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domingo, mayo 20, 2018

10 consejos para simplificar la vida y tener más tiempo libre

Simplificar la vida reporta numerosos beneficios. Si lo piensas, muchas veces los días se nos van en actividades intrascendentes o poco gratificantes. Esto no debería ocurrir. Nuestro tiempo es valioso y es necesario aprovecharlo al máximo.

 
 
Nos involucramos tanto en nuestras obligaciones que a veces olvidamos esos placeres sencillos a los que no tenemos acceso por falta de tiempo. Vivimos pendientes del reloj y las ocupaciones. No caemos en la cuenta de que tal vez una vida más simple sea la respuesta a nuestras preocupaciones.

… “la sencillez es el mejor encanto de todo poder”.
-Louisa May Alcott-

Para simplificar la vida basta con hacer mayor uso de nuestro sentido común. Ahorrar tiempo donde y dedicarlo a aquello que lo merece. Para apoyarte en ese objetivo, te proponemos 10 soluciones que podrían servirte.
 
Consejos para simplificar la vida en el hogar

Hay un par de consejos que te van a ahorrar parte del tiempo dedicado a la limpieza de la casa. Buena parte de simplificar la vida tiene que ver con no tener que invertir tiempo, ni esfuerzo, ni atención a realizar esas actividades domésticas que a veces absorben tanta energía.

Para que el piso esté limpio por más tiempo, nada mejor que evitar ensuciarlo. Y la mejor manera de no hacerlo es dejando los zapatos a la entrada. Es una costumbre antigua, que aún se mantiene en algunos lugares. La verdad es que es muy práctica. Adicionalmente, caminar descalzos o en medias es sumamente relajante y contribuye a la salud de los pies.

El otro consejo es comer siempre sobre una bandeja. Es muy fácil que las migajas o algunos restos de los alimentos queden volando por ahí. Siempre es mucho más sencillo limpiar una bandeja que una zona de la casa. Esto va a simplificar la vida en el hogar.
 
Un estilo de vida más sencillo

Es importante revalorizar esos lapsos de vida que pasamos en el hogar. Si vivimos solos, porque ese es el espacio en donde podemos centrarnos de nuevo. Si vivimos acompañados, porque es el territorio del encuentro. Simplificar la vida es más eficaz cuando se le da valor a esos tiempos en casa.

La primera manera de hacerlo es desconectar, tanto como sea posible, de todos los aparatos de comunicación. Esto incluye televisión, teléfonos y ordenadores. Mejor reservar tiempo para conversar, para leer o simplemente para descansar de verdad.

Otro consejo útil para simplificar la vida es el de hacer una evaluación semanal para establecer si los procedimientos de trabajo son suficientemente funcionales o no. ¿Qué actividades deben ser suprimidas o realizadas en mínimo tiempo? ¿Cómo se pueden optimizar los métodos para que las tareas sean más fluidas?
 
Las finanzas claras simplifican la vida

El dinero es un asunto que muchas veces roba nuestra atención, nuestro tiempo y nuestra energía. Nada mejor para simplificar la vida que tener siempre las cuentas claras. Esto supone clarificar las finanzas. El presupuesto mensual por escrito no es un lujo, sino una necesidad. La vida se vuelve mucho más organizada y tranquila cuando sabemos con qué contamos y tomamos el control.

Así mismo, es fundamental mantener como prioridad el pago de las deudas. Son un tema que puede llevar a un enorme desgaste emocional. Es importante contar con un plan de acción para pagar lo que debemos, ojalá a corto plazo.
 
Sencillez para preservar la salud

A menos que tu trabajo te demande un manejo de imagen exigente, no tienes por qué obsesionarte con ir al gimnasio todos los días o con tu apariencia. Salir a correr o a caminar media hora no te cuesta nada y te hace mucho más agradable la vida.

También es conveniente aprender alguna técnica de relajación o familiarizarte con prácticas como el yoga. En lugar de luchar contra el insomnio o contra el estrés con pastillas o a puro aguante, este tipo de estrategias y actividades son una buena alternativa. Más eficaces a largo plazo y más satisfactorios al instante.
 
La vida personal también puede ser más simple

El mejor consejo para simplificar la vida persona es olvidarte por completo de cambiar a las demás personas y al mundo. Concéntrate solo en los cambios que puedes realizar en ti mismo. Preocúpate por poner el ejemplo, si quieres que todo sea mejor. Nada, ni nadie, va a cambiar simplemente porque a ti no te gusta.

Además, es importante hacer un retiro una vez al año. Irte un par de días a un lugar alejado de todo lo que es habitual para ti. Esto oxigena, relaja y te ayuda a detectar aquello que no anda bien, lo que se puede reforzar y lo que se puede mejorar.

Si logras simplificar tu vida vas a ganar mucho. Lo primero, tranquilidad. Cuando alcanzamos esa estabilidad interna todo comienza a volverse más sencillo y viable. La vida es una sola y es mejor cuidarnos de no desperdiciarla en aquello que no vale la pena.

Edith Sánchez

sábado, mayo 19, 2018

De todo se sale: con una sonrisa, un portazo o sin mirar atrás

La mayoría de las veces no tenemos un salvavidas para cada naufragio ni un paracaídas para cada salto al vacío. Sin embargo, de todo se sale. A veces con una sonrisa, otras con un portazo y sin mirar atrás. Porque aunque no tengamos una pomada para curar cada error o una brújula que nos marque siempre el mejor camino, tarde o temprano lo hacemos: salimos adelante con la cabeza bien alta.

 
 
Puede que este razonamiento nos suene a un eslogan más de la psicología positiva. Uno de esos que defienden el lema de “si quieres, puedes”, acompañado de una cara amarilla sonriente. Bien, cabe señalar que este enfoque psicológico es mucho más que un simple lema con poco sentido. De hecho, podemos reconocer una evolución desde que Martin Seligman asentara sus bases teóricas y científicas allá por los años 90.

La psicología positiva actual vive una segunda ola. Esa donde se valora un aspecto clave: nuestra capacidad para transformarnos. Para lograrlo, debemos entender lo complejas que son las experiencias emocionales, ahí donde no siempre es fácil separar lo positivo de lo negativo. Para sobrevivir, para superar cualquier adversidad, hay que saber convivir con todo ese abanico de sentimientos, a menudo desafiantes, pero también complementarios e integrantes de un equilibrio que autorregular con eficacia.
 
“Enfrentarse, enfrentarse siempre… ¡Ese es el único modo de superar los problemas!”
-Joseph Conrad-

Pero, ¿dónde está la salida?

Puede que tu problema se solucione con un avión: poniendo distancia, cambiando de aires, de mapas, de piel, de escenarios conocidos. O tal vez no sea esto, tal vez lo que necesites es decir en voz alta eso que llevas tanto tiempo callando. Expresarte con claridad y cerrar esa etapa de tu vida con una sonrisa o con un portazo. Ahora bien, también puede ocurrir que aquello que necesitas ya lo tengas, y solo te haga falta darte cuenta de ello.

Sea cual sea tu situación personal, tu agujero negro o dificultad, solo debes saber una cosa. De todo se sale, siempre y cuando, eso sí, tengas la mirada puesta en la propia “salida” y no en el laberinto del problema. Porque, lo creamos o no, eso es algo que hacemos la mayoría. Así, cuando la adversidad nos visita y nos atrapa en su tejido de imprevistos e injusticias, a menudo nos enfocarnos solo en lo que duele, en lo que indigna, en lo que amenaza… Miramos cara a cara al miedo, pero nunca por encima de él.

Todo problema tiene una frontera e ir más allá nos permitirá respirar, alejar esa sensación de ahogo. Y entonces, atisbar un plan de escape. ¿Pero lo hacemos? La verdad es que muchas veces no, y esa es una cuenta elevada que pagamos de manera repetida. Porque la adversidad paraliza y estamos poco acostumbrados (mal entrenados) a lidiar con las emociones negativas. No las toleramos. La psicología positiva, en esa segunda ola que vive en la actualidad, enfatiza en cambio la importancia de no agotar nuestros recursos encapsulándolas. Si logramos aceptar las emociones negativas en lugar de pelear con ellas, avanzaremos.

De todo se sale, pero… ¿dónde está la salida? La salida está justo ahí, por encima del horizonte del miedo.
 
Lecciones sobre la adversidad

En los últimos años, no solo la psicología positiva está experimentando un interesante avance. Cada vez tenemos a nuestra disposición más trabajos y artículos enfocados en lo que se conoce como psicología del crecimiento postraumático. Esta corriente incide en que, aunque de todo se sale, no emergeremos de ese túnel siendo los mismos. Todo proceso implica un cambio y todo cambio significa pérdidas e incorporaciones, en definitiva, transformaciones.

Las lecciones sobre la adversidad nos dicen que tal vez perdamos un pedacito de nuestra inocencia. De nuestra capacidad de confianza, de nuestra espontaneidad de antaño… Nos desprenderemos de ciertas cosas en ese proceso de salida y quedarán heridas, no hay duda. Sin embargo, como señala el poeta y arquitecto Joan Margarit, una herida es también un lugar donde vivir. Lo es porque emerge de nosotros una fuerza creativa sin igual, hallamos recursos que no sabíamos que teníamos y creamos además, una visión de nosotros mismos más satisfactoria.

De todo se sale si trazamos un plan de escape. De todo se sale si tomamos conciencia de que ya no volveremos a ser los mismos: seremos más fuertes. Entenderlo, hacer nuestros estos principios nos ayudará sin duda en este viaje vital donde comprender en primer lugar que nadie es ajeno ni inmune a la adversidad. Y en segundo, que todos tenemos el potencial para poner en funcionamiento lo que se conoce como crecimiento postraumático.

El propio Martin Seligman nos lo recuerda en su trabajo sobre el 11-S. Algo que pudo ver en una buena parte de las personas que habían sobrevivido al ataque terrorista era su capacidad de resiliencia. A menudo, los acontecimientos más duros pueden actuar como agentes catalizadores para los cambios más positivos. Nos confieren una mirada más humilde, mayor templanza, resistencia psicológica, aceptación de la propia vulnerabilidad y una filosofía de vida más íntegra y valiosa.

Para concluir, la fuerza de una persona no está ni mucho menos en la fuerza que tenga para resistir ciertas cosas. Nuestra fuerza se halla en nuestra indomable voluntad para transformarnos, para reconstruirnos una y otra vez.

Valeria Sabater

viernes, mayo 18, 2018

¿Cuánto tiempo necesito para crear un hábito?

¿Cómo podemos incorporar un hábito a nuestro repertorio de conductas? ¿Cuánto tiempo será necesario para desarrollarlo de forma natural? ¿Todas las acciones pueden ser adquiridas como hábitos y con el mismo tiempo de entrenamiento? En este artículo resolvemos todas tus dudas sobre lo que necesitas para crear un hábito.

 
 
Todos deseamos incorporar en nuestro día a día rutinas que nos permitan llevar una vida más saludable, como, por ejemplo, dejar de fumar, comer de forma sana, hacer ejercicio de forma regular, etc. ¿Pero qué ocurre en nuestro proceso de intentarlo? En muchos casos perdemos la motivación a los pocos días y dejamos de intentarlo.

Crear un hábito supone un esfuerzo. Supone hacer que nuestro cuerpo o nuestro ritmo de vida se adapte a nuevas rutinas que antes eran desconocidas. Por ello, la clave para crear un hábito será la constancia y la perseverancia. Ellas serán las que se enfrenten a la tentación de abandonar.

Cuando logramos que la conducta esté incorporada en nuestro repertorio habitual, resulta más fácil llevarla a cabo y la realizamos de forma más natural. El primer paso entonces será definir bien qué quiero conseguir, si es algo que deseo y me siento motivado, el primer paso será mucho más sencillo para comenzar.
 
“La diferencia entre lo posible y lo imposible reside en la determinación”.
-Tommy Lasorda-

¿Cuánto tiempo cuesta crear un hábito?

En 1960, el cirujano plástico Maxwell Maltz, definió la duración de 21 días para crear un hábito. Posteriormente se ha visto que las neuronas no son capaces de asimilar de forma completa un nuevo comportamiento en este tiempo y corremos el riesgo de abandonar de forma prematura solo con 21 días de entrenamiento.
 
“La plasticidad cerebral ha demostrado que el cerebro es una esponja, moldeable, y que continuamente vamos reconfigurando nuestro mapa cerebral”.
-Patricia Ramírez-

En estudios posteriores realizados por la University College de Londres descubrieron que, como media, en realidad son necesarios 66 días para incorporar una nueva conducta en nuestra rutina y hacer que se mantenga. También descubrieron que dejar un día de seguir la conducta no es perjudicial para el objetivo a largo plazo.

Crear un hábito hace necesario la práctica rutinaria al principio (constante/frecuente) para hacer que algunos procesos del hábito se automaticen y necesitemos menos esfuerzo para llevarlo a cabo. El tiempo de práctica variará según la conducta que queramos adquirir y lo familiar que resulte para nosotros. Algo totalmente nuevo y muy alejado de nuestra rutina habitual quizás requiera más tiempo de práctica que por el contrario, adquirir un hábito cercano y sencillo para nosotros.
 
¿Cuáles son los ingredientes para mantener un hábito?

Lo primero que debemos hacer es generar un plan de acción, y esto supone crear metas a corto, medio y largo plazo para hacer que no desistamos a la primera de cambio y seguir perseverando al ver que vamos cumpliendo aquello que nos proponemos. El plan debe incluir también la definición del momento del día en el que realizaré aquello que quiero. Los planes bien definidos y organizados permiten un seguimiento mucho más fácil.

¿Por qué queremos adquirir ese hábito? Dibujar nuestro futuro consiguiéndolo o ver aquello positivo que obtendremos de la nueva conducta hace que nos mantengamos motivados y no perdamos la ilusión que en un principio hizo que nos decidiéramos. Tener estos objetivos a la vista también hace más fácil la práctica diaria.

No dejarnos vencer a la autoprocastinación, es decir, no dejar para mañana lo que puedes empezar hoy. Cuanto antes empieces, antes lograrás aquello que quieres conseguir. Crear un hábito requiere una disciplina y trabajo constante, a lo que podemos hacer frente si realmente deseamos y nos sentimos apasionados con lo que podemos conseguir. ¡Adelante con tus nuevos hábitos!

Adriana Díez

jueves, mayo 17, 2018

Qué hacer cuando te duele que el otro sea feliz

Nadie se atreve a reconocerlo en voz alta, pero ocurre con mucha frecuencia: no nos alegramos de que el otro sea feliz. Ese otro puede ser la pareja, un amigo de infancia, e incluso un hijo. Todos los vínculos humanos son susceptibles de generar ese tipo de sentimiento.

 
 
Se supone que cuando queremos realmente a alguien, sus tristezas son nuestras tristezas y sus alegrías las nuestras. Eso dice la teoría y el acuerdo no escrito de lo políticamente correcto. Pero en la práctica no siempre esto sucede. Siempre quisiéramos tener la grandeza para alegrarnos de que el otro sea feliz, pero a veces sucede todo lo contrario.

“Nuestra envidia dura siempre más que la dicha de aquellos que envidiamos”.
-François de La Rochefoucauld-

La mayoría de las veces no somos capaces de admitirlo a viva voz. Simplemente exclamamos unas felicitaciones tibias, mientras sentimos que por dentro algo se retuerce. O llegamos incluso a tratar de minimizar su logro, poniéndole un “pero”, o un “cuidado no es lo que crees”. En el fondo sabemos que su triunfo nos genera una cierta frustración. ¿Qué pasa ahí? ¿Cómo podemos manejarlo?
 
Cuando nos duele que el otro sea feliz

No siempre nos duele que el otro sea feliz. A veces, sí podemos experimentar una dicha enorme por el éxito ajeno. Es un sentimiento maravilloso que nos engrandece y engrandece la relación. ¿Por qué, entonces, en otras ocasiones se abre paso esa molesta sombra de la envidia?

Digamos primero que todos somos seres humanos y que, por lo mismo, estamos sujetos a experimentar cualquier clase de sentimiento, bueno o malo. No son privilegio de unos pocos. Todos los tenemos alguna vez, en mayor o menor medida. Así que no es para enorgullecerse, pero tampoco para fustigarse, el hecho de que sintamos envidia por alguien querido.

Nos duele que el otro sea feliz porque nosotros no estamos bien. Tal vez hemos trabajado por conseguir un éxito análogo. El otro lo logró y nosotros no. Lo valoramos, pero no podemos evitar que nos recuerde nuestro deseo insatisfecho. Sin quererlo, comparamos su felicidad con nuestra tristeza y decidimos que hay algo injusto en ello. Es algo que sentimos mucho, pero pensamos poco.
 
El otro no es un espejo

Todo esto nos sucede cuando vemos al otro como si fuera un reflejo de nosotros mismos. En otras palabras, cuando lo percibimos como si todo lo suyo fuera igual a lo nuestro. Dejamos de lado el contexto en el cual se produjo su logro y nos enfocamos solo en el resultado que consiguió. Un resultado que también hubiéramos deseado para nosotros.

La clave está en ampliar esa perspectiva. No fijarnos solo en lo que esa persona consiguió, sino examinar todo lo que tuvo que hacer por ello y todo lo que le falta también por obtener. Es una manera de humanizar la situación y de encontrar esos elementos que nos diferencian.

Cuando vemos al otro como si fuera nuestro espejo, hacemos una proyección narcisista sobre él. Ahí es cuando nuestro ego sale herido y nos duele que el otro sea feliz. En cambio, cuando decidimos mirarlo como alguien independiente de nosotros, llegamos a comprender su mérito. Y nos alegramos por él.
 
Aprende de la situación y madura

Que sientas envidia de alguien querido es algo normal. No te hace mala persona, ni mezquino. Lo que sí debes evitar es dejar que ese sentimiento comience a crecer y alimentarlo con suspicacias o resentimientos. Eso no sirve para nada y, en cambio, hace mella en el vínculo con otra persona de quien puedes aprender mucho.

Es hora de crecer. Hay cosas que deseamos fervientemente y jamás obtenemos. Hay cosas que deseamos y que solo obtenemos después de grandes esfuerzos. También las hay que llegan a nosotros mucho más fácilmente de lo que pensábamos. Exactamente lo mismo le ocurre a los demás. Lo que sí cambia es que a veces ocurre en momentos diferentes, o que no se da en la misma proporción.

Cuando te duele que el otro sea feliz estás descentrándote. Juzgando lo tuyo a partir de lo ajeno. Es un gran error. La evolución de cada persona es completamente particular y no tiene nada que ver con la de los demás. Son diferentes y están en circunstancias diferentes. Por lo tanto, los resultados que obtienen también son disímiles.

La envidia se quita identificándola y aceptándola. Es decir, reconociendo, con generosidad, que el otro merece lo que obtuvo y que el amor debe imponerse sobre esas pequeñas mezquindades.

Edith Sánchez

miércoles, mayo 16, 2018

Miedo al cambio: ¿cómo arriesgarse?

Si tienes miedo al cambio y eso ha supuesto un obstáculo en tu vida, no creas que eres al único al que le pasa. Es más común de lo que piensas y tiene una razón de ser. El miedo al cambio puede resultar útil en algunas situaciones, mientras que en otras puede llegar a paralizarnos. Profundicemos.

 
 
El miedo al cambio es un sentimiento que puede sernos útil para adaptarnos a una situación, pero también puede convertirse en un obstáculo. Es algo que hemos aprendido de nuestras vivencias, de nuestros padres, maestros, amigos e incluso de la cultura al completo.

Podemos encontrar dichos populares que nos advierten que hemos de ser cautelosos al tomar la decisión de hacer un cambio. Por ejemplo, “Más vale malo conocido que bueno por conocer“. En el buen sentido, este dicho nos advierte de los posibles riesgos de los cambios. Sin embargo, si se toma al pie de la letra puede llegar a limitarnos porque evitaremos cambiar incluso cuando sea necesario.

Así, tenemos miedo al cambio porque lo vemos como un riesgo y debido a ello, optamos por mantenernos en lo malo, en lo incómodo pero conocido, antes de asumir el riesgo que implica cambiar y enfrentarnos a lo desconocido. De esta forma, nos mantenemos en nuestra zona de confort.

La zona de confort

La zona de confort es ese lugar o ese estado mental en el que aparentemente nos sentimos cómodos y seguros. Esto se debe a que es un estado conocido, por lo que sabemos qué podemos esperar de él. La zona de confort puede referirse también a un lugar físico, pero siempre va de la mano de esa sensación de seguridad y comodidad mental, que no implica bienestar necesariamente.

Ahora bien, esta zona no es en sí negativa. Lo que puede llegar a ser negativo y perjudicial es mantenerse en ella sabiendo que no es útil, que no nos impulsa a crecer ni a sentirnos bien. Por lo tanto, si se convierte en un lastre que nos ancla y que limita nuestro crecimiento es mejor que la cuestionemos.

¿Cómo hacerlo? En primer lugar, reflexionando sobre los motivos de nuestro comportamiento y sobre todo, de qué queremos conseguir con él. ¿Estamos ahí por costumbre o tal vez por necesidad? ¿Es miedo, comodidad o quizás esa sensación de sentirse a salvo?

Al no realizar ningún cambio, puede parecer que los riesgos disminuyen. Pero no siempre es así, permanecer como estamos también implica el riesgo de no llegar a ser nunca felices o de no seguir creciendo. Dar un paso asusta, incluso aterroriza a veces, pero por el simple hecho de tomar riesgos y afrontar lo desconocido.
 
Miedo al cambio

¿Por qué aterra tanto el cambio? ¿Cuántas veces hemos rechazado propuestas para evitar correr riesgos? Probablemente muchas y en casi todos los ámbitos de nuestra vida.

A veces tomamos la decisión de mantener situaciones en las que no nos sentimos a gusto. Preferimos seguir ahí antes de enfrentar las posibles consecuencias negativas de un cambio, olvidando por otro lado, las positivas. Todo esto a costa de nuestra felicidad.

Ser precavidos es una actitud positiva y beneficiosa. Nos mantiene a salvo en muchas situaciones. El que no arriesga, ni gana ni pierde. En otras palabras, nos mantenemos en esa normalidad que hemos creado. Sin embargo, la vida es un constante cambio y a veces, hay que tomar ciertos riesgos para crecer a nivel personal, profesional, económicamente o como pareja.

El cambio nos da miedo porque viene cargado de incertidumbre, de esa sensación en la que es imposible predecir resultados y consecuencias. Puede que sea positivo, pero también puede que no lo sea tanto. La cuestión está en que hay momentos en los que se hace necesario tomar ciertos riesgos. No siempre es tan malo.

¿Cómo enfrentar los riesgos del cambio?

Esta es una pregunta que puede ser difícil. No existe una fórmula secreta para dar respuesta. Todo cambio implica múltiples variables, de las cuales no todas dependen de uno mismo. Este es un aspecto que tenemos que tener muy claro, pero no debemos dejarnos asustar por él.
Si nos planteamos hacer un cambio en nuestra vida, es muy importante tener claro los motivos de llevarlo a cabo. Porque si tenemos claros los por qué y para qué de nuestra decisión, la mitad del camino ya lo tenemos recorrido.

Puede que nos dé miedo a cambiar, es algo totalmente válido. De hecho, el miedo es una emoción que nos advierte de que algo puede ser peligroso. Hay que escucharlo para descifrar qué quiere decirnos y a la misma vez escucharnos a nosotros.

Un buen ejercicio es ponerle un nombre a ese miedo, un rostro. Una vez hecho esto, será más fácil saber en qué terreno estamos pisando. Y esto, junto a las respuestas a nuestros por qué y para qué, nos dará la fuerza necesaria para hacer frente al cambio.
 
Arriesgarse para crecer

Con esto no queremos decir que vayamos por la vida tomando todos los riesgos que se nos presenten, sino que en el momento en el que sintamos que algo no marcha bien en algún aspecto de nuestras vidas, tomemos el riesgo de generar un cambio.

Ser precavido al momento de tomar decisiones que impliquen un cambio, tal como lo indica ese dicho popular, es válido. Pero no quedarse estancado en una situación en la que no nos sentimos cómodos o no nos aporta ningún crecimiento.

A veces no es cuestión de hacer un cambio enorme, quizás solo sean pequeños detalles que poco a poco marcarán la diferencia. Lo importante es percatarse de ello, cultivar esa fuerza necesaria para avanzar y comenzar a ser valientes. Somos los únicos responsables de nuestra felicidad y de nosotros depende recorrer uno u otro camino.
 
Daniela Alós

martes, mayo 15, 2018

7 frases sobre la ira que debes tener presentes

Siempre es importante tener a mano algunas frases sobre la ira para que nos recuerden todo el daño que esta emoción puede llegar a provocar. Tampoco podríamos decir que jamás debiéramos enfadarnos, ya que eso es imposible. Peor lo que sí es posible es no dejarnos llevar por el impulso de la ira y evitar así que esta nos invada. 


 
Casi todas las frases sobre la ira nos llaman precisamente a eso, a no a dejar de experimentarla, pero a no permitir que tome el control y se apodere de nosotros. Las consecuencias suelen ser muy negativas.

“La ira es una elección y un hábito. Es una reacción aprendida ante la frustración y a resultas de la cual te comportas como preferirías no hacerlo. De hecho, la ira profunda es una forma de locura. Se es loco cuando no se puede controlar el propio comportamiento”.
-Wayne Dyer-

Nuestros impulsos agresivos iniciales solo se abren camino ante una amenaza o una frustración directa. Es la crianza y la educación la que nos lleva a moderar esas reacciones para convertirlas en respuestas canalizadas. No obstante, a cualquier edad podemos aprender a procesarla. Estas son algunas de las frases sobre la ira que pueden ayudarnos en ese propósito.
 
Frases sobre la ira que nos llaman a esperar

Se ha dicho muchas veces y nunca sobra repetirlo: cuando tengas ira, no hables, no hagas nada. Esto se sabe desde siempre. Por eso una de las frases sobre la ira, que debemos tener en cuenta en ese sentido, la dijo Séneca hace varios siglos. Dice así: “Contra la ira, dilación”. Contundente. No hay mejor manera de eludir la ira que esperar antes de reaccionar.

Thomas Jefferson afirmó algo similar. Su frase indica: “Cuando estés molesto cuenta hasta diez antes de hablar. Si estas muy molesto, cuenta hasta cien”. Un magnífico consejo que funciona con la mayoría de los enfados.
 
La ira nos daña a nosotros mismos

Uno de los aspectos más desconcertantes de la ira es que pretende dañar a otro, pero termina haciéndonos daño a nosotros mismos de diversas maneras. Así nos lo recuerda Florence Scovel en una de sus frases: “La ira altera la visión, envenena la sangre: es la causa de enfermedades y de decisiones que conducen al desastre”.

Algo similar plantea Mark Twain cuando afirma: “La rabia es un ácido que puede hacer más daño en el recipiente en el que se almacena que en cualquier otra cosa en que se vierte”. La ira quema a quien la siente. Daña sus pensamientos y sus emociones. Descargarla sobre otro puede que lo afecte, pero en mayor medida nos afectará a nosotros mismos.
 
La ira nos limita

Laurent Gounelle escribió una sencilla, pero muy precisa frase sobre la ira. Dice: “La ira vuelve sordo, y la desesperación, ciego”. Tiene toda la razón. Cuando estamos airados nuestro cerebro deja de procesar la información. Nos volvemos sordos a los llamados de la razón.

Esto se ratifica en una de las frases del Dalai Lama sobre la ira. Señala lo siguiente: “El éxito y el fracaso dependen de la sabiduría y la inteligencia, que nunca pueden funcionar apropiadamente bajo la influencia de la ira”.

No podría ser más clara esa descripción. Bajo la influencia del enfado limitamos nuestra capacidad para ser asertivos y acertados. Olvidamos lo que sabemos y no razonamos correctamente. Bajo ese estado es imposible lograr buenos resultados. Todo lo contrario. En últimas, es como si intentáramos desahogarnos de la ira ahogándonos en ella.
 
La ira nace de la debilidad y la inferioridad

El Dalai Lama es uno de los pensadores que más se ha manifestado en contra de emociones como la ira. Otra de sus frases señala: “La ira nace del temor, y este de un sentimiento de debilidad o inferioridad. Si usted posee coraje o determinación, tendrá cada vez menos temor y en consecuencia se sentirá menos frustrado y enojado”.

Hay mucha riqueza en esa afirmación. Nos muestra que el precedente inmediato de la ira es el miedo. Es cuando alguien se siente en riesgo que aparece la rabia. El riesgo puede ser objetivo, o subjetivo. En todo caso, implica sentirse inferior y sin capacidad para enfrentar una amenaza.

Si hay una emoción sobre la que debemos trabajar esa es la ira. El objetivo es impedir que nos invada, induciéndonos a decir o hacer algo por impulso. Las consecuencias suelen ser muy dañinas. Y si adoptamos la costumbre de reaccionar agresivamente, con el tiempo el odio se apodera también de nosotros. Una vida así se torna solitaria y amarga.

Edith Sánchez

lunes, mayo 14, 2018

Debería ser obligatorio contar este cuento a todos los niños del mundo

El niño que pudo hacerlo es un cuento que debería ser contado a todos los niños del mundo. La razón es que transmite un potente mensaje: es esencial luchar por conseguir metas y objetivos propios, dejando a un lado a las voces que atentan contra la ilusión.

 
 
Esta adaptación de un cuento popular realizada por Eloy Moreno debería ser contada a todos los niños del mundo. Porque El niño que pudo hacerlo, es un cuento que empodera, que refleja la realidad de la vida en la constitución y nutrición de nuestros sueños.

El cuento se aleja del mensaje excesivamente optimista de “Si quieres, puedes”. Porque querer no siempre es poder y eso debe quedarnos claro desde la infancia para no caer en la prisión de la exigencia del imposible.

La capacidad de analizar de manera realista nuestras posibilidades es lo que construye de manera saludable nuestra autoestima, por eso es necesario que anticipemos el puedo al quiero y nos movamos solo por el onírico y mágico impulso del afán de superación.
No queremos niños que tengan que ser perfectos… porque no queremos cultivar la soberbia; queremos niños que se quieran y confíen en sí mismos y en su potencial; que sepan, en definitiva, que a ser ellos mismos nadie les ganará.

El cuento: El niño que pudo hacerlo

Dos niños llevaban toda la mañana patinando sobre un lago helado cuando, de pronto, el hielo se rompe y uno de ellos cae al agua. La corriente interna lo desplaza unos metros por debajo de la parte helada, por lo que, para salvarlo, la única opción era romper la capa que lo cubría.

Su amigo comenzó a gritar pidiendo ayuda, pero al ver que nadie acudía buscó rápidamente una piedra y comenzó a golpear el hielo con todas sus fuerzas.

Golpeó, golpeó y golpeó, hasta que consiguió abrir una grieta por la que metió el brazo para agarrar a su compañero y salvarlo. A los pocos minutos, avisados por los vecinos que habían oído los gritos de socorro, llegaron los bomberos. Cuando les contaron lo ocurrido, no paraban de preguntarse cómo aquel niño tan pequeño había sido capaz de romper una capa de hielo tan gruesa.

-Es imposible que con esas manos lo haya logrado, es imposible, no tiene la fuerza suficiente ¿cómo ha podido conseguirlo? -comentaban entre ellos.

Un anciano que estaba por los alrededores, al escuchar la conversación, se acercó a los bomberos.

-Yo sí sé cómo lo hizo -dijo.

-¿Cómo? -respondieron sorprendidos.

–No había nadie a su alrededor para decirle que no podía hacerlo.

Los niños, los sueños y nuestro papel en la construcción de su autoestima

A partir de dos grandes pilares nos desarrollamos y damos rienda suelta a nuestra capacidad de superación. Es decir, cuando somos pequeños, lo que los demás nos digan no solo supone un freno o una estimulación, sino que conforma nuestra identidad y la imagen que tenemos de nosotros mismos.

Como adultos tenemos un papel principal y esencial en la construcción de la autoestima de los pequeños. Por su parte, ellos son como esponjas y absorben con facilidad aquello que observan y aquellos mensajes que les transmitimos. Todos los niños están hechos de un material delicado, inocente, quebradizo, onírico, magnífico. Son mentes burbujeantes que transforman sus juegos en sueños por crear y aspiraciones por cumplir.
Cuando contemplamos a los niños tenemos que ser conscientes de eso, de que somos sus entrenadores, los responsables de sus ensueños, de sus ganas por vivir, de su autoestima y, en definitiva, de su construcción.

Como sabemos, los cuentos son una de las vías de comunicación con los niños por excelencia. A través de ellos les ayudamos a comprenderse, a manejarse en el mundo, a asumir valores y a crear nuevas experiencias. Este cuento transmite un mensaje que se traduce en la importancia de desarrollar una competencia indispensable para mantenernos en pie en la vida: la resiliencia.

Resiliencia entendida como fortaleza, persistencia ante las adversidades y manejo del diálogo interno. Es esencial que nos paremos a meditar lo importante que puede ser contar un cuento como este a un niño para asentar de manera sólida las bases de su castillo.

Mensajes como el de este cuento les ayudarán a entretejer sus alas de una manera especial y meditada y les apoyarán a la hora de experimentar con sus capacidades e intereses pero, sobre todo, les ayudarán a desarrollar de la manera adecuada estrategias de autogestión únicas.

Raquel Aldana