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jueves, mayo 25, 2017

A veces, las mejores personas llegan sin que las busques…

A veces, las mejores personas, las más bonitas, aparecen de improviso y sin que uno las busque. Llegan para plantar flores en el jardín de nuestros días tristes, están ahí para ser el eco de nuestras risas, el imán de nuestras complicidades, de nuestras aficiones y pasiones. Son ese faro que nunca se apaga, sin contradicciones, sin presiones ni dobles fondos…



Los neuropsicólogos nos recuerdan a menudo que nuestro cerebro está programado para llevar a cabo conductas pro-sociales. Acciones como el altruismo, la ayuda al prójimo o el acto de conferir apoyo son realidades que genéticamente consideramos como significativas e importantes porque garantizan, al fin y al cabo, la supervivencia de nuestra especie.

“A los grandes corazones ninguna ingratitud lo cierra, ningún desprecio lo cansa”
-Leon Tolstoi- Compartir

Sin embargo, y aquí llega sin duda la mayor disonancia o ironía de la humanidad, en ocasiones actuamos como auténticos depredadores de nuestros propios semejantes. No nos referimos únicamente a esas conductas más extremas que encabezan los titulares de las noticias del día a día, hablamos ante todo de esas acciones tan comunes que todos hemos vivido en alguna ocasión y de las que se desprende aquello tan clásico de “deseo que seas feliz, pero no más que yo”.

A veces el altruismo tiene intereses soterrados, lo sabemos bien. Otras veces las personas nos fallan, también lo sabemos. Quizá por que el tiempo nos cambia o porque poco a poco las máscaras caen y descubrimos que detrás de esa armadura que tanto nos fascinó al principio no hay más que un ser lleno de vacíos, de múltiples limitaciones y egoísmos insondables.

A pesar de todo, entre nuestra rica y compleja fauna social hay personas que no solo valen la pena: valen la alegría. Encontrarlas es un arte basado siempre en lo casual, pero encierra también algunas dimensiones que vale la pena abordar…

Las buenas personas están ahí, solo hay que saber verlas

¿Qué rasgos tienen esos hombres y esas mujeres capaces de mejorar nuestras vidas?¿Cómo son, en esencia, las buenas personas? Bien, sabemos que es muy común usar en nuestro día a día la recurrida frase de “mi compañero de trabajo es mala persona” o “mi hermana es muy buena persona”. Este tipo de definiciones tan reduccionistas no siempre son adecuadas, porque la naturaleza humana es mucho más compleja que estos términos tan absolutos.

La mayoría de nosotros estamos en un continuo, ahí donde en ocasiones podemos actuar de forma más o menos acertada; donde se nos puede juzgar a la ligera como “malas personas” solo porque no actuamos como los demás quieren o esperan. No obstante, eso sí, existen una serie de factores o dimensiones clave que pueden definir a esos perfiles más nobles y que en última instancia sí representan ese ideal de bondad que todos tenemos en mente.

Ser bueno significa, por encima de todo, falta de egocentrismo. Significa una identificación con los semejanter, sentir compasión, actuar con desinterés y disponer de esa empatía que acoge, que confiere un apoyo sabio y una cercanía auténtica. A su vez, la buena persona es también aquella capaz de ver más allá de la superficie, más allá de la simple apariencia.

Por otro lado, y no menos importante, existe un factor que no podemos descuidar: esas personas mágicas llegarán a nuestras vidas solo si nosotros somos receptivos. Lo harán si somos capaces de verlas, de apreciar su influjo, su arte, su poder natural de conexión. Los expertos en conducta social nos revelan que las personas hemos llegado a un punto donde nos fijamos más en las malas cualidades que en las buenas.

Ese sesgo de negatividad viene propiciado en ocasiones por el propio malestar, por la propia frustración o incluso por el recuerdo de nuestras relaciones fallidas o desengaños. Nos volvemos desconfiados, y cuando la desconfianza flota en nuestra mirada y anida en el corazón, será muy difícil vislumbrar la luz cálida de esas presencias que de verdad, merecen la pena ser incluidas en nuestra vida.

Técnicas para identificar a las personas que valen la pena (y la alegría)

Todos, en nuestro día a día, hacemos rápidas lecturas sobre las personas que nos envuelven. El doctor Rick Hanson, conocido neuropsicólogo e investigador empedernido sobre la “ciencia de la felicidad”, nos explica que para lograr conectar con mayor profundidad con nuestros semejantes y percibir así esa nobleza innata que muchos esconden en su interior, es necesario que nos detengamos, que bajemos el ritmo y que seamos capaces de leer las intenciones positivas y esa empatía auténtica que tienen las personas más especiales.

“Cuanto más buena y noble es una persona, más le cuesta ver la maldad ajena”
-Cicerón- Compartir

A continuación, te damos unas claves sencillas que pueden ayudarte a hacer esa lectura:
  • El lenguaje no verbal: la empatía se reconoce muchas veces por ese rostro y esos ojos que no solo miran, sino que observan, atienden y saben conectar haciéndonos sentir cómodos, seguros y valorados.
  • El segundo aspecto es sin duda la propia intuición. Nuestra voz interior es quien debe guiarnos siempre en ese camino de descubrimientos. Es ella quien contiene la esencia de nuestra personalidad, la sabiduría de nuestras experiencias pasadas y ese sexto sentido que nos invita a conectar con ciertas personas evitando a otras. No dudes en escuchar esa voz interna.
  • La energía emocional. Esta dimensión es tan curiosa como intensa, pero aún así, es necesario identificarla en nosotros y analizarla. Hay personas que nos generan un tipo determinado de carga emocional a través de su tono de voz, de su mirada, de sus sonrisas, del modo en que nos comunica…

Esa sensación o energía emocional que generan en nosotros algunas personas es algo que debemos atender y descifrar (¿me hace sentir cómodo? ¿me ofrece calma y armonía? ¿puedo confiar de verdad en él/ella?…). En ocasiones, esa conexión es inmediata, otras veces esa atracción tiene otro ritmo: es más pausada, más lenta pero igualmente intensa Es como un interesante tesoro que vamos descubriendo cada día y que por lo general, suele darse sobre todo en las personalidades introvertidas.

Sea como sea, esas personas especiales que hacen nuestra vida más hermosa, interesante y especial, son regalos que todos merecemos y que, por encima de todo, estamos obligados a cuidar. Hagámoslo entonces, demos siempre la mejor versión de nosotros mismos a esos seres especiales que dan luz a nuestro día a día.

Valeria Sabater

miércoles, mayo 24, 2017

Ese momento, en el que decides amar a tu cuerpo por encima de su forma y peso

El momento en que decides amar tu cuerpo por encima de su forma y peso es un paso en la historia de “tu” humanidad. Es un paso que muchas personas no son capaces de dar por la inmensa cantidad de prejuicios que han ido acumulando acerca de “cómo debe ser un cuerpo”.



Pero… ¿Cómo debe ser? Preguntémonos, antes de juzgar, machacar y destrozar la dignidad de nuestro cuerpo: cómo debe ser un buen cuerpo…¿para qué?, ¿para quiénes?. Las modas también llegaron (para quedarse) en el tema corporal. Nuestro cuerpo se ha visto presa de una serie de modas que responden a determinados intereses. Los de otros, y no tanto a los nuestros.

Intereses que son perfectamente válidos y que están en su derecho de existir. Ya que, al fin y al cabo, es uno mismo el que tendrá que decidir si prefiere aceptar su cuerpo en función de unos estándares escritos desde fuera o de unos construidos en base a uno mismo. Es una elección personal en todos los casos, pero no consciente en muchos.

Nuestro cuerpo merece una mirada de aceptación en vez de desprecio constante

Si la aceptación que hagamos de nuestro cuerpo depende de unos estándares externos, que cambian según la moda que impere en el momento, nos pasaremos toda nuestra vida vendidos a algo que está fuera de nuestro control. No obstante, si somos nosotros los que lo defendemos, en vez de atacarlo en función a lo que está “escrito” ahí fuera, seremos capaces de emprender, por fin, el camino hacia la aceptación.

En vez de atenderle desde el cariño y el cuidado, le atendemos desde la crítica y la necesidad de “reparación” constante. Siempre hay algo indigno en él. Y la indignidad a veces se torna en crueldad. Sobre todo en determinados momentos vitales. En la adolescencia, por ejemplo, el cuerpo es una de las principales vías de expresión de la identidad.

La necesidad que existe de ser visto y admirado en muchos casos se vuelva y se limita al cuerpo. Y el cuerpo “ha de estar” a la altura de semejante pretensión. Ese cuerpo donde colgaremos la ropa que nos identifica como alguien único y especial. Ese mismo cuerpo se acaba convirtiendo en un espacio de lucha interna constante.

Nos han enseñado a juzgar nuestro cuerpo en función de unos estándares externos

Así, nuestro cuerpo se convierte en un campo de batalla, representando una auténtica zona catastrófica o zona cero. Nos han enseñado a centrar nuestra atención en aquello que no nos gusta de nuestro cuerpo (en base a estándares dominados por las modas y a otros intereses comerciales) en vez de enseñarnos a aceptarlo, a amarlo e incluso a explorarlo con curiosidad y no con ánimo de crítica. Castigamos a nuestro cuerpo incluso antes de reconocerlo.

Por tanto, para muchas personas el cuerpo se acaba convirtiendo en una especie de celda en la que están condenados a vivir. No en su casa, no en el lugar sorprendente y cambiante con el diseño más perfecto. Para ellas es más una pesada carga que afea su tarjeta de presentación, una tara que les resta valor en un mundo muy competitivo, en el que el físico es importante.

Quizá nos esté gritando en silencio y no le escuchamos. ¡Quiéreme! ¡Cuídame, por favor! ¡No me vendas al mejor postor!… Pero cuando consigamos liberarnos del filtro del juicio externo (que hemos internalizado), descubriremos que nuestra mirada se torna más amable, menos dramática y más sana.

Querer a nuestro cuerpo es querernos a nosotros mismos

Algo así como “Sí, tengo celulitis y decido mirar a mi cuerpo con cariño y no con asco”. “Sí, tengo mucha tripa pero en vez de acudir al gimnasio desde el castigo, acudo desde la aceptación de mi cuerpo”. Por supuesto la salud es la base de cualquier necesidad urgente de cambio. Sentirnos bien en nuestro cuerpo pasa por cuidarlo y mantenerlo desde la aceptación y el cariño.

Hacer ejercicio, bailar, cuidarlo, observarlo… forma parte de estar en contacto con él, de descubrirlo. Trabajar por tener una mirada amable y libre de prejuicios hacia nuestro cuerpo merecerá la pena. Nos ayudará a tenerla hacia el exterior y hacia el cuerpo de los demás también.

“No hagas de tu cuerpo la tumba de tu alma”
-Pitágoras- Compartir

Por tanto existe una diferencia muy grande entre querer “cuidarse” desde el castigo y el desprecio a nuestro cuerpo, como si este fuera un lugar “provisional” hasta que estemos como los cánones mandan y querer cuidarse para sentirnos más sanos. Esta vez desde la aceptación de que ese es nuestro cuerpo y le queremos por encima de lo que pese y por encima de sus formas. Ese momento…será un gran paso para reconciliarte una vez más contigo mismo.

Alicia Garrido Martín

martes, mayo 23, 2017

La gratitud y su poder para combatir la tristeza más profunda

La gratitud es una virtud olvidada por muchas personas. Este olvido se incrementa en la medida en la que la sociedad nos empuja a ser más egoístas, a dar todo por hecho y a no valorar lo que tenemos. Cuanto más egoístas nos volvemos, menos capaces somos de percibir el exterior. Menos capaces somos de advertir la simplicidad y la belleza que reina en el mundo.



Cuando miramos solo hacia dentro perdemos la perspectiva de la vida en su globalidad. Obviamos los matices de nuestra existencia. Olvidamos muchas veces incluso nuestra condición. Nos perdemos en este baile de rutinas, de “pasos concretos para ser una persona adulta”, de vivir para trabajar… y olvidamos que existimos en este mundo.

El piloto automático de última generación y perfeccionado a base de práctica controla nuestra vida y dirige nuestros pasos. Nos volvemos ciegos (ignorantes) a la belleza exterior. Hace tiempo que decidimos que no merece nuestro tiempo, sin darnos cuenta de que lo habíamos decidido. “No tenemos tiempo”, hay que llegar a este sitio, tengo que hacer esto otro. Solo tengo recursos para precipitarme hacia este laberinto que la sociedad ha construido para mí.

La gratitud enriquece nuestro sentido, el de nuestra existencia

Nos olvidamos de la naturaleza y de las lecciones que esta nos brinda. Existimos para dar unos pasos ya establecidos y perfectamente organizados. Hay personas que entran en esta espiral y no se dan cuenta. Es como si hubieran apagado el botón que les conecta a la vida (en toda su extensión y profundidad).

Muchas veces la tristeza profunda tiene que ver con esta falta de gratitud hacia las pequeñas regalos que la vida nos ofrece. Tiene que ver con una visión que se ha invertido de a fuera hacia dentro. Una mirada que no contempla más allá de sí misma. Por tanto el dolor será muy extremo, ya que no podemos ayudarnos del exterior para salvarnos.

Dar algo por hecho, asumir que las personas que están a nuestro lado lo estarán nos comportemos como nos comportemos… Asumir que lo que hacen nuestros padres por nosotros es porque son nuestros padres y no valorarlo… Situarnos en esta perspectiva refuerza esta visión en túnel.

La ingratitud atrofia nuestros sentidos y aumenta nuestra insatisfacción

Cuando nos damos cuenta que hemos entrado en esta espiral de ingratitud (tan fácil de entrar y tan asumida en la sociedad actual) podremos hacernos una idea de su poder destructor. Como si se tratara de un huracán que arrasa con todo lo que encuentra. La ingratitud nos hace egoístas e insensibles hacia la bondad de los demás. 

Nuestros sentidos se atrofian cuando damos por hecho lo que tenemos en nuestra vida sin apreciarlo ni agradecerlo. Ya que no nos fijamos tanto en lo que tenemos como en lo que nos falta, y siempre nos faltará algo mientras miremos hacia dentro y busquemos fuera. Solo nos fijamos en lo que la vida “debería” darnos según nuestras leyes de justicia. Así, en la medida que alimentamos estos pensamientos, incrementamos la sensación de insatisfacción que sentimos en y con nuestras vidas.

La tristeza se hace más liviana e incluso desaparece cuando hacemos un pequeño ejercicio. Consiste en agradecer aquello con lo que contamos y sobre lo que pensamos que gozamos por derecho. Agradecer los buenos gestos de las personas que tenemos a nuestro alrededor o centrarnos y atender a los mensajes que la naturaleza nos manda podrían ser dos ejemplos.

La tristeza se difumina cuando agradecemos lo que la vida nos da

No dejes pasar ni un día más sin alzar el vuelo y ver el bosque del que puedes disfrutar, que va más allá del pequeño desierto en el que no han crecido frutos. No estamos hablando de grandes cosas, ni si quiera de algo material. Hablamos de la sencillez que nos alimenta todos los días de manera silenciosa. Que nos roba una sonrisa, interesante o tonta, pero sonrisa.

Desde la calidez que entra directa en nuestro corazón cuando nuestro perro se alegra por vernos… hasta la sorpresa e ilusión por ver cómo va creciendo la semilla que un día plantamos en una maceta. La gratitud nos salva la vida. Sensibiliza nuestros sentidos y nos trasforma en grandes compañeros de vida. Compañeros que nos muestran la belleza y la bondad que hay en el mundo que nos rodea. Si abrazas a la vida tal cual es, abrazas la gratitud. Y la gratitud calma y apacigua hasta al alma más atormentada.

Alicia Garrido Martín

lunes, mayo 22, 2017

Empatía: ¿qué caracteriza a las personas que la poseen?

La empatía es un arte, una capacidad excepcional programada genéticamente en nuestro cerebro con la que sintonizar con los sentimientos e intenciones de los demás. Sin embargo, y aquí llega el problema, no todos logran “encender” esta linterna que ilumina el proceso de construcción de las relaciones más sólidas y enriquecedoras.



Algo que escuchamos con frecuencia es aquello de que “tal persona no tiene empatía”, “que aquella otra es una egoísta y que carece por completo de ella”. Bien, algo que es importante aclarar desde un principio es que nuestro cerebro dispone de una arquitectura muy afinada mediante la que favorecer esa “conexión”. La empatía, al fin y al cabo, es una estrategia más con la que mediar en la supervivencia de nuestra especie: nos permite entender a la persona que tenemos delante y nos facilita la posibilidad de establecer una relación profunda con ella.

Tenemos dos oídos y una boca para escuchar el doble de lo que hablamos
-Epíteto-

Esa estructura cerebral donde la neurociencia ha situado nuestra empatía está en el giro supramarginal derecho, un punto situado justo entre el lóbulo parietal, el temporal y el frontal. Gracias a la actividad de estas neuronas logramos separar nuestro mundo emocional y nuestras cogniciones para ser más receptivos en un momento dado, hacia las de los demás. 

Ahora bien, aclarado este dato, la siguiente pregunta sería, entonces… ¿si todos disponemos de esta estructura cerebral, por qué hay personas más o menos empáticas e incluso quienes presentan una ausencia total y absoluta de ella? Sabemos, por ejemplo, que el trastorno antisocial de la personalidad tiene como principal característica esa falta de conexión emocional con los demás. Sin embargo, dejando a un lado el aspecto clínico o psicopatológico son muchas las personas que simplemente, no llegan a desarrollar esta habilidad.

Las experiencias tempranas, los modelos educativos o incluso el contexto social, hace que esta maravillosa facultad se debilite a favor de un egocentrismo social muy marcado. Tanto es así, que tal y como nos revela un estudio llevado a cabo en la Universidad de Michigan, los universitarios de hoy en día son hasta un 40% menos empáticos que los estudiantes de los años 80 y 90.

La vida actual tiene ya tantos estímulos y tantos distractores para muchos jóvenes y no tan jóvenes, que dejamos de ser plenamente conscientes del momento presente e incluso de la persona que tenemos ante nosotros. Los hay que están más sintonizados a sus dispositivos electrónicos que a los sentimientos de los demás, y eso, es un problema sobre el cual deberíamos reflexionar.

Para profundizar un poco más en el tema, te proponemos a continuación conocer qué rasgos definen a las personas que sí disponen de una autoestima auténtica, útil y esencial con la que establecer relaciones saludables y un adecuado desarrollo social.

La empatía útil Vs la empatía proyectada

Una aspecto básico que conviene aclarar desde un principio es qué entendemos por empatía útil, porque aunque nos sorprenda, no basta simplemente “con tener empatía” para construir relaciones sólidas o para mostrar eficacia emocional en nuestras interacciones cotidianas.
“El regalo más preciado que podemos dar a otros es nuestra presencia. Cuando nuestra atención plena abraza a los que amamos, florecen como flores”
-Thich Nhat Hanh-

Para entenderlo te pondremos un sencillo ejemplo. María acaba de llegar a casa cansada, agotada de mente y molesta. Acaba de tener una discusión con sus padres. Cuando Roberto, su pareja, la ve, lee de inmediato en su expresión y en su tono de voz que algo no va bien, interpreta su malestar emocional y en lugar de generar una respuesta o una conducta adecuada, opta por aplicar la empatía proyectada, es decir, amplifica aún más esa negatividad con frases como “ya vienes otra vez enfadada, es que te coges las cosas a la tremenda, siempre te pasa lo mismo, mira qué cara llevas…”.

No hay duda de que muchas personas son hábiles a la hora de empatizar emocional y cognitivamente con los demás (sienten y entienden qué ocurre), sin embargo en lugar de mediar en la canalización y en la adecuada gestión de ese malestar, lo intensifican.

La persona hábil en empatía, por tanto, es aquella capaz de ponerse en los zapatos ajenos sabiendo en todo momento cómo acompañar en ese proceso sin dañar y sin actuar como un espejo donde se amplifique el dolor. Porque a veces no es suficiente con comprender, hay que saber ACTUAR.

La auténtica empatía deja a un lado los juicios

Nuestros juicios diluyen nuestra capacidad de acercamiento real hacia los demás. Nos sitúan en un bando, en un lado del cristal, en una perspectiva muy reducida: la nuestra. Cabe decir, además, que no resulta precisamente fácil escuchar a alguien sin emitir juicios internos, sin poner una etiqueta, sin valorar a esa persona como hábil, torpe, fuerte, despistada, madura o inmadura.

Todos lo hacemos en mayor o menor grado, sin embargo, si fuéramos capaces de despojarnos de ese traje, veríamos a las personas de una forma más auténtica, empatizaríamos mucho mejor y captaríamos con más precisión la emoción del otro.

Es algo que deberíamos practicar a diario. Una habilidad que según varios estudios suele llegar a medida que nos hacemos mayores, puesto que la empatía, así como la capacidad de escuchar sin juzgar, es más común a media que acumulamos experiencias.

Las personas con empatía disponen de una buena conciencia emocional

La empatía forma parte indispensable de la Inteligencia Emocional. Sabemos que este enfoque, esta ciencia o área tan exitosa de la psicología y el crecimiento personal está de moda, pero… ¿Hemos aprendido de verdad a ser buenos gestores de nuestro mundo emocional?
La verdad es que no mucho. En la actualidad, seguimos viendo muchas personas que manejan a la ligera y con supuesta eficacia términos como la autorregulación, la resilencia, la proactividad, la asertividad… Sin embargo, carecen de un auténtico inventario emocional y siguen dejándose llevar por la ira, la rabia o la frustración como lo haría un niño de 4 años.
Otros en cambio, piensan que ser “empático” es sinónimo de sufrimiento, como un contagio emocional donde sentir lo que otro sienten para experimentar el mismo dolor ajeno como una suerte de mimetismo del malestar.

No es lo adecuado. Debemos entender que la empatía sana, útil y constructiva parte de esa persona que es capaz de gestionar sus propias emociones, que dispone de una autoestima fuerte, que sabe poner límites y que a su vez, es hábil a la hora de acompañar emocional y cognitivamente a los demás.

La empatía y el compromiso social

La neurociencia y la psicología moderna definen la empatía como el pegamento social que mantiene unidas a las personas y que a su vez, genera un compromiso real y fuerte entre nosotros.
“Si no tienes empatía y relaciones personales efectivas, no importa lo inteligente que seas, no vas a llegar muy lejos”
-Daniel Goleman-

Por curioso que parezca, en el reino animal el concepto de empatía está muy presente por una razón muy concreta que hemos señalado al inicio: la supervivencia de la especie. Algo así genera que muchos animales y diversas especies muestren comportamientos de cooperación donde atrás queda la clásica idea de la “supervivencia del más fuerte”. Un ejemplo de ello lo podemos ver en ciertas ballenas, capaces de atacar a las orcas para defender a las focas.

Sin embargo, entre nosotros predomina en muchos casos el efecto inverso, a saber, la necesidad de imponernos los unos sobre otros, de buscarnos enemigos, de alzar fronteras, de crear muros, de invisibilizar personas o incluso de atacar al más débil solo por ser débil o ser diferente (pensemos en los casos de bullying).

Por su parte, las personas que se caracterizan por una auténtica empatía creen en el compromiso social. Porque la supervivencia no es un negocio ni debe entender de políticas, de intereses o de egoísmos. Sobrevivir no es solo permitir que nuestro corazón bombee, es disponer de dignidad, de respeto, es sentirnos valorados, libres y parte de un todo donde todos somos valiosos.

Valeria Sabater

domingo, mayo 21, 2017

La culpa y sus dos grandes amigas, la duda y la inseguridad

La culpa nunca llega sola, puede presentarse por multitud de razones en nuestra vida. En ocasiones nos tortura por aquello que hemos hecho pero que no dio el resultado que esperábamos. Otras, nos persigue por no haber tenido el valor de hacer o decir algo que ahora nos corroe desde el interior. Es en este segundo caso en el que la culpa se presenta en nuestra vida acompañada por sus dos grandes amigas, la duda y la inseguridad.
Nunca dejes de hacer algo por miedo, más vale arrepentirse de lo hecho que culparse por aquello que podría haber sido.



Es entonces, cuando la duda toma el mando de nuestras decisiones y la inseguridad decide que es mejor no hacer nada por miedo a perder lo que tenemos, cuando la culpa se instala en nuestra vida. Esto hace que nos quedemos tristes y paralizados viviendo en nuestra imaginación lo que hubiera sucedido, en lugar de aceptar la realidad de nuestro inmovilismo.

La duda, la capitana de nuestro ejército de miedos

El miedo pasa, lo que dejas de vivir por miedo, no vuelve.

La duda nos observa día a día y nos recuerda, de manera estratégica, esas situaciones en las que hicimos algo que salió mal. Esas situaciones en las que herimos a alguien sin querer o en las que hicimos el ridículo. En definitiva, la duda se encarga de multiplicar nuestro malestar hasta hacernos dudar de todo lo que somos u hemos hecho.

Pero eso no es todo, cuando nuestro malestar se incrementa, la duda llama a su ejército, ese que recoge nuestros miedos y los manda desfilar. Y es entonces cuando las imágenes de todo lo malo que puede ocurrir nublan nuestra mente y nos impiden decidir lo que realmente queremos.

Pero, no solo queremos ser felices, buscar nuestro bienestar, sino que queremos vivir sin sufrir y aprovechándose de eso, la duda nos ataca de nuevo. Así es como caemos de nuevo en el miedo y la culpa, así es como la inseguridad se alía con la duda y nos ata con sus cadenas intentando aliviar ese malestar que sentimos y que sabemos que forma parte de la vida, aunque lo queramos evitar.

La inseguridad, esas cadenas que nos impiden avanzar

“Se puede huir de todo menos de lo que se pierde”
-Marwan-

Entonces la inseguridad se muestra con toda su crudeza, haciéndonos dudar de nosotros mismos y de nuestras acciones. Nos encadena en el inmovilismo, en el miedo a fracasar de nuevo si hacemos algo más o lo volvemos a intentar.

Con la inseguridad perdemos nuestro punto de apoyo, nuestra autoconfianza. Perdemos el equilibrio emocional y nos arraigamos a un lugar hostil con nosotros mismos. Ese lugar es donde nuestra propia imagen se desdibuja en una amalgama de miedos que reflejan lo que no somos, sino lo que tememos ser.

Así nos arraigamos en los posibles de un futuro aciago pero que no es real, aunque nos comportamos como si lo fuera. Demostrando así que nuestra autoconfianza nos puede llevar lejos, pero que la falta de ella nos encadena a la autoevaluación negativa continua, dirigida a todo lo que podríamos hacer.

Por eso, cuando la culpa aparezca en tu vida acompañada por la duda y la inseguridad, centrarte en lo presente, en lo real, te ayudará a superarla. Además, hará que des la mejor versión de ti, tu potencial, porque los límites dejan de ser mentales y se convierten en reales.

Lorena Vara González

sábado, mayo 20, 2017

7 actitudes comunes en las personas intolerantes

¿Cuál es la imagen que tienes de ti? ¿Te has parado a pensar alguna vez en cómo te ven los demás? Porque aunque no lo creas, existen actitudes comunes en las personas intolerantes, y tal vez tú, igual que yo, podamos poseer algunas de ellas. ¿Te apetece comprobarlo?



No es fácil ser realmente tolerante, por eso a veces nos encontramos con sorpresas cuando creemos que lo somos. No siempre trabajamos la tolerancia tanto como para colocarnos el adjetivo de tolerantes, pues como dice Jaime Balmes, “no es tolerante quien no tolera la intolerancia”. ¿Y tú, toleras la intolerancia?

¿Toleras la intolerancia?

Antes de entrar de lleno en este tema, me gustaría sugerir un sencillo ejercicio que propone Pablo Morano, experto en crecimiento personal. Este guía aporta una serie de preguntas que pueden darnos una estimación real del lugar en el que nos encontraríamos en una supuesta escala de tolerancia.

¿Eres de esas personas que rechazan lo distinto? ¿Descalificas a las primeras de cambio ideas ajenas, peregrinas o no, incluso llegando a ningunearlas? ¿Eres de los que se molesta porque gentes con opiniones diferentes a las tuyas tengan más oportunidades de expresarlas? ¿Consideras que todo el mundo debería pensar como tú?

Si has contestado afirmativamente a alguna de estas preguntas, considera que mantienes algún grado de intolerancia. Hablamos de grados porque lo normal es que, si dibujamos un segmento delimitado por “tolerancia” e “intolerancia”, todos nos situemos en algún punto de él. Es decir, no todas estas cuestiones se contestarían hacia el mismo polo o con la misma seguridad. Así, todos podemos tener grados mayores o menores de tolerancia o intolerancia según la circunstancia y personalidad.

“Es la tolerancia fuente de paz y la intolerancia fuente de desorden y pelea”
-Pierre Bayle-

Descubre actitudes comunes en las personas intolerantes

Con independencia de otras características personales, existen actitudes comunes en las personas intolerantes. Es decir, que en mayor o menor grado, encontrarás ciertas disposiciones que siempre van a ir unidas a su forma inflexible de pensar. Veamos los más llamativos e identificables.

El fanatismo

Por lo general una persona intolerante muestra fanatismo a la hora de defender sus creencias y posturas. A nivel político, religioso, espiritual, etc., suele ser incapaz de discutir o conversar sin adoptar pensamientos extremistas, creyendo que su visión es la única válida. De hecho, tratará de ejercer su hegemonía sobre los demás y su forma de ver el mundo.

Rigidez psicológica

Las personas intolerantes muestran cierto temor a cuanto es diferente. Es decir, son rígidos en su psicología, por lo que les cuesta aceptar que otras personas tengan visiones y filosofías distintas. Así pues, marca diferencias y distancias con lo que no coincide con su manera de pensar, no lo acepta e incluso le produce ansiedad.

Suelen mostrar amplios conocimientos no reales en cualquier materia

El intolerante siente que se ha de defender las personas que son o piensan diferente. Así pues, crean o inventan, dándoles carácter de realidad, teorías y conocimientos en materias sobre las que no tienen conocimiento. De esta forma no aceptan ni escuchan otros puntos de vista que no sean los suyos, y consideran que su actitud cerrada está justificada. Incluso pueden recurrir a la burla o a la agresividad si se ven cercados y sin argumentos.

Su mundo es más simple y carente de matices

Un ser humano intolerante tiene en realidad un mundo más simple. Es decir, no escuchan, por lo que no se abren a otras posturas y formas de pensar. Así pues, su mundo es blanco o negro. Formas de pensar como “estás conmigo o contra mí”, “es feo o bonito”, “es erróneo o certero”, sin percatarse de que puede haber una escala de grises. Necesitan seguridades y certezas, aunque no sean reales.

Son fieles a la rutina

En general, todo lo que pueda ser imprevisto o espontáneo no les suele gustar. Se aferran a sus rutinas, algo que ya conocen y les ofrece seguridad y tranquilidad. De lo contrario, se estresan o frustran con suma facilidad.

Sus relaciones sociales pueden ser complejas

La falta de capacidad empática de un intolerante le puede granjear serios problemas sociales. Necesitan corregir, dominar e imponer siempre su punto de vista. Ello les lleva a rodearse de personas pasivas o con baja autoestima. Con las demás, su interacción acaba por ser imposible o muy compleja.

Suelen mostrar un alto nivel de celos

Un intolerante difícilmente aceptará el éxito de otra persona que no sea él, porque esa persona siempre será en algún grado diferente y, por lo tanto, en algún grado equivocada. Es más, si ese individuo tiene una forma de ver el mundo más abierta y tolerante, le producirá una honda inquietud y malestar. Aumentarán sus niveles de ansiedad, ya que es algo incorrecto desde su punto de vista, siendo un posible origen para los celos.

“El enemigo no es el fundamentalismo, sino la intolerancia”
-Stephen Jay Gould-

Estas son actitudes comunes en las personas intolerantes que se suelen presentar en mayor o menor medida. ¿Encuentras alguna de la que te sientas aquejado? Si es así, ponle freno sin dudarlo, serás más feliz y tus posibilidades de enriquecimiento personal se multiplicarán.

Pedro González Núñez

viernes, mayo 19, 2017

Existe una gran diferencia entre rendirse y saber cuándo es suficiente

Hay historias, relaciones y vínculos que ya no dan más de sí. Son como una cuerda que se ha tensado demasiado, como una cometa que quiere escaparse y no podemos sujetar, como un tren que debe partir a su hora y no podemos detener. Dejarlos ir no es ni mucho menos un acto de cobardía o de rendición, porque saber cuándo algo es suficiente es todo un acto de valentía.



Si hay algo para lo que no estamos preparados es para alejarnos de las personas significativas o para dejar de invertir tiempo y energías en un proyecto, en una ocupación o dinámica que hasta no hace mucho, era importante para nosotros. Decimos que “no estamos preparados” porque nuestro cerebro es muy resistente al cambio, porque para este órgano maravilloso y sofisticado toda ruptura con la rutina o el hábito supone un salto al vacío que genera miedos.

¡Es suficiente!-gritó el corazón- Y por una vez, él y el cerebro se pusieron de acuerdo en algo

Esta inclinación suya por mantenernos siempre en los mismos espacios, en las mismas ocupaciones y en compañía de las mismas personas, hace que nos sea tan complicado traspasar los límites de nuestra zona de confort. Este apego casi obsesivo a lo conocido provoca en nosotros que nos digamos cosas como “mejor aguanto un poco más” o “voy a esperar un poco más a ver si las cosas cambian”.

Sin embargo, si hay algo en lo que ya estamos doctorados es en saber que hay determinados cambios que no llegan nunca, y que aveces aguantar un poco más supone esperar demasiado. Nos han educado en la clásica e injustificable idea de que “lo que no te mata, te hace más fuerte” y en que quien abandona algo o a alguien lo hace porque se rinde y su fuerza de voluntad se doblega.

Ahora bien, más allá del “problema”, lo que hay es una infelicidad rotunda y aplastante. Tan física que, sencillamente, nos quita el aire y la vida. Dejar a un lado estas situaciones, al menos por un tiempo, es sin duda todo un acto de valentía y de salud.

Saber cuándo es suficiente no siempre es fácil

Cuando tropezamos, nos caemos y nos herimos, no dudamos en curarnos de inmediato y en comprender que es mejor evitar esa parte de la acera porque es peligrosa. ¿Por qué no hacemos lo mismo con nuestras relaciones y con cada uno de esos ámbitos donde también experimentamos dolor o sufrimiento? Esta pregunta sencilla tiene una respuesta que encierra matices tan complejos como delicados.

En primer lugar, y por mucho que nos digan, en la vida no hay aceras con agujeros ni caminos llenos de piedras. Sabemos que este tipo de metáforas son muy manidas, pero el problema está en que los peligros, en la vida real, nunca se pueden identificar con tanta precisión. Las personas no llevamos un cartel en el que advirtamos de cómo somos, cómo amamos o qué intenciones tenemos. En segundo lugar, cabe recordar que somos criaturas con múltiples necesidades: de apego, de afiliación, de comunidad, de ocio, de sexualidad, amistad, trabajo… Finalmente está el cambio: las personas somos dinámicas por naturaleza, mutantes.

Estas variables hacen que nos veamos obligados a hacer auténticos “saltos al vacío” para probar, para experimentar e incluso para sobrevivir. Así, en ocasiones hasta ofrecemos segundas y terceras oportunidades a las personas menos adecuadas porque nuestro cerebro es pro-social, y siempre dará más valor a la conexión que a la distancia, a lo conocido que a lo desconocido.

Todo ello nos ayuda a comprender por qué nos cuesta tanto dilucidar cuándo algo ha sobrepasado el límite, cuándo los costes superan por mucho a los beneficios y cuándo la propia mente actúa como nuestro auténtico enemigo al susurrarnos una y otra vez aquello de “no te rindas, no te dejes vencer”. Sin embargo, es necesario integrar en nuestro cerebro algo básico y esencial: quien deja a un lado algo que es nocivo y que nos ofrece infelicidad no se rinde, SOBREVIVE.

Aprende a descubrir tu “punto dulce”

Hallar nuestro “punto dulce” es algo así como encontrar nuestro propio equilibrio, nuestra homeostasis psicológica y emocional. Se trataría de saber en todo momento qué es lo más óptimo y adecuado para nosotros mismos. Cabe decir, eso sí, que esta habilidad no está relacionada con la intuición, sino con un auto-aprendizaje objetivo y meticulosamente adquirido a través de la experiencia, la observación y a través de esa inferencia de la propia vida donde uno debe aprender de sus errores y de sus aciertos.

“Nada es suficiente para quien lo suficiente es poco”
-Epicurio-

El “punto dulce” es además ese estado donde cada cosa que obtenemos, que hacemos y en lo que invertimos tiempo y energía, nos beneficia y nos satisface. Sin embargo, en el momento en que asoma la sombra del estrés, de la ofuscación, el miedo, las lágrimas o el agotamiento extremo, habremos dado paso al “punto amargo”: una zona poco saludable de la que debemos salir cuanto antes.

Cabe decir que esta sencilla estrategia puede aplicarse en cualquier ámbito de nuestra existencia. Hallar ese punto dulce es un acto de sabiduría y una herramienta personal con la que recordar que todo en esta vida tiene un límite, que saber cuándo algo es suficiente no equivale a rendirse sino a entender dónde están nuestros límites. Hablamos de ese ecuador que separa la felicidad de la infelicidad, la amargura de las oportunidades.

Empecemos a integrar ese punto dulce en nuestra cotidianidad para ganar en calidad de vida.

Valeria Sabater