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sábado, octubre 21, 2017

¿Qué son las emociones?

Todos nos hemos preguntado alguna vez qué son las emociones. Podríamos definirlas como el “pegamento de la vida”, esa materia invisible pero intensa que nos conecta a los nuestros, que nos permite ser partícipes de la realidad, riéndola, admirándola, sorprendiéndonos ante sus maravillas y entristeciéndonos también con sus sinsabores.



Pocas condiciones desprenden tanto misterio como las emociones. Es verdad que forman parte de nuestra cultura, de nuestra educación, sexo o país de origen. Sin embargo, no es menos cierto que ya vienen integradas en nuestra base genética. Para demostrar esto último, las universidades de Durham y Lancaster (Inglaterra) realizaron un fascinante estudio donde pudo verse que los fetos ya expresan una pequeña variedad de emociones dentro del útero materno.

“Una emoción no causa dolor. La resistencia o supresión de una emoción es lo que verdaderamente causa dolor y sufrimiento”
-Frederick Dodson-

Mediante escáneres de ultrasonido pudimos descubrir cómo los bebés antes de nacer ya sonreían e incluso cómo demostraban expresiones asociadas al llanto. Todo ello nos demuestra que ya en ese universo plácido y silencioso como es el útero, el ser humano va “activando” y entrenándose en ese lenguaje instintivo y esencial que garantizará su supervivencia. La sonrisa le ayudará a demostrar bienestar y satisfacción, mientras que el llanto cumplirá la función de efectivo “sistema de alarma”: a través de él expresará sus necesidades más básicas.

Las emociones nos confieren humanidad, y aunque a menudo caemos en el error de clasificarlas en emociones negativas y positivas, todas ellas son necesarias y valiosas. Al fin y al cabo, cumplen una función adaptativa y nada puede ser tan importante como comprenderlas para usarlas de manera “inteligente” en nuestro beneficio.

¿Qué son las emociones?

Pablo está trabajando en su tesis. Al llegar a casa desde la Universidad acude hasta su habitación para seguir con la tarea. Se sienta ante el ordenador y abre un cajón para consultar unos documentos. Al hacerlo, ve que en el interior de ese cajón y justo sobre la carpeta que necesita hay una gran araña. Lo cierra de inmediato, aterrado. Al poco, nota cómo sube la temperatura de su cuerpo y su corazón se acelera. Le falta el oxígeno y tiene los pelos de la piel erizados.

Unos minutos después se dice que es una tontería, que debe continuar con su trabajo y no perder el tiempo. Vuelve a abrir el cajón y se da cuenta de que la araña no era tan grande como la había percibido, de hecho era más bien pequeña. Siente vergüenza por su temor irracional, coge la araña con un papel y la deja en el jardín exterior, satisfecho y riéndose de sí mismo.

Este sencillo ejemplo nos demuestra cómo en cuestión de unos pocos minutos somos capaces de experimentar un amplio abanico de emociones: miedo, vergüenza, satisfacción y diversión. A su vez, todas ellas han combinado tres dimensiones muy claras:
  • Unos sentimientos subjetivos: Pablo tiene miedo a las arañas y esa emoción le permite huir de ellas, protegerse.
  • Una serie de respuestas fisiológicas: corazón que se acelera, subida de la temperatura.
  • Un comportamiento expresivo o conductual: Pablo ha cerrado el cajón de inmediato al ver ese estímulo (la araña) que le da miedo.

Lo más complejo sobre el estudio de las emociones es que son muy difíciles de medir, describir o de predecir. Cada persona las experimenta de un modo, son entidades subjetivas muy particulares y exclusivas. No obstante, los científicos lo tienen mucho más fácil en lo que se refiere a la respuesta fisiológica, porque en este caso, y sin importar la edad, la raza o la cultura todos lo hacemos del mismo modo, ahí donde la adrenalina, por ejemplo, media en toda experiencia asociada al miedo, el pánico, el estrés o la necesidad de huida.

¿Por qué nos emocionamos?

Las emociones cumplen una finalidad muy concreta: permitir que nos adaptemos a lo que nos rodea para garantizar nuestra supervivencia. Esto mismo ya nos lo indicó Charles Darwin en su momento al demostrarnos que también los animales tenían y expresaban emociones, y que semejante don, les facilitaba a ellos y también a nosotros avanzar como especie y colaborar entre nosotros para lograr dicho propósito.

Darwin fue posiblemente una de las figuras que más acertó a la hora de explicarnos qué son las emociones y para qué sirven. Sin embargo, a lo largo de la historia nos encontramos con más nombres, más enfoques y más teorías orientadas a darnos más respuestas sobre este tema.

El libro de los ritos

El “Libro de los Ritos” es una enciclopedia china del siglo primero que todo el mundo debería ojear alguna vez. Forma parte del canon confuciano y aborda desde temas ceremoniales, sociales y sobre todo aspectos de la naturaleza humana. Si hacemos referencia a este libro es porque en él se nos explica también qué son las emociones. Aún más, en esta obra se nos describe ya cuáles son las emociones básicas: la alegría, la ira, la tristeza, el miedo, el amor y la repulsión.

La teoría de James-Lange

Estamos en el siglo XIX y William James junto al científico danés Carl Lange nos explicaron que las emociones dependen de dos factores: los cambios físicos que suceden en nuestro organismo ante un estímulo y la posterior interpretación que hagamos de ellos después.

Es decir, para estos autores la reacción fisiológica se desencadena antes de los pensamientos o sentimientos subjetivos. Algo que sin duda tiene matices y que nos ofrece sin duda una visión algo determinista.

Cuando digo controlar las emociones, quiero decir las emociones realmente estresantes e incapacitantes. Sentir emociones es lo que hace a nuestra vida rica
-Daniel Goleman-

El modelo Schacter-Singer

Nos vamos ahora a los años 60, a la prestigiosa Universidad de Yale, para conocer a dos científicos: Stanley Schacter y Jerome Singer. Ambos afinaron un poco más las teorías existentes hasta ese momento sobre qué son las emociones y dieron forma a su conocido e interesante modelo.

Schachter y Singer nos enseñaron que las emociones pueden aparecer, efectivamente, al interpretar las respuestas fisiológicas periféricas de nuestro cuerpo, tal y como nos explicaron William James y Carl Lange. Sin embargo, y aquí llega la novedad, también pueden darse a raíz de una evaluación cognitiva. Es decir, nuestros pensamientos y cogniciones pueden desencadenar también una respuesta orgánica y la posterior liberación de una serie de neurotransmisores que activarán una emoción determinada y una respuesta asociada.

Paul Ekman, el pionero en el estudio de las emociones

Si deseamos saber qué son las emociones tenemos que pasar casi de forma obligada por la obra de Paul Ekman. Cuando este psicólogo de la Universidad de San Francisco empezó a estudiar este tema, creía como la mayor parte de la comunidad científica que las emociones tenían un origen cultural.

No obstante, tras más de 40 años de estudios y análisis de gran parte de las culturas que conforman nuestro mundo, concluyó una tesis que Darwin ya enunció en su momento: las emociones básicas son innatas y resultado de nuestra evolución. De este modo, y dentro de su teoría, Ekman estableció que el ser humano se define por un conjunto de emociones básicas y universales en todos nosotros:
  • Alegría.
  • Ira.
  • Miedo.
  • Asco.
  • Sorpresa.
  • Tristeza.

Más tarde, y a finales de los años 90 amplio esta lista al estudiar más profundamente las expresiones faciales:
  • Culpa.
  • Bochorno.
  • Desprecio.
  • Complacencia.
  • Entusiasmo.
  • Orgullo.
  • Placer.
  • Temor.
  • Asco o repulsión.
  • Satisfacción.
  • Sorpresa.
  • Vergüenza.

La rueda de las emociones, de Robert Plutchik

La teoría de Robert Plutchik nos explica qué son las emociones desde un punto de vista más evolucionista. Este médico y psicólogo nos facilitó un interesante modelo en el que quedan bien identificadas y diferenciadas 8 emociones básicas. Todas ellas habrían garantizado nuestra supervivencia a lo largo de nuestra evolución. A ellas habría que sumar otras emociones secundarias e incluso terciarias, que habríamos ido desarrollando con el tiempo para adaptarnos mucho mejor a nuestros entornos.

Todo este interesante enfoque da forma a lo que se conoce ya como la “rueda de las emociones de Plutchik”. En ella podemos apreciar cómo las emociones varían en grado y en intensidad. Así, y como ejemplo, es interesante recordar que la ira es menos intensa que la furia. Comprenderlo nos ayudará a regular un poco mejor nuestras conductas.

Cómo alcanzar el bienestar emocional

Llegados a este punto hay un aspecto a considerar. No basta con saber qué son las emociones. No basta con saber qué neurotransmisor hay detrás de cada estado emocional, de cada reacción fisiológica o de cada sensación. Esto es como tener un manual de instrucciones sobre una máquina, pero no saber utilizarla a nuestro favor.

Es esencial trasformar el conocimiento teórico en conocimiento práctico. Gestionar nuestro universo emocional para favorecer nuestro bienestar, para potenciar la calidad de nuestras relaciones, de la productividad, la creatividad; en esencia, la calidad de nuestra de vida.
Si el fin último de las emociones tal y como nos dijo Darwin es facilitar nuestra adaptación, supervivencia y convivencia entre nosotros, aprendamos por tanto a hacerlas nuestras sin temerlas, sin esconderlas o disimularlas.

Así, un modo de lograr este aprendizaje sobre esta herramienta vital es iniciándonos en la Inteligencia Emocional. Todos hemos oído hablar de ella, todos hemos leído algún libro de Daniel Goleman y múltiples artículos relacionados con el tema. Sin embargo ¿aplicamos de verdad sus principales estrategias? Factores como la empatía, el reconocimiento de las propias emociones, la atención, la correcta comunicación, la asertividad, la tolerancia a la frustración, la positividad o la motivación son aspectos que no descuidar en ningún momento.

Puesto que ya sabemos qué son las emociones, hagamos de ellas el mejor canal para construir un auténtico bienestar, una felicidad real.

Valeria Sabater

viernes, octubre 20, 2017

Echar de menos no significa que desees que vuelva

Puedes echar de menos, puedes añorar todo lo vivido con una persona que amaste, puedes desear que esos recuerdos se repitan, volver a emocionarte o darle vueltas a varias preguntas: ¿por qué acabo todo?, ¿podría haber sido de otra forma?, ¿qué hubiera pasado si…? Sin embargo, esta nostalgia no tiene por qué significar que quieras la persona protagonista de este sentimiento regrese a tu lado.



Echar de menos puede resultar complicado, en ocasiones también puede ir acompañado de una punzada de dolor: gran parte de lo que encuentras en ese viaje mental al pasado lo recordamos con añoranza. Sin embargo, el final tuvo un motivo y mantener la distancia te ayuda a alejar la tentación de volver, porque en el fondo no quieres hacerlo.

Podemos echar de menos a la persona o a la historia que vivimos con ella, esto cambia mucho el sentido del recuerdo. A veces no deseamos que la persona regrese, sino que se repita el cuento, y esto no tiene por qué ocurrir con la misma persona. La historia y las sensaciones que vivimos pueden replicarse en parte, quizás ahora con otro compañero de viaje.

Hay personas que aparecen en nuestras vidas por un tiempo limitado, nos dan lo bueno y lo malo y ahí se acaba el sendero que caminamos juntos. Cuando echamos de menos es bueno recordar que la historia tiene dos lados, el nuestro seguirá estando y es gracias a ello que podremos seguir saboreando el sabor dulce de aquellos momentos que lo hacen especial.

Nunca vuelve quien se fue, aunque regrese

Aquí es cuando toma importancia la diferencia entre echar de menos a la persona o a los recuerdos. Cuando las historias acaban, acaban, y aunque queramos repetir lo mismo con la misma persona no va a ser igual, la gente madura, crece, se desarrolla y es por ello que no vuelve al mismo punto.

Volver a empezar con alguien que ya conoces, con quien tienes parte de su pasado en tu historia o alguien con quien intentas repetir momentos ya vividos en otra época, va a implicar comenzar desde un punto distinto y es por ello que puede significar no volver a vivir o a sentir lo mismo.

Los recuerdos que hemos almacenado, dejémoslos ahí, saboreemos el buen gusto que nos han dejado, permitámonos el volver a sentirlos cuando cerramos los ojos, llenémonos los ojos de lágrimas a veces al pensar que ya no está, pero sintámonos felices porque ocurrieron y de alguna forma u otra, siguen estando en nosotros.

Somos cada uno de nuestros recuerdos y es por ello que debemos vivirlos así, cuando sientas que echas de menos siéntelo así, pero si va a volver a hacerte daño déjalo ahí, no pretendas repetir o forzar algo que ya no está. Puedes echar de menos pero quizás no desees que vuelva.

Echar de menos es llenar de recuerdos tus momentos

Porque echar de menos es eso, estar llenos de recuerdos, de momentos, de aventuras, de historias, es estar llenos de vida, pero también es estar llenos de vida pasada. No sería bueno quedarnos ahí, tenemos nuestro pasado, nuestro echar de menos, pero por delante tenemos mucho más para seguir llenando nuestras memorias.

Pongamos punto y aparte si es nuestra decisión fuera de esa nostalgia, dejemos de estar llenos de pasado y abramos los ojos a todo lo que nos espera por delante, las personas que estuvieron ahí quedarán, grabadas en nuestra memoria y en nuestras emociones, pero las personas que esperan empezar a recorrer nuestro camino están deseosas de que abramos los brazos.

Ser valiente también implica volver a confiar, seguir echando de menos pero arriesgarse a vivir experiencias y personas nuevas, con gente distinta, dar la oportunidad de que sean otros los que llenen los vacíos que hoy tenemos al echar de menos, pero sobre todo personas que nos llenen y nos sigan aportando, que no borren nuestra memoria pero que nos dejen espacio para crear nuevos cuentos.

Adriana Díez

jueves, octubre 19, 2017

Que mis tiempos difíciles sean épocas de curación

Mis tiempos difíciles me dieron lecciones de vida y madurez. Fueron instantes donde hilvanar mis heridas, épocas de lenta curación que inocularon en mí altas dosis de amor propio, unas gotas de prudencia, mucha sabiduría y el ejercicio de la reflexión. Al fin y al cabo, pocos instantes demandan tanto de nosotros como esos en los que solo hay dos opciones, quedarnos atrapados o avanzar.



Decía William Shakespeare en su obra “La tempestad” que ocurra lo que ocurra, aún en el día más borrascoso, las horas y el tiempo pasan. Si bien es cierto que hay algo de lógica en este razonamiento, hay un aspecto que no podemos descuidar: la forma y la actitud en que afrontemos ese día borrascoso determinará el modo en que el tiempo nos trate posteriormente.
No hay árbol que el viento no haya sacudido.
-Proverbio Hindú-

Así, si uno se aferra de forma obsesiva a ese hecho traumático, a esa decepción, a esa pérdida o frustración, los días se sucederán los unos a los otros como la resina que atrapa a un insecto. Nos convertiremos en un aliento de tristeza y desesperación envuelto en ámbar. Sin embargo, si asumimos esos tiempos difíciles cómo épocas de curación, como momentos valiosos donde adquirir nuevas fortalezas, favoreciendo la aceptación y generando a su vez nuevas actitudes, el tiempo avanzará siempre a nuestro favor.

Cabe decir no obstante, que asumir este enfoque no es algo fácil. Casi nadie está preparado para semejantes embestidas. Nadie nos ha dicho cómo y ni de qué manera debemos afrontar esos eventos que el destino coloca en ocasiones, de forma estratégica en nuestros caminos.

Tiempos difíciles, capítulos complejos

A la mayoría de nosotros nos gustan las cosas fáciles. Elegimos siempre el camino más corto entre dos puntos, no toleramos la incertidumbre, preferimos los instantes de ocio a los momentos de preocupaciones y nos gusta también que las cosas sucedan tal y como planteamos en nuestras agendas.

Asumir este enfoque no es negativo, en absoluto. No lo es porque es esto precisamente lo que busca nuestro cerebro, evitar riesgos, economizar energías y sobrevivir en ese espacio perfecto conocido como la zona de confort donde todo está bajo control. Sin embargo, como ya sabemos, los tiempos difíciles suelen llegar cuando uno menos se lo espera y en cualquiera de sus formas. A veces es una crisis económica, otras una ruptura afectiva, una pérdida, un engaño e incluso un instante de crisis existencial.

En sí mismo, esos tiempos difíciles contienen casi siempre las mismas dimensiones: pérdida de control sobre nuestra realidad, sensación de vulnerabilidad, crisis de valores, indefensión y miedo. Son raíces comunes que en conjunto lo que consiguen es desdibujarnos de nuestro aquí y ahora, emborronar lo que somos, convertirnos en un garabato de líneas inconexas.

Una estrategia interesante que nos propone un área de la psicología es que hagamos de esos tiempos difíciles un momento de reflexión personal. Debemos ser capaces de crear una nueva historia que hable de curación, de reflexión, de cambios y nuevos enfoques.Ese capítulo intermedio de contacto con uno mismo dará paso a uno nuevo más satisfactorio, más pleno y auténtico.

La terapia narrativa para tiempos difíciles

Si nunca hemos oído hablar de la terapia narrativa es un buen momento para conocerla. Estamos ante un tipo de estrategia terapéutica donde el cliente se va convirtiendo poco a poco, en un experto de su propia vida; al reflexionar y reorganizar sus pensamientos, al contar su historia, al narrarla, al entender por qué ha sucedido lo que ha sucedido y al darse la oportunidad de “crear” historias alternativas que le ayudarían a salir del problema presente.
“Solo existen dos días en el año en los que no se puede hacer nada. Uno de ellos se llama ayer y otro mañana. Por lo tanto hoy es el día ideal para amar, crecer, hacer y principalmente vivir”.
-Dalai lama-

Lo que se consigue con esta terapia es que la persona se sienta protagonista de su propia historia. Aún más, podrá entender que los tiempos difíciles son capítulos vitales que nos ofrecen oportunidades de crecimiento. Son momentos de sanación donde convertirnos en héroes, en autores y creadores de capítulos más propicios.

Veamos a continuación qué dimensiones definen a la terapia narrativa.

Características de la Terapia Narrativa
  • La terapia narrativa es ante todo un proceso reflexivo donde la tarea psicológica busca conseguir que la persona explique su historia personal tal y como la percibe.
  • El terapeuta trabaja como agente facilitador. Será él quien haga las preguntas pertinentes para que la persona profundice en sus historias, sacando a relucir ciertos temas e invitando a su vez a realizar reflexiones más profundas y a veces complejas.
  • Es necesario que la persona narre su historia tomando conciencia de cosas que tal vez antes no había querido ver, de sentimientos y emociones que tenía escondidas.
  • Con esta terapia se busca responder a preguntas como “¿Quién quieres tú?” “¿Qué es lo que quieres ahora?”, “¿Qué necesitas para contar la historia que quieres de verdad?”
  • A menudo, las personas tenemos en nuestro interior historias olvidadas que hemos descuidado, sueños del ayer, proyectos abandonados por indecisión o miedo que tal vez, sea necesario recuperar para crear nuevos capítulos vitales.

Los tiempos difíciles nos demandan más que nunca alzarnos como protagonistas de nuestras propias historias. Son instantes donde perdemos el control, donde nos convertimos en personajes de reparto, en actores secundarios. Cojamos las riendas y veamos esas épocas como capítulos donde sanarnos, donde adquirir nuevos aprendizajes y donde reflexionar.

Pensemos hoy en la historia que queremos vivir mañana…

Valeria Sabater

miércoles, octubre 18, 2017

Conciencia emocional: ¿qué es y por qué la necesitamos?

La conciencia emocional es el despertar a la inteligencia emocional: ese primer escalón donde identificar y delimitar esa bruma que hay detrás nuestros estados anímicos para asumir el control y sentirnos más competentes en nuestras vidas. Hablamos sin duda de una habilidad que todos deberíamos desarrollar, de una herramienta de poder con la que ser mejores gestores de las emociones propias.



Cabe decir, no obstante, que tal artesanía no es sencilla. La experiencia emocional es heterogénea, imprevisible y caótica a instantes. Todos nosotros nos hemos visto en alguna tesitura semejante. Atrapados en un lugar donde de lo único que somos conscientes es del malestar, e incluso, por qué no, del coste que soporta nuestra salud por esa amalgama de sensaciones internas que, como espinas invisibles, nos quitan el ánimo, nos boicotean y nos convierten en una sombra de nosotros mismos.

“Las emociones afectan a nuestra atención y nuestro rendimiento”
-Daniel Goleman-

De hecho, son muchas las personas que llegan a la consulta de los psicólogos evidenciando su abatimiento expresado tras las clásicas frases de “nadie me entiende”, “es como si llevara el peso del mundo a mis espaldas, estoy agotado/a” o “lo único que hago en todo el día es llorar”. Sin embargo, tras estas expresiones rara vez se evidencia una auténtica conciencia emocional, ahí donde poder identificar qué hay detrás de mi tristeza, qué ese esconde tras mi cansancio persistente.

El propio Daniel Goleman nos explica en libros como “La práctica de la inteligencia emocional” que asumir una práctica consciente de las propias emociones mejora nuestra adaptación a los problemas y desafíos del día a día. Hacer una reflexión constante sobre lo que sentimos y lo que hay detrás de nuestros estados anímicos, impacta directamente en nuestro bienestar. Aún más, nos facilita adecuadas estrategias para hacer frente a posibles depresiones y otros trastornos psicológicos.

Qué es la conciencia emocional y por qué la necesitamos

Los esquimales disponen de hasta 40 términos diferentes para definir la nieve: aguanieve, nieve gris, nieve fina, nieve compacta, lluvia-nieve con viento… Aprender estas designaciones desde niños les permite adaptarse mucho mejor a un entorno tan duro y desafiante por naturaleza. Ahora bien, es posible que a muchos les sorprenda saber algo realmente curioso y que a simple vista tiene poco que ver con con los esquimales: se han catalogado hasta 250 palabras para designar distintos tipos de emociones y sentimientos.

¿Cuántas conocemos nosotros? ¿Nos enseñaron de niños en algún momento a utilizarlas, a saber identificarlas y hacer uso de ellas? Las emociones no son como la nieve que cae del cielo, lo sabemos. Habitan en nuestro interior, pero también ocasionan ventiscas, también nos atenazan, nos atrapan y hasta nos aíslan. Saber identificarlas y darles nombre también nos ayudará a sobrevivir mejor en nuestros entornos, al igual que lo hacen los niños esquimales al saberse de memoria esas 40 palabras para explicar cómo está la nieve cada mañana.

Todos necesitamos por tanto desarrollar una auténtica conciencia emocional. Estas serían algunas de las razones que lo justifican:
  • Reconocer mis estados de ánimo y reflexionar sobre ellos para tomar mejores decisiones.
  • Reconocer a su vez las emociones de los demás para relacionarnos mejor.
  • La conciencia emocional nos permite también establecer límites, poner filtros para atender nuestras necesidades e invertir así en bienestar, integridad y calidad de vida.
  • Nos ayuda a conocernos mejor.
Por otro lado, es importante destacar que las personas que hacen uso de una buena conciencia emocional tienen un riesgo menor de desarrollar cualquier tipo de sintomatología ansiosa o depresiva.

Los niveles de la conciencia emocional

Una de las mejores habilidades que podemos trasmitir a nuestros niños es la capacidad de adquirir una auténtica conciencia emocional. Facilitar que desde bien temprano puedan reflexionar sobre sus emociones, darles nombre y canalizarlas a su favor, les permitirá sin duda ser más competentes socialmente e incluso académicamente.
No obstante, también es necesario recordar que todos nosotros, sin importar la edad, podemos y debemos invertir tiempos y esfuerzos en practicar esta área de la Inteligencia Emocional, esta herramienta del bienestar donde poder ser emocionalmente conscientes.

Para comprender mejor esta dimensión ahondaremos ahora en esos niveles que la conforman y que a su vez, forman parte de la escala “Levels of Emotional Awareness”(LEAS) creada por los psicólogos Lane y Schwartz.
  • Reconocer la sensación. Toda emoción genera un impacto fisiológico del que tomar conciencia. Puede haber, por ejemplo, un cambio en nuestro ritmo cardíaco, tensión en nuestro estómago…
  • ¿Qué tipo de respuesta me genera? Las emociones cumplen una función adaptativa, algunas nos invitan a la acción por su gran poder energético. Identifiquemos la orientación que le da la emoción a su propia energía.
  • Identifica la emoción primaria. Toda sensación, todo estado anímico parte de una emoción primaria que saber identificar en el momento presente. ¿Siento rabia? ¿Estoy triste? ¿Me siento enfadado?
  • Emociones detrás o combinadas con la emoción primaria. Este paso requiere sin duda mayor profundidad, delicadeza y ante todo valentía. ¿La razón? Aceptar las emociones negativas no es sencillo. Detrás de una emoción primaria hay todo un ovillo de nudos, todo un laberinto de rincones oscuros que hay que saber iluminar, reconocer y definir. A veces, tras la tristeza lo que hay es frustración, rabia y decepción. A veces, tras mi enfado está el demonio de un dolor persistente por algo no conseguido, algo perdido o no resuelto.

Para concluir. Como vemos, dar forma y alzarnos como personas verdaderamente competentes en estas estrategias puede revertir de forma directa y positiva en nuestro bienestar. La conciencia emocional es la batuta para orquestar una vida más feliz, la brújula que nos llevará a un norte más satisfactorio donde conocernos mejor y tener mayor control sobre nuestra realidad.

Valeria Sabater

martes, octubre 17, 2017

No hagas nada, solo escucha qué quiere decirte tu malestar

En ocasiones no hacer nada es lo más difícil que te pueden pedir o que puedes intentar cuando sientes malestar. Creemos que la escucha de lo que sentimos, aunque sea desagradable, sin la intención de buscar una solución, es tarea inútil. Por otro lado, nos comportamos como si el malestar en lugar de ser escuchado, reconocido y aceptado tuviera que ser escondido o apartado porque las emociones que duelen o nos dañan son inaceptables.



Se nos olvida tener en cuenta que hay emociones que ocupan espacios de manera sigilosa, sin apenas ruidos, que están llenas de información y su escucha nos hará reconocerlas y conocernos mejor. Recuerda que no hay emociones buenas o malas, sino que todas y cada una de ellas son necesarias para poder apreciar nuestro mundo y mostrarnos tal y como somos.

Pero aprender a escuchar nuestras emociones requiere tener la habilidad de aceptar incondicionalmente lo que nos llega, no juzgar a nadie ni a nada y, en definitiva, ser capaces de vivir en el presente. Todo esto no resulta nada fácil, por ello, en este artículo te enseñaremos a aceptar el malestar y a usar el mindfulness como herramienta para vivir en el presente.
Las circunstancias que nos toca vivir, por duras que sean, solo ponen a prueba nuestra capacidad de enfrentarnos a ellas.

Escucha y valida tus emociones, son parte de ti

Escuchar, aceptar y validar nuestras emociones no implica resignarnos a la realidad. Resignarse o rendirse es dejarse vencer y convencerse a una misma de que nada se puede hacer ante lo que nos ocurra. En cambio, aceptar y validar aquello que sentimos nos ayuda a comprender lo que nos pasa, a sentirlo y asimilarlo como una parte más de nuestro universo emocional.

Esto nos hará ser conscientes del poder que tienen nuestros pensamientos, emociones y nuestro propio lenguaje interno. Recuerda que aquello que nos decimos o que pensamos (sin necesidad de comunicárselo a nadie), puede hacernos más daño que aquello que ocurre de verdad. Además, este daño se multiplica cuando te niegas a aceptar aquello que sientes.

Te sorprenderías de lo beneficioso que suele resultar escuchar el malestar. En la consulta, cuando le pedimos a nuestros pacientes que hagan caso de sus emociones se suelen producir importantes cambios. Por ejemplo, recuerdo a un paciente dejó de intentar eliminar las crisis de ansiedad cuando las sentía y al hacerlo se dio cuenta de esa ansiedad nacía del dolor estaba producido por la muerte de su hijo. Una vez conocida la causa, las crisis fueron disminuyendo su intensidad hasta desaparecer.
La sabiduría que esconden las emociones aparecerá en el momento en el que las escuches y hagas caso de tu malestar.

Esto mismo que aplicamos a la ansiedad nos sirve para otras emociones de valencia negativa, como la tristeza o el enfado. Dejarlas estar contigo es difícil, pero es el principio para dejar que hablen y puedas escuchar su mensaje. Por eso te presto una idea sencilla: permite que tus emociones dolorosas estén contigo, escucha su mensaje sin tratar de eliminarlas antes de tiempo, y si te ves desbordado por ellas, busca ayuda profesional.

Mindfulness como herramienta de aceptación y escucha

Una de las maneras más sencillas para comenzar a escucharnos y aceptar nuestro malestar radica en la práctica del mindfulness. Ten en cuenta que la escucha de nuestras emociones resulta más sencilla si observamos nuestra mente. Así, darnos cuenta de lo que pensamos en cada momento nos permite captar detalles de nuestra vida emocional que de otra manera ignoraríamos.

Este es el poder de la observación: solo reparamos en los matices de nuestra experiencia cuando observamos con atención, si utilizamos nuestra capacidad de escucha. Por este motivo observar qué pensamos, qué sentimos y qué notamos en nuestro cuerpo es tan importante. Además, para sacarle todo el partido a esta observación hay que hacerlo sin dejarnos arrastrar por las experiencias que aparezcan ante nosotros. Para ello, puedes seguir las siguientes estrategias:
  • La respiración como punto de partida y encuentro: la respiración es una de las formas más fáciles de actualizarnos al momento en que vivimos. Centrarte en ella resulta esencial para empezar a practicar mindfulness. Además, en el momento en el que pierdas el foco atencional y te fundas en tus pensamientos, volver a ella te traerá al momento presente.
  • Todo empeora antes de mejorar: cuando comenzamos a practicar la escucha de lo que sentimos, a aceptar lo que nos ocurre, muchas veces nuestro malestar empeora. Sin embargo, recuerda que este descenso es corto y si lo hacemos bien vamos a tardar muy poco en empezar a mejorar.
  • Escanea tu cuerpo para conocerlo de verdad: Nuestro cuerpo guarda multitud de información. Ser consciente de sus sensaciones, sus tensiones, hará que te conozcas más y que liberes las emociones.
  • Sé amable contigo y la experiencia: Muchas veces somos nuestros peores jueces. Condenamos todas nuestras experiencias negativas y multiplicamos nuestros sentimientos haciendo un juicio de valor sobre ellos. Lo que ocurre no es ni bueno ni malo, simplemente ocurre y la mayor parte de las veces no podemos cambiarlo. Acepta y déjalo ir como una parte más de la experiencia, ya que juzgarlo no te ayudará con ella.
Ahora cuentas con armas para no evitar los pensamientos, las sensaciones y las emociones que te perturban. Ahora puedes vivir sin alimentar el malestar tratando de evitarlo. Simplemente escucha qué quiere decirte tu malestar y aprende de él porque te dará las pistas necesarias para superarlo.

Lorena Vara González

lunes, octubre 16, 2017

Somos parte de un «todo»

Soñé que era una mariposa que volaba por el cielo. Después me desperté. Y ahora me pregunto si soy un hombre que soñó ser una mariposa o soy una mariposa que sueña ser un hombre”. Chuang Tsu



¡Es la vida! Jorge Luis Borges decía que: «no hay hecho, por humilde que sea, que no implique la historia universal y su infinita concatenación de efectos y causas». Somos sistemas de energía abiertos. Hay quien intenta funcionar únicamente con su propia energía, dosificándola al máximo y usándola sólo para sobrevivir. Ciertamente no es una buena estrategia, porque sabemos que llega un momento en que los sistemas cerrados se colapsan y mueren.

También podemos elegir realizar intercambios reequilibrantes con los demás sistemas que nos rodean eligiendo la solidaridad energética, que es una respuesta emocionalmente más ecológica. La generosidad emocional es una fuente inagotable de energía limpia y renovable.

La Ley de la Interdependencia de la ecología afirma que «todas las formas de vida dependen entre sí». No somos emocionalmente autosuficientes, somos el producto de la influencia mutua. Todo lo que hacemos o dejamos de hacer tiene un impacto en nuestro mundo interior y exterior, del que somos responsables. El efecto boomerang se pone en marcha y, tarde o temprano, recibimos la devolución de lo que hemos emitido y, a menudo, con intereses.

«Porque cuando una mariposa mueve sus alas, una brisa recorre el mundo; cuando una mota de polvo cae al suelo, el planeta entero pesa un poco más; y cuando das un pisotón, la tierra se sale ligeramente de su curso. Siempre que ríes, la alegría se propaga como las ondas de un estanque; y cuando estás triste, nadie, en ninguna parte, puede ser realmente feliz[i].»

La vida responde siempre propagando como un eco lo que surge de cada uno de nosotros. Si no nos gusta lo que recibimos será preciso estar más atento a lo que emitimos. Es mucho lo que entre todos podemos hacer y mejorar.

Mercè Conangla y Jaume Soler

domingo, octubre 15, 2017

Ya lloraste, ya sufriste, incluso te deprimiste. Ahora te toca que vivas

Cuando una relación llega a su fin, es importante seguir adelante. No importa quién termine la relación, si fuiste tú o tu pareja, finalmente será una decisión que confrontará tus sentimientos y sensaciones. Encontrar tu felicidad será un proceso y aquí te contamos cómo hacerlo.



Busca una mano amiga

Es amigo mío aquel que me socorre, no el que me compadece”, Thomas Fuller.

Es normal que tengas momentos de angustia y tristeza cuando has salido de una relación. Una mano amiga o familiar, con la que has creado vínculos fraternales fuertes, siempre será un soporte para ti. Recuerda que debe ser una persona incondicional y paciente.

Si estás escuchando una canción que te recuerda a tu ex y tienes el impulso de enviársela, necesitarás URGENTEMENTE tu polo a tierra. Acude a tus mejor amigo o amiga y evita ese tipo de situaciones.

No te autocastigues

Al finalizar una relación, puede pasar que te repitas frases como: “Hice todo mal”, “No merezco a nadie”, “Todo fue mi culpa”. Debes entender que eres una persona normal, con errores y virtudes como todas las personas. No te insultes, aprende, reconoce y empieza a amarte con una actitud autocrítica y constructiva.

En esta etapa debes frenar este tipo de pensamientos y hacer una autoevaluación más benigna. Así podrás conectarte contigo mismo.

Afrontar el dolor y saber decir adiós, es la mejor manera de comenzar de nuevo.

Crea tu propio ritual de despedida

Lo dejó dicho Gustavo Cerati, “Poder decir adiós es crecer” y ya que decidiste vivir un nuevo comienzo, puedes inventar un pequeño acto protocolario para decir adiós. Actividades como: enterrar los regalos que dejó tu expareja con tus amigos, escribir una carta y quemarla o una fiesta de despedida, te liberarán y permitirán que sigas adelante.

Cuando tu ex haya desaparecido de tu vida, te darás cuenta que comenzarás un nuevo periodo y una nueva identidad, aprenderás a conocerte mucho mejor. ¿Y tú? ¿Qué ritual harías para sentirte mejor?

¡Es hora de premiarte!

Si crees que mereces elogiarte ¡Hazlo!, basta con mirarte al espejo y contemplar el reflejo. No importa si es egocéntrico, date el gusto. Si llevas un tiempo sin buscar a tu expareja, ¿por qué no disfrutar de una comida contigo mismo para premiarte?

El estrés daña el organismo, así regálate un día de spa, medita o realiza cualquier actividad que canalice este mal síntoma. Al darte bienestar, te darás cuenta de lo bien que puedes sentirte.

Cuando la vida te presente razones para llorar, demuéstrale que tienes mil y una razones para reír”. Anónimo.

Construye nuevas metas

Es normal que tengamos proyectos futuros con nuestra pareja, pero si tu relación ya terminó, es hora de forjarse nuevos proyectos de vida. En este punto, ya existe una desvinculación y te darás cuenta que tu ex, cada día será menos importante.

Piensa qué quieres hacer con tu vida, un nuevo proyecto profesional, tal vez estudiar o aprender a bailar. Si llegaste a esta etapa del duelo, habrás sentido que perdiste mucho tiempo y lo único que quieres es recuperarlo, entonces elabora tu plan y empieza a ejecutarlo.

Ten presente estos consejos cuando sientas que todo está perdido, serás libre y comenzarás una vida llena de felicidad ¡Tú te lo mereces!

PHRÒNESIS