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lunes, julio 16, 2018

Cómo mantener la paz interior

Una de las máximas de la filosofía hawaiana llamada Ho’oponopono reza: “Cuida el exterior tanto como el interior, porque todo es uno“. Esta idea de unidad es fundamental, por ejemplo, para entender cómo funcionan los trastornos disociativos o para alimentar la paz interior a partir de la idea de conjunto.

 
 
Uno de los pioneros en medicina integrativa es el doctor Deepak Chopra. Este médico interno y endocrino, especializado en metabolismo, ha ideado diversas teorías no exentas de polémica. Con ella o sin ella, lo cierto es que sus ideas pueden constituir un punto de partida interesante para cuidar de nuestra paz interior.
“El mayor misterio de la existencia es la existencia misma”.
-Deepak Chopra-
 
Ideas para mantener la paz interior

Mantener la paz interior es un objetivo compartido. Para lograrlo, muchos buscan inspiración en la filosofía oriental. Algunos se centran en la ayuda profesional, mientras que el sistema de valores más tradicional de nuestra sociedad parece demandar una revolución o al menos una senda diferente a la que parece conducirnos la propia dinámica relacional y tecnológica.

Cuando hablamos de sistema de valores antiguo, nos referimos al que se centra en la competencia extrema, el consumismo excesivo y el éxito profesional a cualquier precio. Todavía es predominante, pero cada día, según Chopra, más personas buscan otro camino para encontrar la paz.

Para este médico, la paz interior es un estado que tiende a permanecer cuando se logra. Pero, alcanzar esta tranquilidad personal requiere de un largo viaje introspectivo. Así que, si estás dispuesto a buscar dentro de ti, estas son las lecciones, metas o retos que nos propone el doctor Chopra para intentar conocernos un poco mejor y sentir esa sensación de conciliación entre lo que fuimos, somos y queremos ser que, a veces, tanta falta nos hace.
 
Busca la paz en ti

El primer paso es buscar y localizar la paz dentro de nosotros. Para ello, el doctor informa de las bondades de la meditación. Así lograremos mirar en nuestro interior y trascender a la actividad mental superficial.

Para Chopra, esta búsqueda implica trascender el pensamiento habitual para alcanzar la zona más profunda de nuestra mente, donde se ubica lo que considera la región de paz. Ahí están la quietud y el silencio… que se convierten en una experiencia duradera.
 
Regreso al lugar de paz

Ahora, el paso a seguir es volver al lugar en que de verdad nos sentimos en paz. Pero este camino de regreso no es físico, sino mental. Así que, siempre que vivamos situaciones estresantes que nos provoquen intranquilidad y emociones negativas, hemos de regresar a este espacio en el que encontramos la paz interior.

Automatizar la vuelta al “refugio”, hará que tardemos menos en llegar a él cuando lo necesitemos y que, por lo tanto, nos perdamos menos en el camino. De esta forma, estaremos más cerca de librarnos de enfados, resentimientos e inseguridades.

Fuera la violencia en cualquiera de sus formas

Así, una vez conocemos nuestro lugar de paz y podemos volver a él cuando queramos, nos resultará más sencillo liberarnos de la violencia. Esta fase es esencial para hacerle frente a los impulsos y dominar la energía que emana de las propias emociones.

Según Chopra, el resultado será la gestión inteligente del enojo, la envidia y los resentimientos. Solo así alcanzaremos la liberación, desplazando el ego y la inseguridad que acompañan a este.

Este paso es importante para abandonar las emociones negativas y alcanzar nuestro verdadero ser. Aquí, en las zonas de paz, mientras meditamos, sentaremos la base de un equilibrio más sólido. Pasado un tiempo, lo asimilaremos y lo reconoceremos como el verdadero. Es decir, simplemente se convertirá en nuestro ser, o sea, en nosotros mismos.
 
Aumento diario de la experiencia de paz

Llegados a este punto, toca lograr que la paz aumente a diario. Es decir, todos los días nos dejaremos guiar por esa voz silenciosa que nace del equilibrio alcanzado. O sea, esa conciencia que ha abandonado la violencia y la intranquilidad y se basa en un mayor control de lo que ocurre en nuestro interior y, por extensión, también de lo que pasa fuera.

Este es el método que propone Deepak Chopra para encontrar y mantener la paz interior. Según él, si todos siguiésemos estas pautas, podríamos acabar con siglos de guerra y rivalidad. ¿Estará en lo cierto?

Pedro González Núñez

domingo, julio 15, 2018

El niño callado y obediente no siempre es un niño feliz

El niño callado que mira el mundo desde un rincón y que obedece a la primera no siempre es un niño feliz, por mucho que sea “cómodo” para las personas que le rodean. A menudo, cuando sentimos temor, desesperación o vergüenza tendemos a escondernos en una esquina recóndita de nosotros mismos. Por ello, lo ideal es enseñar respeto, no educar mediante una obediencia ciega que parte de esa misma angustia que roba identidades.

 
 
No nos equivocamos cuando decimos que el tema de la obediencia es un aspecto sobrevalorado, e incluso mal entendido, por muchas familias. Es más, en boca de muchos padres y madres se escucha con demasiada frecuencia la clásica frase de que “la garantía de la felicidad está en la obediencia”. No falta tampoco el progenitor que se enorgullece de sí mismo al ver cómo sus hijos cumplen a la primera con las órdenes que reciben.

La obediencia ciega no es lo mismo que la obediencia inteligente. No, sobre todo si esta se aplica a través del miedo. No si al niño se le inculca desde bien temprano la idea de que lo más importante es complacer al otro, dejando a un lado las propias necesidades intrínsecas, criterios y voluntades.

Tarde o temprano, llegará el día en que ese pequeño deje de considerarse valioso. Acontecerá posiblemente ese momento en que deje también de defenderse a sí mismo para permitir que otros lo manejen a su antojo.

“El propósito de la educación es mostrar a la gente cómo aprender por sí mismos. El otro concepto de la educación es adoctrinamiento”.
-Noam Chomsky-


El niño callado y el efecto de la educación autoritaria

Hay niños exploradores. De esos que todo lo tocan, que todo lo miran y preguntan. Pequeños coloridos que ocupan espacios con una curiosidad insaciable. Son pequeños felices. Por otro lado, también hay niños callados, algo más reservados, pero que no tienen dificultad alguna para conectar. Basta con encontrar un tema que sea de su interés para verlos brillar y demostrar esa riqueza sensacional que guardan en su interior. Son niños introvertidos y felices.

Ahora bien, a menudo también nos podemos encontrar con esos pequeños que rehúyen la mirada. Parecen buscar la esquina más diminuta de su interior para hacerse un ovillo, para simular que no están. Para sentirse a salvo de un mundo que no entienden, pero al que obedecen a raja tabla. Son esos niños que no protestan por nada, y en cuyo vocabulario no existen los “por qués”, ni las preguntas que exploran, ni los ojos que cuestionan…
 
El niño callado que obedece a la primera no siempre es un niño feliz.

Queda claro que nuestros hijos y alumnos necesitan límites y unas normas estables. Sin embargo, el niño callado que obedece siempre sin cuestionar es muy a menudo el producto de una educación autoritaria. Esa donde las reglas se imponen mediante la amenaza y no a través de la inteligencia.

La inteligencia de quien no hace uso del miedo, sino de la empatía. De quien prefiere trasmitir a sus hijos el sentido del respeto y la oportunidad de entender por qué hay que cumplir ciertas reglas, ciertas normas.

En este mismo contexto, no podemos dejar de lado un hecho casi esencial. Los niños deben comprender el fundamento de todo lo que se les pide. Si nos limitamos a imponer una obediencia incuestionable, criaremos personas inmaduras, perfiles que siempre necesitarán de alguien que les diga qué hacer y qué no hacer en cada momento.
En la vida de una persona llega un instante en que debe hacer caso de sus propios criterios internos. La rebeldía ocasional o el cuestionar las normas que nos imponen nuestros padres, da forma a esos primeros intentos por definir nuestra propia identidad. Algo que los padres también deben entender.

Criemos niños felices, no niños esposados por la obediencia ciega

Como padres, madres o educadores, hay algo que todos sabemos. Alzar la voz y decirle un niño aquello de “haz esto y hazlo ya porque yo te lo digo” es un recurso que nos ahorra tiempo. Lo hacemos desde la urgencia y nos da buenos resultados, todo hay que decirlo.

Sin embargo, ¿qué precio pagamos con ello? ¿Qué consecuencias tiene aplicar una obediencia inmediata que se sirve del grito? Los efectos son inmensos. Daremos forma a un niño callado o con comportamientos desafiantes. Con ese tipo de dinámicas autoritarias perdemos lo más esencial que podemos construir con nuestros pequeños: la confianza.

Ahora bien, la siguiente pregunta sería pero ¿cómo consigo que mi hijo me obedezca? Queda claro que no es fácil, no lo es cuando hasta el momento solo lo hemos conseguido mediante la amenaza y el castigo. Sin embargo, a veces la respuesta es mucho más sencilla de lo que parece. Si deseamos que un niño confíe en nosotros cuando le pedimos que haga o cumpla algo, aprendamos también nosotros en confiar en él, aprendamos a respetarlos.

El respeto se muestra escuchando. Respondiendo preguntas, razonando con ellos, fomentando la reciprocidad. El respeto se gana teniendo en cuenta sus necesidades, sus preferencias, sus curiosidades. Hay que dar paso por tanto a un tipo de obediencia inteligente donde el niño entienda el por qué de cada cosa, donde interiorice las reglas conociendo primero su utilidad.

Queremos niños felices, receptivos con su entorno, ansiosos por aprender. No niños callados por la sombra del miedo y el autoritarismo.

Valeria Sabater

sábado, julio 14, 2018

¿De qué se arrepiente la mayoría de la gente?

Son varias las investigaciones que se han realizado para dar respuesta a la pregunta: ¿de qué se arrepiente la mayoría de la gente? Una de ellas es muy famosa. Se llevó a cabo con personas que estaban cerca de la muerte, bien fuera porque tenían enfermedades terminales, o bien por su avanzada edad.

Bronnie Ware, una enfermera australiana experta en cuidados paliativos con pacientes terminales, decidió preguntarlo directamente. Sabía que las personas son mucho más honestas y maduras cuando sienten que la vida está llegando a su fin. Frente a la pregunta de qué se arrepienten, la respuesta de la mayoría de las personas fue casi siempre la misma: no haber vivido lo suficiente.
“Para qué sirve el arrepentimiento, si eso no borra nada de lo que ha pasado. El arrepentimiento mejor es, sencillamente, cambiar”.
-José Saramago-

Ware sintió que todas esas respuestas eran una gran revelación para ella y decidió escribir un libro en el que recopiló lo que dijeron sus pacientes. Encontró que había cinco hechos particulares de los que la gente se arrepiente. Desde entonces, su vida cambió.
La gente se arrepiente de…

Cuando Bronnie Ware les preguntaba a sus pacientes, casi todas las respuestas incluían la palabra “ojalá hubiera hecho…”. En otras palabras, en su mayoría la gente se arrepiente de lo que no hizo, en lugar de aquello que hizo.

Las cinco respuestas más frecuentes indican que los principales arrepentimientos son:
  • No haber tenido el coraje suficiente para hacer lo que realmente quería, sino lo que le imponían sus obligaciones.
  • Un segundo gran arrepentimiento es el de haber dedicado tanto tiempo al trabajo. Muchos de los pacientes de Ware decían que los años más valiosos de sus vidas se habían ido entre las cuatro paredes de una oficina.
  • La tercera razón por la que la gente se arrepiente con más frecuencia es por no haber expresado sus sentimientos. Por haber callado, cuando debía hablar. Esto se refiere tanto a sentimientos positivos como negativos.
  • Otro gran arrepentimiento tiene que ver con no haber buscado a sus viejos amigos para conversar acerca de sus vidas. Los amigos de infancia, o los más entrañables, muchas veces se dejan de lado.
  • Finalmente, un buen porcentaje de las personas entrevistadas por Ware se arrepiente de no haber luchado por ser más feliz.

Como vemos, la mayoría de los arrepentimientos tienen que ver con lo que se dejó de hacer. En la lista no aparecen arrepentimientos por lo que se hizo mal, o por los errores cometidos, sino por lo que no se hizo.
El yo ideal y el deber ser

En la Universidad de Cornell se llevó a cabo un estudio más estructurado, sobre el sentimiento de arrepentimiento de las personas y sus motivos. Tal como ocurrió con las entrevistas informales de Bronnie Ware, la mayoría de la gente respondió que se lamentaba por no haber hecho algo. En este caso, los investigadores fueron más allá y analizaron las razones por las que esto sucedía.

Según Thomas Gilovich y Shai Davidai, quienes dirigieron la investigación, todo tiene que ver con el concepto del “deber ser” y con el “yo ideal”. El deber ser, como el nombre lo señala, está relacionado con aquello que cada persona piensa que es correcto y moralmente deseable. Es la esfera del deber ético, de acuerdo con las creencias y valores de cada persona.

Por su parte, el yo ideal corresponde a lo que uno desea ser, sin importar si coincide o no con el deber ser. En el yo ideal están los sueños, las ilusiones y, por supuesto, los ideales. Es el modelo para llegar a ser. Aquello en lo que desearíamos convertirnos.
La gente se arrepiente por razones concretas

Con base en los conceptos del “deber ser” y del “yo ideal”, los investigadores de Cornell lograron llegar a una conclusión interesante. Cuando se traiciona el deber ser, hay una especie de “cargo de conciencia” inmediato. Por eso las personas buscan reparar o tramitar ese arrepentimiento, a través de medidas concretas.

Veamos esto con un ejemplo. Alguien no fue a visitar a un tío moribundo, a pesar de que sabía que necesitaba su ayuda. Cuando muere, siente un profundo arrepentimiento por no haber sido consecuente con su deber ser. Sin embargo, hace una reflexión. Examina los motivos por los que no lo hizo y, quizás, llora en el funeral, o simbólicamente pide perdón por lo que dejó de hacer.

Con el “yo ideal” no ocurre esto. La gente no hace un ritual para perdonarse por no haber sido el astronauta más famoso, o por no haberse decidido a partir en un barco que iba para la Antártida. Eso se queda en su conciencia simplemente como una ilusión que no tomó forma. Al final de la vida se arrepiente de no haberla hecho realidad, porque tal arrepentimiento es una manera de tramitar eso que ya no fue y nunca será.

Edith Sánchez

viernes, julio 13, 2018

La herida de la separación: el apego como derecho fundamental

La herida de la separación de un niño de sus padres no se olvida nunca. Es inmensa, desgarradora y deja serias secuelas que perduran en el tiempo de forma casi irreparable. Esto mismo es lo que están experimentando muchos de esos pequeños que han sido separados de forma abrupta (y violenta) de sus padres en la frontera entre Estados Unidos y México.

 
 
Hay imágenes que, de algún modo, dejan impresas la esencia más adversa y deshumanizada de nuestra raza. A mediados de junio, los rotativos de medio mundo abrían con varias fotografías y vídeos del Valle de Río Grande, en el sur de Texas. Aquí y a lo largo de la frontera, se han alzado un conjunto de instalaciones donde decenas de niños lloraban y preguntaban por sus familias mientras eran hacinados en jaulas metálicas.
Reconocer el impacto de la herida de la separación prolongada entre padres e hijos, nos obliga a establecer medidas para garantizar que las familias no se separen bajo ninguna condición o circunstancia.

Eran hijos de inmigrantes centroamericanos que acaban de entrar de forma ilegal en el país. Eran pequeños que acaban de vivir un momento muy traumático: ser separados de forma violenta de sus progenitores. Se sabe que desde mayo de este mismo año el gobierno estadounidense ha separado a más de dos mil niños de sus padres y madres siguiendo la política de “tolerancia cero”, dispuesta por Donald Trump.

Si bien es cierto que hace solo unos días el propio presidente ha revocado esta política de separación ante la presión social, se sabe que muchas de esas reagrupaciones aún no se han hecho. Aún más, tal y como nos dicen los expertos en psicología infantil, el daño ya esta hecho, y la herida que puede haberles dejado este trance será en muchos casos irreparable.

La herida de la separación, una marca imborrable

La imagen que encabeza este artículo es la que ha dado la vuelta al mundo por su expresividad, por ese rictus de angustia y desconcierto contenido en un rostro infantil. Es una niña hondureña de dos años que acaba de ser detenida junto a su madre en la frontera. Se sabe que en este caso, madre e hija no fueron separadas. Sin embargo, ella no es ajena a ese instante de angustia, de amenaza por parte de la autoridad, y de ese miedo afilado y profundo que seguramente vería en la expresión de su propia madre.

Los psicólogos llevan más de 70 años estudiando el efecto del trauma en la mente infantil. Se sabe que nada puede afectar tanto al desarrollo físico, neurológico y emocional que el trauma ocasionado por una separación. Por esa privación temporal o duradera del apego de los progenitores. Buena parte de esos dos mil pequeños separados de sus familias en los centros de internamiento fueron distanciados de sus madres, padres o tíos del peor modo posible: con violencia.

Este hecho intensifica aún más el impacto del trauma. Se sabe que, tras esas separaciones, los pequeños pasan por tres fases: protesta, desesperación y más tarde, el desapego. En estos casos, no importa si quiera si son bien alimentados o si se cubren sus necesidades físicas. El vacío por la falta de sus progenitores y la ausencia de esa figura familiar que suministra afecto, seguridad y atención les conduce a un estado de indefensión absoluta.

La angustia, el origen de la herida

La herida de la separación parte de una fuente indiscutible: la angustia. El ser humano esta programado para responder de ese modo. Es decir, cuando somos separados de nuestra familia y de quien es en esencia, nuestro principal núcleo social, experimentamos una combinación de estrés, miedo e incertidumbre. Todas esas emociones definen la angustia emocional, y no importará por ejemplo que sean malos padres, la simple experiencia de ser separados de ellos nos sitúa en un estado de desesperación absoluta.

Poco a poco, esa situación de angustia mantenida altera la fisiología del niño. El estrés y las hormonas, como el cortisol, empiezan a hacer estragos en un organismo aún inmaduro, en un cerebro aún en crecimiento, en una mente donde poco a poco se irá consolidando el trauma.
 
El apego es un derecho fundamental en el ser humano

Ningún niño debería experimentar la separación traumática de sus padres. En la actualidad, y dados los continuos fenómenos migratorios que acontecen cada día en todo el mundo, debería establecerse una prioridad esencial: el agrupamiento familiar. No podemos olvidar por ejemplo todas las vivencias previas que esos pequeños llevan tras sus espaldas junto a sus progenitores: el abandono de un hogar, de una casa y la dureza de un viaje que nunca es precisamente fácil ni cómodo.

Si a ello le añadimos la separación y el aislamiento, el impacto es devastador. Crecerán niños con graves trastornos psicológicos y con serios problemas de integración. Es necesario defender el derecho del apego como algo fundamental en el ser humano, como ese hilo que nunca debe romperse entre un niño y sus padres.

Al fin y al cabo, como decía John Bowlby, un niño pequeño no conoce aún qué es la muerte, pero sí sabe qué es la ausencia de una madre o un padre. Si las únicas personas que pueden satisfacer sus necesidades, no están, él se sentirá toda la angustia que puede derivarse de la peor de las amenazas. La herida de la separación empezará abrirse, siendo después muy difícil de cerrar.

Valeria Sabater

jueves, julio 12, 2018

Las 10 leyes de la abundancia

Las leyes de la abundancia engloban a algunas de las llamadas “leyes del universo”, que conforman una serie de creencias relacionadas con el pensamiento positivo. Según las leyes de la abundancia, es probable que tengamos éxito allí donde pensamos que lo tendremos. De esta forma, la mentalidad de la abundancia es una ayuda para lograr aquello que nos proponemos.

 
 
Sergio Fernández, el autor de Vivir con abundancia, las leyes de la abundancia son 10, y existen en el universo aunque nosotros no participemos de ello.
 
¿A qué nos referimos con abundancia?

El término abundancia hace referencia, en la primera acepción del DLE (Diccionario de la Lengua Española), a una gran cantidad, ya sea física o conceptual. En su segunda acepción, sin embargo, es la “prosperidad, riqueza o bienestar”; es esta última la que nos interesa.

La abundancia hace referencia en una de sus acepciones, por tanto, a la prosperidad y al bienestar. Así, estirando su significado hablaríamos de un estado mental, anímico y físico que nos ayuda a cumplir nuestros objetivos.

Las 10 leyes de la abundancia

Según Sergio Fernández, estas son las diez leyes de la abundancia que rigen nuestro universo:
 
1. Ley de la creación
“Los pensamientos y las emociones crean la realidad que habitamos o, lo que es lo mismo, todo lo tangible tiene lugar en lo intangible”.

De esta forma, Fernández nos indica que somos nosotros los capaces de crear aquello que queremos ser, hacer o tener si primero los sentimos o pensamos.
 
2. Ley de la vibración
“Obtengo aquello en lo que más pienso, tanto si lo deseo como si no lo deseo”.

Relacionada con la anterior, cuanto más pensamos o sentimos algo, más posible es que lo creemos. Esto, como se dice en el enunciado de la ley, puede tener un efecto negativo si nuestras emociones o pensamientos no tienen una valencia positiva.
 
3. Ley de la causa y el efecto
“Todo lo que experimentas en la vida es un resultado”.

Nuestras experiencias están conectadas por una sucesión de causas y efectos intrínsecos a ellas. Por tanto, nuestras acciones, pensamientos y emociones tendrán origen en nuestro pasado y repercutirán en nuestro futuro. La consecuencia inmediata de esta idea es que tenemos un poder infinito sobre nuestro presente para influir en lo que nos suceda.
 
4. Ley del equilibrio
“La abundancia es dar con generosidad y ser excelente a la hora de recibir”.

Según esta ley, lo que seamos capaces de aportar al mundo, de alguna manera, nos será devuelto. Es decir que, si esperamos del mundo fortuna lo mejor que podemos hacer es contribuir a que este sea mejor.

5. Ley del orden
“El orden de la vida es ser-hacer-tener”.

El orden ha de ser este, y no otro. Primero se debe ser algo para después saber hacerlo y obtener los resultados. Si deseamos tener una pastelería de éxito, por ejemplo, primero debemos ser especialistas en la materia, más adelante crear el producto. Por último, si seguimos bien los pasos, lograremos el objetivo.
 
6. Ley de la acción
“Como hago una cosa, así lo hago todo”.

Todos tenemos una firma, un estilo. Esa forma de actuar es la que nos define, al que nos hace predecible frente a los demás y nos termina definiendo. Al final este estilo se trasformará en una inercia que nos invitará a actuar de una manera coherente con lo que ya hemos hecho y con cómo lo hemos hecho.
 
7. Ley del mínimo esfuerzo
“Esforzarse genera estrés y consume tu energía, algo que dista mucho de vivir con abundancia”.

No se trata de eliminar el esfuerzo de nuestra vida, o de realizar nuestras actividades sin ganas, sino de encontrar la forma más sencilla y productiva de llegar al objetivo. Si existe un camino más sencillo con idénticos resultados, ¿para qué gastar nuestras energías?
 
8. Ley de los medios y los fines
“Sólo siendo feliz hoy, podré acceder a la felicidad mañana”.

Como se ha visto en la ley del orden, primero hay que ser para poder tener. Si deseamos el fin, debemos encontrar el medio: en este caso, la felicidad del mañana viene condicionada por la de hoy.
 
9. Ley de la expresión de los dones
“Poner tu don al servicio de los demás es causa de abundancia”.

Como se ha visto en la ley 4, debemos ser generosos si deseamos que el mundo nos aporte generosidad. Compartiendo aquello que hacemos bien estaremos contribuyendo a un buen funcionamiento social.

10. Ley del desapego
“Me vinculo con la acción y me desvinculo del resultado de la acción”.

Al contrario de lo que puede parecer en este decálogo, no debemos realizar una acción pensando en el resultado. Es cierto que si somos generosos encontraremos generosidad en los que nos rodean, pero nuestra atención no debe estar en el recibir, sino en el dar.

Repasadas las 10 leyes de la abundancia, cada uno de nosotros somos libres de adoptarlas y de integrar los resultados de la reflexión persona sobre ellas en nuestra historia vital.

María Hoyos

miércoles, julio 11, 2018

¿Qué sucede en el cerebro durante una experiencia espiritual?

Se cree que las experiencias espirituales son encuentros con mayores verdades o poderes relacionados con la fe. Estas experiencias espirituales pueden tomar muchas formas, dependiendo de cómo cada uno de nosotros interprete este concepto. Pero, ¿qué ocurre en el cerebro durante una experiencia espiritual, mística o religiosa?

 
 
La cuestión de qué sucede en el cerebro durante una experiencia espiritual se ha explorado en numerosas ocasiones. De hecho, los investigadores llevan décadas intrigados por la importancia de la espiritualidad en las vidas de las personas, por lo que se han centrado en estudiar qué sucede en el cerebro humano cuando las personas nos sentimos profundamente conectadas espiritualmente.
“Estas buscando el silencio de la montaña, pero lo buscas en el exterior. El silencio es accesible para ti ahora mismo, dentro de tu propio ser”.
-Ramana Maharshi-
 
Diferentes formas de entender la experiencia espiritual

El problema es que el concepto de “espiritualidad” se puede entender de muchas maneras diferentes en culturas e individuos. En este sentido, cualquier cosa que alguien pueda llamar una “experiencia espiritual” puede estimular el cerebro de maneras muy complejas. Por esta razón, la tarea de precisar un mecanismo cerebral para la espiritualidad no es sencilla.

No obstante, pese a lo elevado del objetivo, los investigadores han seguido invirtiendo esfuerzos en este sentido. Entre sus conclusiones destaca la idea de que las regiones cerebrales múltiples están involucradas en el procesamiento de las experiencias de unión con un ser superior.

Además, otra conclusión que encontramos al final de diferentes estudios afirma que los individuos que participan en la práctica espiritual a largo plazo han disminuido la actividad en el lóbulo parietal derecho (relacionado con el enfoque auto-orientado). En otras palabras, las experiencias espirituales parecían aumentar, por así decirlo, desinterés en el cerebro.
“Para experimentar cada día la espiritualidad, necesitamos recordar que somos seres espirituales pasando algo de tiempo en un cuerpo humano”.
-Barbara de Angelis-
 
Espiritualidad y depresión

Lisa Miller, editora del Manual de Psicología y Espiritualidad de la Oxford University Press, ha llevado a cabo una serie de estudios sobre lo que sucede en el cerebro de personas con vidas espirituales intensas. Su investigación ha revelado que estas personas muestran un engrosamiento cortical en la corteza prefrontal.

Curiosamente, Miller dice que las personas que viven con depresión crónica experimentan adelgazamiento cortical en la misma región del cerebro. Esto dio forma a una hipótesis: la espiritualidad y la depresión son probablemente dos caras de la misma moneda.

Miller y un equipo de investigadores del Spirituality Mind Body Institute utilizaron la resonancia magnética funcional para averiguar qué sucede en los cerebros de las personas cuando imaginan una intensa experiencia espiritual.

Reclutaron personas dispuestas a participar en diferentes prácticas espirituales y religiosas. En un primer experimento, les pidieron que recordaran una experiencia espiritual personal mientras escaneaban sus cerebros. Se utilizaron guiones con instrucciones para describir una situación en la que sentían una fuerte conexión con un poder superior o una presencia espiritual.

Como todas tenían prácticas espirituales muy diferentes, las experiencias descritas en la guía del experimento abarcaron un rango extenso de variabilidad, desde “una relación bidireccional con un poder superior” y “una sensación sentida de unidad en la naturaleza junto al océano o en la cima de una montaña” hasta “estar en una zona de actividad física intensa (como deportes o yoga, conciencia repentina, conectividad o flotabilidad sentida corporalmente, meditación u oración”.

Los investigadores argumentan que esto se relaciona con una definición más amplia y moderna de espiritualidad que puede ser independiente de la religiosidad. Sus hallazgos se han publicado en la revista Cerebral Cortex.
 
Espiritualidad y estrés

Estudiar la actividad cerebral de los voluntarios al imaginar una experiencia espiritual personal permitió a los científicos identificar las regiones cerebrales que parecían estar involucradas en el procesamiento de eventos espirituales.

Miller y sus colegas también compararon la actividad cerebral observada cuando los participantes describieron una experiencia espiritual con la actividad cerebral vista mientras los voluntarios imaginaban experiencias estresantes o neutrales que no desencadenaban emociones fuertes.

Al hacerlo, pudieron encontrar un patrón que dicen que solo se observa cuando se trata de una experiencia espiritual. Así, descubrieron que el lóbulo parietal inferior, vinculado con la conciencia de uno mismo y de los demás reducía su actividad cuando los participantes describían un evento espiritual, mientras que la actividad en esa región cerebral aumentaba cuando pensaban que era estresante o emocionalmente neutral.

Por lo tanto, el equipo sugiere que esta región puede contribuir de manera importante al procesamiento de la percepción y a las representaciones del yo-otro durante las experiencias espirituales. Esto parece apoyar la idea de que las experiencias espirituales podrían ayudar a amortiguar los efectos del estrés en la salud mental.

En este sentido, estos resultados señalan diferentes mecanismos neuronales subyacentes a la experiencia espiritual. Además, los investigadores afirman que explicar cómo las experiencias espirituales son mediadas por el cerebro, a partir de la extensión de estudios similares a poblaciones clínicas, podría facilitar que algunas prácticas espirituales pudiesen ayudar en el marco de determinadas intervenciones en salud mental.

Eva Maria Rodríguez

martes, julio 10, 2018

Actuar, un problema para las personas que viven con miedo

Todos tenemos algún miedo que nos impide actuar, ya sea que nuestra pareja nos deje, que perdamos el trabajo o tener un accidente, entre otros. En ellos subyacen una serie de actitudes que favorecen, de forma sutil, que aquello por lo que sentimos tanto pavor esté muy presente.

 
 
Ahora bien, cuando algo nos da miedo, de alguna manera u otra podemos acabar atrayéndolo. Por ejemplo, si tememos ser abandonados por otras personas nos encontraremos con amigos o parejas que nos harán revivir una y otra vez ese sentimiento de abandono.

Confirmar que lo que tanto tememos sucede puede llegar a paralizarnos o a pensar que tenemos mala suerte. De ahí que nos dé miedo actuar y dar un paso más allá, para salir de esa situación en la que el temor y la inseguridad controlan nuestras vidas.
 
Adelantarse a los acontecimientos

El problema que tenemos si vivimos con miedo es que siempre nos estamos adelantando a los acontecimientos. De esta forma, suponemos e imaginamos todo lo que puede ocurrir en el futuro. Nos decimos cosas como “Sé que este trabajo no voy a durar mucho”, “Al final encontrarán a alguien que les guste más que yo” o “Ni se me ocurre emprender por mi cuenta. No me saldrá bien”.
“Si crees que ya lo sabes todo es que no has aprendido nada”.
-Alfredo Vela-

Con todas estas premisas es muy complicado que podamos actuar. Además, esto tiene una grave consecuencia, nos terminaremos sintiéndonos estancados debido a los límites que nos hemos estado poniendo. Unas barreras que hemos ido ciñendo con el tiempo hasta el punto de que nuestra zona de confort se ha convertido en un espacio bastante reducido.

Vivir con miedo constante es una percepción nuestra. No es real. Nos aventuramos a intentar imaginar lo que ocurrirá si tomamos determinadas decisiones o lo que sucederá si salimos de nuestra zona de confort. Pero esto no tendrá un desenlace feliz, ya que estamos abonando un terreno repleto de inseguridades que no se harán esperar para manifestarse y darnos la razón.
 
Actuar es imprescindible

Actuar es un imprescindible. Desde cosas tan básicas como saber qué queremos estudiar, a qué deseamos dedicarnos o si queremos o no a una persona como pareja. Porque si tanto miedo tenemos y tan complicado se nos hace tomar decisiones ¿cómo lograremos hacerlo cuando no nos quede otra opción?

Ahí es cuando cometemos los mayores errores. Esperar hasta el último momento para tomar una decisión, nos puede hacer elegir mal. De la misma manera, al tener tanto miedo a actuar, puede que permitamos que otros tomen las decisiones por nosotros. Y esto es un grave error.

Si nos hemos identificado ya con estas características y nos cuesta mucho tomar acción, entonces también seremos conscientes de que siempre intentamos tener todo bajo control. Es una necesidad. No obstante, esto es imposible, por mucho que lo deseemos.

Imaginemos que nos echan del trabajo de manera repentina e inesperada. No sabríamos qué decisión tomar. De la misma manera sucede si, un día, nuestra pareja nos dice que nos deja. Al ser personas con dificultades para tomar decisiones y actuar, las sorpresas no serán bienvenidas.

“Ojo a las situaciones inesperadas. En ellas se encierran a veces las grandes oportunidades”.
-Joseph Pulitzer-

Ahora bien, cuando nos quedamos quietos y seguros en nuestra zona de confort también sucede algo. Poco a poco ese miedo que tan constreñidos nos tiene nos va desgastando por dentro. Esto se puede ver en las dudas que constantemente cargamos a nuestras espaldas o en esas inseguridades que hacen que no logremos ningún éxito cuando, en realidad, estamos capacitados para alcanzarlo.

Actuar es un imprescindible para vivir tal y como deseamos y para impedir que otros nos dirijan. Todos tenemos miedos y pueden superarse. Es más, en lugar de permitirles a estos que nos limiten, podemos utilizarlos a nuestro favor. ¿Cómo? Usando la fuerza que tienen para hacernos temblar, dudar y desear huir, para tirarnos a la piscina y actuar. Permitiéndonos decidir sin dar prioridad a los temores de nuestra mente. Pues en ella los miedos tienen fuerza hasta que empezamos a actuar.

Raquel Lemos Rodríguez