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miércoles, abril 26, 2017

El chivo expiatorio: el blanco injusto de todas las culpas

¿Has oído hablar alguna vez del chivo expiatorio? Seguramente lo hayas escuchado más de una vez ya que es un proceso social muy común en el mundo en que vivimos. Incluso, es probable que tú hayas sido alguna vez ese chico expiatorio. Para empezar, vayamos al origen de esta curiosa pareja de palabras.



Este término tiene su origen en un rito religioso que se hacía antiguamente. En primer lugar se elegía al azar un macho cabrío y posteriormente se transferían sobre él todos los pecados del pueblo. Pecados que necesitaban ser expiados, purificados o reparados.

Este era un ritual mágico que pretendía descargar todo el mal sobre un mismo animal. Estaba cargado de simbolismo. Pues es la necesidad que tenía el ser humano de expiar sus culpas la que le llevaba a buscar a un culpable y a castigarlo.

El chivo expiatorio: el ser sobre el que transferimos todas las culpas

Los pecados del pueblo se transferían simbólicamente a esta inocente criatura. El mal se condesaba en un mismo ser. Es algo así como una caja de Pandora, donde colocar todo el mal del mundo en un mismo lugar. Esto nos da una tranquilidad simbólica que calma el sentimiento de culpa que tenemos por todo el daño cometido.

Estos actos podían ser muy violentos, acabando con la vida del animal. La agresividad y la ira se encarnaban en este acto. De alguna manera es como si el mal necesitara de una descarga de violencia para poder ser saciado, calmado, expiado.

Hoy día utilizamos este término cuando elegimos a una persona como blanco de nuestra ira. Ira que nada tiene que ver con esa persona. Ira que tiene su origen en uno mismo. Es una ira desplazada. Desplazamos nuestra agresividad de un origen a otro distinto. Este desplazamiento se puede ver con mucha frecuencia en grupos de iguales.

Descargar la agresividad propia sobre otro es un ejercicio injusto

Grupos en los que cuando hay una mínima incertidumbre, o asunto aún no resuelto, o desconocimiento sobre el proceder de una situación, eligen a una persona como blanco de toda la frustración. Lo verás en ambientes de trabajo, o en algunos grupos de amigos, o en las clases de los colegios. Incluso lo verás en ti mismo después de que la tormenta haya pasado.

Uno acaba cargando con las culpas de los demás, sin merecerlo. Uno es puesto (y muchas veces también expuesto) como diana de todos los males ajenos a él. La persecución de este chivo expiatorio libera a la persona de una angustiosa sensación opresiva de enfado consigo mismo. Le proporciona una gratificación inefable que aparece como consecuencia de la descarga de la agresividad sobre otro que no es uno mismo.

¿Resulta fácil no? Colocar nuestra miseria en otro. Me desentiendo. Me lavo las manos. Todos hacen lo mismo. No debo dudar de la maldad de mis actos si “el resto” actúa igual que yo. Me siento respaldado. Mi miseria es compartida también por los demás. Me tapo los ojos con la ceguera voluntaria. ¡Él se lo merece!

Hazte cargo de tu ira, darás un paso hacia la madurez emocional

En muchas ocasiones el chivo expiatorio asumirá su rol y no lo cuestionará. “Yo soy el que ha de cargar con las culpas de los demás. Es lo lógico, he de ser yo.” Esto lo podemos ver en muchas familias, donde es el mismo miembro de la familia el que carga con toda la ansiedad y la agresividad de los demás.

Una especie de sumisión masoquista que en muchas ocasiones tiene un sentido más allá de lo que podemos observar desde la superficie. Por tanto es importante plantearse si estamos haciendo esto. Hemos de plantearnos si nuestra frustración y nuestra agresividad acumulada la estamos desplazando sobre otra persona. Sobre una persona inocente que nada tiene que ver con el origen de nuestro mal.

Hacerse cargo de la ira, de la incertidumbre, de la rabia personal es un paso de madurez en nuestro crecimiento. “No te echo las culpas a ti, sino que asumo mi culpa, y en vez de proyectarla sobre ti, me haré cargo de ella para expiarla”. Sin duda todo un acto de valentía y madurez que de alguna manera es imprescindible aprender.

Alicia Garrido Martín

martes, abril 25, 2017

Explicar el enfado en lugar de demostrarlo es más saludable

Dejar que el nudo del enfado nos quite el aire y nos ahogue hará que tarde o temprano aparezca el pinchazo de la ira, y con ella ese huracán que pone en nuestra boca palabras que más tarde lamentamos. Aprender a gestionar las emociones siempre será más saludable, más lógico y más práctico que acabar cayendo en una discusión sin sentido.



Sabemos que a simple vista este consejo puede parecer fácil, inocente y hasta demasiado evidente. Decimos esto por una razón muy concreta: la gestión de las emociones negativas tales como el enfado, la ira o la rabia son nuestra cuenta pendiente, nuestro talón de Aquiles. De hecho, no falta quien camina a día de hoy con su traje de adulto y su cabeza alta, mientras en su interior esconde la madurez emocional de un niño de 4 años.

“Cualquiera puede enfadarse, eso es fácil. Pero enfadarse con la persona adecuada, en la medida correcta, en el momento adecuado, para el propósito correcto, y en el derecho camino, que no es fácil”
– Aristóteles –

Aún más, hemos de tener en cuenta que el enfado extiende sus ramificaciones no solo al mundo de las emociones. Nuestro lenguaje y nuestra cognición se ven imantados por los largos tentáculos de los sentimientos contrapuestos, afilados y tremendamente frustrados. Sin embargo, abunda en exceso quien los engulle, quien se los traga y los disimula fingiendo una habilidosa normalidad.

Poco a poco y día a día ese virus letal causa estragos. La comunicación se vuelve agresiva, el trato se torna desigual, la autoestima cae, aparecen los chantajes, los altibajos emocionales y hasta esos trastornos psicosomáticos donde el propio cuerpo evidencia el malestar de la mente.

A continuación, te explicamos cómo afrontar esta realidad tan común.

El enfado que hay en mí y que tú no ves

Para comprender cómo y de qué manera el universo del enfado forma parte de nuestra cotidianidad empezaremos con un ejemplo muy sencillo. Amelia ha tenido un mal día en el trabajo. Llega tarde a cenar a casa y cuando cruza la puerta, Jaime, su pareja, le indica que va a salir porque ha quedado con unos amigos. No obstante, antes de irse le pregunta si le parece bien o prefiere que se quede con ella. Amelia, le responde que no pasa nada, que “haga lo que le apetezca, que no hay problema”.

A la mañana siguiente, nuestra protagonista no puede evitar sentir el pinchazo insufrible del enfado. Se siente mal porque su pareja no fue capaz de ver en su rostro las marcas de su mal día, de su abatimiento y desesperación. Ahora, su malestar se ha incrementado aún más porque Jaime tampoco ha sido capaz de ver durante el desayuno su apatía, ni la sombra de ese enfado que ronda en su interior como un animal herido y enjaulado.

Posiblemente, esta situación hubiera sido de otro modo si Amelia le hubiera explicado antes que nada que había tenido un mal día. Que no se sentía bien, que estaba rota, hecha polvo y que necesitaba su apoyo. Sin embargo, a veces las circunstancias se complican, aparecen las dudas y el desesperado deseo de que los demás entiendan casi sin palabras aquello que nos duele.

Por otro lado, esta situación se justifica también por un hecho muy concreto que parte directamente de todo eso que nos vienen enseñando desde niños: “contrólate, disimula, aparenta normalidad”. El autocontrol es posiblemente la dimensión más mal entendida en el campo de la Inteligencia Emocional. 

Nadie puede controlar algo que no entiende a la fuerza y por que sí. No se puede poner en una jaula a un león si primero no entendemos sus necesidades, su naturaleza. Queda claro, no obstante, que no podemos ir por el mundo rugiendo y enseñando las zarpas, pero sí siendo sinceros. Sí diciendo en voz alta un simple “no, no estoy bien, hoy he tenido un mal día”.

Desenredar el ovillo del enfado antes de que sea tarde

Un pequeño enfado no gestionado y no resuelto puede derivar en un gran problema, en una mala experiencia y en un mal clima que día a día extenderá sus brumas de toxicidad. De hecho, no hace falta recordar aquí el fuerte impacto que suele tener una persona eternamente enfadada en el ámbito familiar y en un entorno de trabajo. Son agujeros negros andantes que dejan secuelas y rompen la armonía.

“No hay mejor batalla que aquella en la que por fin, nos entendemos a nosotros mismos”
-Buda-

A continuación, te aportamos unas sencillas claves sobre las que reflexionar y que nos servirán de ayuda para prevenir y paliar el impacto de estos enfados del día a día.

5 claves para gestionar los enfados
  • El primer paso puede ir en contra de muchas cosas que nos han enseñado o recomendado. Debemos entender que un enfado no es algo malo, que la rabia no es algo que uno deba tragarse a la fuerza. Es necesario tomar una actitud positiva y cercana hacia ella: es una campana de alerta, una señal que debemos atender, comprender y resolver.
  • Sentir la contradicción, sentir rabia por una situación concreta es algo normal y hasta necesario. Es así como desplegamos nuestros mecanismos de defensa, así como defendemos nuestras verdades, nuestras necesidades y valores. Eso sí, el enfado tiene una finalidad última y constructiva, que no es otra que la de resolver una situación de conflicto personal.
  • El segundo paso es tomar conciencia sobre nuestro nivel de excitación. Cuando nos encontramos muy nerviosos y la rabia nos controla, será muy complicado razonar con normalidad y tomar decisiones constructivas. Debemos tomar aire, respirar, recobrar la calma, despejar la mente…
  • La siguiente estrategia que pondremos en práctica es algo más compleja: hay que examinar nuestro conflicto emocional. ¿Qué es lo que me molesta realmente? ¿Qué es lo que me hace daño y por qué? ¿Qué se está vulnerando aquí? ¿En qué medida soy yo responsable?
  • Por último, y aclaradas ya las prioridades, pondremos en marcha lo más importante. Algo que lleva tiempo aprender pero que es necesario practicar a diario: la comunicación asertiva. Porque para hablar y para resolver un malentendido o una situación de ideas contrapuestas no hace falta hacer daño.
Aprendamos por tanto a ser buenos gestores de nuestras emociones negativas, entendamos que comunicar es llegar a acuerdos, posicionarse con respeto pero siendo capaz a su vez de crear puentes para mejorar la convivencia.

Valeria Sabater

lunes, abril 24, 2017

Dime lo que piensas de los demás y te diré cómo eres

La forma que tienes de ver a los demás puede revelar mucho sobre tu propio carácter y personalidad. Según el “Journal of Personality and Social Psychology”, las personas que califican a los demás como como honestos, agradables y estables son aquellas que sienten una mayor satisfacción en sus vidas. Por el otro lado, aquellos que tienen opiniones negativas de sus compañeros son precisamente los más antisociables, narcisistas y desagradables.



En este estudio se ha comprobado también, que las personas que califican a sus compañeros de manera positiva sufren menos depresiones y trastornos de ansiedad. Por el contrario, las personas que se muestran excesivamente críticas con las demás son más propensión a sufrir trastornos de personalidad, sobre todo, trastornos paranoides o antisociales.

Concretamente, en el trastorno de personalidad paranoide, la característica esencial es un patrón de desconfianza y suspicacia general hacia los demás, de forma que las intenciones de estos son interpretadas como maliciosas. A su vez, esto implica que las personas con este trastorno interpretan mensajes neutros o positivos como ofensas, burlas, menosprecios, etc. Ante la duda sobre la intención del otro, un paranoide escogerá la opción más desfavorable. Es decir, aquella que interpreta lo que ha hecho o dicho el otro como un ataque.

Dejando de lado los trastornos de personalidad, siempre hay alguien que vive criticando todo y a todos. En cada uno de nuestros entornos hay alguien que piensa que el mundo esta lleno de malas personas. Según este estudio, con independencia de que tenga razón o no, probablemente este pensamiento no contribuye precisamente a su felicidad. Es más, lo natural es que sea una persona esquiva y desconfiada.

“No vemos a los demás como son, sino como somos nosotros”
-Immanuel Kant-

Somos espejos

El exterior actúa como un espejo para nuestra mente, en él vemos reflejadas diferentes cualidades o aspectos de nuestro propio ser. Cuando observamos algo que no nos gusta de alguien y sentimos rechazo, de alguna manera ese aspecto que nos desagrada puede que exista en nuestro interior. Es más, ese rechazo puede ser solamente el reflejo del rechazo que sentimos por algo que somos.

También es posible que nuestro inconsciente, ayudado por nuestra proyección, nos haga pensar que el defecto sólo existe “ahí fuera”, en esa otra persona. La proyección psicológica es un mecanismo de defensa mediante el cual una persona atribuye a otros sentimientos, pensamientos o impulsos propios que niega o le resultan inaceptables para sí misma.

Este mecanismo se pone en marcha en situaciones de conflicto emocional o cuando nos sentimos amenazados interna o externamente. Para disminuir nuestro malestar interno, enfocamos en el exterior todas esas cualidades que no aceptamos, atribuyéndoselas a un objeto o sujeto externo a nosotros mismos. De esta manera, nuestra mente logra aparentemente poner estos contenidos amenazantes afuera y pelear en el mundo real contra ellos.
La proyección psicológica es un mecanismo de defensa mental por el que el sujeto atribuye a otras personas las virtudes y defectos propios.

Una buena parte de lo que te molesta en los demás solo es una proyección

El mundo interno tiende a teñir el mundo externo con sus propias características. Así, por ejemplo, si nos sentimos muy alegres normalmente miramos el mundo que nos rodea con optimismo y alegría, expresándonos con frases tales como “hoy la vida me sonríe”, “qué día tan feliz”.

Obviamente ni el día está feliz ni la vida sonríe a nadie. Estas cualidades son realmente subjetivas y somos nosotros mismos quien las sacamos hacia afuera. El proceso de proyección es inherente al funcionamiento mental humano y, por tanto, nos ayuda a sentir y pensar el mundo como algo humanizado.

Muy a menudo, lo que encontramos difícil en los demás es precisamente aquello que no hemos resuelto dentro de nosotros mismos. Si lo hubiéramos resuelto inicialmente, nunca se hubiese convertido en un problema crónico. En estos casos, la aceptación de nuestras sombras y la meditación nos ayudarán a conocernos mejor y a integrar más de una perspectiva antes de pasar a las interpretaciones.

Fátima Servián Franco

domingo, abril 23, 2017

¿Conoces los disfraces favoritos del miedo?

Es difícil reconocer que tenemos miedo. Parece que sentir como nuestro cuerpo se estremece cuando tenemos que enfrentarnos a algo en concreto es signo de debilidad, pero nada más lejos de la realidad. Tener miedo es uno de los aspectos más naturales del ser humano y también de los más beneficiosos en cuanto a supervivencia se refiere. Si no experimentásemos esta desagradable pero útil emoción, probablemente no estaríamos hoy aquí. Es precisamente la emoción que nos reta a ser valientes y nos frena para que no seamos temerarios.


Aunque esta es una realidad que ya casi todos conocemos bien, aun así nos cuesta demasiado normalizar la emoción de miedo porque a su vez, tememos no ser aprobados por los demás.

Pocas personas son empáticas con aquellas que tienen miedo, cuando en realidad, todos tenemos temor a algo, pero preferimos esconderlo porque no queremos ser juzgados de manera negativa. No queremos parecer más débiles o menos valiosos que los demás y es entonces cuando enmascaramos al miedo e intentamos sortearlo con el único cometido de evitar enfrentarnos a las situaciones en las que sale a relucir su rostro.

El resultado es que ese disfraz que le ponemos, no hace sino que envalentonar más esta emoción y que nos resulte mucho más difícil ser capaces de superar las circunstancias que no nos permiten avanzar. Si quieres saber cómo camuflamos al miedo, no dejes de leer.

La pereza disfraza al miedo de “no me apetece”

Cuando tenemos miedo de enfrentarnos a una situación, en ocasiones optamos por elegir a la pereza como actitud que nos libra del esfuerzo que supone tener que exponernos a aquello que tanto pavor nos genera.

A veces parece que la pereza fuera un remedio que nos da cancha para postergar aquello que en el fondo deseamos. El “no me apetece” o “ya lo haré mañana” no es más que parte del maquillaje que usa el miedo para no tener que pasar por las posibles pero improbables consecuencias que podrían acontecer si no marcha todo de forma perfecta.
La actitud que desnuda al miedo disfrazado de pereza es la voluntad, la capacidad para llevar a cabo el objetivo marcado asumiendo todos los inconvenientes que puedan surgir.

El aburrimiento camufla al miedo en un “es que me aburro”

Otra manera muy común que usa el miedo para camuflarse y no ser descubierto fácilmente es el aburrimiento. Si tenemos que enfrentarnos a un problema que percibimos como muy peligroso, aunque realmente no lo sea, es mucho más fácil y cómodo decir que nos aburrimos con ello que dar el paso de arriesgarse y superarlo.

Si por ejemplo tengo miedo a dar una charla sobre un tema que conozco porque en el fondo lo que temo es ser criticado por la audiencia, será más fácil para mí decir que dar charlas es un trabajo que me aburre someramente (aunque en el fondo se que podría apasionarme). De esta manera no seré tan negativamente juzgado o presionado que si digo que hablar en público me produce ansiedad. Tristemente, lo primero se admite más que lo segundo.
La actitud que puede combatir al aburrimiento es el interés y el goce por lo que hacemos: centrarnos en lo que llevamos a cabo, poner solo ahí nuestra atención y sacar el jugo más dulce de las situaciones que experimentemos.

La mentira caracteriza al miedo de un “así nadie se dará cuenta”

La mentira es el disfraz de gala del miedo y su cometido es salir airosos de las consecuencias por haber cometido un error o mostrar una cara que nos provee de mayor aceptación por parte de los demás. Aunque es cierto que la mentira no está tan aceptada como los restantes disfraces, también supone una vía de escape que alimenta al miedo.
Cuando mentimos, mostramos una parte de nosotros o de nuestra vida que no es la auténtica y de esta forma, las demás personas creen en una realidad inventada que muchas veces evita que seamos juzgados.

Ocultar que algo nos aterra y mentir al respecto o bien dar excusas, ayuda a corto plazo a que nuestra ansiedad no salga a la luz, descienda y nos sintamos más relajados. El problema es que como en los anteriores casos, a largo plazo las situaciones no logran ser superadas correctamente.

Si algunas veces disfrazas tus temores con alguno de estos tres trajes, podrás percatarte de que lo único que vas a conseguir es bloquearte en el punto en el que estás y no ser capaz de hacer frente a aquello que temes. Lo más sensato, aunque cueste, es normalizar el hecho de sentir miedo a veces, otorgarnos el derecho a experimentarlo y sobre todo dejar de cubrirlo con actitudes perezosas, aburrimiento o mentiras ¿Te atreves a desnudar a tu miedo?

Alicia Escaño Hidalgo

sábado, abril 22, 2017

6 secretos para vivir a plenitud

1. Agradece siempre, lo bueno y, lo "malo", porque todo es aprendizaje y lo que hoy duele mañana puede parecerte una bendición.
Agradece tu salud, tu familia, tu trabajo, tus amistades, tus posesiones, todo lo que has logrado y lo que no, porque debe de haber una razón poderosa para ello, confía que algo mejor te espera.
Agradece cada día, cada respiro, cada acción, la vida es una constante evolución y tú eres un ser de luz siendo perfeccionado mediante las circunstancias cotidianas.



Así que despierta por la mañana y agradece que estás vivo y que tienes una nueva oportunidad de amar y ser amado, disfruta al máximo tu vida, sé útil a otro, respira, ámate, consiéntete, sonríe y haz que ese día valga la experiencia y sea digno de ser recordado. Por la noche agradece lo vivido, piensa en lo que no conseguiste, aprende de ello y déjalo atrás. Pon en manos de Dios los pendientes y descansa con paz en tu alma.

2. Bendice a tu familia, a tus amigos, a tus compañeros de trabajo, a los que se te atraviesen en el día; bendícelos en lugar de juzgarlos, recuerda que cada quien tiene su historia y su razón de ser como son y aunque no estés de acuerdo con esa manera mándale luz para que en su momento se dé cuenta de sus heridas y pueda trabajar sobre ellas y liberar a su niño interior.

3. Perdona, no cargues con el lastre del rencor, muchas veces guardas ese dolor en tu corazón y la otra persona ni se da cuenta de que te lastimó. Mira en tu interior, perdónate por tu parte de responsabilidad, mucha, poca o nada, y perdona a esa persona que te hirió con o sin intención, pues vive sumida en la ignorancia y por eso se comporta de tal forma.

4. Líbrate también de la culpa, no sirve de nada. Asume la responsabilidad que te corresponde y si hiciste algún daño trata de compensarlo. Eres tu peor enemigo cuando te juzgas por no cumplir las expectativas propias o las de los demás, así que mírate con amor, acéptate y trátate como la persona más importante del mundo.

5. Aprovecha cada día para ser mejor, para aprender algo nuevo, para mirar las cosas desde otra perspectiva. No seas prisionero de tus creencias, de nada sirve rechazar todo lo que sea diferente a lo que piensas, abandona la postura defensiva y da la oportunidad de valorar esa nueva idea y decide si la aceptas o no. 

6. Abandona la idea de querer controlarlo todo. No puedes controlar lo que está fuera de ti. Ni los pensamientos, sentimientos, palabras, acciones de alguien, ni las diferentes situaciones y escenarios de la vida. No puedes controlar la fuerza del mar ni la dirección del viento pero si eres el capitán de tu propio barco. Dedica tus esfuerzos a calmar tu mente, a evitar imaginar cosas que no son reales, a suponer las reacciones de los demás, a aceptar, vivir y dejar ir las emociones.

Bendiciones para ti y tu familia, gracias por leer estas líneas y seguir la página “Atrévete a ser feliz

Wilmer Ramírez

viernes, abril 21, 2017

Futuros inciertos no son razones para arruinar presentes de oportunidades

Cuando tu mirada se centra en la vida que te rodea y no en futuros inciertos sellas una apuesta por el presente. Puedes sentir cosas que de otra manera no podrías. Incluso tú mismo generas la oportunidad de valorar aquello que te rodea y que se merece un “GRACIAS” en mayúsculas.



Todo es transitorio. Tenemos una vida entre manos. Una VIDA. Un tiempo finito en un espacio inmenso y fértil, lleno de diferentes posibilidades y oportunidades. La vida nos rodea con su enormidad. Está ahí para nosotros, esperando a que despertemos y la sostengamos fuerte con nuestras manos. Sin dudar, sin flaquear.

Pasamos mucho tiempo de nuestra existencia deseando que lleguen situaciones que son inciertas, que cambien personas, o incluso esperamos a que cambiemos nosotros mismos. Entramos en una especie de visión de túnel que nos impide ver lo que hay a nuestro alrededor. Nos impide advertir la luz de nuestra vida. Sus matices. Sus claros y oscuros.

La vida no acontece en los futuros inciertos

La vida grita por ser vista, por ser escuchada. Te quiere acontecer y te quiere pertenecer. Pero estamos tan ocupados planeando futuros inciertos, escenarios en nuestra mente, prediciendo y (pre)viviendo catástrofes futuras que se nos escapa de las manos. Como se cuela el agua entre nuestros dedos.

“Coged las rosas mientras podáis veloz el tiempo vuela. La misma flor que hoy admiráis, mañana estará muerta…”
-Walt Whitman- 

¿Cuánto tiempo más quieres dejar pasar esperando a que llegue esa persona o a que el viento vuelva a soplar favorable para devolverte a la senda correcta? Como si tuvieras que retirarte a otra dimensión y la única solución fuera sentarte a esperar. Sin mover ni un dedo para explorar lo que tienes a tu alrededor, sin darle a aquello con lo que ya cuentas.

Perdiendo la oportunidad de alimentar nuestros sentidos, de disfrutar de lo pequeño y de lo diminuto que es tan grande a veces… Estar presentes aquí y ahora, en este preciso instante, con cada poro de nuestra piel alerta… es un pasaje a la vida. Un pasaje al disfrute, a la calma, a la conexión con uno mismo.

Existir es centrar nuestra mirada en el presente

Conexión que perdemos cuando nos acurrucamos temerosos de futuros inciertos. La espera sin “estar vivos” es como estar muertos en vida. Estamos insensibilizados. Creemos que nuestra historia puede esperar a que lleguen los momentos en los que el caprichoso azar nos brinde aquello que pensamos merecer.

Desconfiamos al ofrecer por temor a ser esos “tontos” engañados. Esperamos ganar si arriesgar cuando posponer el presente y su potencial es condenarse a la insensibilidad. Es taparse los ojos y continuar caminando. Si me tropiezo ya culparé a la vida de ser tan injusta.

Cuando focalizamos nuestra atención en lo que la vida “nos tiene” que dar, y no en lo que nosotros podemos hacer mientras estamos en ella, la impotencia y la frustración se harán compañeras permanentes de este viaje. En cambio cuando centramos nuestra existencia en lo que podemos obtener de la vida, en el intercambio que podemos hacer con ella… La mirada interior cambia.

La importancia de vivir con los ojos del alma bien abiertos

Cuando tenemos los ojos abiertos y el alma puesta en esa apertura de miras, vemos aquello que no podríamos ver de otra manera. Podemos ser capaces de percibir matices que pasarían desapercibidos si los ojos de nuestro ser permanecieran cerrados. Y es ahí, donde podemos ser capaces de disfrutar la vida.

No estamos hablando de grandes acontecimientos con repercusiones que todo el mundo perciba. Estamos hablando de algo mucho más íntimo y sensorial. Hablamos de alimentar nuestro ser con la cotidianeidad de estar vivos. De aprender de la naturaleza y todo lo que ella nos brinda con tanta generosidad.

Busca tu sentido de vida y saborea tu existencia. No la dejes pasar, porque esta vida es finita y busca encontrarse con tu despertar a cada segundo que pasa.

Alicia Garrido Martín

jueves, abril 20, 2017

El arte japonés de la aceptación: cómo abrazar la vulnerabilidad

Para los japoneses, hallarse desprovistos de todo en un momento puntual de la vida puede suponer dar un paso hacia la luz de un conocimiento increíble. Asumir la propia vulnerabilidad es una forma de coraje y el mecanismo que inicia el saludable arte de la resiliencia, ahí donde no perder nunca la perspectiva o las ganas de vivir.


En Japón, hay una expresión que empezó a utilizarse con frecuencia tras los bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki. Esta expresión de algún modo volvió a adquirir una trascendencia notable tras el desastre del tsunami del 11 de marzo del 2011. “Shikata ga nai” significa “no hay más remedio, no hay alternativa o no hay nada que hacer”.

“La honestidad y la transparencia te hacen vulnerable. De cualquier forma, sé siempre honesto y siempre transparente”
-Teresa de Calcuta- 

Lejos de entender esta expresión desde una perspectiva derrotista, sumisa o negativa como lo haría cualquier occidental, los nipones se nutren de ella para entenderla de un modo más útil, más digno y trascendente. En estos casos de injusticia vital, la ira o el enojo no sirven de nada. Tampoco esa resistencia al sufrimiento donde uno queda eternamente cautivo del “por qué a mí o por qué ha ocurrido esta desgracia”.

La aceptación es el primer paso para la liberación. Uno nunca podrá desnudarse del todo de la pena y el dolor, queda claro, pero tras aceptar lo sucedido se permitirá a sí mismo seguir avanzando retomando algo esencial: la voluntad por vivir.

“Shikata ga nai” o el poder de la vulnerabilidad

Desde el terremoto del 2011 y el posterior desastre nuclear en la central de Fukushima, son muchos los periodistas occidentales que suelen viajar hasta el noroeste de Japónpara descubrir de qué manera persisten las huellas de la tragedia y cómo su gente está logrando poco a poco emerger del desastre. Es fascinante entender cómo se enfrentan al dolor de la pérdida y al impacto de verse desprovistos de la que hasta entonces había sido su vida.

Sin embargo, y por curioso que parezca, los periodistas que hacen este largo viaje se llevan a sus países algo más que un reportaje. Algo más que unos testimonios y unas fotografías impactantes. Se llevan sabiduría de vida, vuelven a las rutinas de su mundos occidentales con la clara sensación de ser diferentes por dentro. Un ejemplo de este coraje existencial lo ofrece el señor Sato Shigematsu, quien perdió en el tsunami a su esposa y a su hijo.

Cada mañana escribe un haiku. Es un poema compuesto por tres versos donde los japoneses hacen referencia a escenas de la naturaleza o a la vida cotidiana. El señor Shigematsu encuentra un gran alivio en este tipo de rutina, y no duda en mostrar a los periodistas uno de estos haikus:

“Desprovisto de pertenencias, desnudo
Sin embargo, bendecido por la Naturaleza
Acariciado por la brisa del verano que marca su inicio”.

Tal y como les explica este superviviente y a la vez víctima del tsumami del 2011, el valor de abrazar su vulnerabilidad cada mañana a través de un haiku le permite conectar consigo mismo mucho mejor para renovarse al igual que lo hace la propia naturaleza. Entiende también que la vida es incierta, implacable a veces. Cruel cuando así lo quiere.

Sin embargo, aprender a aceptar lo ocurrido o decirse a ellos mismos aquello de “Shikata ga nai” (acéptalo, no hay más remedio) le permite dejar a un lado la angustia para centrarse en lo necesario: reconstruir su vida, reconstruir su tierra.

Nana korobi ya oki: si te caes siete veces, levántate ocho

El dicho “Nana-Korobi, Ya-Oki” (si te caes siete veces te levantas ocho) es un viejo proverbio japonés que refleja ese ideal de resistencia tan presente en prácticamente todas las facetas de la cultura nipona. Esta esencia de superación la podemos ver en sus deportes, en su modo de llevar a cabo los negocios, de enfocar la educación o incluso en sus expresiones artísticas.

“El guerrero más sabio y fuerte está provisto del conocimiento de su propia vulnerabilidad” 

Ahora bien, cabe señalar que hay importantes matices en ese sentido de resistencia. Entenderlos nos será de gran utilidad y a su vez, nos permitirá acercarnos a una forma más delicada e igualmente eficaz a la hora de hacer frente a la adversidad. Veámoslo con detalle.

Las claves de la vulnerabilidad como forma de alcanzar la resistencia vital

Según un artículo publicado en el periódico “Japan Times“, practicar el arte de la aceptación o de “Shikata ga nai” genera cambios positivos en el organismo de la persona: se regula la tensión arterial y se reduce el impacto del estrés. Asumir la tragedia, tomar contacto con nuestra vulnerabilidad presente y nuestro dolor es un modo de dejar de luchar ante lo que ya no puede cambiarse.
  • Después del desastre del tsunami, la mayoría de los supervivientes que podían valerse por sí mismos, empezaron a ayudarse los unos a los otros siguiendo el lema “Ganbatte kudasai” (no hay que darse por vencidos). Los japoneses entienden que para afrontar una crisis o un momento de gran adversidad, hay aceptar las propias circunstancias y ser de utilidad tanto para uno mismo como para los demás.
  • Otro aspecto interesante en el que fijarnos es en su concepto de calma y paciencia. Los japoneses saben que todo tiene sus tiempos. Nadie puede recuperarse de un día para otro. La sanación de una mente y un corazón lleva tiempo, mucho tiempo, al igual que lleva tiempo volver a levantar un pueblo, una ciudad y un país entero.
Es necesario por tanto ser pacientes, prudentes pero a la vez, persistentes. Porque no importa cuántas veces nos haga caer la vida, el destino, el infortunio o la siempre implacable naturaleza con sus desastres: la rendición nunca tendrá cabida en nuestra mente. La humanidad siempre resiste y persiste, aprendamos entonces de esta sabiduría útil e interesante que nos regala la cultura nipona.

Valeria Sabater