en su tratado “Filosofía de la libertad” o de la Actividad espiritual.
 El Yo
         Concepto complejo, también considerado como Ego o Personalidad, no es el Espíritu ni lo que se conoce como Yo Espiritual, que permanece oculto. En el ser humano es el sentimiento de auto-consciencia, el “Yo soy un Yo”, algo que en la inmensa mayoría de la humanidad no existía hasta hace poco. Ya sabemos que en épocas pasadas el sentimiento que prevalecía era el de la pertenencia grupal a una familia, tribu, raza, nacionalidad, linaje, etc., con mayor arraigo según retrocedamos en la historia evolutiva humana. El Yo humano, como se manifiesta en la actualidad, es el resultado de un proceso de cambio de consciencia que comienza en el siglo XV y que eclosiona de forma masiva a lo largo del siglo XX.
          Los procesos de individualización del ser humano, característicos de lo que conocemos como la época del Alma Consciente en la que estamos, son imprescindibles para que el hombre pueda conquistar su libertad, aunque muy problemáticos, dado que la fuerza cualitativa que promueve la yoidad es la del egoísmo.  Ya sabemos que el ideal de las clases dominantes es el de que existan grupos humanos dóciles, con ideologías, normas y tradiciones asumidas por todos, fácilmente controlables y así lograr la “paz social”, tan deseada por todos los gobernantes y que significa: “obedece y calla”. Todo lo cual ya no es propio de nuestra época de despertar de la consciencia individual y libre utilización del pensamiento y desarrollo de la moralidad.
           Existen individuos que son propensos a formar parte de  grupos o asociaciones, sobre todo en Oriente, mientras que otros, sobre todo en Occidente, lo que quieren es defender sus propias peculiaridades individuales, independizándose de normas, dogmas, creencias y doctrinas impuestas. A partir de 1900 se produce una especie de fractura en la que se hace necesario que el ser humano piense, y por tanto actúe de otra forma, en base a un proceso de individualización en el que se reivindican los derechos humanos. Me libero de los condicionamientos del pasado desembarazándome de doctrinas y costumbres, asumiendo el contenido de mi propia alma y no en función de lo que otros decidan. Es un proceso necesario de “limpieza” pero que también produce un vacío en muchas almas. Es un proceso que tiene que pasar, nos guste o no, en el que el ser humano tiene que ganar su libertad. Es una situación nueva para la que no estamos preparados, peligrosa porque nos vemos abocados a decidir responsablemente sobre nuestra propia vida: ¿Qué quiero ver, oír, aprender e integrar libremente en mi alma?.
         Pero la individualización también  puede desembocar en un egoísmo individualista en el que se considere a  los otros congéneres como competidores o enemigos a combatir, o mundo de ganadores frente a los perdedores, sobre todo en la cultura germano-anglo-sajona con justificación en las doctrinas luterano-calvinistas. (Predestinación Divina. Etc.)
          La fuerza del Yo proviene de que el alma se siente a si misma en el interior del cuerpo físico-material, ancla para el alma, sin la cual no tendríamos ese sentimiento de estar aislados de los demás, separados por la piel: “lo de dentro soy Yo.”
         Ya en 1908 Steiner hizo hincapié en su ciclo de conferencias sobre el apocalípsis de San Juan , en que es este Yo la causa de que los hombres se puedan tornar anímicamente duros y rígidos buscando poner al servicio de este yo suyo todas las cosas y bienes que están a su disposición para apropiarse de una parte del patrimonio colectivo en calidad de posesión personal, esforzándose por expulsar de su territorio a todos los demás, combatiéndoles, etc. Ese Yo es a la vez aquello que confiere al ser humano su independencia, su libertad intrínseca y lo que realza al hombre, en donde reside su dignidad humana; constituye el germen de lo divino en el hombre y es el garante más elevado del destino del ser humano. Si no encuentra el camino del Amor y se encierra en si mismo, es a la vez el seductor que hace caer al ser humano en el abismo. Entonces es el Yo el elemento que crea discordia entre la gente y les induce a la guerra de todos contra todos, de individuos , clases, castas, sexos, y generaciones, no sólo entre naciones. Puede llevar a lo más sublime, pero también a lo infernal. Es la “espada de doble filo” del Apocalipsis.  
 El Yo real Superior o Eterno
          Rudolf Steiner, el fundador de la Antroposofía, nos viene a decir que “el yo vive en el cuerpo y en el alma, pero el espíritu que vive en el yo es algo eterno. Todo lo que en el yo se acoge de lo físico-material desaparecerá después de la muerte, pero lo que tenga ese yo que ver con las leyes del Espíritu adquiere carácter de eternidad”. Es decir, en el sentido eterno de la realidad, de esencia del Bien (de lo que sea conveniente para el conjunto espiritual), de la Verdad(acorde con la realidad espiritual), y de la Belleza (en el sentido de que sea armónico para la función conjunta de todos los seres que componen el Cosmos). Este trabajo que podemos hacer en el Alma Consciente es algo que podemos conservar después de nuestra muerte, adquiere carácter de eternidad.
          En la encarnación actual del hombre podemos distinguir entre el Yo auto-consciente, que ya hemos estudiado, y el Yo Superior, que como esencia espiritual permanece en estado germinal en el ser humano, produce una única y pasajera manifestación parcial de si mismo, y que después de la muerte puede integrar las experiencias vividas por el Yo inferior (ego o personalidad) a su devenir eterno. Steiner nos dice que el Yo Superior no está al alcance del hombre, que tiene su existencia más allá de la conciencia común.

  En resumen, tenemos un alma en donde se desarrollan todas nuestras capacidades, que vive en un centro que es el Yo soy , formado por un egoísmo que me posibilita el independizarme de todo lo tradicional-cultural del pasado para que pueda desarrollar libremente un conocimiento a través de un pensar libre que pueda contactar con las verdades espirituales que siempre estarán en relación directa con el Bien (con lo correcto para el conjunto del Cosmos), con la Verdad ( con la constitución y funcionamiento real de ese Cosmos) y con la Belleza ( o la armonía manifestada en cada parte de ese conjunto).
           Todos tenemos la estructura apropiada para comprender lo que podemos hacer hoy de forma correcta. Entender que soy un yo, ego o personalidad, que es el centro de un escenario anímico en el que se manifiestan multitud de estímulos, desde mis impulsos volitivos incontrolados, desde mis sentimientos que siempre están sesgados a un lado u otro, o desde mi pensamiento controlado, el que hoy poseo. Y a partir de ahí, desde una estructura caótica, ir armonizando todo ello, lo mejor que pueda, hacia un equilibrio, en un proceso que nos va a ir indicando el camino a seguir Lo que realmente importa es sentir la esencia inmortal, eterna, que se tiene que nutrir de lo que espiritualmente  y en libertad yo pueda y quiera aportar.
           Realmente lo que hoy necesitamos es entender como funciona la realidad global, no permaneciendo al margen de la realidad social convencional; estando aquí, saber como integrar los valores espirituales (no los místicos o religiosos aprendidos o impuestos) que sean comprensibles y explicables para que todos los puedan practicar. El mundo espiritual necesita que muchos ”yoes” sean conscientes de esto que la cultura imperante nos ha robado.
  
Miguel Angel Quiñones